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¿LOS DERECHOS HUMANOS SON “DE IZQUIERDA”? (II) Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 25 may. 2011 16:19 por Semanario Voces



 

Acabo de leer los comentarios que recibió en facebook mi nota de la semana pasada y estoy sorprendido.

De los diecinueve comentarios extensos (fuera de los “me gusta” o “no me gusta”) muy pocos parecen haber percibido lo que la nota sostenía. La mayoría parece asumir que si se habla de los “Derechos Humanos” sólo puede ser para ensalzarlos y que la identificación entre izquierda y derechos humanos es tan natural que nadie puede ponerla en duda. Quizá por eso, los comentaristas terminan discutiendo sobre las distintas actitudes del Interior y la Capital respecto al plebiscito de 2009, sobre el papel del fútbol como distracción y, en algún caso, pidiendo más plebiscitos en pro de los derechos humanos. Lo curioso es que la nota sostenía justamente lo contrario. Sostenía que el papel central adquirido por los derechos humanos en el discurso y en la práctica de la izquierda es un fenómeno anómalo, que tiene como madre a la dictadura y como padre al vacío ideológico causado por la caída del “socialismo real”.

Sin embargo, varios lectores parecen haber entendido algo distinto. ¿Será un problema de falta de claridad del texto, o que sólo vemos y leemos lo que esperamos ver y leer?

 

LOS PADRES DE LA CRIATURA

En la nota anterior –primera de esta serie- se sostuvo que el desarrollo de los derechos humanos en el discurso de la izquierda uruguaya tuvo origen, durante la dictadura, en la necesidad de la propia izquierda de protegerse y denunciar la represión militar levantando una bandera que pudiera ser percibida por el resto del mundo, especialmente por los organismos internacionales y las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

A eso se sumó, entre 1986 y 1989, el fracaso y la caída del modelo soviético de socialismo, con el consiguiente aislamiento y miseria del régimen cubano, que había sido durante mucho tiempo el espejo del socialismo latinoamericano.

En síntesis, hacia fines de los ochenta, la izquierda uruguaya se había acostumbrado a invocar los derechos humanos como fundamento de casi todas sus reivindicaciones y, a la vez, había perdido íntimamente la confianza en que el tradicional modelo socialista (propiedad social o estatal de los medios de producción y planificación de la economía) fuera una alternativa viable para reorganizar a la sociedad, por lo que se vio teóricamente débil frente al discurso neoliberal. Si bien resistió, casi por instinto, el desmantelamiento del Estado en los 90, no estaba en condiciones de levantar y sostener un modelo alternativo convincente.

 

LA INFLACIÓN DE DERECHOS

Al principio, sobre todo mientras la izquierda fue oposición, la cosa no parecía tan problemática. Reclamar “verdad y justicia” en base a los derechos humanos no es sustancialmente distinto a reclamarlas fundándose en la Constitución o en la leyes. Reivindicar los derechos de la mujer, o los de los homosexuales y los de las minorías raciales, como derechos humanos (aunque podrían haberse fundado en la Constitución y en ciertas leyes muy viejas) tampoco lo es. Un poco más extraño es que la reivindicación de los intereses de los trabajadores (salarios, horarios, etc.) se presenten como reclamos de derechos humanos. Pero decididamente suena muy extraño que la casi totalidad de los intereses y reivindicación planteados en la sociedad, desde la oposición a la plantación de soja o al uso de energía nuclear hasta la pretensión de despenalizar el aborto y la de prohibir ciertas opiniones considerada discriminatorias, pasando por el interés de los artistas en que se subvencione su trabajo y el de los coleccionistas de sellos en que el Correo siga emitiendo algún sello, se autoconsideren reclamos de “Derechos Humanos”.

Lo cierto es que la sociedad uruguaya se ha llenado de “derechos”, humanos, inalienables e irrenunciables, que encubren y justifican los más variados intereses, intenciones y pretensiones, algunas muy legítimas y otras no tanto..  

