Artículos


INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: CUANDO LA VÍCTIMA ES UN NIÑO

publicado a la‎(s)‎ por Semanario Voces


Si nos negamos a verla, o nos empeñamos en distorsionarla, la realidad –que es porfiada- suele aparecerse por sorpresa y clavarnos los dientes mostrando su peor cara.

El caso del niño Felipe Romero es precisamente eso, la realidad apareciendo por sorpresa con su peor y más dolorosa cara: un niño descuidado, manipulado, probablemente abusado y finalmente asesinado por un adulto que luego se suicidó.


El caso de Felipe tiene aspectos todavía confusos. ¿Cómo se estableció el vínculo atípico y perverso con quien sería su matador? ¿Por qué un adulto sin vínculo familiar podía tenerlo por días en su casa, retirarlo de la escuela, incluso fuera de horario, y viajar con él fuera del país? ¿Qué complejo proceso mental llevó al ejecutor del crimen a decidir, planear y ejecutar esa tragedia ¿Por qué la patología de esa relación no fue detectada por nadie, ni por los padres del niño, ni por la escuela, ni por el ámbito deportivo que compartían, ni por las familias de ninguno de los dos involucrados?      

Sin duda, la investigación judicial descubrirá omisiones e irresponsabilidades que hicieron posible la desgracia. Eso, claro, no le devolverá la vida a Felipe. Pero sancionar esas omisiones quizá ayude a salvar otras vidas, recordándonos a todos que quienes tienen menores de edad a su cargo deben hacer esfuerzos para protegerlos. Porque, si alguien le hubiera dedicado a Felipe un mínimo de atención y de sentido común, probablemente estaría vivo.

No soy de quienes creen que la reacción colectiva ante esta muerte sólo refleja hipocresía. Es cierto que desgracias como la de Felipe ocurren a menudo y que miles de niños en el Uruguay son maltratados, descuidados, golpeados y abusados sin que la sociedad se dé por enterada. Pero creo que el dolor y la pena colectivos son sinceros. Me pasó a mí, y les pasó a muchas personas de mi entorno, que este caso nos conmovió íntimamente. Tal vez por la desatención adulta en que ese niño vivía, tal vez por lo evitable de la tragedia, quizá porque sus sentimientos y su confianza fueron además manipulados y por lo terrible, triste y sórdido de todo el episodio.

Este hecho  hizo salir a la luz datos que angustian. El Sistema Integral de Protección a la Infancia y a la Adolescencia contra la Violencia (SIPIAV) interviene en siete denuncias diarias de abuso o maltrato contra menores de edad. Hay certeza –me consta- de que muchísimos otros casos no son denunciados. Han aumentado los casos de atención médica a niños por maltratos, descuidos y agresiones graves, según ha confirmado, en nota de “El Observador”, el Dr. Javier Prego, Jefe de Emergencia Pediátrica del Hospital Pereira Rossell.  Y finalmente está el hecho alarmante de que, en la mayoría de los casos, los agresores son el padre o la madre del niño (en la violencia contra los niños, las mujeres son responsables en igual proporción que los hombres).

Esa información es apenas la punta del  iceberg del maltrato infantil. Se vuelve aun más grave a la luz del estudio del sociólogo Robert Parrado, que sostiene que la casi totalidad de los abusadores de niños han sido abusados a su vez durante la niñez. Eso hace suponer que el maltrato infantil tiende a replicarse en las nuevas generaciones, lo que,  con las cifras que conocemos, pinta un futuro  angustiante.

Pero es necesario sobreponerse al horror para extraer algunas conclusiones que permitan actuar sobre el problema.

La primera conclusión –la que rompe los ojos- es que el problema de la violencia en la sociedad uruguaya está mal diagnosticado y, por ende, recibe un tratamiento inadecuado.

Hace pocos días, la Cámara de Senadores votó un proyecto de ley que instituye la figura penal del femicidio y le asigna una pena mayor que al común  de los homicidios. El senado, al parecer, actuó persuadido de que la violencia contra las mujeres, y en particular la llamada “violencia de género”, es un flagelo especial, que se destaca de entre las demás formas de violencia, ya sea por su gravedad o por su número.

Ya antes se le había dado un tratamiento legislativo especial, la ley 17.951, a la violencia en el deporte, creando figuras y procedimientos especiales para actos delictivos cometidos en el marco de espectáculos deportivos, como si los delitos fueran diferentes según el ámbito en que se cometan.

Es muy probable que la conmoción pública causada por el homicidio de Felipe Romero haga creer a alguien que, aplicando la misma lógica, es necesario revisar y endurecer las penas por violencia contra los niños.

Pues, bien, la violencia no es un fenómeno que deba ser tratado a tenor de las emociones que cada crimen en particular despierta en la población. El criterio emotivo es el que ha llevado a que la ley de violencia en el deporte, promovida por algún incidente especialmente cruento, luego se olvidara y, en los hechos, fuera ineficaz. El mismo criterio ha llevado a que se quiera establecer  para el “femicidio” una pena más grave que para cualquier otra muerte, incluida la que le habría tocado al asesino de Felipe si hubiera quedado vivo. La emoción –o la falta de emoción pública-  es la que permite que los cada vez más frecuentes “ajustes de cuentas”, entendidos como crímenes entre delincuentes, aunque muchas veces no sea así, sean tomados con indiferencia y ni siquiera sean debidamente investigados.

La violencia es un fenómeno cultural más generalizado de lo que nos gustaría admitir, y requiere un tratamiento integral. No se trata de indignarse hoy por la muerte de un niño, mañana por la de una mujer, pasado por la de un deportista y traspasado por la de cualquier otra persona. No es cuestión de legislar a golpes de emoción, ni mucho menos de sustituir la efectividad en la aplicación de las leyes vigentes por nuevas leyes y mayores penas, que serán ineficazmente aplicadas y olvidadas apenas pase el impacto emocional.

Quiero ser muy claro. No digo que el derecho penal y la sanción de los delitos deban abolirse. Digo que, una vez que cierta conducta es declarada delito y se le asigna una pena, si la ley que establece esas cosas no produce los efectos esperados, la solución no es seguir aumentando las penas y creando nuevas figuras penales superpuestas. Si la ley no da resultado es porque, de alguna manera, su contenido no está en consonancia con las creencias, los hábitos o las formas de vida reales de la sociedad. Y eso no hay ley que lo corrija.

Mi hipótesis es que la sociedad uruguaya, más allá de los discursos inclusivos, es cada vez más intolerante y más violenta. O, quizá, cierta violencia que antes se canalizaba hacia lo político y hacia lo social, hoy se manifiesta en otras áreas, como la vida familiar y privada (por eso la violencia doméstica), el deporte, el tránsito, la convivencia barrial y las redes sociales. Me atrevería a decir que incluso el manejo que se hace de las normas jurídicas es violento. Basta ver con qué frecuencia se reacciona ante los problemas sociales proponiendo prohibiciones y sanciones penales.

Si la violencia es un problema social generalizado, la solución no es amontonar normas que prohíban sucesivamente agredir a la pareja, al perro, al hijo, al “hincha” del cuadro contrario, al vecino, al policía, al que opina diferente y al inspector de tránsito, como si cada uno de esos casos fuera una situación diferente y única. Todas tienen en común una cosa: la violencia. La solución, entonces, pasa por encarar a la violencia como un problema generalizado que exige un tratamiento integral.   

Mientras la violencia tenga apellido, ya sea “de género”,  o “deportiva”, o “racial”, o “por ajuste de cuentas”, y reciba un tratamiento diferente según la rabia que nos produzca su motivo o su autor, seguirá campeando a sus anchas. Es más, estaremos reproduciendo en las leyes las condiciones emocionales que le dan origen.

La segunda conclusión –que rompe tanto los ojos como la primera- es que la raíz del problema no es la falta de leyes sino un estado cultural del país. “Menos leyes y más educación”, o “Pocas leyes, sensatas, y mucha educación”, serían las frases que mejor sintetizarían la idea.

En una sociedad que se ha fragmentado, en la que la enseñanza primaria ha decaído y no cumple ya el papel integrador que alguna vez cumplió, y en la que casi tres cuartas partes de la población no completan la enseñanza secundaria, es ilusorio esperar que la violencia retroceda.

Es seguro que la solución de fondo es un cambio sustancial en las políticas educativas y sociales. Pero eso, además de contar con obstáculos políticos, surtiría efecto a largo plazo.

¿Qué hacer mientras tanto?

Por lo pronto, asumir que la violencia es una pauta de conducta que debería rechazarse integralmente. Legislar poco y claro, pero hacer de ese rechazo una causa nacional, sin distinguir si la violencia es por género, por fútbol, para robar, o por mero abuso de la indefensión de un niño.

La violencia, además, no se comete sólo por acción. Hay violencia por omisión, como ocurrió en el caso de Felipe Romero, desatendido por los adultos que lo rodeaban, y ocurre en el caso de tantos niños, sin excluir a muchos a cargo de organismos dependientes del INAU.

Los niños, precisamente, son la prueba de que la violencia es general. ¿Quién de nosotros no está omiso sabiendo  que tantos sufren sin tener voz para reclamar leyes o  justicia?    


INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Rumbo al circo

publicado a la‎(s)‎ 19 abr. 2017 15:32 por Semanario Voces   [ actualizado el 19 abr. 2017 15:33 ]


Escribo este artículo sin expectativas, casi desinteresado de sus efectos prácticos, quizá por aquello de que ciertas cosas deben ser dichas sin importar los resultados.

Para un lector desatento, el tema de esta nota serán dos hechos recientes: el episodio de denuncia e intervención de la Intendencia respecto del establecimiento “Coffe shop” por reproducir en un pizarrón cierta frase de un personaje de una película de Tarantino;  y la aprobación unánime por el Senado de una reforma al artículo 312 del Código Penal, por la que se incluye al “femicidio” como una variante de homicidio muy especialmente agravado (15 a 30 años de penitenciaría).

Sin embargo, de lo que realmente quiero hablar, lo que en verdad me parece importante considerar, es otra cosa. Un fenómeno cultural que se manifiesta en esos dos hechos pero también en muchos otros, a los que nos hemos ido acostumbrando casi sin notarlo.

El episodio de “Coffe shop” tiene ribetes grotescos, que serían humorísticos si no pusieran en evidencia la cruda mezcla de ignorancia, prejuicio y autoritarismo en personas que ocupan cargos públicos destacados, mezcla que, al parecer, comparte cierta parte de la población.

El decano Rodrigo Arim no tiene obligación de saber de cine y la Directora de Políticas Sociales de la Intendencia de Montevideo tampoco. En rigor, no tienen por qué saber de cine, ni de literatura, ni de filosofía, ni de ciencia política. Tienen derecho a ignorar esas y muchas otras áreas del conocimiento. En cambio, tienen obligación de conocer un poco la Constitución y algunas normas básicas todavía vigentes en nuestro país. Por ejemplo, deberían saber que la expresión del pensamiento es libre y que nadie debería ser sancionado por publicar ideas propias o ajenas, siempre que la publicación no configure por sí misma un delito o instigue a la comisión de delitos. Deberían saber que el derecho castiga actos, no la simple expresión de ideas.

La discriminación en el ingreso a un local comercial, para ser delito, debe materializarse en una política de admisión. Debería demostrarse que el local niega el ingreso a cierta categoría de personas para acusar y sancionar a sus propietarios. En este caso, la frase del personaje de Tarantino (“No se admiten perros ni mexicanos”) no era el anuncio de una política de admisión del establecimiento comercial. En otras palabras: el cartel sería una infracción a la ley si expresara un criterio efectivo de admisión arbitrariamente restrictivo, cosa que en este caso no ocurría. ¡Habría sido tan fácil evitar el incidente tan solo con preguntar en el local qué significaba el cartel y si realmente se prohibía el ingreso de mexicanos! Pero tanto el denunciante como los funcionarios intervinientes prefirieron prejuzgar que existía discriminación y desatar la persecución estatal y el linchamiento virtual del establecimiento y de sus dueños.      

Como nota curiosa, el denunciante afirmó en Twitter que el propietario del local era norteamericano (lo que podría considerarse discriminatorio, además de a medias falso). Otra curiosidad es que ciertos locales comerciales, en los que actúan “estripers” masculinos, prohíben efectivamente el ingreso de público masculino, sin que eso haya alterado nunca a las autoridades departamentales o nacionales.

El otro episodio relevante es la aprobación en el Senado, por unanimidad, de la reforma del artículo 312 del Código Penal, para incluir a la figura del femicidio como un homicidio muy especialmente agravado, con pena de 15 a 30 años de penitenciaría, que contrastan con la de 20 meses de prisión a 12 años de penitenciaría para el homicidio común y la de 10 a 24 años de penitenciaría para los homicidios especialmente agravados.     

La reforma tiene varios aspectos preocupantes. Uno es que crea una modalidad de homicidio en que la víctima sólo puede ser mujer y el victimario, aunque no se lo dice expresamente, sólo puede ser hombre. El uso de la expresión “el autor”, en lugar de “el autor o autora”, para referirse al victimario, así lo indica, sobre todo porque la misma ley usa expresiones como “hijas o hijos” cuando quiere abarcar a los dos sexos.

Otro aspecto preocupante es que la tipificación del femicidio, definido como causar la muerte de una mujer por motivos de odio o menosprecio a la condición de mujer, se convierte en un verdadero chicle, capaz de convertir en femicido a cualquier cosa. Así, de acuerdo al literal a) del artículo en la redacción propuesta, será prueba del odio o menosprecio a la condición de mujer “Que a la muerte le haya precedido algún incidente de violencia física, psicológica, sexual, económica, o de otro tipo, cometido por el autor contra la mujer, independientemente que (la omisión del “de” debe de ser una licencia legislativa) el hecho haya sido denunciado o no por la víctima”.

