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¿Estará reblandecido Mujica?

publicado a la‎(s)‎ 30 abr. 2010 17:10 por Victor Garcia | Semanario Voces   [ actualizado el 30 abr. 2010 17:54 ]

Sería la explicación de porqué insistió tanto  - y tan sorpresivamente- con la prisión domiciliaria para los participantes de la dictadura que hoy están presos, aún sabiendo que eso le generaría problemas políticos.

¿Viejo charleta?

Tengo para mí que lo hizo por otro motivo, bien diferente. Da la impresión de que, en algún momento de su vida, quizás con la sabiduría que da el sufrimiento profundo, sazonado por el tiempo, Mujica encontró una verdad que está en el cerno del Cristianismo, porque está en el corazón del hombre (o viceversa, que da igual, ya que el Dios de la creación es el mismo que el de la redención). Una verdad muy profunda, tanto que no se enseña, sólo se aprende.

La verdad del perdón.

¡Qué poco y qué mal entendemos al perdón! No llegamos a despreciarlo totalmente porque es comprensible en mi caso y en el de algunos otros (si en ellos las faltas no son muy desagradables a mis ojos), pero aún cuando lo aceptamos o toleramos, siempre será como algo unilateral, un acto de voluntad (quizás con afecto, quizás sólo con voluntad), cuya única reciprocidad  es el agradecimiento: yo te perdono, tú me agradecés.

Me parece que Mujica llegó al núcleo del perdón, allí donde está su sentido: el perdón es un acto complejo; es dar, pero también es recibir.

Los efectos del perdón, si es verdadero perdón, son tanto para quien lo recibe como para quien lo da.

Mujica parece haber entendido que no están presos sólo los militares y civiles de marras, encerrados en cárceles y calabozos, sino que también viven apresados quienes se niegan a perdonarlos.

Presos de su propio odio que, además, los ancla en el pasado.

Quienes no perdonan amputan su capacidad de amar, amputan su libertad, recortan su comprensión y su capacidad de convivir. No viven una vida plena.

El perdón sana las heridas. Sólo el perdón. Pero no sólo las heridas del perdonado.

El mundo rechaza y desprecia esta filosofía (más precisamente, antropología), por considerarla o débil o injusta y sostiene que no puede haber expiación sin castigo.

El Cristianismo, en cambio, sabe que el hombre no es capaz de hacer justicia perfecta, ni es perfecto como para sobrellevarla sin fracturas. Por eso pide perdón todos los días. No deja de ser sintomático  que en la oración central del cristiano, el Padrenuestro, el pedido del pan cotidiano va junto con el del perdón: “danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Tal parece que fueron muchos los presos que Mujica no pudo liberar. Con lo cual tampoco podrá liderar al país hacia el futuro, porque el odio tiene siempre los ojos clavados en el ayer. ¿O acaso hay algo más nostálgico en el mundo que nuestra izquierda vernácula?

¡Cuánta más frescura y vigor tuvo la salida Sudafricana del odio, enancada sobre el perdón, con aquella memorable comisión presidida por el obispo Anglicano, Desmond Tutu! Liberó al país de sus viejos lazos de odio, para que pusiera sus energías en procurar un futuro mejor.

Curiosamente, son los que mucho han sufrido quienes entienden más fácilmente el verdadero sentido del perdón. Un escritor sudafricano que estuvo a punto de morir diez veces en un campo de concentración japonés, decía que el sufrimiento más difícil de perdonar es el imaginado. “Las personas que realmente han sufrido a manos de otros no encuentran difícil el perdonar, ni aún el comprender a aquellos que les causaron el sufrimiento. No les resulta difícil perdonar porque del sufrimiento y del dolor verdaderamente soportados surge un sentido instintivo de privilegio”, (Laurens van der Post, “Venture to the Interior”).

Una verdadera lástima que no se haya escuchado en esto a Mujica.

Otro tren perdido.

>> por Ignacio
De Posadas 
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