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¡GUAMBIA LA BURBUJA! Por Wladimir Turiansky

publicado a la‎(s)‎ 10 abr. 2011 13:42 por Semanario Voces


Heiner Flassbeck es economista jefe de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo). En un reciente reportaje este señor, que sin duda sabe de que habla, afirma, basado en trabajos de investigación llevados a cabo en la UNCTAD, que el alza de los precios de las materias primas, entre ellas los alimentos, no es consecuencia del crecimiento de la demanda sino consecuencia de la especulación. Es que la ola especulativa con derivados financieros de las materias primas ha inundado desde hace un tiempo a los alimentos, sometidos así al juego de las bolsas y las presiones que provienen de ese juego.

 

Es la esperanza de una mayor demanda futura la que lleva a “que todos se suban, de consuno, al ascensor”, dice Flassbeck, y agrega: “En los mercados, todos los jugadores disponen de la misma información, se forman rebaños gigantescos. Si una muchedumbre tal se lanza hacia una materia prima o un derivado, monta el precio. De aquí que el rebaño pueda generar su propia ganancia: se transforma así en una profecía autocumplida.” El corolario es claro: “... Fluyen sumas increíbles de dinero hacia los mercados de mercancías a término. Lo fatal es que esas señales emitidas por los mercados virtuales de futuros determinan los precios de los mercados físicos presentes.”  

Desde hace algunos años los mercados de materias primas pasaron a ser controlados por el sistema financiero y objeto de la especulación (“Los ingenieros de las finanzas tomaron posesión de esos mercados”, dice Flassbeck). Surgen así los mercados a futuro con ese arrastre de precios presentes que aquí se describe. Y con consecuencias como las que también señala el reporteado: “En 2010, un fondo hedge de cobertura británico compró casi todo el cacao almacenado en Europa. Que la mercancía se eche luego a perder es lo de menos; casi da lo mismo. El dinero de verdad se gana en el mercado financiero.”  Es brutal, ¿verdad? 

 

François Chesnais, investigador marxista francés, hace ya algunos años identificó la fase actual del imperialismo por su régimen de acumulación, caracterizado por el dominio del capital financiero.

Cien  años atrás, en una obra titulada “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, Lenin definía al imperialismo por un conjunto de rasgos específicos, uno de los cuales era precisamente el surgimiento del capital financiero como resultado de la fusión del capital industrial y el bancario. Ahora bien, lo que entonces se expresaba en las asociaciones de poderosos grupos monopólicos industriales con grandes bancos, fue derivando en el predominio de estos últimos, generando el surgimiento de grupos financieros internacionales, asociaciones de bancos que pasaron a dominar la economía, transformando de más en más las relaciones económicas reales, la que opera con bienes y servicios tangibles en un apéndice de las transacciones financieras expresadas en todas las variantes de la especulación con acciones, bonos y monedas (es así que en el comercio mundial, el 90% de las transacciones se refieren a operaciones financieras, y no más del 10% a transacciones con bienes reales).

En tales condiciones, el capitalismo deviene de más en más parasitario y sus contradicciones se agudizan.

Pero no me propongo entrar en tales honduras. Mi propósito es llamar la atención sobre lo tan directamente que nos atañe este problema. Somos un país exportador de alimentos  y estamos montados en la onda del crecimiento especulativo de los precios de tales materias primas. ¡Bien ahí, y que dure 100 años! Pero entendámonos: los precios suben y suben aunque no hayamos agregado ni una pizca de valor a la mercancía que vendemos. Ni una pizca. Es una burbuja, una más como otras que los”ingenieros” de las finanzas nos han inflado, y que, como toda burbuja, va a explotar un día, como ocurrió con todas ellas hasta el presente.

 

Debiéramos prepararnos para esa contingencia.

Ahora bien, ¿qué significa prepararnos? 

Para los ideólogos de la derecha prepararnos significa apretarse el cinturón, reducir gastos y atesorar una respetable masa de divisas en el Tesoro del Banco Central para atender las obligaciones del Estado cuando la onda expansiva se retraiga y la taba se nos dé vuelta.

Eso no es prepararse. Eso es resignarse.

Prepararse es otra cosa. Es trabajar para cambiar nuestra condición de país exportador de materias primas, o para decirlo de otro modo, para romper nuestra condición de país subdesarrollado y dependiente. Es cambiar nuestra matriz exportadora, incorporar el valor agregado que representa nuestra inteligencia y nuestro trabajo.

En una palabra, debemos abordar, en serio y ya, nuestro proyecto de plan nacional de desarrollo, y discutirlo con la sociedad, con el sistema político, con los trabajadores y con los empresarios.

Es importante verlo en serio y verlo ya. Y no sólo porque estamos en un momento más que oportuno, con la ola a nuestro favor que nos posibilita acumular recursos. También porque el impulso que significó para nuestra economía y para el bienestar de nuestro pueblo la promoción de inversiones desarrollada en nuestros dos gobiernos trae consigo el riesgo de consolidar un modelo de país agro-exportador, sólo apto para producir materias primas, con poca incorporación de trabajo nacional. Repito: bienvenidas las inversiones de capital que nos posibilitaron salir del pozo de la crisis del 2002 al 2004, restablecer la capacidad productiva del país y generar decenas de miles de puestos de trabajo. Gracias a ello, hoy estamos en condiciones de orientar la inversión de capital, de promoverla y darle facilidades apuntando a objetivos previamente establecidos por nosotros.

