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¿LAS MALVINAS SON ARGENTINAS? Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 3 mar. 2012 13:09 por Semanario Voces
 

 

Cuando el gobierno argentino reavivó el tema Malvinas, Uruguay fue de los más activos en reafirmar su compromiso con la causa de nuestro vecino y socio, y en tomar medidas concretas, prohibiendo el abastecimiento de buques con bandera de las islas. La prensa internacional inmediatamente se hizo eco de este nuevo episodio, con el nombre de nuestro país en primera plana. ¿Compartimos realmente el reclamo de Argentina, o nos dejamos llevar por la ola, como en el estadio?

La inclusión de las Malvinas en los mapas data de 1600, tras ser ubicadas por el holandés Sebald de Weer, y desde entonces se las conoce, también, como islas Sebald. El 18 de enero de 1616, Jakob LeMaire llega a las islas, confirmando su ubicación. Basándose en esa cartografía numerosos corsarios y filibusteros utilizaron las islas como sitio de aprovisionamiento de agua dulce y puerto seguro. El capitán británico John Strong llegó a las Malvinas el 27 de enero de 1690, y navegó entre las dos islas, bautizando el canal como Falkland Channel. Hasta 1764 las islas fueron visitadas por tripulaciones holandesas, inglesas, españolas y francesas, pero nadie, hasta ese momento, reclamó dichos territorios para sí.

Con el objetivo de colonizarlas, el francés Louis Antoine de Bougainville arribó a las islas el 31 de enero de 1764, llevando consigo a tres familias de colonos. El 17 de marzo fundó una colonia a la que llamó Port Saint Louis, tomando posesión formal de las islas. Bougainville regresó a Francia, y un año más tarde volvió a las Malvinas llevando más colonos. El nombre que hoy reivindica Argentina proviene, precisamente, de los franceses que comenzaron a nombrarlas Malouines.

Pero los ingleses se habían instalado soto voce, un año después que arribara Bougainville. Entonces el comodoro John Byron tomó posesión de la isla Trinidad, bautizando como Port Egmont al sitio donde estableció su base de operaciones. Byron reclamó para la corona británica la propiedad sobre la isla Trinidad, renombrada Jason y las islas menores que la circundaban. La corona británica envió al capitán John Mcbride como refuerzo a Port Egmont, y éste intimó sin éxito a que los franceses abandonaran las islas.

España reclamó, entonces, la pertenencia de las Malvinas a sus posesiones en el continente.  Francia no estaba en condiciones de un nuevo conflicto luego de haberse desangrado en la Guerra de los Siete Años, por lo que sugirió a los españoles que negociaran directamente con Bougainville. Éste aceptó la entrega de las islas a cambio de una jugosa indemnización. Después de dos siglos, los españoles se hacían con la propiedad de las Malvinas mediante el pago de 618.108 libras, y no por haber desplegado algún tipo de actividad civilizatoria. Pero mientras los españoles negociaban con Bougainville los ingleses se establecían en las islas, conscientes de la importancia comercial que tenían para la navegación hacia el Pacífico.

Seguramente el francés se apuró a cerrar el trato en vistas de que la corona británica tenía todas las intenciones de quedarse definitivamente en aquella inhóspita tierra.

Desalojados los franceses de las Sebald/Malouines/Falkland/Malvinas, los españoles tuvieron que vérselas con los ingleses a los que intentaron desalojar mediante argumentos pero éstos apenas sonrieron. El 11 de mayo de 1770 zarparon de Montevideo las fragatas Industria, Santa Bárbara, Santa Catalina y Santa Rosa, además del chambequín Andaluz, con la intención de echar por las malas a los británicos. La flotilla, al mando de Juan Ignacio de Madariaga se presentaría en Port Egmont y tras un intercambio de disparos los ingleses se rindieron el 10 de junio de 1770. Como consecuencia de la acción de desalojo, Inglaterra reaccionó amenazando a España con un conflicto mucho mayor, pero España aceptó que los ingleses se reinstalaran en Port Egmont, firmando un acuerdo en ese sentido el 22 de enero de 1771. A partir de ese año, las Malvinas quedaron bajo jurisdicción española pero con el usufructo por parte inglesa de Puerto Egmont y el fuerte que lo protegía.

A partir de entonces, los españoles gobernarán sobre las Malvinas menos de cuarenta años. Con el alzamiento revolucionario de mayo de 1810, el gobernador de Montevideo, Gaspar de Vigodet, reúne todas las fuerzas disponibles para enfrentar la situación, dando órdenes de que las tropas evacúen Las Malvinas para dirigirse a Montevideo.

Es recién en 1820 cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata asumen formalmente la titularidad sobre las Malvinas, enviando al coronel estadounidense David Jewett a bordo de la fragata Heroína para hacerse con el control de las mismas. En sucesivos actos, el gobierno de Buenos Aires va afirmando su posesión sobre las islas, y es así que en 1826 concede al alemán, luego nacionalizado argentino, Luis Wernet, los derechos de explotación de ganado vacuno y pesca. Además de su familia lleva consigo caballos y ovinos. Wernet estaba casado con la montevideana María Sáez, con la que tuvo una hija a la que llamaron Malvina. Como comandante político y militar de las Malvinas, Vernet, debió enfrentar algunos incidentes con estadounidenses y británicos, en una escalada que se definiría en 1833, cuando los británicos desembarcan en las islas, que entonces reunía entre 120 y 150 almas. Se inicia, así, una estadía de 150 años que se verá convulsionada el día que a Leopoldo Fortunato Galtieri y a las Fuerzas Armadas Argentinas se les cruza por la cabeza la idea de que tomar las Malvinas por la fuerza va a resolver la profunda crisis en que estaba inmersa la dictadura. Trece años de estadía argentina, más cuarenta de administración española son, al menos, poca presencia y menor legado cultural en cinco siglos de presencia humana en esas islas.

Desde luego que Gran Bretaña no tiene nada que reclamar con respecto a las Malvinas, pero, en todo caso, el gobierno británico ya le sacó una ventaja importante al argentino al establecer su posición: que sean los isleños los que decidan. Si Argentina insiste con la razón histórica se va a empantanar en muy poco tiempo, porque si hay un plebiscito seguro que los kelpers no votan a favor de ser súbditos argentinos. Quizás si tuviesen que elegir entre ser británicos o uruguayos la duda podría acarrear algunos puntos para nuestro país, porque aquí los kelpers han estudiado, han atendido su salud, han hecho amigos, y nadie, nunca, sacó argumentos de una galera para reclamar el territorio que sólo ellos cultivan y mantienen habitable. Eso es lo que debió haber hecho Argentina y no discutir públicamente este tema como si los isleños no existiesen.

Una vez más, el ministro que llegó de la Nada aconsejó errado al Presidente. En vez de trabajar para que Mujica pueda lucirse en una salida más acorde con su espíritu negociador, se colocó a su izquierda y lo chumbó para que salga como un rottweiler, a mostrarse solidario en la bravuconería no en la búsqueda de una posición internacional más elaborada, porque para eso se le paga, a él y a los equipos del ministerio que tienen como cometido proponer políticas que estén en línea con la historia de la Cancillería uruguaya.

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