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¿ABORTO Y ALEGRÍA? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 20 jun. 2013 19:01 por Semanario Voces
 

¿Tiene sentido la alegría en un debate sobre la penalización o despenalización del aborto?

Supongo que, pensada en la intimidad, lejos de consignas militantes y de campañas publicitarias, esa pregunta tiene una sola respuesta.

No hay ni puede haber nada alegre cuando una muchacha o una mujer viven el embarazo como una carga, como un problema del que desean o desearían desprenderse. No importa si sus convicciones personales o las leyes vigentes les permiten o les impiden ese desprendimiento. Lo trágico de la situación no depende de lo que ocurra con el embarazo. El solo hecho de cargar en el cuerpo con un hijo no deseado es en sí mismo una situación trágica.

A partir de allí es muy difícil pensar en soluciones felices.

Si el niño nace por imposición legal, moral,  religiosa o familiar, es decir por algo ajeno a la voluntad de la madre, en buena parte de los casos estará condenado a tener una madre mal preparada para criarlo, con las consecuencias que eso conlleva, en primer lugar para el hijo y para la madre, y en segundo lugar para la sociedad.

Por otra parte, si el embarazo se interrumpe, quedará la frustración de una vida anulada y la huella psicológica que eso deja en la mujer y en quienes la quieren y acompañan.

En suma: de alegría, nada.

Sin embargo, la tónica de las campañas, tanto de la que se hace ahora contra la ley, como de la que se hizo en su momento para que se la aprobara,  es un cierto aire de alegría optimista.

Basta ver por televisión las expresiones sonrientes y el cálido tono proselitista de Juan Carlos López y de Sara Perrone, o de Julio Frade y Claudia Fernández (ésta última recién bajada de la campaña), para percibirlo. Es como si, eliminando la ley y restableciendo  la penalización de todos los casos de aborto, desaparecieran como por encanto los embarazos adolescentes, los niños abandonados, los abusados, la miseria, los traumas por el rechazo, y la irresponsabilidad de la sociedad y del Estado ante esas situaciones.

Del otro lado la cosa no es muy diferente.  Durante la campaña a favor de la ley, daba la impresión de que, con la creación de un procedimiento legal para abortar, las mujeres alcanzarían una especie de éxtasis de derechos, que borraría, también como por encanto, el traumático dolor de interrumpir una vida ya gestada.

Las líneas argumentales de una y otra posición son simples, monotemáticas, maniqueas y no dialógicas. Cada una mira un solo aspecto del problema y niega o ignora olímpicamente los otros aspectos. Para unos se trata de defender la vida, así, sin condiciones ni relativismos. Y para otros se trata de defender un derecho de la mujer, también sin condiciones ni relativismos.

Esas dos posiciones no dialogan. Se limitan a reiterar su único argumento y a ignorar el otro punto de vista. Y, como las dos pretenden defender un derecho sagrado , terminan por acusar al otro de uno de los peores crímenes: complicidad en asesinato. En un caso el del embrión humano, y en el otro el de las mujeres pobres que mueren durante los abortos clandestinos (aunque ahora drogas como el misoprostol hayan minimizado bastante el último problema). 

Para colmo, además, las dos posiciones se han “cargado” políticamente, y no es difícil ver que en el resultado del domingo muchos esperan ver una señal de lo que pasará en las próximas elecciones nacionales. 

¿Habría otra forma de debatir el problema de la maternidad no deseada?

En lo personal, no voy a votar el domingo.  Porque, aunque discrepo en muchos aspectos con la ley vigente, no creo que restablecer la penalización del aborto, una penalización que en los hechos no se cumplía y que, misoprostol mediante, se vuelve prácticamente inaplicable, sea una solución para nadie.

Sin embargo, no me siento representado por ninguno de los dos discursos públicos que se manejan sobre el tema.

Reitero –y me reitero- la pregunta: ¿Habría otra forma de debatir y de resolver el problema del embarazo no deseado?

Y me respondo que sí la hay. Pero, claro, habría que empezar por admitir muchas complejidades que hoy están ausentes del debate.

Para empezar, habría que admitir que los dos puntos de vista manejan un argumento válido. Es decir, es terrible interrumplr una vida humana ya gestada. Y también es terrible imponerle a una mujer, y en ocasiones también a un padre, e incluso a la sociedad, un hijo no deseado. Es decir que el embarazo no deseado es el terreno en que se cruzan varios intereses –y tal vez varios derechos- contrapuestos. Por un lado, el del futuro niño recién concebido, por otro el de la madre, eventualmente el del padre, y en definitiva también el de la sociedad, que de una u otra manera habrá de decidir y sufrir las consecuencias de su decisión.   

Para continuar, habría que decir claramente que el aborto no es de izquierda ni de derecha. Hace dos o tres siglos, la sociedad espartana mataba a los recién nacidos que tenían defectos físicos. Y a nadie se le ocurriría ponerla como paradigma de una sociedad “progresista”. Otras sociedades pretendidamente socialistas han prohibido el aborto como un crimen contra el Estado. Y no eran sociedades precisamente religiosas o confesionales.

El aborto, como la eutanasia, son acciones humanas trágicas, en el sentido de que nos ponen frente a los límites de la vida.  No tienen tanto que ver con la estructura económica o política de la sociedad como con su conformación cultural y filosófica.

En nuestra sociedad, que es pluralista y está integrada por gente con concepciones muy distintas del mundo y de la vida, claramente, no existen consensos. Tanto la penalización del aborto como su consagración en carácter de derecho absoluto generarán resistencias.

Esto, traducido a sus consecuencias prácticas, significa que la penalización es inviable y será desobedecida. Así como la imposición de realizar abortos, dirigida a los médicos y a las instituciones médicas privadas, es un acto autoritario que no construye paz.

Si hemos de pensar en una solución viable para la sociedad uruguaya, habría que pensar en la despenalización del aborto como una delicada opción individual en la que deberían tenerse de alguna manera en cuenta todos los intereses en juego, y en la que, sobre todo, no debería  involucrarse a nadie que no quisiera participar voluntariamente.

En todo caso, es al Estado a quien le corresponde garantizar la posibilidad de interrumpir el embarazo, teniendo siempre presente que es un tema triste y difícil.

Ya bastante complejo es tener que optar entre la voluntad de la madre (y eventualmente la del padre) y el interés vital del embrión, para todavía imponer esa opción a quienes no la comparten.          

En síntesis, estoy hablando de la necesidad de otra ley, mejor que la que existe, pensada con más respeto por la complejidad de los puntos de vista que –aun sin expresarse debidamente- están presentes en el tema y en la sociedad uruguaya.

 

 

      

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