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¿DE QUÉ HABLA Y DE QUÉ NO HABLA LA IZQUIERDA? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 10 may. 2012 11:45 por Semanario Voces

El discurso de los dirigentes y militantes de izquierda ha cambiado. También el de sus medios de comunicación y el de las organizaciones sociales. No es sólo que ya no se use la vieja y “cuadrada” terminología del marxismo-leninismo tradicional (“lucha de clases”, “socialismo”, “dictadura del proletariado”). Es que se ha cambiado de asunto.  

 Cualquier joven de este tiempo puede creer que los temas típicos de la izquierda son la igualdad racial, la no discriminación, los derechos de las mujeres, las políticas de género, la violencia doméstica, la despenalización del aborto, lo derechos de las minorías, la libre elección de identidad sexual y los derechos de las niñas, niños y adolescentes.

Es probable que, incluso los viejos militantes, al leer la última frase, se encojan de hombros y digan: “¿Y qué tiene eso de malo?”

De malo, estrictamente de malo, nada. Es muy deseable que las personas de distintas razas tengan iguales derechos, que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres, que cada uno pueda expresar la opción sexual que prefiera, que las minorías sean respetadas, que no haya violencia doméstica ni de la otra, y que las niñas, los niños y los adolescentes sean bien tratados. El problema no es que se hable de eso. El problema es de lo que no se habla mientras tanto.

 

ANTIGUAS NOVEDADES

En rigor, toda esa aparente variedad de reivindicaciones se satisfaría con el cumplimiento de dos derechos muy viejos, tan viejos como la Revolución Francesa: “libertad e igualdad”. Porque, en el fondo, lo que pretenden las mujeres, los homosexuales, las etnias minoritarias y todos los que se sientan discriminados, es que se respete su libertad y se los trate en igual forma que a las demás personas. Libertad e Igualdad, entonces. Y, en todo caso, si queremos asegurarnos de ser bien tratados, agreguemos también “Fraternidad”.

¿Cómo es que la izquierda, tras más de doscientos años, termina levantando la plataforma básica de la Revolución Francesa? ¿Qué fue de los otros asuntos? ¿Qué pasó con la explotación del hombre (y la mujer) por el hombre (y la mujer)? ¿Qué fue del imperialismo? ¿Qué de las contradicciones del capitalismo? ¿Qué de la lucha de clases y de las hegemonías ideológicas?

 

JUGUEMOS EN EL BOSQUE…

¿Qué tienen en común los temas más usuales de la izquierda?

Es sencillo: aunque son reclamos justos, no tocan la estructura económica. No inquietan a los dueños del poder y de la riqueza. 

¿Qué puede importarles a los accionistas de Wall Street, o a los dueños de la industria armamentista, o a nuestra Federación Rural, que las mujeres uruguayas aborten a voluntad o que a las personas de raza negra se les diga “afrodescendientes”? ¿Qué les importa a los países miembros de la OCDE y a los burócratas de los organismos internacionales de crédito que los homosexuales uruguayos puedan elegir su identidad sexual? ¿Qué les importa a los dueños de empresas de seguridad y de cadenas de comida “chatarra” pagarles un sueldo miserable a hombres y mujeres por igual?   

 Insisto: son causas justas; el problema es que no cuestionan la desigual distribución del poder y de la riqueza, ni en el país ni en el mundo.

¿Eso significa que hay que dejar de preocuparse por la libertad y la igualdad de las mujeres, de las etnias minoritarias y de los homosexuales, o por el bienestar de los niños?

No, en absoluto. Significa que habría que volver a echar una mirada sobre otros aspectos de la realidad. Sobre las estructuras económicas y políticas que permiten a un pequeño porcentaje de la humanidad controlar las vidas (y las muertes) de la enorme mayoría de la humanidad. Hay que volver a ocuparse de los derechos de las mayorías, y no sólo de los de las minorías.

Esa fue históricamente la razón de ser de la izquierda. Alentar a las grandes mayorías desposeídas a disputarles el poder a los poderosos y la riqueza a los ricos.

Es cierto que hoy el poder y la riqueza no son tan fácilmente identificables. Hoy el rico no es necesariamente el dueño de la fábrica y el poderoso no es el presidente que se pavonea en discursos y desfiles. El poder y la riqueza tienen mecanismos más sutiles y complejos. Un accionista o gerente de ciertos grupos económicos, un funcionario, un burócrata asesor de gobiernos u organismos internacionales, o quien controla una cadena informativa, pueden tener más poder que los presidentes y parlamentos. Pueden disponer guerras o imponer políticas económicas que determinen la miseria o la muerte de millones de personas. Aunque ignoremos sus nombres y no les veamos nunca la cara. 

 

DE LO QUE NO SE HABLA

¿Cómo se ejerce hoy el poder? ¿Quién y con qué instrumentos lo ejerce? ¿De qué modo y a favor de quién se concentra la riqueza?

Esas son las grandes preguntas a los que cualquier fuerza de izquierda debería intentar dar respuesta si pretende cambiar la realidad.

Mirado así, el accionar político de la izquierda debería tener otra agenda. En la que no estén ausentes los reclamos de libertad e igualdad de las minorías. Pero en la que se tenga presente que la lucha más difícil es la conquista del poder por las mayorías, la verdadera democracia.

En tiempos de “enredos” programáticos e ideológicos, tiro algunos temas que no deberían faltar en el horizonte de una fuerza de izquierda que aspire a gobernar modificando la realidad.

Si la propiedad privada dispone o afecta a recursos naturales esenciales y finitos, como la tierra, el agua y el aire, ¿cómo debería ser su régimen y qué limitaciones deberían imponérsele? ¿Todo crecimiento es conveniente? ¿Cuáles son las formas deseables y las formas indeseables de inversión y de desarrollo económico? ¿Cuál debe ser el papel del Estado en la economía y cuál la relación entre la sociedad, el Estado y las empresas privadas? Educación: ¿qué tipo de sociedad queremos? En consecuencia, ¿que tipo de personas debemos formar? ¿De qué modo? ¿La inclusión social se logra con políticas sociales focalizadas y asistenciales, o depende del modelo económico y de políticas educativas y laborales? ¿Requiere además de algún grado de represión? En caso afirmativo, ¿cuál es ese grado y hacia quién debe ir dirigida? ¿Cómo deben regularse los medios de comunicación que operan con frecuencias de propiedad pública? ¿Cómo deben asignarse esas frecuencias? En el mundo globalizado, ¿tiene sentido seguir hablando de democracia? Para que lo tenga, ¿cuál debe ser la relación entre la organización político-jurídica nacional y el orden político-jurídico internacional? ¿Qué grado de autonomía puede tener el Uruguay y qué alianzas puede hacer para aumentarlo? ¿Qué hacer ante los grandes poderes fácticos supranacionales (las estrategias e intereses de Estados extranjeros más poderosos, la OCDE, algunos organismos internacionales de crédito, las empresas multinacionales, el narcotráfico organizado y las corruptas fuerzas que dicen querer combatirlo)?

Sí, ya sé. No es una agenda “políticamente correcta”. No será motivo de la publicidad de Benetton, no recibirá aplausos en ADM, ni condecoraciones del FMI. Son además temas polémicos, en los que no es claro el camino más adecuado ni el posible.

Tal vez por eso son temas de los que no se habla.

Aunque sea indispensable hacerlo si se quiere cambiar la realidad.

 

 

 

 

 

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