Esa definición amplísima de la violencia previa hace que toda muerte de una mujer por alguien que tenga alguna relación con ella (salvo que la mate un desconocido usando mira telescópica) pueda ser tipificada como femicidio.

En los debates previos sobre este proyecto se ha señalado hasta el cansancio que la creación de la figura del femicidio no prevendrá ni disminuirá las muertes por violencia dentro de la pareja. No lo ha hecho en ninguno de los países que la han creado y la aplican. No lo hace ni lo hará porque, como política legislativa, está equivocada. La violencia en la pareja o ex pareja no es una conducta racional ni especulativa. Y es falso que se funde en la idea de propiedad o de odio y menosprecio a la condición de mujer. Por lo tanto, tratándose de una conducta que suele cometerse en estados de alteración emocional y psicológica (por eso va acompañada con tanta frecuencia por el suicidio) de nada servirá ponerle a esa conducta un nuevo nombre ni asignarle una pena mucho mayor. Esto es tan evidente que ya nadie, ni siquiera las organizaciones feministas, defiende el proyecto alegando sus efectos positivos. Simplemente se habla de “emitir una señal” o, peor aun, se excita la reacción de rechazo que a todos nos producen esos asesinatos, para promover una respuesta irracional y a todas luces equivocada.

Además de ser inútil, la nueva figura penal consagra una distinción discriminatoria, por la que matar a una mujer pasa a ser penalmente más grave que matar a un hombre o a un niño. Es decir, se viola el principio de igualdad en un área tan básica como lo es la protección de la vida, sin ni siquiera poder sostener que se lograrán los resultados supuestamente buscados.

¿Por qué se vota por unanimidad en el Senado una disposición discriminatoria que, por añadidura, será ineficaz para lograr los efectos alegados?

Vivimos un tiempo en que la agenda pública está poblada por temas distractivos, que tienen por fin hacernos discutir y destinar tiempos legislativos e institucionales a asuntos menores e incluso falsos (como la supuesta discriminación en Coffe shop) y a supuestas soluciones legislativas que en realidad nada solucionan (como la creación del femicidio).

Lo grave es que esos temas conllevan la destrucción de principios sustanciales de la convivencia social tal como la conocemos. Estos dos casos lo demuestran. En ellos de ponen en cuestión dos principios fundamentales: la libertad de expresión, y la igualdad ante la ley. 

Las soluciones buscadas, la intervención represiva de los organismos públicos en el caso de Coffe shop, y la aprobación del femicido por el senado, transgreden alegremente esos dos principios. Sin contar otros, como que los organismos públicos deben actuar dentro de sus competencias y no deben invocar faltas administrativas (por ejemplo, control de autorización de Bomberos) para castigar por razones ideológicas.

¿Cuál es el verdadero fondo del asunto?

Principios jurídicos como la libertad de expresión y la igualdad ante la ley son resultado de luchas centenarias contra el autoritarismo y la caza de brujas ideológicas. Quien crea que esos principios están asegurados se equivoca. Sólo un cuidadoso control sobre las autoridades puede evitar que esos vicios del poder reaparezcan.

Sin embargo, vivimos un tiempo en que los derechos esenciales, y los trabajosos mecanismos establecidos para garantizarlos, son sustituidos por corrientes emotivas que se erigen en leyes, arbitrarias e imprevisibles, como suelen ser las corrientes emotivas. Así, si me indigna la muerte de un caballo en la Rural, propongo prohibir las jineteadas, sin importar si la muerte es accidental ni cuántas personas vivan de esa actividad; si puedo exhibir mi amplitud mental persiguiendo a un imaginario norteamericano discriminador de mexicanos, claro que apoyaré que lo persigan, aunque la discriminación sea falsa; y si me indigna la muerte de mujeres, vale votar una ley aunque haga trizas el principio de igualdad y no sirva para impedir las muertes.

Lo que importa es mi emoción, no los resultados ni los perjuicios que ocasione el satisfacerla.

Resolver los conflictos humanos con soluciones racionales y equitativas es un largo camino. Si, cansados de ese camino dificultoso, decidimos sustituirlo por el libre juego de las emociones, acicateadas por la publicidad y el deseo de satisfacción inmediata, iremos en otra dirección.

Los linchamientos y el circo romano se basaron siempre en la satisfacción de las emociones primarias colectivas.  

 

 

 


EL LIBERTADOR A LA ESPERA Por José Manuel Quijano

publicado a la‎(s)‎ 9 abr. 2017 6:37 por Semanario Voces


Venezuela  da sorpresas con frecuencia, por lo general no agradables. La supresión de la Asamblea Nacional ( Parlamento) , cuyas funciones  pasaron a ser usurpadas por el Supremo Tribunal Constitucional, y  el fin de la inmunidad  de los integrantes de la Asamblea, provocaron tal reacción adversa en el ámbito internacional  que  Maduro, instigador de ambas decisiones,  retrocedió  y le indicó al  obsecuente Supremo que las anulara. Entre tanto, la apariencia de  poder  sin fisuras que  mostraba el chavismo  se desmoronaba: La fiscal general, Luisa Ortega, hizo saber

 que la sentencia del Tribunal Supremo por la cual despojaba de poderes a la Asamblea rompía el “orden constitucional”. La debilidad  y, una vez más, la torpeza del heredero de Chávez, 

quedaron en evide


ncia.

La dictadura.  Si la dictadura es el ejercicio del gobierno, invocando el interés nacional, fuera de las leyes constitutivas de la nación,  no ha habido prueba más contundente de  que en Venezuela impera una dictadura donde no rige la separación de poderes.  A lo que se agrega elecciones para gobernadores postergadas, temeroso el ejecutivo de perderlas ;  el control  casi absoluto de los medios de comunicación; las  maniobras  dilatorias  en un supuesto dialogo con la oposición que,  gracias a mediadores  complacientes (Zapatero, el Vaticano), le ha permitido  al poder  ganar tiempo y agotar plazos para desvirtuar los efectos de un revocatorio; los  presos políticos algunos sentenciados,  otros  sin que se inicie el proceso y  aun otros  con libertad concedida pero que siguen entre rejas; y las amenazas  verbales constantes, crispadas,  hacia adentro y hacia afuera  procurando , cada vez con menos éxito, infundir miedo. He aquí una dictadura con todas las violaciones a la ley y  una persistente mala fe.

¿Qué actitud deben asumir la OEA y la UNASUR? En teoría deberían promover el dialogo pero el gobierno no reconoce a la otra parte como interlocutor válido. Si bien la UNASUR  ha tenido desempeños relevantes en el pasado,  actuando en otros países, el uso y abuso de Maduro de ese organismo – creado supuestamente para beneficiar a la  autonomía regional- ha comenzado a desvirtuarlo. En cuanto a la OEA, desde que Luis Almagro asumió en la Secretaria General ha tomado un protagonismo  que no había tenido desde los años 50. Por lo que se ve el secretario Almagro defiende ideas (que sin duda son las propias) y no cuida puestos o reelecciones, algo absolutamente sorprendente en los conductores de los organismos internacionales, mucho más inclinados al silencio pusilánime. El gobierno de Venezuela ha hecho méritos más que suficientes para que se aplique la Carta Democrática (de la OEA, del MERCOSUR) aunque corresponde a las diplomacias regionales determinar cómo y cuándo.  El 3 de abril la OEA tomó la decisión de dar los pasos necesarios para aplicar la Carta Democrática a Venezuela.

 

 

 

Lo que ocurre en Venezuela  es consecuencia directa de tres de las concepciones centrales del chavismo: el control del poder de manera indefinida, que conduce a  validar elecciones solo si gana el partido en el poder;  el intento  permanente de desarticular  toda forma de oposición organizada;  y la expansión de la actividad del estado, a medida  que las empresas privadas se asfixian, como principal agente de producción.  Estas  dos últimas concepciones  tienen mucho del socialismo real del siglo XX  y  poco presumiblemente  de socialismo del siglo XXI, signifique eso lo que signifique. Pero la primera, el poder indefinido, tiene también raíces profundas en la historia de Venezuela  y en las creencias, plasmadas en normas constitucionales, de Simón Bolivar.

 

La herencia del  libertador.-El homenaje  y el reconocimiento a Bolivar, por su obra como libertador,  como artífice de grandes batallas ( Carabobo) e inspirador de Sucre en el enfrentamiento decisivo ( Ayacucho), como fundador de naciones  y figura regional de mayor peso en los años  de nuestros países en barbecho,  es unánime. Formidable figura, de proyección global, que ingreso muy joven a la política  y batalló durante 30 años, hasta que la enfermedad se lo llevó. 

¿Fue republicano Bolivar? Si, lo fue. No cayó en la tentación de la monarquía constitucional, como muchos de los dirigentes de la cruzada libertadora latinoamericana, que veían en ella el ente regulador  de las pasiones y el mejor freno (o el único) a la anarquía  y a los levantamientos militares.  Pero a la hora de  diseñar una alianza confederada regional no descartaba que esta pudiera concretarse entre monarquías y republicas. (Rafael Rojas: “Las repúblicas del aire. Utopía y desencanto de la Revolución de Hispanoamérica”, 2009) Y cuando promovió el Congreso Anfictiónico en Panamá, cursó invitación al Brasil de los Braganza.  Parece haber tenido  conqueteos iniciales con el federalismo ( un sistema  “demasiado perfecto”, según decía, por lo cual “exigía virtudes y talentos políticos muy superiores”) pero  en los hechos  en las constituciones de Colombia y de Bolivia  estableció un sistema centralista de gobierno  y  en la integración entre Colombia , Ecuador y Venezuela, formando la Gran Colombia, optó también por el centralismo.

¿Fue democrático Bolivar?  No. En julio de 1826 decía en una carta a Santander: “Estoy fatigado de ejercer el abominable poder discrecional, al mismo tiempo que estoy penetrado hasta adentro de mis huesos   que solamente un hábil despotismo debe regir a la América”.  Admiraba  a la organización republicana de las colonias  de América del Norte (“puede contarse entre las maravillas que de siglo en siglo produce la política” ) pero se distanciaba de aquellos que “quieren imitar a los Estados Unidos sin considerar la diferencia de elementos, de hombres y de cosas (….) nuestra composición es muy diferente a la de aquella nación” (carta de enero de 1827 al general Antonio Gutierrez de la Fuente )

Hay posiblemente  influencia de  Alexis de Tocqueville, deslumbrado por el modelo de Estados Unidos pero observador agudo  de lo que llamaba “la crisis de la elección”  porque la elección “se convierte en el único asunto que preocupa a los espíritus” y porque el presidente, cuando se postula a la reelección  “ya no gobierna  para el interés del estado sino para  la reelección”. “Y cuando la elección se aproxima, las intrigas   se hacen más activas, la agitación más viva y más extendida” (Marius André:” Bolivar et la Démocratie”, 1924)

En la concepción de Bolivar  la intervención popular  debía ocurrir  para elegir apenas  al primer presidente y  a los tribunos y senadores,  pero el cuerpo electoral estaba acotado y  no respondía a los principios del sufragio universal.  El libertador no creía que una república  alcanzara la estabilidad  en un régimen democrático y con sufragio universal. El gobierno republicano que propugnaba  no era  “perfectamente representativo”

“La libertad indefinida,  la democracia absoluta, (creía Bolivar) son los escollos a donde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas.”  Con Rousseau, Bolivar pensaba que “la libertad es un alimento suculento pero de difícil digestión” (Enrique Krauze:  Simon Bolivar el demonio de la gloria, 2013). Procuraba, se dice, un “gobierno paternal” de tendencia humanitaria y de contenido social. Pero alejado  del cesarismo democrático, del bonapartismo ambicioso y tampoco un anticipo de las dictaduras  totalitarias modernas. (Enrique Neira Fernandez: “La democracia liberal republicana de Bolivar”). Todos temas sujetos a debate.

No hay duda  alguna de que Bolivar quería evitar los males, a su juico inevitables, que derivarían de elecciones presidenciales frecuentes. Su inspiración regional  fue  Petion, en Haití, electo presidente de por vida y con derecho a nombrar a su sucesor. El libertador  no se limitó a exponer su pensamiento. Lo plasmó, además, en las constituciones de  Bolivia y de Colombia, con  presidentes vitalicios y, en los dos casos, con  una cámara de Tribunos, electos por 4 años, una cámara de Senadores, por ocho años, y una cámara de Censores electos de por vida. Si bien los permanentes empujes  reeleccionistas en algunos países latinoamericanos tienen  causas diversas  la presidencia vitalicia puede verse como un antecedente , y aún como una fuente de inspiración,  para el presidente-dictador perpetuado  por reelecciones sucesivas

El armado institucional, que  contaba con una participación popular  limitada, estaba compuesto, en el mundo imaginado por el libertador, por hombres íntegros, muchos de ellos miembros de la alta oficialidad  que había combatido a los españoles,  componentes de una primera generación de militares  allegados a la función de gobernar. Para algunos  ahí está el germen del endémico y pernicioso  intervencionismo militar.

