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¿MALOS, SUCIOS Y FEOS? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 11 jul. 2011 13:22 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

Cinco personas, de los cientos que viven y duermen en las calles de Montevideo, murieron de frío en lo que va de este invierno.

La reacción política no se hizo esperar. La oposición puso el grito en el cielo, pidiendo cuentas a los ministros de salud pública, de desarrollo social y a la Intendencia. El oficialismo respondió con un proyecto de ley que permitiría internar compulsivamente a toda persona que esté a la intemperie y corra riesgo de contraer enfermedades graves o de morir. Y la Intendencia de Montevideo recomendó a los vecinos que dejen de darles comida y ropa a los indigentes para, así, forzarlos a ir a un refugio.

La noticia de esas muertes es tremenda y conmovedora. ¿Qué tiene que pasarle por la cabeza a una persona para preferir arriesgarse a morir de hipotermia antes que ir a un refugio? Y no es a una, sino a cientos de personas.

Bueno, pueden pasarles muchas cosas. Es posible que algunos estén mentalmente trastornados. Otros son adictos a la pasta base o alcohólicos, y no pueden llevar sus vicios al refugio. Otros tienen como único afecto a un perro al que no quieren abandonar. O unas cajas de cartón, trapos y botellas que son su única riqueza y no la quieren perder. Algunos no soportan los horarios y exigencias de los refugios. Otros afirman que en los refugios otros indigentes los roban o les contagian enfermedades. Muchos, me consta, tienen en la calle mil “rebusques”: piden monedas a los conductores noctámbulos, consiguen restos de comida cuando cierran los bares y hacen alguna que otra changa o “transa” en la noche, antes de tirarse a dormir en algún portal más o menos reparado.

Ese ejército de sombras es fruto de muchos años de políticas de exclusión social. Ya sé, la idea no es original, pero a la verdad no hay que pedirle originalidad. Le basta con ser verdad. Y, en este caso, muchos años de pérdida de puestos de trabajo, de deterioro de la educación, de ausencia de políticas sociales, es decir muchos años de neoliberalismo, fueron creando esa masa de gente sin casa, sin familia, sin educación, sin esperanza y a menudo sin dignidad, que ahora nos explota en la cara, en las calles y en las veredas.

La oposición blanca y colorada debería pensarlo dos veces antes de hacer gárgaras con el tema. Porque muchos recordamos qué gobiernos aplicaron las políticas neoliberales y quiénes fueron los presidentes, ministros y parlamentarios oficialistas de esos tiempos.

Pero estábamos diciendo que, para ese complejo universo humano de historias trágicas, el gobierno propone una única medida: la internación compulsiva. Tanto da si la persona está demente o se droga, si está encariñada con un perro, o se las rebusca como cuidacoches. La solución es única y fácil: internación compulsiva.(o “aun sin su consentimiento”, dice eufemísticamente el proyecto de ley).

Uno podría –y puede- oponerse a la medida por razones de principio, recordando que la Constitución garantiza la libertad ambulatoria y que –salvo en casos de incapacidad mental- nadie tiene derecho a recluir ni a impedirle a una persona mayor de edad estar donde quiera estar.

Pero los argumentos a favor de la medida son emocionalmente efectivos: “nadie tiene derecho a morir de frío en la calle”, o  “esta noche va a haber tres grados bajo cero”, o “¿qué libertad es la de morirse de frío?”.

Claro, son efectivos si uno piensa que todo se reduce a decirle a la persona que está en la calle: “Hace mucho frío y usted se va a enfermar, así que levántese y acompáñenos al refugio”.

Si así fuera, uno podría quedarse con la conciencia tranquila y la vereda de casa limpia. Pero no va a ser así. Porque los que duermen en la calle no son todos entes sin voluntad ni cerebro. Algunos van a intentar escapar o se van resistir. ¿Cómo se los va a someter? ¿La policía los perseguirá y los golpeará para reducirlos? ¿Los esposarán? ¿Los subirán a la fuerza a un patrullero? ¿Es que acaso por ser indigentes no tienen derechos constitucionales y humanos? Y cuando lleguen al refugio, ¿cómo se evitará que se vayan? ¿Los refugios estarán enrejados? ¿Habrá carceleros? Y a la mañana siguiente, ¿quién les devolverá el perro, las cajas de cartón, las latas, las botellas y la frazada roñosa que quedaron abandonados en la esquina? ¿Qué pasará con los que se ganan el peso en la calle? Y a la noche siguiente, ¿qué? ¿Otra vez a empezar todo de nuevo?

