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¿País de primera con necesidades básicas insatisfechas? por Oscar Ventura

publicado a la‎(s)‎ 1 ago. 2013 13:24 por Semanario Voces
 

 

Un oxímoron lacerante. Uruguay nunca ha sido país de primera. Hemos tenido nuestros puntos brillantes. Nuestros destaques. Nuestra cultura desproporcionada para el tamaño de su población. País de demasiados escritores, pintores o deportistas buenos para los poquitos que somos. Barrio de San Pablo con pretensiones de país. Y lo sorprendente es que muchas veces lo logramos. Logramos una institucionalidad admirable, un relacionamiento cívico apreciable, casi inexistente analfabetismo, agua potable casi para todos, esperanza de vida longeva, pocos niños muriendo por debajo de los cinco años. Pero… ¿país de primera?

 

 

¿Puede alguien en su sano juicio comparar Uruguay con Dinamarca, Finlandia, Noruega, Nueva Zelandia, Irlanda y tantos otros países que buscan afanosamente la excelencia? No. Desde hace mucho tiempo, y agravado a medida que se empezó a desparramar más riqueza en el país, nuestra aspiración mayor como sociedad es que alguna selección de fútbol termine en el podio, para poder sentir que somos algo, aunque en realidad ni hayamos contribuido una pizca a serlo. Nuestro presente sangrante se expresa en el malabarista del semáforo, el limpiavidrios, el cuidacoches, el de “¿sale una chapa, maestro?”, el conductor de carro de 21 años, analfabeto, que recoge de la basura $1.000 por semana para alimentar a sus hijos. Se expresa en el haber salido de los países de índice de desarrollo humano alto. El estar a mitad de tabla, el atar con alambre, el vislumbrar la mediocridad como la máxima aspiración de vida.

Uruguay, país de necesidades básicas insatisfechas. ¿Cuáles? Confianza. Empatía. Identidad como sociedad. Integración. Educación. Respeto. Trabajo. Esfuerzo. Valoración de la cultura y el conocimiento. Originalidad. Creatividad. Ganas. Garra. Como sociedad hemos perdido eso. Como individuos somos hijos de lo que hemos perdido. Y nuestro presente se refleja en la aceptación de que estamos condenados a ser mañana siempre menos de lo que somos hoy.

¿Es admisible? No lo es. ¿Es aceptable? No lo es. ¿Qué hacemos? Jaime Mezzera analizaba acá en Voces los datos de migraciones. Muestran que la vocación de gran parte de los uruguayos es irse a algún lugar que ofrezca oportunidades. No es crearlas. No es aceptar el desafío. No es trabajar más, mejor, más rápido, más tiempo, con más eficiencia, con más eficacia. No. Es irse a donde esas cosas ya estén logradas. Y cuando a esos lugares les alcanza la crisis, volver a la grisura del paisito con sus atardeceres de rambla, mate y torta frita. Pantuflas afelpadas. Termo chino con pegotín de revolucionario argentino, yerba brasilera en mate paraguayo, bebida del maltrecho imperio para los chiquilines, filosofía de boliche bendecida por el puédamos del máximo líder, epítome de nuestra incultura y laxitud, mientras se discute que nuevo anciano elegiremos para liderar el país.

¿Qué hacemos? Rebelarnos. Hacer la revolución. Una revolución, dice un conocido salteño, que consiste simplemente en hacer las cosas bien. Porque está muy claro, para mí al menos, que el problema de las necesidades básicas insatisfechas no es material, es mental. Nos falta la indignación que nos lleve no solo a la condena moral del corrupto, el aprovechado, el deshonesto, el mentiroso, el malicioso, el criminal… sino que también nos muestre que somos reflejo de esa realidad. Que en todos nosotros falta en menor o mayor grado esa fibra que se necesita para ponerse la pelota bajo el brazo, para salir a la intemperie, para pelear en la cancha grande donde “naides es menos que naides” porque todos dejamos la sangre, todos los días. El sudor, las lágrimas, el puño apretado. Porque entonces sabremos que podemos ganar.

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