Es claro también, a través de su correspondencia, que el libertador no buscaba la presidencia vitalicia para su gloria personal. En carta a Santander de mayo de 1825 dice “He visto una gaceta de Caracas en que me proponen como candidato; y respondo que no  aceptaré jamás tal presidencia, pues con esta llevo dos, y el mismo Washington no pudo acepar noblemente la tercera; y como yo no me creo menos liberal que Washington, no aceptaré, por cierto, la tercera presidencia”. Vuelve sobre el mismo tema en octubre de 1825   y en junio de 1826, en carta al presidente del Senado de Colombia,   indica que Washington “mostró el peligro a sus ciudadanos de continuar indefinidamente el poder público en manos de un individuo”. Palabras sabias, sin duda, aunque de cierta ambigüedad   o incluso contradicción con  el presidente vitalicio que Bolivar propone para las repúblicas latinoamericanas. 

El dictador a desgano.- La vida de  Bolivar, tan llena  de éxitos y fracasos, tiene penosamente  un final infeliz.  Brillante militar, con una formación cultural muy superior a la de su medio y caudillo adorado por sus seguidores  fue, por otra parte, errático gobernante más dispuesto a volver al orden y al pensamiento dominante español, obsesionado por evitar la anarquía, que a lanzarse a construir  nuevos escenarios.  Investido como dictador (quizá más cerca de la idea del dictador romano, el Lucio  Cincinato a quien se llama para resolver los graves males momentáneos de la república) va perdiendo apoyo entre los suyos  que  no comparten o no comprenden  algunos de sus actos. El centralismo  chocaba con los  anhelos  federales  muy extendidos.  Su clericalismo extremo estaba reñido con los recelos hacia la Iglesia que era  sinónimo del dominio español.  Asigna a la religión  un papel  estabilizador y anti demagógico,  y  devuelve el diezmo a la Iglesia Católica (que durante la lucha contra España se había suprimido),  proclama religión oficial del estado a la Católica Apostólica y Romana,  implanta la enseñanza obligatoria de la religión oficial en los centros educativos y, cuando interviene la universidad (luego del atentado contra su vida), le indica por escrito al rector cuales son las cátedras  que deben impartirse  y cuales los autores prohibidos. (Marius André: op cit)  

En la nota al rector de la Universidad de Bogota el  “Libertador Presidente” le indica los cambios que debe hacer en el plan de estudios (síntesis): 1.- El  restablecimiento del estudios de latin, necesario para el conocimiento de la religión; 2.-Los estudiantes de filosofía deben dedicar la mayor parte del segundo año al estudio de la moral y el derecho natural; 3.- Por el momento se suspenden las cátedras de principios de  legislación  universal, de derecho político,  de constitucional y de ciencias administrativas;4.-Que cuatro años sean dedicados al estudio del derecho civil romano, al derecho nacional y al derecho canónico; 5.- Que  los jóvenes deban asistir de manera obligatoria a un curso sobre los fundamentos y la apología de la religión católica romana y de su historia.

“La religión – dice -  es el gran entusiasmo que  yo quiero revitalizar para utilizarla contra todas las pasiones de la demagogia” (carta a Rafael Arbalado, de julio 1828)

Deseoso de mantener la unidad territorial de la Gran Colombia ve con angustia como las fuerzas centrifugas  apartan a Ecuador y Venezuela.  Alejado  del poder, acosado por maniobras mezquinas, con el estigma de “usurpador” que le endilga  Benjamin Constant,  enfermo  de tuberculosis , dispuesto a marchar al exilio europeo  le escribe,  con ironía , en setiembre de 1829,  a Joaquín Mosquera: “No quieren monarquías ni vitalicios, menos aún aristocracia. ¿Por qué no se ahogan de una vez en el estrepitoso y alegre océano de la anarquía? Esto es bien popular y, por lo mismo,  debe ser lo mejor, porque, según mi máxima, el soberano debe ser infalible”.

El legado.-De esta gesta gloriosa, creativa en la batalla y en la formación de naciones, generosa en la entrega  y tan marcadamente tradicional o incluso regresiva en la organización  educativa, en la divulgación de la ilustración (donde había abrevado  sin embargo siendo muy joven)  y  en las formas de convivencia ciudadana, proviene  el viento de ahora.  Como ha señalado Luis Castro Leiva (“El historicismo  Político Bolivariano” 1984) la historia política  venezolana  se vive como  perfectible quehacer bolivariano, y transforma su patriotismo en una tensión religiosa ambigua: a la vez sagrada, profana, secular y cívica.  El “ideario bolivariano” (supuestamente de Bolivar) es la condición necesaria para la realización profético-religiosa de la historia política y moral de Venezuela; es decir, condición necesaria para la realización del destino como nación independiente.

¿Y cuál es su legado? El más obvio y el más grande es la expulsión del colonizador del territorio americano y el deseo – que tropezó con muchos escollos - de construir la Gran Colombia y de buscar alguna forma de aproximación entre las naciones hispanoamericanas. Pero a él debemos también, en el terreno de la conducta de los hombres, tan cuestionable en el presente en varios países de la región,  una honradez extrema pues ingresó a la vida pública  con una gran fortuna personal y murió, 30 años después,  sin un céntimo ; una magnanimidad  infrecuente con  quien   lo había ofendido o incluso  organizado un  complot contra su persona ( libró del fusilamiento  a Santander luego del atentado  contra su vida) ; una dedicación al estudio, el pensamiento y  la ejecución de las instituciones que, a su juicio, mejor se adaptaban a los retos  del siglo XIX; un  respeto de  delicadeza  elevada  en cuanto a las atribuciones  legales de los demás (mientras liberaba Perú o fundaba Bolivia  se cuidaba mucho, como revela su correspondencia, de impartir instrucciones  al presidente en ejercicio de la Gran Colombia y menos aún de indicar línea de acción a los parlamentarios) ; un enemigo declarado de la demagogia, es decir de quienes  alimentan las pasiones  en beneficio propio; y un hombre muy consecuente, hasta el final, con sus pensamientos más íntimos.

 Es ahí, también, donde está la fuerza de este constructor de naciones.  La Venezuela postchavista  se apartará de la vergonzosa deriva del presente y  regresará a ese venero  primigenio de inspiración.

 


AL FIN Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 9 abr. 2017 6:26 por Semanario Voces


Podría haberle ahorrado mucho sufrimiento al pueblo venezolano si en lugar de dedicase al juego de las estrategias, la izquierda uruguaya hubiese actuado como si le doliese a ella. ¿Es que en ningún momento se dio cuenta que el chavismo, como tantos otras alternativas populistas, que apenas se aprendieron lo formal de mantener una posición de izquierda, sólo estaba haciendo uso de un discurso que, en la práctica, encubría escasamente el odio a los valores democráticos en que nuestro país había conseguido los mejores resultados de convivencia y progreso? ¿O todavía la izquierda uruguaya no lo tiene claro?

El Frente Amplio nunca manifestó solidaridad con la Mesa de Unidad Democrática, y, en cambio, se tragó la pastilla chavista de que era una alternativa fascista. Hasta el día de hoy, cuando leemos declaraciones de algunos portavoces del Frente, sentimos que algo anda muy mal para leer la realidad. ¿Cómo se puede estar tan convencido que la oposición venezolana es una fuerza de derecha y tener la convicción de que el puñado de militares que protagonizaron  el intento golpista contra el presidente constitucional, Carlos Andrés Pérez, que se comportó como uno de los mejores amigos que tuvo el pueblo uruguayo durante la dictadura es la alternativa de la izquierda? ¿En qué está basada esa convicción? ¿Basta recitar algunas estrofas del manifiesto antiimperialista para ser considerado, automáticamente, un compañero de confianza? ¿La misma convicción no la tuvo ante Kirschner, cuando, en realidad, éste, y su señora después, eran sólo el discurso de una siniestra organización que se robó los recursos de la ciudadanía, a quienes debían fidelidad, porque ese es el juego al que los demócratas se deben comprometer? ¿La izquierda uruguaya se alarmó ante la valija llena de dólares de PDVSA / Antonini Wilson? ¿Le pareció gracioso lo de “¡Exprópiese!”, o la fábula de los pajaritos de Maduro? ¿Reaccionó, al menos con dudas, ante los primeros indicios de la enorme estafa de Petrobrás, en el gobierno del Partido de los Trabajadores, en Brasil?

No todo vale, y a la corta o a la larga, acaban con cualquiera buena intención, por más origen obrero que tenga el Presidente, y por más guerrillera que haya sido la responsable de Petrobrás, cuando comenzó el vaciamiento de una de las empresas petroleras más grandes del mundo. De ahí viene el hartazgo ante estas noticias, y el estupor que causa. Resulta difícil de tragar que gente como Diosdado Cabello, acusado de ser el principal del Cartel de los Soles, cuando empiezan a aparecer pasaportes diplomáticos venezolanos por todos lados, cuando hay dos sobrinos de la “Primera Combatiente”, presos por tráfico de drogas, haciendo uso de esos pasaportes, cuando falta nafta en el país con las mayores reservas petrolíferas del mundo, cuando no hay papel higiénico, cuando se desconocen los votos que eligieron a los diputados opositores en elecciones organizadas por el chavismo, y se usa el insulto más procaz como arma de descalificación política, resulta difícil creer que no se haya abierto un margen de duda ante quien se comporta como un vulgar déspota.

El presidente Vázquez ha hablado. Después de mantener silencio ante los sistemáticos atropellos del gobierno de Maduro se definió públicamente en apoyo de su ministro de Exterior. Desde aquellas declaraciones suyas en Alemania hasta ahora la situación en Venezuela no se agravó, simplemente el conjunto de países latinoamericanos y la posición del excanciller uruguayo comenzaron a tomar decisiones. Por suerte no se ha oído la voz de los Estados Unidos. La canciller de Venezuela acusa a Almagro de actuar a las órdenes del Departamento de Estado de los EEUU, y a Nin de concertar acciones con la embajada de Estados Unidos en Montevideo. Si al presidente Trump se le ocurriese la mala idea de protagonizar la protesta contra el régimen de Maduro, entonces, las acciones de solidaridad con la población venezolana fracasarían. La opinión pública latinoamericana no quiere ver a sus países actuando como títeres de los Estados Unidos, y esa ha sido una de las claves para entender la duración del régimen de los Castro. Qué más quisiera Maduro que Estados Unidos se pusiera a la cabeza de los países de la OEA.  Pero esto no es una confabulación, es el ocaso de un país que dilapidó su riqueza comprando los votos para moverse al borde de la prepotencia en cuanto foro internacional pisó.

Y es el final del régimen porque comienzan a desentenderse del gobierno personas importantes, decisivas, como María Luisa Ortega, y el general retirado y exministro de Interior y Justicia, Miguel Rodríguez Torres, que recorre el país argumentando que la salida para Venezuela es ir a elecciones este mismo año. ¿También la Fiscal General es un agente del imperialismo? Hasta ayer mismo estuvo convalidando las decisiones del régimen de Maduro, es una de las más fieles militantes del chavismo. Como Fiscal General ha sido una de las principales barreras jurídicas con que ha contado Nicolás Maduro. Sin duda que su opinión contraria a que el Tribunal Supremo de Justicia asumiera funciones legislativas ha sido de las señales más fuertes que haya recibido Maduro. ¿Qué saben el exministro del Interior y la Fiscal General de la República de Nicolás Maduro y su entorno? Seguro que mucho.

Estamos ante el fin de un ciclo funesto para América Latina y los venezolanos. El próximo gobierno seguramente surgirá de la Mesa de Unidad Democrática y tendrá que hacerse cargo de este desastre, sin contar ya con la inmensa riqueza petrolera, que se encuentra con precios bajos y, en cambio, el uso de las fuentes de energías limpias en plena expansión. El chavismo dilapidó esa riqueza y no preparó al país para cuando el petróleo dejara de ser atractivo. La constructora norteamericana de coches eléctricos Tesla ha pasado a la Ford en la cotización de sus acciones en la bolsa, y Hyundai sacará al mercado, dentro de un año, un coche impulsado por hidrógeno, con cero emisión y con una autonomía de 800 kms. Esta es la frontera a la que están llegando los países que han invertido en el futuro. El chavismo se dedicó a la carrera armamentista y a comprar votos que asegurasen la supervivencia de gobiernos compañeros, y su propia supervivencia, cualquiera fueran las circunstancias. Lo que importaba era salvaguardar los intereses del cogollo chavista, un puñado de militares golpistas que tiene muy clara las cosas: si este gobierno desaparece, chau impunidad, chau negocios a la sombra de PDVSA.

Las señales son inequívocas, el gobierno está solo, y de haber elecciones hoy se repetiría el apoyo popular que la MUD recibió el 5 de diciembre de 2015, cuando consiguió la mayoría absoluta. La Mesa de la Unidad Democrática ha actuado con madurez y cautela, no ha salido a la calle a desafiar el régimen porque sabe que el gobierno está esperando para provocar una situación irreparable. La MUD juega a hacer pesar su mayoría en el Parlamento, y desde ahí reclama la solidaridad internacional, que por primera vez parece comprender la situación insostenible de Venezuela.

El presidente Vázquez respondió con firmeza, como corresponde al presidente de un país soberano. Al mismo tiempo, ha sumado su voz a los países del Mercosur que piden elecciones en Venezuela. ¿A qué le teme Maduro? ¿Duda que pueda ganarlas? En todo caso es un recurso constitucional que escamoteó a los venezolanos. Uruguay debe mantenerse firme en su reclamo, lo avala el resultado electoral que dio mayoría absoluta a la MUD en las elecciones parlamentarias del 5 de diciembre de 2015, resultado que Maduro se quiso llevar por delante a través de su apéndice, el Tribunal Supremo de Justicia.


INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: América "de facto"

publicado a la‎(s)‎ 5 abr. 2017 17:52 por Semanario Voces


                                                                                                                                               

 

Los datos sobre la existencia de una operación internacional destinada a derribar al gobierno de Nicolás Maduro aparentan ser cada vez más firmes.