 

DOS LÓGICAS OPUESTAS

El centro de lo que quiero señalar es que la invocación de “derechos” y en particular de “los derechos humanos” establece una lógica argumentativa muy diferente a la que tradicionalmente había desarrollado la izquierda.

Hasta principios de los ochenta del siglo pasado, las causas de la izquierda se fundaban en la conveniencia social. El socialismo, las reivindicaciones de los trabajadores, la defensa del Estado, la planificación de la economía, tenían como fundamento el interés y el beneficio colectivo de toda la sociedad o al menos de su enorme mayoría. Por lo tanto, eran causas que podían y debían ser racionalmente argumentadas y defendidas. Para que una reivindicación fuera legítima, desde un punto de vista de izquierda, era necesario no sólo que beneficiara a quienes la reclamaban sino que se inscribiera en un proyecto coherente de sociedad más productiva y más justa.

El socialismo, por ejemplo, por utópico que pudiera considerarse, se proponía llegar algún día a una sociedad que pudiera dar “a cada uno según sus necesidades”. De modo que la satisfacción de las necesidades individuales, al menos en teoría, se enmarcaba en un proyecto colectivo armónico. Por lo tanto, para que un interés particular fuera legítimo, debería demostrarse que no era opuesto al interés general y que la colectividad podía satisfacerlo sin perjuicio para la propia sociedad. En esa lógica, los intereses son negociables, transables, de acuerdo a las necesidades y posibilidades colectivas. Es una lógica de integración social. Realizable o no, pero sin duda una lógica que apuesta a la sociedad como un todo político, más amplio que la suma de los intereses y algunos derechos de sus partes.

La lógica de los derechos, en cambio, es completamente diferente.

Si se asume que los “derechos” son anteriores a la voluntad política de reconocerlos y satisfacerlos, si se sostiene que son inalienables e irrenunciables, no cabe condicionarlos a nada. Para esta concepción, los derechos son esencialmente innegociables. Ningún efecto tendrá que la sociedad no pueda materialmente satisfacerlos o garantizarlos. El reclamo de derechos será sordo a todo lo que no sea su propia satisfacción.

Mientras hablemos de los llamados derechos fundamentales (vida, igualdad, libertad) no debería haber problemas. El problema se plantea cuando ingresan a la categoría de “derechos”, y en particular de “derechos humanos”, una creciente cantidad de intereses y aspiraciones de tipo social, económico y material.

¿Qué ocurre cuando, a pesar de tratarse de aspiraciones justas, la sociedad no está en condiciones materiales de satisfacerlas?

En rigor, fiel a su origen liberal, el discurso de los “derechos” es un discurso individualista. Mira los problemas desde la óptica particular de quien reclama el derecho, sin condicionarla a las circunstancias sociales.

 

IZQUIERDA, DERECHOS Y GOBIERNO

El acceso del Frente Amplio al gobierno agudizó el problema, porque enfrentó a la izquierda con su propio discurso “de los derechos”. Los gobiernos frenteamplistas se encontraron y encuentran ante un panorama de intereses y aspiraciones convertidos en “derechos”.

En lo colectivo, eso significa que los sindicatos y todas las organizaciones sociales desvinculan sus reclamos de las posibilidades sociales. Reclaman porque “tienen derecho”, no porque su reclamo sea conveniente para la sociedad ni porque satisfacerlo sea posible para la sociedad. En el fondo, la lógica corporativa que impera en muchos sindicatos y organizaciones está íntimamente vinculada al discurso de los derechos.

La confusión entre intereses (por legítimos que sean) y derechos, es clave para entender muchos de los problemas que enfrenta la sociedad uruguaya. Así como la relación entre derechos y obligaciones, otro concepto olvidado.

Quizá, para aclarar esos problemas, sería bueno analizar qué es realmente un derecho y a qué otras nociones está necesariamente ligado. Tema para la próxima nota, espero.    

  


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