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¿ACTUALIZACIÓN IDEOLÓGICA, DIJO? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 1 ago. 2011 4:32 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

La expresión la lanzó Tabaré Vázquez, en lo que probablemente sea el primer “globo sonda” destinado, a la vez, a explorar y a promover sus posibilidades como candidato para el año 2014.

 

Como era previsible, dentro del mismo Frente Amplio han aparecido voces que alientan la reaparición “actualizadora” del ex presidente y otras que se oponen a ella (tanto a la “actualización” como a la reaparición). Es normal. La política es así.

Sin embargo, aunque tal vez no sea su intención, la propuesta de Vázquez genera al menos dos interrogantes de insospechada complejidad. La primera es: ¿qué significa “actualizar ideológicamente” a una organización política? Y la segunda: ¿lo que la izquierda uruguaya realmente necesita es una “actualización”?

 

PREGUNTAS QUE SON RESPUESTAS

El término “actualizar” es engañoso. Aunque parezca renovador y abierto al cambio, lleva implícito un presupuesto conservador: quien “actualiza” cambia, pero no lo hace en cualquier dirección. Lo hace en un sentido determinado: el “actual”, aquél que los tiempos -o la moda- indican como adecuado. Pero, ¿quién determina la moda, o el sentido de los tiempos? Ese es el problema.

“Actualizarse” es, siempre, ponerse a tono con lo que se piensa o se consume en el presente, con lo común y aceptado por los que saben o creen saber. Aristóteles, Jesús, Copérnico, Cristóbal Colón, Kant, Newton, Hegel, Marx, Freud y Einstein, por ejemplo, no fueron “actualizadores”. Rompieron con el pensamiento aceptado y “actual” de su tiempo e hicieron nacer nuevos tiempos.    

No es que uno pretenda que Tabaré Vázquez y el Frente Amplio sean necesariamente como Jesús, como Cristóbal Colón, como Marx, o como Einstein, pero tampoco hay por qué resignarse a que la evolución ideológica sea una operación parecida a la renovación del guardarropas por cambio de temporada. 

 

Y PREGUNTAS SIN RESPUESTA

La realidad social uruguaya está planteando problemas que no tienen solución en el programa del Frente Amplio ni en el manual tradicional de recetas de la izquierda.

¿Debemos apostar al crecimiento económico indiscriminado, o anteponer el cuidado de la naturaleza y la preservación de los recursos naturales?

¿Nos abrimos a todas las propuestas de la inversión extranjera, o debemos elegir muy bien que actividades permitimos y qué recursos explotamos? En el segundo caso, ¿qué proyectos deben ser aceptados y cuáles no? ¿Con qué criterios hacer la selección?

¿Asumimos que el Estado es incapaz de cumplir casi cualquier actividad en forma eficiente y privatizamos sus servicios, o sería viable una reforma revolucionaria capaz de hacerlo funcionar?

¿La seguridad pública se restablece sólo con declaraciones de derechos y políticas sociales inclusivas, o requiere algún grado de represión? En el segundo caso, ¿qué grado de represión, y dirigido contra quién?

¿La izquierda debe romper con algunas corporaciones, aunque sean de origen sindical, o la unidad de todas las organizaciones populares es un requisito irrenunciable? ¿Cuál es la alianza de clases que permitirá un programa realmente popular y a la vez viable?

“¿Para qué futuro educamos?” ¿La educación debe formar trabajadores de acuerdo a los requerimientos del mercado de trabajo, debe priorizar la formación ciudadana, o el desarrollo psico-emocional de los alumnos?

¿Qué ordenamiento jurídico es superior? ¿El derecho internacional, con sus tratados de derechos humanos y sus tribunales regidos por la ONU y la OEA, o la Constitución y las leyes nacionales, dispuestas por el voto ciudadano? ¿Qué valor les daremos a las “recomendaciones” de organismos como la OIT, el Banco Mundial y la OCDE?

¿Las políticas sociales deben orientarse al asistencialismo, o deben promover formas más tradicionales de integración social? ¿Iremos hacia la “renta básica universal”, o apostaremos a la integración por la educación y la generación de fuentes de trabajo?