Un documento, suscripto y no desmentido por el Jefe del Comando Sur del ejército de los EEUU, Kurt Tidd, así como declaraciones previas de su antecesor en el cargo, John Kelly, parecen confirmar lo que muchos analistas y el propio gobierno venezolano

 

venían denunciando. El documento, filtrado a la prensa a mediados del año pasado, se propone el derrocamiento del gobierno de Maduro por medio de un conjunto de acciones políticas, económicas y eventualmente militares. Además le asigna a la OEA, y en particular su Secretario General, Luis Almagro, la misión de aislar a Venezuela, expulsándola mediante la aplicación de la “Carta democrática”.

La existencia de ese plan no borra los muchos defectos del gobierno de Maduro. Pero impone pensar el asunto superando la dicotomía simplificadora de “Maduro, dictadorzuelo caribeño, versus la democracia y el derecho internacional”, o “Maduro, líder popular, víctima del imperialismo yanqui”.

La situación de Venezuela nos exige-permite tratar de entender algunos aspectos del nuevo mundo (el sistema global) en el que estamos viviendo.

Una visión de izquierda tradicional despacharía el tema en dos minutos: “Es lo de siempre –diría- el imperialismo yanqui  va detrás de los recursos naturales, en este caso nada menos que el petróleo, y para eso arrasa  a cualquier gobierno, democrático o no. Por eso hay que tomar partido incondicionalmente por el gobierno de Maduro”, que quedará así automáticamente adornado por todas las virtudes populares, socialistas y revolucionarias.

Por otro lado, ciertas visiones liberales (tanto “de derecha” como “progresistas”) resolverán también el asunto con facilidad: “La cuestión es entre la democracia y la dictadura, o entre la libertad y el autoritarismo. Por eso hay que respaldar al derecho internacional, encarnado en este caso por la OEA”.

He visto sostener las dos posturas con buena fe. Sin embargo, tengo la sensación de que ninguna de las dos da cuenta de ciertos importantes asuntos en juego.

Para empezar, si el plan contra Maduro es cierto, ¿quién lo está llevando a cabo? ¿Los EEUU? ¿El gobierno de Trump? ¿El ejército? ¿Quién?

El documento del Comando Sur es de febrero de 2016. Desde entonces, hubo campaña electoral, perdió Hillary, Obama terminó su mandato y asumió Trump, para sorpresa y desazón de todo el sistema político estadounidense. Pero Trump tiene dificultades para implementar casi cualquiera de las medidas a las que se comprometió. De hecho, desde su asunción enfrenta una virtual rebelión del sistema político. Sin embargo, el plan contra Venezuela sigue su marcha desde principios de 2016 como si nada hubiese pasado en la política de los EEUU. Cualquiera puede colegir que no son el nuevo presidente ni su gobierno quienes lo planearon y lo impulsan. ¿Quién, entonces?

Hay razones para pensar que la política exterior de los EEUU –y probablemente también buena parte de la interna-  no es ya de resorte de los presidentes ni de sus gobiernos. Una conjunción de intereses no estrictamente estadounidenses sino globales, las corporaciones financieras, la industria petrolera, la industria armamentista asociada al estamento militar y las empresas que arriendan sus servicios en los territorios en guerra, parecen ser los verdaderos beneficiarios de las costosas guerras iniciadas durante la administración de George W. Bush, proseguidas durante la de Obama y heredadas ahora por la de Trump. Eso explicaría que el plan del Comando Sur, redactado e inicios de 2016, con otro gobierno, se siga ejecutando ahora como si nada hubiese cambiado en los EEUU.

Este fenómeno no es nada menor. Durante décadas, estuvimos acostumbrados a ver a los intereses nacionales de los EEUU detrás de sus intervenciones diplomáticas y militares en el mundo. Eso ya no es así. Ahora puede ocurrir que la diplomacia y el poder militar de los EEUU actúen en formas que perjudiquen incluso los intereses del Estado y del pueblo de los EEUU. La destrucción de Irak, que eliminó un obstáculo para el poder de Irán en la región, es un buen ejemplo. La globalización neoliberal es también eso: los Estados y los pueblos, incluso los poderosos, pueden estar supeditados y ser usados por intereses que ya no tienen un asiento territorial determinado.

El otro asunto al que nos enfrenta el “caso Venezuela” es el de la función del derecho internacional.

¿Existe un derecho internacional legítimo, que va abriéndose camino, declarando y garantizando los Derechos Humanos y la paz en el globo? ¿La OEA y la ONU, pese a sus falencias, encarnan para nosotros, los americanos, ese proceso civilizatorio mundial?

Lo políticamente correcto sería responder “sí”. Sin embargo, los hechos indican lo contrario

¿Cuántos golpes de Estado y cuántas invasiones hubo en Centro y Sudamérica desde mediados del Siglo XX hasta ahora?

Haciendo una lista incompleta, desde los años 60 hubo golpes de Estado en Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Perú, Haití, Bolivia, Honduras. Y hubo invasiones militares por parte de los EEUU en Panamá y Grenada. ¿Y qué hizo la OEA en todos esos casos?

Nada. Al menos mientras los EEUU apoyaran a los regímenes de facto instalados.

La situación de la ONU no es muy distinta. En el Siglo XXI, convalidó invasiones y masacres en Afganistán, Irak, Libia y la aun en curso en Siria. La ONU es, por definición, un instrumento controlado por los EEUU, Rusia, China, Francia e Inglaterra, que tienen derecho de veto sobre cualquier decisión. Por lo tanto, nada que hagan esas potencias  será condenado por la ONU.

 Se podrá pensar que esas falencias son prácticas defectuosas que no afectan la validez del derecho internacional. Bien, sostengo que no son prácticas defectuosas sino rasgos constitutivos del derecho interestatal. Reitero entonces la pregunta: ¿hay un derecho internacional legítimo?

La respuesta depende de qué entendamos por derecho legítimo.  Para los occidentales, en especial para los latinos, la legitimidad del derecho requiere una aprobación democrática, por vía directa o representativa, ceñida a normas constitucionales aprobadas en forma directa por la ciudadanía. Nuestros derechos nacionales son derechos de ciudadanía, en el sentido de que surgen mediante procedimientos sobre los que los ciudadanos podemos incidir.

Con el llamado derecho internacional ocurre lo contrario. Es un derecho interestatal, sin ciudadanía, en cuya aprobación no intervenimos los ciudadanos.

Para colmo, avanza cada día sobre áreas reservadas constitucionalmente a la decisión ciudadana. Pretende redefinir los derechos y garantías individuales, limitar las facultades legislativas de los Estados y asumir la función jurisdiccional. Ningún gobernante o parlamentario está habilitado constitucionalmente para alterar los derechos y garantías fundamentales, ni para limitar las facultad legislativas, ni para someter al país a la jurisdicción de tribunales extraterritoriales (un Estado que se somete a una jurisdicción externa deja de ser soberano). Sin embargo, esas decisiones son materia frecuente de los tratados, por ejemplo sobre terrorismo y lavado de activos, o sobre protección de inversiones. Los gobernantes exceden sus facultades cuando comprometen a sus países a cosas que ellos mismos, constitucionalmente, no podrían hacer.

No es una cuestión formal. Los hechos demuestran que el derecho internacional es un instrumento de las élites políticas y económicas. Europa es un buen ejemplo. Cada vez que los pueblos han sido consultados, el resultado ha sido el rechazo. Pasó en 2005 con la Constitución europea, rechazada por Francia y los Países Bajos en plebiscitos. Y volvió a pasar ahora en Inglaterra con el Brexit.

La idea de que existe una comunidad internacional con principios y formas jurídicas universales es falsa. Por eso los tratados, incluso los de la OEA y la ONU, no fueron ni serán plebiscitados. El derecho internacional no es democrático por una buena razón: si se consultara a los ciudadanos, no sería aprobado. Las diferencias culturales y los intereses nacionales lo impedirían.

El derecho internacional no regula ni modera las relaciones de poder existentes en el mundo. Sólo les da apariencia de legitimidad. Suprimir el fundamento democrático del derecho, por relativo que sea, es servirles en bandeja el poder jurídico a las élites políticas y económicas. Por eso éstas invocan, cada vez con más frecuencia, al derecho internacional como superior a los derechos nacionales, que cuentan con la legitimidad de su trabajosa aprobación y control democráticos.

Estrictamente, América, pero también el mundo, viven una situación internacional “de facto”. La fuerza y la riqueza, disimuladas tras tratados, protocolos y discursos técnico-burocráticos inconsultos, imponen las reglas. Y el caso de la OEA es paradigmático, por su sumisión histórica a los intereses que represente el gobierno de los EEUU, sean éstos cuales sean.

¿Se entiende por qué, aun reconociendo que Venezuela tiene grandes carencias democráticas, la OEA no es quién para juzgarla?   

 


INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Bolivariana

publicado a la‎(s)‎ 29 mar. 2017 16:41 por Semanario Voces


Venezuela se ha convertido en un problema para quienes se proclaman “de izquierda”.

Como ejemplo, basta ver el abanico de posturas existente en el oficialismo uruguayo, así como  en fuerzas que se consideran más a la izquierda que el Frente Amplio. Hay desde quienes apoyan la postura agresivamente intervencionista adoptada por Luis Almagro como Secretario General de la OEA, hasta quienes consideran que cualquier crítica al gobierno venezolano es un acto desleal de apoyo al imperialismo.

¿Quién tiene razón? En caso de que alguien la tenga.

El análisis de este asunto requiere responder no una sino dos preguntas.

La primera es si el gobierno de Maduro ha transgredido sus propias reglas, es decir las garantías constitucionales que el mismo chavismo promovió en su momento, y si tiene o no válidamente cuestionada su legitimidad democrática.

Si la respuesta a esta primera pregunta es “sí”, se abre otra interrogante: ¿qué actitud deberíamos asumir ante eso como uruguayos y en particular cómo debería actuar nuestro gobierno?

Esta segunda pregunta es importante porque la respuesta no puede ser dada desde la pura abstracción.  Por un lado, porque es claro que cualquier intervención que se produzca, ya sea política, económica o incluso de fuerza (no es la primera vez que se incentivan conflictos fronterizos en la zona), no será hecha por la mano de Dios, sino por intereses y gobiernos muy deseosos de intervenir, directamente o a través de organismos internacionales, en su propio beneficio. Y, por otro lado, porque opinamos y actuamos desde un país chico de Sudamérica, para el que el principio de “no intervención” debería ser una regla sagrada.

Sobre la primera pregunta (si el gobierno de Maduro ha transgredido sus propias reglas y tiene válidamente cuestionada su legitimidad democrática), mal que nos pese a muchos, sólo puede darse una respuesta afirmativa.  La crisis económica, la corrupción, el desorden administrativo y el desabastecimiento de productos esenciales han erosionado el apoyo popular inmenso que Maduro heredó de Chávez.  La fractura política del país, la manipulación y luego la desconsideración del poder ejecutivo hacia los otros poderes del Estado, el encarcelamiento de líderes opositores y finalmente la suspensión de las elecciones son la prueba del desgaste del gobierno, que no posee ya la capacidad de hegemonizar en grado suficiente ni siquiera a los sectores populares de la población venezolana.  Cada vez más recostado en el ejército y en el núcleo duro de sus militantes,  funcionarios y prebendarios, el gobierno de Maduro ha perdido esa condición de marea popular, tal vez no muy escrupulosa en las formas pero sin duda mayoritaria, que caracterizó al chavismo de Chávez.

Más allá del debate constitucional sobre la suspensión de las elecciones, esa suspensión es un símbolo claro de lo que está pasando en Venezuela. Si algo caracterizó a Chávez y a la segunda ola de gobiernos de intención revolucionaria en América Latina (Venezuela, Ecuador, Bolivia) es que sus pretensiones revolucionarias de “socialismo bolivariano” no se fundaron en los fusiles ni en focos insurreccionales. Nacieron, vivieron, intentaron cambiar la ecuación de poder y cambiaron sus respectivas constituciones a golpes de urna, en base a apoyos populares masivos verificables en sucesivas elecciones. Si algo caracterizó al chavismo de Chávez fue la confianza absoluta en su capacidad de enfrentar elecciones y plebiscitos. Por alguna razón, el chavismo no produjo material teórico sobre este punto (como sí lo hizo el castrismo con la guerra de guerrillas y la teoría del foco), pero a estas alturas es evidente que la capacidad de legitimarse popularmente mediante instancias electorales y plebiscitarias, no rehuyéndolas nunca y sometiéndose a ellas con considerable honestidad, fue parte sustancial de la concepción de Hugo Chávez Frías, para quien el ejército y el aparato estatal no podían sustituir al calor popular en que fundaba su liderazgo y el futuro de su régimen.

Hoy vemos a Maduro en la posición opuesta. Aunque intenta seguir las políticas sociales populares del chavismo, ha perdido la legendaria confianza de Chávez en las expresiones políticas de su pueblo. Por eso rehúye una elección en la que casi seguramente saldría derrotado. No saber soportar una derrota, y -como lo hizo mil veces el peronismo- conformar un movimiento opositor que seguramente llevaría de nuevo al chavismo al poder en poco tiempo, es la prueba de la debilidad e incapacidad política de Maduro y de los cuadros que lo rodean. Incapacidad para entender y promover el funcionamiento democrático, pero también para entender la premisa estratégica y política sobre la que se edificó el chavismo: un gobierno popular no puede temer a las elecciones. Esa incomprensión probablemente  lleve a la ruina a Maduro y a su gobierno, pero sobre todo compromete el futuro de la tradición política chavista.