Pensemos un poco en la enorme inversión de dinero necesario para acompasar nuestra infraestructura vial al crecimiento acelerado de nuestra actividad productiva, y que nos obliga a promover asociaciones público –privadas. Vías férreas, carreteras, puentes, puertos. Son las venas por las que circula el producto de nuestro trabajo, destinado al mercado interno y a la exportación. Están saturadas, entorpecen el torrente circulatorio. Ahora bien, ¿qué circula por ellas? Por cierto lo tradicional, ganado destinado a los frigoríficos, carnes faenadas con destino al puerto de Montevideo o al abasto nacional, lanas, cueros, lácteos, arroz y cereales. O sea, materias primas, con poco o nulo valor agregado. ¿Y qué es lo no tradicional, lo que proviene de las importantes inversiones de capital externo realizadas en estos años? No es otra cosa, en lo fundamental, que los derivados de la forestación: rolos destinados a la planta de celulosa y a la exportación, celulosa desde la zona franca de UPM. O sea, materias primas, nuevas, pero materias primas al fin. Ya lo sabemos, el capital funciona según sus reglas, que no son otras que minimizar el riesgo y optimizar la ganancia. No podemos pedir peras al olmo, y pretender que se juegue en la “aventura” de cambiar nuestra condición de país productor de materias primas. No nos queda otra que “incentivar” su interés por invertir en procesos industriales con productos finales con alto valor agregado otorgándole beneficios, garantizándole la ganancia. Hagámoslo, pues.

Es el momento de planificar nuestro desarrollo apuntando a la industrialización, completando nuestras cadenas productivas y, por qué no, apelando a nuestros técnicos e investigadores para incursionar en ramas hoy en plena expansión, como la biotecnología, las fuentes de energía renovables o la informática aplicada a los procesos industriales.

¿Qué significa completar las cadenas productivas?

Al fin de cuentas no se trata de explorar territorios desconocidos. No siempre  nos limitamos a exportar lana, sucia, o lavada y peinada. El país supo tener una excelente industria textil, capaz de exportar casimires de primerísima calidad. ¿Está definitivamente cerrado ese camino?

Pero veamos lo nuevo: la cadena forestal. Aún la celulosa, eslabón importante de esta cadena, que implica un proceso industrial complejo, no es al fin más que un insumo en la industria del papel, etapa final de la cadena. Contamos con una importante planta productora de pasta de celulosa y vamos camino de contar con una segunda planta. Sin embargo, ni la multinacional propietaria de UPM, ni la propietaria de Montes del Plata han incorporado a sus planes la instalación de la industria papelera en el país. Pero, ¿nos conviene o no nos conviene alcanzar este último nivel en la cadena forestal, y si nos conviene, y yo creo que sí, como podemos promover una inversión en tal sentido?

Otro ejemplo, se proyecta instalar en la zona de Valentines una mina a cielo abierto, de gran porte, para la extracción de hierro. Es un proyecto que incluye el transporte por ducto del mineral molido e impulsado por agua hasta su embarque en un puerto construido a tal fin en la zona de la Angostura, en el Departamento de Rocha. No sé el destino final de este emprendimiento, que ya ha levantado cuestionamientos en virtud de las implicancias que este proyecto representa para una zona de enclave de la mina que se caracteriza por ser agrícola ganadera, y para las instalaciones de descarga y embarque en un punto de intensa actividad turística. Pero más allá de ello, es una enorme inversión para exportar, otra vez, materia prima.

Más allá del destino final de este emprendimiento minero, recordemos que allá por los años 40 y 50 del siglo pasado, en el marco de la política de sustitución de importaciones, Uruguay desarrolló una importante industria metalúrgica liviana, no sólo en la rama de artículos de uso doméstico. Tuvimos plantas de laminado, así como perfiles de hierro y aluminio. Fabricamos conductores eléctricos de cobre y de aluminio para alta y baja tensión, transformadores eléctricos de potencia, medidores de corriente eléctrica, calderas para la generación de vapor para la industria y la calefacción, entre otras aplicaciones. No todo ha desaparecido, por supuesto. Quedan aún emprendimientos de esta rama industrial. ¿Es posible promover el desarrollo industrial en esta dirección, y no sólo para abastecer el mercado interno sino en la búsqueda de nichos de mercado en la región, y aún fuera de ella? 

En fin, se comprende que no estoy haciendo propuestas formales, sólo intento promover el interés en torno a qué política de desarrollo nos proponemos impulsar, partiendo de la base de que en tanto nos limitemos a ser productores de materias primas no saldremos del subdesarrollo y la dependencia, y que debiéramos procurar incentivar la inversión de capitales, públicos y privados, nacionales y extranjeros, hacia el desarrollo de aquellas ramas industriales que mejor se ajusten a nuestras condiciones naturales, a nuestra experiencia y a las aptitudes y conocimientos de nuestra gente, así como hacia aquellas que por sus características novedosas y de punta representen un desafío para la inteligencia y habilidad de nuestros especialistas.

Y de paso intentamos zafar de la burbuja.


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