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¿Cómo y dónde se generan valores en el Uruguay actual? Por Pablo Da Silveira

publicado a la‎(s)‎ 7 jun. 2011 15:46 por Semanario Voces



 

         Los valores se generan, se transmiten y se refuerzan mediante actos y situaciones, mucho más que mediante palabras. No es que lo que se diga no cuente, pero aun los escolares que menos escuchan a la maestra aprenden algo importante cuando se habitúan a levantar la mano antes de hablar. Incorporar ese gesto en lugar de simplemente interrumpir al que tiene la palabra es sumarse a toda una cultura de respeto a la dignidad del otro y de tolerancia hacia lo que está diciendo.

         Si esto es así, tenemos que preguntarnos qué valores estamos transmitiendo a las nuevas generaciones de uruguayos cuando hacemos funcionar la sociedad del modo en que lo hacemos. Y mi sensación es que les estamos transmitiendo mensajes muy poco recomendables.

         El lamentable estado de nuestro debate público les está diciendo que, cuando se trata de lograr un objetivo político, se puede decir toda clase de disparates con tal de alcanzarlo. No importa que se ofenda la lógica o se contradiga la verdad histórica. No importa que se difame o descalifique al adversario para eludir sus argumentos. No importa que se practique el doble discurso o se cultive la contradicción más flagrante. Lo único que importa es el objetivo.

         Las políticas sociales que estamos aplicando (unas políticas que tienen una década de atraso respecto del estado actual de la reflexión) están transmitiendo ideas tales como que el esfuerzo no vale la pena, que la responsabilidad personal no tiene valor, que evitar volverse una carga para los demás ha dejado de ser el primer deber de solidaridad. Vos no te compliques y quejate, que el Estado te va a salvar. Eso es todo.

         La brutal indiferencia del Estado ante la frustración y el dolor de quienes se sienten acosados por el delito (las personas que han perdido un ser querido o han quedado lesionadas de por vida, pero también aquellos que no se animan a salir de sus casas por miedo a que las saqueen, o los jóvenes que ya no andan solos por la vereda por temor a ser patoteados) están recibiendo el mensaje de que la ley es un texto inútil, que instituciones como la justicia o la policía son una risa, que los frutos del esfuerzo personal carecen de protección. Después nos horrorizamos cuando la gente hace justicia por mano propia. Y está bien que nos horroricemos. Pero no está bien que olvidemos que esa gente cree haber recibido un mensaje claro.

         El maltrato cotidiano en el servicio de transporte; el abandono de normas de respeto interpersonal tan básicas como el “por favor” y “el gracias”, que han desaparecido, entre otros lugares, de nuestros centros de enseñanza; la desaparición del fútbol como fiesta familiar y popular, y su aceptada transformación en un ritual de tribus violentas: todo eso transmite la idea de que, entre la vida en sociedad y la ley de la selva, no hay ninguna diferencia fundamental sino una cuestión de grado.

         Todos los días transmitimos valores con lo que hacemos como sociedad. Y la cosa luce preocupante.


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