¿Esa debilidad democrática del gobierno de Maduro justifica la intervención externa y la actitud de Almagro que la promueve?

Por cierto que no. Sea cual sea la situación política de Venezuela, sólo los venezolanos tienen legitimidad para buscar alternativas y luchar para imponerlas. Detrás de la idea de que los organismos internacionales, como la OEA, tienen facultades para supervisar el carácter democrático de los Estados que la integran late una noción muy peligrosa: la de que la democracia y las garantías institucionales pueden ser impuestas a presión o por la fuerza. Una noción que encierra una contradicción básica. ¿Qué legitimidad democrática tiene un organismo como la OEA para decirles a los gobiernos qué deben hacer? ¿Qué autoridad democrática, otorgada por qué pueblo, tiene el Sr. Almagro para discutir de igual a igual con cualquier presidente? Y más aun: ¿qué autoridad moral y política tienen los gobiernos de los Estados que respaldan a Almagro en su gestión contra el gobierno de Venezuela? ¿La tienen los EEUU, que han invadido y bombardeado a países enteros, siguen enredados en guerras inadmisibles y espían hasta a sus socios? ¿La tienen Estados fallidos, incapaces de asegurar la vida de sus habitantes, como México? ¿La tiene Brasil, presidido por un suplente acusado de delitos peores que la presidente a la que sustituye?

El principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados, principio clásico del derecho internacional, no es una formalidad del pasado. Está hoy en discusión justamente porque es un freno a la idea de que las decisiones políticas pueden ser impuestas o supervisadas por organismos tecnocráticos carentes de todo respaldo y control popular, organismos, en todo caso, dominados por los Estados más fuertes y, lo que es aun peor, por los intereses financieros y corporativos que controlan a su vez a los gobiernos de esos Estados.

En el caso de Uruguay, muy especialmente, nos va la vida en ese principio. Porque carecemos del poder económico, el territorio y la población como para resistir por la vía de los hechos el poder de las corporaciones y de los organismos internacionales que operan para ellas.

¿Por qué el caso de Venezuela inquieta a la OEA y al Sr. Almagro, que nada dicen sobre las guerras y el espionaje de los EEUU, ni sobre las masacres impunes en México, ni sobre el carnaval político en medio del cual se destituyó a Dilma Rousseff  y se instaló a Temer?

La respuesta es obvia:  a pesar de todos los pesares, los poderes e intereses que están detrás de organismos como la OEA no se mueven con comodidad en la Venezuela de Maduro. Al menos no con tanta comodidad como en los EEUU de Obama y Hillary (no sabemos todavía qué pasará con Trump) en el México de Peña Nieto, en el Brasil de Temer, o en la Argentina de Macri.

Sumarnos a la cruzada de Almagro y de la OEA no favorece a los venezolanos, por más que los venezolanos tengan todo el derecho a estar hartos de Maduro. Pero, sobre todo, sumarnos a esa cruzada equivale a trenzar una cuerda con la que un día podríamos ser ahorcados.

   

 

 

   


Discurso de Seregni - 26 de marzo de 1971

publicado a la‎(s)‎ 26 mar. 2017 8:12 por Semanario Voces


Ciudadanos; ciudadanos presentes y ciudadanos de todo el país:

Nunca nuestro país presenció un acto como éste. Jamás hubo un acto político de esta envergadura.

Esto es el Frente Amplio. Pero cabe preguntamos:

¿Cómo y por qué ha sido posible el Frente Amplio? ¿Cómo surgió este incontenible movimiento popular que tardó tanto en nacer y ha sido tan rápido en propalarse? Tiene que haber profundas razones que lo expliquen. ¿Es que acaso es como dicen nuestros detractores, una suma de retazos ? No, ésta es una observación frívola, superficial, que demuestra muy escaso entendimiento de lo que hoy sucede en nuestro país. Pero eso también merece una explicación. ¿Es que es acaso una corriente popular que busca como cuestión de vida o muerte, en las dramáticas circunstancias que vive el país, nuevos cauces, cauces nuevos que salten por encima de viejas y anacrónicas estructuras partidarias que ayer fueron potentes y configuradoras del Uruguay y que hoy se debaten en la incapacidad y una inepcia huérfanas de toda vida arraigada en el pueblo?


Una necesidad popular y colectiva
Todas esas son interrogantes que debemos contestarnos, y para ello hay un solo medio posible: analizar de frente la realidad nacional, buscar las causas que generan estos hechos ya irreversibles. Esta multitud que está aquí, que aquí se ha congregado, esa multitud que se mueve a lo largo y a lo ancho de todo el país, porque somos concientes que estamos abriendo una nueva época en la vida del Uruguay: Sabemos que el Frente Amplio abre una etapa histórica en la vida de nuestra sociedad. Porque el Frente Amplio no es una ocurrencia de dirigentes políticos; el Frente Amplio es una necesidad popular y colectiva del Uruguay. Es un hecho colectivo, con razones colectivas, porque las resoluciones individuales de todos nosotros, tienen causas sociales y tienen metas sociales, porque tienen que ver con el destino entero de la sociedad uruguaya. Tampoco el Frente Amplio es una resolución circunstancial de partidos o grupos políticos; por el contrario, ellos han interpretado una exigencia que estaba en la calle; han dado forma y cuerpo a un sentimiento y a una urgencia de todo nuestro pueblo. Por eso el Frente Amplio desencadenó tan rápidamente este movimiento popular de adhesión, de participación y de militancia. Porque interpreta una necesidad objetiva de nuestra sociedad. Son éstos, y éste de hoy los primeros pasos, pero son pasos de gigante; hoy tiene el Frente Amplio su bautismo en la calle, en la multitud, en ustedes, en un movimiento político sin precedentes en el país y que tiene la estatura del Uruguay entero. Estos son los primeros pasos porque el resto de los que vamos a dar los daremos con los zancos del pueblo y con la inteligencia del pueblo.

Pero veamos más de cerca las razones que condujeron a la creación poderosa del Frente Amplio. Siempre es bueno reflexionar, sobre lo que estamos haciendo, para ubicarnos con justeza, para saber los caminos que estamos recorriendo, para obrar con pleno conocimiento.


La sangría emigratoria
¿Cuál es la situación actual del Uruguay? ¿Cuáles son los rasgos más notorios de lo que nos está pasando? Ante lodo, un hecho hiriente y brutal aunque sea el más silencioso. El Uruguay, nuestro Uruguay se ha transformado en un país de emigración. Los uruguayos emigran. Emigran por miles y por miles. Y se van porque su país no les ofrece posibilidades, porque no pueden vivir y trabajar aquí. El que emigra, el que se destierra a sí mismo, es un ser que ha perdido la confianza en las posibilidades de vida que le ofrece su comunidad. Es un desesperanzado del Uruguay, de un Uruguay que hasta hace 30 o 40 años recibía con hospitalidad el aporte de hombres y de familias venidas de otros países que llegaban acá a buscar la esperanza para encontrar un lugar de trabajo y para formar un hogar. Eso era antes, hace 30 o 40 años y ahora es al revés, son los uruguayos quienes deben salir fuera de fronteras para encontrar ahí esperanza, trabajo y hogar. Esa sangría emigratoria es responsabilidad directa de la oligarquía y del gobierno. Es una violencia sobre el país, una violencia tan terrible como las muertes en la calle, que también hemos soportado. La oligarquía no quiere modificar la estructura económica del país, la estructura económica que la beneficia, aunque sea a costa de transformamos en un país de emigrantes.

Pero hay emigrantes, porque hay desocupación, porque los salarios no alcanzan para sostener dignamente una vida y así perdemos lo mejor de nuestra gente, lo mejor en edad, lo mejor en energía; técnicos, profesionales, obreros especializados, nuestro capital más precioso que es el capital humano. Insisto en esto porque es un síntoma y un símbolo de nuestra situación. La emigración es el peor juicio sobre un régimen económico y social, es el peor juicio sobre un gobierno. Pero otro aspecto de esta desocupación que desbasta al país, otro aspecto de la falta de horizontes es el drama de nuestra juventud. Una juventud que siente día a día la angustia de sus mayores, perpleja por el deterioro del país, que no encuentra salida, porque se le cierran todos los caminos, porque se le amputa el futuro. Por eso nuestra juventud manifiesta, a todos los niveles, su justa desconformidad. Porque no se pueden embretar sus ansias de vivir y sus ansias de crear. Por eso, nuestra juventud, porque no tiene caminos individuales se politiza y se radicaliza. Y el régimen responde con sanciones y con represión. El régimen reconoce con ello que es él, el régimen, el que no tiene futuro. Y a la desocupación, a salarios reales cada vez más reducidos, que sólo favorecen a un pequeño grupo oligárquico, se agrega un proceso de intensa extranjerización de nuestros recursos, de endeudamiento externo que nos ahoga y que compromete nuestro futuro. Las clases medias urbanas y la clase obrera, los jubilados, esa legión tan mentada, pero tan olvidada, las clases medias rurales y los asalariados rurales son las grandes víctimas de la política económica actual. Quiebras y concordatos, paralización de industrias, especulación, esto es el síntoma de los últimos tiempos.

¿Cómo no van a agudizarse las tensiones sociales? ¿Es que alguien puede creer que con Medidas Prontas de Seguridad, con un estado policial, va a solucionarse la inseguridad que hoy afecta a todo el país, la inseguridad de los productores y de los trabajadores? Porque la nuestra es una inseguridad global, que afecta a todos los ámbitos de la vida. Se limitan las libertades públicas, desaparece la libertad de prensa, ocurren encarcelamientos masivos sin justificación alguna, se ataca con ensañamiento a la enseñanza tanto a nivel universitario como secundario. Todo eso lo saben ustedes muy bien, porque además lo sintieron y lo están sintiendo en carne propia. El país vive una situación de violencia como no conoció desde la época de las guerras civiles. Es si la crisis más profunda de la historia del país. Y de eso debemos tener muy clara conciencia porque estamos en tiempo de decisión.

Todos estos síntomas son reflejo de la realidad que vivimos. Pero veamos ahora qué es lo que se ha intentado en los últimos tiempos. Constatemos el fracaso de lo que se ha intentado y expongamos el camino nuevo que pretende el Frente. Así veremos también el tránsito que explica la formación del Frente Amplio. Para saber dónde estamos hay que conocer de dónde venimos. Es necesario examinar las políticas fundamentales que intentó el país, para determinar con claridad la razón fundamental de sus fracasos, para tomar las cosas desde las raíces que es la única forma de poder enderezarlas.


Dos etapas de frustración
Seremos muy breves. En los últimos 25 años, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, pueden distinguirse dos etapas diferenciadas, dos políticas económicas distintas. La primera, que comienza al término de la SGM y se clausura en el año 1958, corresponde al esfuerzo por industrializar al país. La segunda que va desde el año 1958 al año 1964, parece animada por el intento de fortificar nuestra agropecuaria. Esos dos enfoques sucesivos y distintos, terminaron los dos en callejones sin salida, con características distintas, con enfoques distintos, no lograron renovar y movilizar creativamente al país.

¿Por qué no tuvieron salida? ¿Por qué se frustraron? En la última instancia la contestación es muy sencilla: las dos vías tomadas no enfrentaron el obstáculo decisivo para el desarrollo nacional, y ese obstáculo es la oligarquía, es decir, la trenza bancaria terrateniente y de intermediación exportadora, el grupo social que domina y acapara la tierra, el crédito, los canales de comercialización de nuestros productos. Sus centros de poder siguieron intactos, determinando nuestra economía, estrangulando al país, beneficiándose de las energías de nuestro pueblo, apropiándose y desviando el esfuerzo nacional.

En la primera etapa, cuando la prosperidad de la postguerra, en la fase ascendente de la etapa industrializadora, las masas urbanas participaron de un nivel de vida que llenaba sus necesidades mínimas. No parecía vital entonces profundizar la lucha.

En la segunda etapa, cuando se reviene el proceso sobre una vía ruralista, las clases medias rurales tuvieron un momento de ilusión, creyeron que se abrían nuevos horizontes. Pero tampoco fue así. Los precios fueron absorbidos por la inflación, por la trenza bancaria exportadora y latifundista. El país siguió estancado y el deterioro siguió avanzando. Porque está claro, los grupos dominantes están ligados a poderosos intereses extranjeros, son la expresión interna de nuestra dependencia de las grandes potencias capitalistas, de esas potencias que nos fijan precios, que nos imponen términos de intercambio adversos. Así, en los últimos años, se agudizó el endeudamiento externo y las ataduras al Fondo Monetario Internacional.

Es entonces la realidad urgente, el empobrecimiento colectivo, lo que obliga a enfrentar de una buena vez a la rosca que nos aprieta. La disyuntiva de hoy es muy clara: o la oligarquía liquida al pueblo oriental, o el pueblo oriental termina con la oligarquía.

Esa es la radicalización política de hoy; ésa es la expresión de la realidad que vivimos: un país empobrecido y empobreciéndose no puede seguir con soluciones de medias tintas. No hay "mejorales" para el cambio. El último intento del viejo Uruguay para encontrar una salida de "medias tintas" fue la elección del General Gestido. En unos pocos meses se intentaron lodos los caminos y no se recorrió ninguno. Es que no era un problema de buena voluntad y Gestido quemó su vida en un esfuerzo imposible y entonces, ¿qué pasó?, entonces fue la oligarquía la que resolvió radicalizarse, la que quiso terminar con las "medias tintas", porque únicamente podía mantenerse transfiriendo lodo el peso de la crisis sobre el pueblo. Así vino el gobierno del Señor Pacheco y las Medidas de Seguridad como un régimen permanente.

