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¿LOS DERECHOS HUMANOS SON “DE IZQUIERDA”? (I) Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 19 may. 2011 16:32 por Semanario Voces



 

¿Cuándo y por qué los derechos humanos pasaron a ser el punto medular del programa político de la izquierda? ¿Hay relación entre ese hecho y la caída del “socialismo real”? ¿Existen realmente derechos “inherentes a la condición humana”? ¿Son universales?

¿El discurso de los derechos humanos resiste un análisis marxista?

 

BIN LADEN Y LA CADUCIDAD

Dos hechos, uno nacional y otro internacional, han puesto al discurso de los derechos humanos en cuestión y en el centro del debate. En lo nacional, las complejas alternativas en torno a la eliminación de la ley de caducidad. En lo internacional, la intervención militar occidental en países de predominio musulmán, fundada argumentalmente en la protección de los derechos humanos. Las más recientes de esas intervenciones son el ataque autorizado por la ONU contra Libia y el asesinato de Osama Bin Laden en Pakistán, que, en el marco de la llamada “guerra contra el terrorismo”, deriva ahora en una insólita discusión teórica mundial sobre si la tortura y el asesinato selectivo son métodos válidos para combatir al terrorismo.

Por distintas razones, esos dos hechos han despertado crisis, dudas y conflictos muy íntimos en la izquierda uruguaya.

 

EUROPA, EUROPA…

En los muros de La Teja, en los sindicatos de La Unión, en los comités de base de Rocha, Fraile Muerto y Paysandú, en fábricas y facultades, en esquinas y sedes partidarias de todo el país, las consignas son inevitables: “Los DDHH no se negocian”, Verdad y Justicia”,  “No al terrorismo de Estado”, “La Justicia es un derecho”, “Nunca más”, “La lucha continúa”. Consignas alusivas a los derechos humanos y relativas, casi en exclusividad, a ciertas violaciones de esos derechos: las cometidas durante la dictadura.

Sin embargo, los derechos humanos que hoy invocamos nacieron en Europa, muy lejos de aquí.

Tal vez sus primeros esbozos teóricos haya que buscarlos en la obra del pensador inglés John Locke, preocupado por limitar el poder absoluto del Rey, prevenir las sangrientas luchas políticas y religiosas que caracterizaban a su país y, sobre todo, garantizar el derecho de propiedad. La idea fue tomada y perfeccionada después por los pensadores franceses de la Ilustración y, sin duda, recibió  su consagración formal, como “derechos del hombre y del ciudadano”, durante la Revolución Francesa.

Pero la historia no termina allí. Hay al menos otros tres momentos históricos que nos ayudarán a entender cómo los derechos humanos, que levantaron vuelo hace más de doscientos años en las calles revolucionarias de París, vinieron a aterrizar en La Teja y en Bella Unión, además de en el programa del Frente Amplio.

 

DE PARÍS A LA CURVA DE GRECIA

La euforia con los derechos humanos había decaído un poco desde la Revolución Francesa. La Primera Guerra Mundial trajo cierto desarrollo del llamado “derecho humanitario”, más preocupado por disminuir la costosa mortandad causada por la guerra que por reconocer derechos a las personas, cosa que quedaba más bien librada al derecho de cada país. Pero la Segunda Guerra Mundial trajo un problema inesperado.

Cuando los aliados quisieron juzgar en Nuremberg a los jefes nazis por los genocidios y crímenes de guerra, se encontraron con que los nazis declaraban haber cumplido las leyes vigentes en su país (las leyes nazis) y no había tampoco un derecho internacional en base al cual declararlos culpables. Medio de apuro, hubo que recurrir a acusarlos de “crímenes contra la humanidad”, que no estaban previstos en ninguna norma jurídica concreta. En base a eso fueron condenados y, como “a los ganadores no se les ponen condiciones”, los nazis no tuvieron demasiado derecho al pataleo (que seguramente tampoco merecían) y fueron ejecutados o encarcelados.

El papelón sufrido en esos juicios –en los que no había ley para aplicar- llevó a que, en pleno Siglo XX, tomaran auge unos derechos que no necesitarían mayormente de ley escrita para ser aplicados: los derechos humanos, que, casualmente, se parecían mucho a la declaración de derechos francesa y venían muy a cuento con los intereses de los ganadores de la guerra. Curiosamente, las bombas de Hiroshima y Nagasaki no fueron consideradas crímenes de lesa humanidad.

Sobre esa base, bajo control vitalicio de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, se constituyó la Organización de las Naciones Unidas, desde la cual se ha desarrollado hasta ahora el concepto de “Derechos Humanos”.

Hay otros dos momentos esenciales para explicar el papel que juegan los derechos humanos en el actual ideario de la izquierda uruguaya.

El primero es la dictadura, durante la cual todos los mecanismos constitucionales de garantía no funcionaban. La necesidad de lograr apoyo internacional contra el régimen militar llevó a que, estratégicamente al principio, la izquierda invocara a su favor los tratados internacionales de derechos humanos, para reclamar derechos y garantías que ya estaban establecidos en la Constitución Nacional. Es que la invocación del derecho internacional despertaba más fácilmente la solidaridad y el interés de las organizaciones defensoras de los derechos humanos y de los organismos internacionales.

El segundo y último momento fue a fines de la década de los ochenta, cuando, casi al mismo tiempo que los uruguayos estábamos reconstruyendo nuestra institucionalidad democrática, se derrumbó el enorme paquidermo del “socialismo real”.

 

DE LA REVOLUCIÓN A LOS DERECHOS HUMANOS

La izquierda uruguaya, como casi todas las izquierdas del mundo, nació con una fuerte impronta socialista. Sus distintas vertientes –anarquista, socialista, comunista, e incluso la cristiana y la nacionalista- coincidían en la crítica al sistema capitalista y apuntaban, al menos en un horizonte utópico, a la construcción más o menos revolucionaria de un sistema social en el que los medios de producción fueran gestionados con una finalidad social y no quedaran librados al mero interés del capital, es decir sin ninguna planificación.

Expresa o implícitamente, socialización y planificación eran la impronta genética de la izquierda uruguaya, aunque, según el sector del que se tratara,  se expresara estratégicamente como una opción por el comunismo prosoviético, o por alguna variante del socialismo democrático de línea europea, o por una etapa de liberación “nacional y popular”.

A esas improntas teóricas, durante la dictadura se había sumado el concepto de derechos humanos, aunque –sostengo- más que nada como necesidad táctica para recuperar la posibilidad de continuar la lucha de fondo

Pero, justo al terminar el duro paréntesis de la dictadura, cuando la izquierda uruguaya podía retomar el énfasis en la reorganización de fondo de la sociedad, el paradigma del modelo de socialización de los medios de producción y de planificación de la economía se derrumbó por implosión.

Cuesta poco imaginar por qué la izquierda uruguaya quedó entonces sólo con medio libreto. Sólo quedó en pie la parte del discurso que refería a los derechos humanos.

La semana que viene hablaremos de las consecuencias de ese hecho.    

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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