¿Debemos pensar en plantas generadoras de energía atómica, o desarrollar fuentes alternativas de energía?

¿Hasta dónde es admisible la incorporación de nuevas tecnologías, basadas por ejemplo en la manipulación genética, en la agricultura y en la crianza de animales para consumo?

¿La propiedad intelectual es realmente un derecho humano, o un medio por el que los capitales se apropian de saberes colectivos de toda la humanidad?

¿El ser humano es ontológicamente bueno y solidario, o su naturaleza es egoísta? ¿Cuánto incide en la conducta humana la cultura en la que se desarrolla?

¿Cómo nos insertamos en un mundo que se reorganiza en cambiantes bloques y alianzas supranacionales?

 

EL FRENTE: ¿UN MEDIO O UN FIN?

Cuarenta años de historia han hecho del Frente Amplio una organización fuerte y políticamente casi hegemónica. Pero, también, veinte años de gobierno municipal y casi siete de gobierno nacional lo han tradicionalizado, han mellado su audacia propositiva y, por decirlo sin eufemismos, lo han “achanchado”.

Por momentos, puede parecer que los conflictos internos y algunas discrepancias políticas ponen en riesgo su unidad. Sin embargo, es poco probable que vaya a quebrarse por discrepancias o por el alejamiento de alguno de sus sectores. En su historia ha soportado discrepancias y alejamientos y ha sobrevivido a ellas. De hecho, discrepancias y alejamientos han terminado la mayor parte de las veces en reconciliaciones y reincorporaciones.

El riesgo más importante que corre el Frente Amplio, por no decir la izquierda uruguaya, es el del agotamiento, el de la “unitaria” incapacidad para dar respuestas teóricas y prácticas a muchas de las preguntas y problemas planteados en el subtítulo anterior.

Cuarenta años de historia han generado una lealtad política a prueba de balas en los militantes y organizaciones frentistas. Pero esa lealtad no debe hacer olvidar que el Frente, como toda organización política (o como toda organización humana), es un medio y no un fin en sí mismo. Si es incapaz de dar respuesta a aquellos problemas para cuya solución fue creado, sencillamente fracasará, se corromperá y, como el Partido Colorado, quedará reducido a una cáscara vacía.

En política, discrepar y discutir no es una enfermedad mortal. Sufrir desgajamientos tampoco lo es. Incluso perder el gobierno no lo es. La única enfermedad mortal es perder la razón de ser, dejar de significar algo nítido y esperanzador para los militantes, para los votantes y para la sociedad en general.

Sin duda, el Frente y la izquierda están al borde de una crisis. Pero no es una crisis política coyuntural, por una candidatura presidencial, algunas bancas parlamentarias o alguna discrepancia respecto a ciertos proyectos de ley.

La crisis es más profunda y a más largo plazo. Tiene que ver con la falta de un proyecto de país y de sociedad, en un mundo que se vuelve cada vez más complejo y, en ocasiones, hostil.

“Actualizarse”, en la medida que signifique repetir lugares comunes “políticamente correctos”, adoptar un discurso que satisfaga a todos, hacer la plancha  y adaptarse a los intereses dominantes en el mundo y en el país (empresariales, corporativos, ideológicos, profesionales, políticos y hasta deportivos) es un falso camino.

Es probable que lo que la izquierda uruguaya deba enfrentar a mediano plazo sea una refundación ideológica, y no una “actualización”. Una refundación que implique definiciones nuevas, creativas y muy audaces, seguramente removedoras, en especial para el tradicionalismo de izquierda.

¿El Frente Amplio será capaz de procesar un debate de esa naturaleza?

La respuesta es incierta. Pero parece claro que, sin un debate teórico a fondo sobre algunos de los temas vitales expuestos líneas arriba, el futuro será corto y el final triste.

La “actualización” podrá servir para completar este período de gobierno y, tal vez, si no pasa nada grave en la economía nacional y mundial, para conquistar otro de la mano de Tabaré Vázquez.

Pero el Frente Amplio nació para hacer propuestas nuevas al país. Y el país no está recibiéndolas, ni en este momento ni desde hace tiempo.

       

    

 

 

 

 

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