Y vinieron los últimos tiempos. Los políticos blancos y los políticos colorados quedaron relegados y la oligarquía tomó directamente el gobierno. Esto nunca había sido tan visible, tan descarnado y tan claro. Los grupos económicamente dominantes estaban dispuestos a todo para reducir al pueblo oriental y se abrió así una era de violencia, la que estamos viviendo. La violencia comenzó desde arriba. La estructura de dominación oligárquica quedó al desnudo; decretó que era la "hora del garrote" y, como siempre, cínicamente, culpó del desorden a las masas estudiantiles y a las masas obreras.


Medidas de seguridad para mantener intacto el privilegio
Hubo acá un cambio fundamental, cualitativo. No se buscó una modificación del campo económico: no se propuso un nuevo modelo para el desarrollo. Las transformaciones se centraron en el campo político y en el campo social. Para mantener intactas las estructuras del poder económico, para mantener los privilegios de la oligarquía, era necesario terminar con el régimen de libertades públicas y con el régimen de seguridades sociales. La congelación de salarios y las Medidas de Seguridad provocaron la polarización social. La clase media y la clase obrera se vieron diezmadas económicamente. Pero, además, se las marginalizó, se las dejó al costado del camino. Este proceso, que se acompaña de un Poder Ejecutivo que consolida su primacía total sobre el Poder Legislativo, está ligado necesariamente a la descomposición de los partidos tradicionales.

¿Por qué? ¿Qué es lo que ha pasado con esas dos grandes fuerzas históricas de los partidos tradicionales? ¿Qué se ha hecho de sus sectores más populares? Vale la pena analizar esto, porque está en la médula de la existencia política uruguaya. Y esto también es muy fácil de entender. Siempre hubo, dentro de cada uno de los partidos tradicionales, un ala conservadora y un ala popular, y en las últimas décadas la mayoría, el control de cada partido, lo tuvieron los sectores más populares. Pero los partidos tradicionales fueron siempre un compromiso entre el pueblo y la oligarquía. Pero ahora, ya no pueden serlo más. La oligarquía controla totalmente a ambos partidos, porque no tiene otro partido que contra el pueblo, y el pueblo ya no tiene lugar en los viejos lemas.

Este es el hecho actual de relevancia histórica. Los hombres progresistas y populares del Partido Colorado y del Partido Nacional, de clara y firme militancia política, que quieren ser fieles a su pueblo, comprendieron que tenían que romper el cascarón vacío de los viejos lemas y unirse con las otras fuerzas populares y progresistas, que ya no importan los cintillos; que no son válidas las vallas con que quisieron separarnos, que la única línea divisoria está entre quienes quieren mantener un orden como el actual, un régimen caduco, opresor, antipopular, y aquellos que desean los cambios que el país exige; que de un lado está la oligarquía blanca y colorada, y del otro lado el pueblo, blanco, colorado, demo-cristiano, comunista, socialista, independientes. Esa es la verdad y ésa es la definición de la hora actual.


El Frente Amplio heredero de la tradición artiguista
Es por esto que el Frente Amplio no es una simple suma de partidos y de grupos; es la. nueva conciencia que levantará un nuevo Uruguay. Aquí está el pueblo, que no ha perdido la fe ni en si mismo ni en el destino del país. Nunca se abrió un cauce tan ancho para la unidad popular como en estos momentos. Nunca, salvo con Artigas. También junto a él el pueblo oriental se unió, para enfrentar a la oligarquía y al imperialismo de la época. Y hoy volvemos a lo mismo. Por eso el pueblo, por eso el Frente Amplio es el legitimo heredero de la tradición artiguista y toma sus banderas y su ideario.

Y no es que cada ciudadano, que cada grupo o partido pierda u olvide sus tradiciones partidarias. Las guarda y las cuida celosamente, porque esas tradiciones sirvieron para construir el Uruguay, pero las integra y las une en un sólo haz, porque la fuerza del Frente Amplio está en que asume las mejores tradiciones uruguayas para construir un Uruguay mejor.

Hoy, lo artificial es el lema colorado y el lema blanco. Están vacíos de contenido, no representan verdaderos partidos, están caducos, inmóviles, porque han perdido a su pueblo. Cumplieron ya su etapa en la historia del país y esto lo sabe el régimen, esto lo sabe la oligarquía, por eso apela a la fuerza. Tiene miedo a la libertad de expresión. Por eso cierra diarios, intentando clausurar conciencias.

Nuestra decisión es otra. El Frente Amplio nace del pueblo y se nutre con el pueblo, del pueblo que no perdió las esperanzas en el destino del Uruguay. Por eso estamos aquí, porque al pueblo oriental no lo doblega el despotismo, porque somos empecinados, y nos reunimos en la calle porque la calle es nuestra. Y esta manifestación, este acto, como nunca conoció el país otro similar, es la manifestación rotunda de la única fuerza, verdaderamente democrática que existe en el país, porque el Frente Amplio es la única salida histórica para el Uruguay, porque es la única fuerza que puede asegurar la pacificación que todos ansiamos.

Es el pueblo conciente de su destino, seguro de su decisión. Es el último, el definitivo intento del Uruguay para buscar salidas legales, democráticas, pacificas. Somos el Frente Amplio una afirmación pacifica; pero no nos dejaremos trampear nuestro destino.

No queremos la violencia, pero no tenemos miedo a la violencia. Nosotros no queremos ni el caos ni el desorden. El régimen actual no es el orden, sino el "desorden establecido". Nosotros sí queremos cambios radicales en la vida económica y social del país. Son los que no quieren cambiar las cosas, los agentes de la violencia y los agentes del desorden.

Tenemos confianza en nuestras propias fuerzas; tenemos claridad en nuestros propósitos; tenemos fuerza de pueblo e ideas de pueblo, para el pueblo.

Y bien: ¿qué se propone el Frente Amplio? ¿Cuáles son sus objetivos principales? ¿Cómo determina sus metas y los instrumentos para alcanzarlas? El Frente Amplio comenzó por elaborar una base programática común, por definir sus objetivos a alcanzar. Estos han tenido amplia difusión, y la tendrán más todavía. Todos ustedes las conocen. Hasta se nos hizo una crítica que es finalmente un elogio. La "gran prensa" dijo que las ideas que presentamos no eran nuevas, que ya eran conocidas. ¡Claro que sí! el pueblo ya sabe lo que necesita. Lo que hizo el Frente fue recoger las ideas del pueblo. La gran diferencia es que nuestras bases programáticas no son bases de enganche electoral, son las ideas que queremos realizar y que vamos a realizar.


Qué se propone el Frente Amplio
Las bases programáticas son públicas y todos las conocen. Pero quiero fijar su orientación, el espíritu que las anima. Ante todo, el punto de partida, el criterio rector, y ése no puede ser otro que el hombre uruguayo, que es el capital más precioso de que disponemos. No es secreto para nadie, no es falso patrioterismo el afirmar que el Uruguay tiene uno de los niveles culturales más altos de América. Esa es nuestra riqueza. De ese capital partimos para determinar qué es lo que debemos construir, para llevar al hombre a su mayor potencialidad, rendimiento y autorealización.

El país tiene una inmensa capacidad subutilizada, mal utilizada, desperdiciada. La primera es el hombre. ¿Cómo realizar al hombre en el cumplimiento de sus funciones sociales, para que éstas lleguen al máximo de su eficacia? Partiendo de aquí, las metas adquieren toda su importancia.

Los puntos críticos de los que tenemos que desamarrar al país, para que éste despegue con fuerza, para que crezca con vigor. Tenemos que desamarrar y cortar con el latifundio; tenemos que desamarrar y cortar con la banca privada; tenemos que desamarrar y cortar con el complejo de succión de la exportación. Estos son los aspectos principales, fáciles de visualizar, pero fortalezas que el pueblo tendrá que conquistar con luchas y sacrificios, porque hoy, o el pueblo elige su sacrificio para salvarse, o la oligarquía lo sacrifica a sus intereses. Todo esto exige temple, conciencia, responsabilidad, la mayor seriedad en las decisiones. Y para esto, el instrumento del pueblo será el gobierno, el gobierno del pueblo al servicio del pueblo, con la participación y contralor del pueblo.

No el Estado y el gobierno actual, producto de la oligarquía; no el gobierno que cierra todos los caminos y toda dinámica al desarrollo nacional, que frena la expansión industrial, expropia parasitariamente el ahorro y el esfuerzo nacionales, que dilapida el potencial humano de que disponemos. Nosotros vamos a potencializar al Estado, a usar al máximo la capacidad humana que esta ahí ahogada, porque vamos a la vez a romper los tres pilares básicos de la oligarquía, latifundio, banca particular, complejo de succión de la exportación.

Estos son los tres objetivos, que no son independientes entre sí, sino que conforman una unidad indisoluble. Sobre esa base se levantará el resto del edificio. Esa es la base de nuestra estrategia: reforma agraria, nacionalización de la banca, nacionalización del comercio exterior, y siempre partiendo del criterio rector que es el hombre uruguayo.


Reforma agraria, nacionalizar el comercio exterior
La reforma agraria: nuestro hombre de campo y nuestros recursos del campo, están mal utilizados, ahogados por el latifundio, aplastados por el minifundio. Pero nuestra realidad agraria es distinta de la de otros países. Por la forma de nuestra agropecuaria, por las características de nuestra campaña, no hay un campesinado numeroso, como en otras partes. Nuestra reforma agraria tiene que ser profundamente a la uruguaya. Para hacerla, tenemos que contar con el hombre de nuestro campo, con el trabajador rural, con los medianos y pequeños productores, que son las víctimas de la especulación bancaria, latifundista y comercializadora. Tenemos así que terminar con el éxodo rural; poner la técnica, la investigación, la Universidad, los conocimientos y los medios adecuados a su servicio para que el país incremente su producción v su productividad.

Pero, ¿qué seria una reforma agraria si el crédito no está a su servicio y si el país no controla la comercialización de los productos en el exterior? Sería una reforma agraria ilusoria.

Y, conjuntamente con la reforma agraria, ligada a ella, está la industrialización del país, la creación y solidez de fuentes de trabajo permanentes. También nuestra capacidad industrial está mal utilizada, subutilizada. Bien saben ustedes la paralización de la industria textil y la del cuero. Tenemos que exportar productos nacionales, industrializados y manufacturados. Pero para eso es necesario que controlemos también el crédito, el comercio exterior, que el Estado esté al servicio de la producción y no de la telaraña financiera... que nuestro Servicio Exterior esté al servicio activo, total de la colocación de nuestros productos agrarios o industriales. Nada de burócratas displicentes, sino de servidores públicos al servicio real del pueblo: controlados por el pueblo, responsables ante el pueblo.

Por todo eso es que tenemos que nacionalizar el comercio exterior. Ya sabemos que los grandes consorcios internacionales compran barato y nos venden caro. Para vender mejor debemos evitar que la rosca exportadora, que en gran parte es vendedora y compradora a la vez, se apropie de una porción enorme de nuestro esfuerzo productivo. Porque en los canales particulares de comercialización se evapora gran parte del trabajo nacional.


Nacionalización de la banca
Y finalmente, la banca nacionalizada. Hay que poner todos nuestros recursos financieros al servicio de la reforma agraria y la industrialización. La banca privada impide todo plan orgánico nacional; usa del ahorro para sus fines particulares de ganancia y especulación. Hoy, la banca se extranjeriza y nos extranjeriza. Nacionalizar la banca se conviene así en una cuestión fundamental.

Estas son las bases principales, son las metas racionales y necesarias para superar la crisis actual del país; van al fondo de nuestros problemas, desamarran al país de la oligarquía. Tomamos al país en nuestras propias manos; echamos las bases de una real autodeterminación nacional. Somos orientales y queremos decidir por nosotros mismos.


Autodeterminación y no intervención
Esta política interna de autodeterminación se manifiesta también en la concepción que el Frente Amplio tiene de la política internacional.

Porque lo nacional y lo internacional son dos aspectos de una sola política. De ahí que nos basemos en nuestro plan nacional de autodeterminación, de liberación nacional. Este principio de autodeterminación se conquista con la energía de cada pueblo. Esta es nuestra regla fundamental e indiscutible : el principio de autodeterminación de los pueblos. La autodeterminación significa libertad de los pueblos para crear por sí mismos, con su propia fuerza y elección, su propio destino. Cada pueblo dueño de su destino.

Esto nos lleva, en el plano internacional, a dos corolarios necesarios. El primero, es la no intervención. Es un principio defensivo ante las amenazas y presiones extranjeras; es el repudio a las intervenciones extranjeras. El principio de la no intervención debe ser una constante intangible de nuestra política internacional. Pero no basta con proclamarlo, con declararlo; exige, como única garantía, la vigilancia y la militancia popular.

Pero no basta con la no intervención. El otro corolario necesario a la autodeterminación es la activa solidaridad latinoamericana. La autodeterminación exige la ruptura de nuestras formas de dependencia: la económica, la política, la cultural, la científica. Estamos en América Latina y América entera es víctima de la misma dependencia, de los mismos poderes. Nuestra lucha es común con nuestros hermanos latinoamericanos. También lo fue cuando Artigas, Bolívar y San Martín. Y porque aquellas luchas terminaron con el exilio de Artigas, Bolívar y San Martín, es que emprendemos ahora la segunda emancipación latinoamericana, y esto nos lleva a la solidaridad con todos los movimientos de liberación nacional que hoy se levantan en América Latina. Solidarios hoy, como fuimos solidarios ayer. Es el camino hacia la Patria Grande que soñaron nuestros próceres. No los evocamos en vano. Simplemente retomamos su política a la altura de nuestro tiempo y de nuestras necesidades.