Que me perdonen, pero el rápido entusiasmo con la internación compulsiva se parece mucho a no haber pensado bien el asunto. Y se parece más todavía a “que me saquen de la puerta de casa a ese mugriento que afea la calle”.

¿Esto quiere decir que hay que observar pasivamente como la gente se muere de frío?

No, para nada. Quiere decir que hay que ver cómo se preserva la vida de esa gente sin violar sus derechos fundamentales. Porque la opción entre la salud y los derechos fundamentales, en este caso, es una falsa opción.

Para empezar, porque no todos los casos son iguales. Si entre los que duermen en la calle hay gente mentalmente insana, la solución no es llevarlos a un refugio por la noche. En ese caso, por estar mentalmente incapacitados, es necesario diagnosticarlos, internarlos y proporcionarles tratamiento psiquiátrico (salvo que el verdadero asunto sea mantener limpia la vereda).

Algo parecido debería ocurrir si están intoxicados

Ahora, si la persona está cuerda, sobria y es mayor de edad, la cosa cambia.

Muchos de los que viven en la calle tienen su medio de vida en la propia calle. Medio de vida marginal, pero racional al fin. Cuidan coches, piden monedas, ayudan a cerrar algún boliche, reciben recortes de pizza o el pan que quedó del día anterior. A esa gente, obligarla a estar en el refugio a las ocho de la noche es matarlos. ¿No habría que flexibilizar los horarios de ingreso?

Y en el caso de los que se quejan de ser robados o contagiados en los refugios. ¿No habrá que investigar y solucionar esos problemas?

Por último, si hay casos irreductibles, en que la persona lúcida y mayor de edad se niega a refugiarse pese a todo, ¿no será más humano y respetuoso de sus derechos proporcionarle comida y abrigo en el lugar en el que está, en tanto los trabajadores sociales estudian su situación y encuentran la forma de convencerlo?

Ya sé, me dirán que hay quien duerme, come, orina y defeca en la calle. Bien, entonces el problema es otro. ¿Por qué invocamos la salud o la vida del indigente cuando en realidad queremos cuidar la higiene de la puerta de nuestra casa?

¿Eso significa que el indigente puede seguir orinando y defecando en la puerta de nuestra casa?

No, claro que no. Pero para eso hay otras normas. Si se exhibe desnudo o arroja excrementos en la calle, se lo puede retirar del lugar e incluso detenerlo. Pero no invoquemos su protección cuando en realidad queremos cuidar el orden público o la higiene de nuestra cuadra. No hay peor autoritarismo que el que dice buscar el bien del sometido: “Te pego por tu bien”.

La categoría “los que duermen en la calle” no existe como categoría única. Son personas, cada uno con su historia, sus problemas, su estrategia de vida. Ayudarlos o “salvarlos” no pasa por sacarlos de la vista de cualquier manera.  

La solución de la internación compulsiva por razones pretendidamente compasivas esconde en realidad otras cosas: la negligencia del sistema de salud ante las personas mentalmente insanas; la inadecuación, rigidez e inseguridad de algunos refugios; la omisión de los organismos públicos competentes de estudiar y tratar durante el año los casos de personas en situación de calle. Pero, sobre todo, esconde el inocultable deseo de hacerlos desaparecer de la vista de la gente “normal”.

Cuando en 2009 Mujica propuso la internación compulsiva de los adictos a las drogas, la propia izquierda puso el grito en el cielo. Pero, claro, muchos izquierdistas de clase media consumen drogas. En cambio, casi ninguno duerme en la calle.

En tiempos de razzias y de internaciones compulsivas, surge una gran interrogante: ¿Por qué la izquierda uruguaya opta con tanta facilidad por soluciones autoritarias? ¿Por qué no busca armonizar los deberes del Estado con los derechos de las personas? ¿Por qué no apostamos a la inteligencia, a las soluciones creativas, al sentido común?  ¿Por qué asumimos siempre que la prohibición, la penalización y la compulsividad son la única o la mejor solución? ¿Y por qué, como la derecha, tendemos a hacerlo con los más pobres y desvalidos?     

 

 

 

 

 

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