La revolución la hacen los pueblos
Y aquí no se trata de importar o exportar revoluciones. Esto es un planteo falso, o calumnioso de la oligarquía. La revolución es lo único que no se puede exportar o importar, porque la revolución la hacen los pueblos, y un pueblo no se importa ni se exporta. Los pueblos son raíz permanente en cada uno de sus países. Cada uno tiene sus características y debe resolver sus problemas de acuerdo a ellas. Lo otro es invento y recurso de los contrarrevolucionarios, de la oligarquía, del imperialismo.

Por otra parte, no se trata de imitar a Cuba, a Perú, a Bolivia, a Chile ni a ningún otro país. Es imposible porque cada pueblo tiene su realidad histórica. Nadie va a inventar el camino de Uruguay, sino nosotros mismos, los orientales basados en nuestra manera de ver y en nuestras realidades. Renunciar a ello seria renunciar a nosotros mismos. Somos y queremos ser orientales. Todo esto es muy claro. Nuestra política internacional está necesariamente ligada al proceso de liberación de América Latina. El proceso de liberación de América Latina está ligado al de todos los pueblos oprimidos del Tercer Mundo. Esa es nuestra posición. Nuestra orientación está perfectamente definida y nuestra política internacional es acorde y resultante de nuestros propósitos nacionales.

Queremos decir aún dos cosas fundamentales: me siento todavía integrante de las fuerzas armadas de mi país, de esas fuerzas y esos hombres que llevan sobre el frente de sus gorras el emblema artiguista, son los continuadores históricos de las huestes artiguistas y en estos momentos de liberación nacional, de búsqueda de una real y efectiva democracia, de prosecución de la justicia social, nuestras fuerzas armadas como fueron antes, como serán siempre, serán salvaguardia de la Constitución y serán también celosos salvaguardias de la voluntad del pueblo.


"Un pueblo unido jamas será vencido"
Una última precisión: El Frente Amplio nos ha honrado con la nominación para la candidatura presidencial. Somos conscientes de la tremenda responsabilidad que asumimos. Pero estoy consustanciado con el Frente Amplio y con el pueblo de mi país. Del pueblo provengo, es mi país, mi pueblo, el que me permitió realizarme como hombre, como militar y como ciudadano, y a él me debo. Por eso nuestro compromiso, aquí y ante ustedes, de entregar todas nuestras energías y nuestras posibilidades para la causa del Frente, que es la del pueblo oriental todo nuestro esfuerzo por esa causa, por su programa, seguros, confiados en la victoria. Porque es el pueblo oriental el que emprende el camino hacia su futuro y nadie ni nada detiene a un pueblo decidido consciente, seguro que sabe lo que quiere y sabe dónde va.

Repito -porque tiene la profundidad y la simplicidad de las grandes verdades- un canto que escuchamos a los estudiantes de Medicina: "Un Pueblo Unido, Jamás Será Vencido".

Y antes de irnos, una invocación que nos sale del fondo del alma;

Padre Artigas: aquí está otra vez tu pueblo; te invoca con emoción, y con devoción y bajo tu primer bandera, rodeando tu estatua, este pueblo te dice otra vez, como en la patria vieja, padre Artigas guíanos!

Explanada Municipal, 26 de marzo de 1971


INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: El efecto Neptuno

publicado a la‎(s)‎ 22 mar. 2017 16:18 por Semanario Voces

En 1845, el astrónomo Urbain Le Verrier predijo la existencia del planeta Neptuno sin verlo, al observar, en la órbita de otros planetas, anomalías que sólo podían explicarse por la existencia de un cuerpo desconocido que las causara.

Descubrir la existencia de algo invisible a partir de sus efectos visibles no es un fenómeno raro. De hecho, imaginar la existencia de una causa desconocida para hechos inexplicados parece ser lo habitual en las hipótesis científicas, a partir de las cuales comienza la investigación. Cabe preguntarse si en la vida social las cosas son muy distintas.

En los años 70 del Siglo pasado, varios países del América del Sur, incluido Uruguay, experimentaron golpes de Estado. En aquellos momentos, para quienes los vivimos, parecían hechos inconexos, a duras penas explicables por las situaciones políticas internas de los respectivos países. Fueron necesarios más de treinta años, y que los EEUU desclasificaran sus documentos de la época, para que se supiera en forma irrefutable que los golpes militares fueron una estrategia regional planeada y digitada -Escuela de las Américas y Henry Kissinger mediante- por los gobiernos de los EEUU en el marco de la “guerra fría”.   

Hoy vivimos también hechos en apariencia inconexos e inexplicables. ¿Por qué los mismos fenómenos se producen al mismo tiempo en tantos países? Basta explorar un poco las redes sociales para descubrir que en Uruguay, en Argentina, en España, en Perú, en Brasil, entre muchos otros países, la gente discute lo mismo: la corrupción de los gobiernos, la violencia y la delincuencia, los conflictos “de género”, los “millennials”, las minorías, la discriminación positiva, los derechos de las mascotas, pero además compra la misma ropa, ve las mismas películas, oye la misma música, lee –si lee- los mismos libros y piensa las mismas ideas.   

En materia política y  legislativa pasa algo parecido. A mediados de la pasada década de los 80, Uruguay y otros países de América aprobaron leyes de forestación muy similares entre sí. Se hizo por sorpresa, sin debate y sin que nadie expusiera las razones. El Banco Mundial financió la plantación de árboles y nadie preguntó nada. Ahora, hace pocos años, todos los países de América aprobaron o tienen en curso leyes de bancarización. Entre medio, muchos aprobaron reformas que les dieron a sus Bancos Centrales considerable autonomia del poder político, todos votaron leyes contra el lavado de activos y el terrorismo, incorporaron a sus códigos la figura penal del femicidio, firmaron tratados de protección de inversiones que los someten a la jurisdicción de organismos internacionales, instalaron zonas francas, se obligaron a dar información tributaria a otros Estados y crearon organismos de defensa de la competencia comercial.

Si miramos a los medios de comunicación, en particular a las grandes agencias y cadenas multimedia occidentales, la sensación de homogeneidad es la misma. Hay guerras dramáticas para todos y otras ignoradas por todos, gobernantes respetables y otros despreciables (aunque unos y otros cometan las mismas atrocidades), los conflictos son maniqueos, con buenos y malos, o tan complejos que nadie puede entenderlos. Los hechos, los crímenes y los impactos informativos se acumulan sin que sea posible distinguir qué ocurre realmente detrás de ellos. Los atentados, las tragedias, los escándalos y las declaraciones altisonantes se mezclan con los romances, la moda, las “tendencias”, el pensamiento, el espectáculo y el arte como pseudotransgresión destinada al consumo. La pluralidad de fuentes informativas que comunican lo mismo tiene hoy el poder de construir la realidad, una para-realidad vacía y confusa, en que los hechos se transmiten privados de alma y son rápidamente sustituidos por otros, a la vez distintos e iguales.   

La explicación de tanta coincidencia surge sola y es “globalización”. Aunque, dicho así, parecería que la globalización fuera casi un fenómeno natural, como la lluvia o un tornado.

EN ÓRBITA

Pienso en Le Verrier. Lo imagino estudiando las órbitas de ciertos planetas y preguntándose qué los desviaba, qué los llevaba a un recorrido distorsionado sin causa aparente.

Nosotros también tenemos hoy, ante nuestros ojos, órbitas sorprendentes.

Una de ellas es la enorme concentración mundial de la riqueza en manos de cada vez más grandes y poderosas empresas multinacionales, financieras, petroleras, armamentistas y de servicios.

La otra es que ese fenómeno vaya acompañado por el surgimiento de una especie de “sentido común” ideológico universal. Un pastiche de ideas, estética, publicidad y convenciones, una especie de “macdonalización” ideológico-cultural que aspira a ser válida en cualquier lugar del mundo. Es difícil describirlo y más aun definirlo. Pero sus palabras clave son reconocibles: “modernización, mercado, eficiencia, consumo, cliente, derechos, servicios, diversión, inmediatez, imagen”. Todo lo que no signifique pararse como sujeto pensante y preguntarse: “¿Hacia dónde vamos?”.

Los “gurús” de ese discurso global provienen de disciplinas distintas. Hay economistas, políticos, cientistas sociales, filósofos, periodistas, psicólogos, expertos en educación, en derechos humanos, emprendeduristas, marketineros y “todólogos”. La melodía puede variar, pero la letra es la misma: cantan loas al mercado y abominan del Estado, salvo cuando reclaman que el Estado los proteja.      

El discurso global está muy cercano a la hegemonía. Ha penetrado a las universidades, a los organismos internacionales y a los Estados. Les pide a los ciudadanos-consumidores-clientes confianza en los técnicos que “son los que saben”, y a cambio les ofrece amplias vidrieras para el consumo, diversión, libertad sexual, sustancias de todo tipo, una creciente batería de derechos personales y la irresponsabilidad por los problemas colectivos. A los más sensibles les permite incluso sentirse magnánimos, apoyando políticas sociales asistencialistas y medidas simbólicas de discriminación positiva, que no cambian la realidad pero la decoran.

Es, además, convincente. Dice: “el mundo está cambiando y no podemos quedarnos atrás, todo es posible si se tiene iniciativa, nunca tantos consumieron tanto, nunca fuimos tan libres, nunca estuvimos tan comunicados y nunca tuvimos tantas opciones”. Que tres cuartas partes de la humanidad no tengan esa libertad ni esas opciones no los arredra. Tampoco los afecta que muchos de quienes acceden al consumo padezcan angustia y sientan sus vidas vacías o sin sentido. Las industrias del medicamento, del espectáculo y del turismo tienen solución para esos males. 

¿CONSPIRANOIA?

¿Hay algún factor común entre la concentración de la riqueza y esa ideología global que impregna a los discursos tecnocráticos, a los políticos, a los medios de comunicación y a la educación? ¿Hay un Neptuno oculto que una a esas dos órbitas?

Desde luego, hay quienes afirman que existe una conspiración de los más ricos y poderosos del mundo para diluir toda resistencia a su poder en un mar de consumo, conflictos identitarios (de sexo, raza, religión, etc.), diversión y pseudotransgresión.

Pero no es necesario afiliarse a teorías conspirativas para explicar la conjunción de esos fenómenos. La concentración de medios económicos –creo que en eso Marx no se equivocaba- apareja poder ideológico. Quienes tienen la posición dominante en el sistema de producción, aprovechamiento y reinversión de la riqueza tienen no sólo la posibilidad sino la necesidad de moldear el pensamiento, las creencias y las escalas de valores del medio social en el que actúan. Ahora, claro, cuando el medio social comprende a todo el globo, el poder ideológico tiende inevitablemente a ser global. Por eso no puede extrañarnos que las universidades y los medios de comunicación de todo el mundo transmitan los mismos contenidos. La economía global requiere una ideología global.

Nunca como ahora el poder económico había concentrado tanta riqueza y se había expandido tanto. Eso explica por qué están en crisis los Estados y las culturas nacionales o locales. Son un obstáculo para el sistema económico global, y eso los pone en riesgo grave.

Esa nueva situación, sin precedentes en la historia, le plantea a los movimientos emancipatorios (a los que pretenden redistribuir el poder y la riqueza) dos problemas muy serios.

Uno de ellos es qué hacer con los debilitados pero todavía existentes Estados nacionales democráticos. ¿Darlos por perdidos y apostar al surgimiento de alguna nueva organización popular global, o defender a los Estados como instrumento todavía operativo para limitar a los poderes económicos globales?

El otro problema es que cualquier lucha emancipatoria ya no puede ser sólo política. Es una lucha cultural. En la que será vital no confundir los placebos ideológicos, que el sistema ofrece como pseudoalternativa, con los valores culturales que realmente lo cuestionen y puedan ser una verdadera alternativa.

Vienen tiempos complejos y muy difíciles, sin duda.  


DEBATE Temores de aquelarre –o cómo Hoenir encontróse rodeado de (H)arpías… y se perdió  Juan Adolfo Bertoni

publicado a la‎(s)‎ 19 mar. 2017 16:44 por Semanario Voces


He coincidido varias veces con Sarthou y la verdad que da un poco de lástima contestarle después que el propio pueblo lo puso en su lugar… Pero hay zonas de su nota 8/3: El sexo y la criada que merecen respuesta por ser la voz que se alzó en contra de la marcha. Cuestiona que de un total de 265 personas asesinadas el año pasado, las 16 mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas, representaron el 6% del total de víctimas. (Nada dice sobre otro dato escalofriante: casi 7 de cada 10 mujeres mayores de 15 años han sido y son víctimas de violencia de género en algún momento de su vida. Al omitirlo reduce el problema a los asesinatos).

      Espeta además si se han hecho marchas callejeras por los 223 hombres y 26 mujeres también asesinadas; si se han hecho escenificaciones públicas –que él cuestiona–  seminarios, etcétera. Y es verdad que faltan todas esas acciones de denuncia y movilización. Pero si desde el movimiento de mujeres se ha tenido la capacidad de crear acciones convocantes y de impacto público-propagandístico debería ser motivo de respeto en primer lugar, de análisis y de admiración, y en modo alguno de enojo: hay que aprender de ellas.    Lo que viene sucediendo desde hace años, agravado en el último mes, confirma que en nuestra sociedad el problema de la violencia es verdaderamente estructural, consustancial al sistema económico y social en el que lamentablemente vivimos, donde la propiedad y el poder –la necesidad de tener y de poder– permean todo lo que hacemos.    ¿Pero acaso no es especialmente terrible que a una mujer la asesine su pareja o ex pareja –incluso delante de los hijos– sin otra razón que el hecho de que la mujer lo ha dejado de amar? ¿O porque no quiere hacer las cosas que “su macho” pretende que haga? Es decir: que la maten por negarse a perder su identidad (sus deseos, sus pensamientos, sus dolores, sus gustos, sus decisiones) y por mostrarle al varón que ella no es de su propiedad.    Estas muertes en particular, ¿no son razón suficiente para que el tema –por sí mismo– sea motivo de una o varias convocatorias de denuncia y repudio para exigir a las autoridades de gobierno la realización de todas las acciones de Estado necesarias para que realmente este horror pueda llegar a su fin? Y –por aquel inter juego entre lo particular y lo general– al luchar contra ésta violencia: ¿se “invisibilizan” todas las demás como dice Hoenir? ¿O, por el contrario, se lleva al límite la lucha también contra todas ellas, cuestionando estructuralmente a nuestra sociedad?        Cuestión de porcentajes En el fondo, le haya pasado o no por la conciencia, Hoenir hace cuestión principal en el hecho de que estas compañeras asesinadas sean “el 6% del total”. ¿Qué porcentaje cree él que deberían alcanzar para que salgamos a la calle para decir “ni una menos”? ¿El 24%? ¿O el 72%? ¿Desde cuándo las luchas sociales y políticas –sobre todo las verdaderamente revolucionarias– se han basado en un tanto por ciento? (Así, el abogado se pone del lado de aquellos jerarcas de gobierno que dice cuestionar, cuando analizan muchas de las dificultades que existen en nuestro país y tienden a minimizar su importancia bajo el argumento de que “el porcentaje es mínimo? ¡“Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras"!). Según datos del INE, “solamente” el 6,4% de los hogares se encuentran por debajo de la línea de pobreza por ingresos: casi el mismo porcentaje de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas en el global de víctimas mortales por violencia. ¿Qué hacemos? ¿Cuál es el mínimo a partir del cual pelear para el “medidor de aceite revolucionario” de

 

 

2

 

nuestro comentarista? ¿Dejamos de hacer centro en la reducción de la pobreza y, por ejemplo, del desempleo, hasta que lleguen al 40%? Enfrentar una a una las anteriores condiciones de vida de miles de nuestros compatriotas: ¿no merece estar en el hueso de todas las plataformas de lucha, sin dejar de luchar por el cambio social, de estructuras, emancipador, que algunos pretendemos y hace falta? ¿O deberían los problemas citados esperar a resolverse para cuando podamos mejorar todas las condiciones juntas?      A esta altura: es evidente que en ningún momento Hoenir ha intentado siquiera acercarse al lugar del horror de las compañeras asesinadas y violentadas, o el de sus hijos. ¿Se podrá ser de izquierda verdaderamente sin hacerlo? El que no está: no estuvo Además, intenta apoyarse en Nancy Fraser, filósofa y activista de sólida formación y experiencia: hay reales verdades en lo que ella señala –sobre todo en lo que alude al desplazamiento del salario familiar. Ciertamente, puede haber integrantes de ONGs que hayan sido cooptadas por el proyecto del libre mercado más o menos neoliberal. Se entrelazan, a veces –no solamente en este tema– las “amistades peligrosas” entre algunos militantes sociales o políticos con el Poder. No son buenas cosas… Pero no sé cuál es la novedad para Hoenir. ¡Si casi todos los viernes Samuel Blixen nos está mostrando que en la lucha contra la dictadura hubo en nuestras filas muchos más infiltrados de los que pensábamos! Es así: el enemigo nunca deja de trabajar, en ningún terreno; y lo seguirá haciendo.     Pero aun con esos infiltrados, y a pesar de ellos, entonces tuvimos la capacidad de desplegar la lucha antifascista. Y en éste caso, creo que hay que tener la nobleza intelectual y por lo tanto humana para reconocer –más allá de las diferencias que se puedan tener– que en el movimiento de mujeres uruguayas es amplísimamente mayoritaria la presencia de compañeras comprometidas no solamente con la causa de las mujeres, sino con las mejores causas populares y el cambio económico y social. Si Sarthou tiene datos de que no es así, deberá arreglárselas con su conciencia por callarlos. (De otro modo no hace otra cosa que ensuciar la cancha a falta de mejores fundamentos y, por lo tanto, ha perdido ya todo vínculo con una moral revolucionaria).    Y además hace trampas: cita a Fraser solamente en aquello que cree puede convenirle. Omite, nada menos, la conclusión final del artículo que menciona donde la filósofa dice: “debemos cortar el falso vínculo entre nuestra crítica de la burocracia y el fundamentalismo del libre-mercado, reivindicando la democracia participativa, como una forma de fortalecer a los poderes públicos, necesarios para limitar al capital, en nombre de la justicia”.    ¿Qué otra cosa cree Hoenir que estuvimos haciendo durante la tarde noche del 8 de marzo? Porque la movilización fue importante no solamente porque fue enorme. Fue importante (“reconstituyente” me dijo un compañero en la marcha) por el ánimo de resistencia, de “no va más”, de “paremos la mano”, que atravesaba las cabezas y la sangre de los que estábamos marchando. Era la alegría de la decisión de luchar a pesar del dolor, y en medio del dolor. Era la comprobación de que salir a la calle sigue siendo y será necesario cada vez que debamos luchar contra alguna injusticia, y que el juntarse para resistir hace falta más allá del whatsapp y el facebook. Fue la inmensa alegría de un número significativo de jóvenes metiéndose en la lucha contra el individualismo y el patriarcado. Y fue, sin dudas, un fuerte llamado de atención para aquellos gobernantes que también marchaban. (Más de uno habrá estado por demagogia, pero seguramente muchos lo hicieron en apoyo sincero a las consignas).     Pero sobre todo: fue algo nuevo instalándose en el corazón del pueblo (¡porque era pueblo lo que marchaba Sarthou!). Algo que, dependiendo de nosotros mismos, puede

 

 

3

 

abrir también una nueva etapa en nuestras luchas, porque estoy convencido que la inmensa mayoría de los que empezamos la marcha, no fuimos “los mismos” al salir de ella.       Sé también que –mientras toda esa belleza de militancia se desplegaba conmovida por 18 de julio– el escriba nos había prometido que iba a leer a Nancy Fraser. (Por mi parte, tengo la humilde certeza que si hubiera andado por Montevideo, la compañera Fraser se hubiera puesto a caminar a nuestro lado). 


UN DOMINGO DE FÚTBOL Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 19 mar. 2017 16:32 por Semanario Voces


El Barcelona perdió con el Deportivo de La Coruña y Nacional ganó a Racing, después de ir atrás dos veces a lo largo del partido. A pesar del gol de Luis Suárez, el traspié al Barsa le costó la punta del̔ campeonato, y vuelve a tener vigencia el debate en torno al partido que ganó al París Saint Germain, por la ayudita del árbitro en dos penales dudosos.

Pero, en realidad, no fueron los equipos ni lo que pasó en el campo de juego lo que desató una catarata de imágenes y pensamientos inquietantes en mi cerebro. Las cámaras en las transmisiones uruguayas parecen dedicarse, exclusivamente, a los jugadores y las jugadas, las cámaras españolas a la totalidad del espectáculo. A la lluvia, por ejemplo, y a las tribunas, con excelente definición. Se ven familias enteras, niños junto a sus padres, cada uno con los colores de su club. Al finalizar el partido en el Parque Central la transmisión de VTV se permitió enfocar a buena parte del público, en un plano bastante próximo. Hombres y mujeres saliendo en dirección a las escaleras, hablando entre sí, al margen de los horrores de este mundo.

Para nosotros, occidentales conscientes u occidentales distraídos, no tiene ninguna connotación ver a mujeres en igualdad con los hombres, en cualquier espectáculo público, en cualquier trabajo. Las nuevas generaciones, además, están llenas de muchachas inquietas, que opinan con propiedad y tanto disfrutan como sufren en cualquier partido donde juegue su equipo o su selección, como si sobre la cancha estuviesen sus iguales. Y esto, que parece tan normal, cualquier domingo en un estadio, marca, sin lugar a dudas, que la igualdad de la mujer y el hombre, en este vapuleado Occidente, es más real que en el resto de la Tierra. Occidente, para muchos occidentales, aparece como el gran culpable de todos los males sobre la Tierra, el culpable del hambre, de las guerras, de la corrupción, del femicidio. En todo caso, aquí las cosas acaban sabiéndose, y muchos de los culpables acaban en la cárcel, y eso marca dos puntos esenciales para definir el margen de justicia que permite una sociedad.

Tanto la independencia del Poder Judicial como la libertad irrestricta de opinión son baluartes fundamentales de Occidente, a pesar de que grupos de poder sueñen y trabajen para limitar ambos derechos adquiridos. También es cierto que los grandes medios informativos pertenecen a minorías económicas que llevan agua para su molino. ¿Cuál molino? No hay sólo uno, y esa parece ser la gracia. Los medios caminan cerca de la opinión pública, porque salvo en los regímenes autoritarios o dictatoriales, donde la prensa es única, y responde al gobierno o al partido de gobierno, en situación de competencia está claro que no se consigue la fidelidad del lector vendiendo humo. Puede haber avances limitados, incluso durante largos períodos, pero no se sostiene ninguna experiencia periodística si su línea editorial no refleja el multifacético panorama político-social que busca resolver los problemas de largo plazo de cualquier sociedad.

Unos pocos años atrás, partidarios los integrantes del colectivo LGBT no tenían espacios, ni en Occidente ni en el resto del mundo. La sociedad ha evolucionado en cuanto a tolerancia y derechos de la persona. Cada vez es más frecuente y natural que personas de un mismo sexo contraigan matrimonio, y sean socialmente aceptados. Esto, tan vituperado en otras culturas, es parte de una realidad que revela el sentido de libertad inherente a la cultura occidental.

Uno de los aspectos más preocupantes en esta encrucijada del mundo es no tener una relación madura con el sistema político por antonomasia de Occidente. Podremos seguir debatiendo dos mil años más sobre la decadencia del Imperio Romano, extendiendo aquellas bacanales del poder con las actuales crisis en uno u otro país. Podremos especular en torno a lo que quiso decir Marx en tal o cual trabajo, pero lo real es hoy, es esta sociedad humana llena de imperfecciones. No acabamos de percibir el lento tránsito a un nuevo protagonismo, que, seguramente, estará determinado por la transmisión horizontal, desordenada y poco confiable en los primeros tiempos, pero inevitable, a menos que exista una fuerza capaz de arrancar todas las antenas de transmisión, y acabar con las enormes inversiones que han hecho posible internet y todo lo que implica.

No habrá socialismo con desdicha humana. Esa fue la tumba del socialismo de los países inspirados en la experiencia soviética. No habrá socialismo con el 52% de la población marginada por razones de género. Es inviable, como tan inviable es decretar medidas que obliguen a cubrir artificialmente los por cientos que deberían corresponderle a mujeres. La sociedad debe avanzar en todos los aspectos, también en lo simbólico, y eso empieza en todos lados, con el desarrollo de la sensibilidad, del horror ante la muerte infame de una mujer en manos de un tipo al que la bestia le sale del cuerpo. Hay otras muertes, sistemáticas, aceptadas por la sociedad, por el simple hecho de enamorarse de quien sea. Y sin embargo las mujeres occidentales no levantan un muro frente a cada lapidación, frente a cada sentencia de cárcel por razones que aquí ya ni se discuten.

Si hay algo parecido al apartheid es la situación de la mujer en los países islámicos. Sudáfrica tuvo que aflojar ante la dura repulsa de Occidente por causa del bloqueo a que fue sometido. Seguramente muchos de los países que prohibieron a los atletas sudafricanos participar en las Olimpíadas y otros eventos internacionales, no tenían ganas de meterse en un lío con su pariente del Sur, pero lo hicieron empujados por la opinión pública de sus respectivos países. Curiosamente, las minorías étnicas fueron capaces de imponer una agenda que puso en cuestión un tema de carácter universal, y esa agenda arrastró hacia definiciones políticas que pusieron contra las cuerdas al régimen de Pretoria. Desde entonces la cuestión racial ha seguido evolucionando, al punto de contribuir a que un presidente negro llegase al país más poderoso de la Tierra, y que eso no provocase una guerra.

El pasado domingo, en casi todos los países de Occidente mujeres y hombres llenaron los estadios de fútbol. En pie de igualdad cada uno gritó por su equipo, algo simple, casi intrascendente. Nuestras hijas reciben la misma atención y amor que los varones. Muchos atavismos quedaron por el camino de la convivencia y las luchas democráticas. En la Universidad uruguaya la matriculación de mujeres es superior al de varones. Es superior el ingreso y también el egreso. Lo mismo sucede con el ingreso a posgrados. Es un dato que se repite año a año, y es fácil imaginar las consecuencias que puede tener en la sociedad uruguaya un número mayor de mujeres con educación terciaria. Cuando se discute la necesidad de establecer cuotas de género sin tomar en cuenta lo que está sucediendo en un segundo plano, de forma lenta, silenciosa, se puede caer en la tentación de repetir los hábitos machistas de dominación, heredados de sociedades alienadas en la producción y la acumulación de riqueza.

Nuestras hijas van con sus novios al estadio, vuelven felices o tristes pero se hacen cargo de la heladera y llenan de luz la casa de los viejos. Vivimos en sociedades con dificultades económicas pero algo nuevo se viene abriendo paso. En Occidente nunca habrá calma, seguramente siempre habrá polémica y discrepancia, pero es donde las ideas humanistas encuentran un ambiente propicio para crecer, y cambiar las relaciones sociales.

 


1-10 of 735

Comments