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¿PARA QUÉ DIABLOS QUEREMOS UN SEMANARIO? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 30 ago. 2013 6:11 por Semanario Voces

¿Qué es “Voces”?

¿Por qué existe?

¿Quién está detrás?

¿Qué función cumple?

¿Por qué ha durado cuatrocientas ediciones y quiere más?

Todas esas preguntas eran impensables una noche del año 2004, cuando un grupito de amigos nos juntamos a “hablar de política” y a comer chorizos y tomar vino en un boliche del Cordón.

Los convocados éramos entonces cuarentones largos, cascoteados todos en militancias políticas derrotadas y en aventuras periodísticas más delirantes que heroicas .

El disparador de la convocatoria era que el Frente, por primera vez, arañaría ese año la posibilidad de ganar las elecciones. ¿Cómo no sumarse al envión final después de haberlo apoyado durante más de treinta años?

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿De qué forma?

Cuando Alfredo mencionó la palabra “semanario”, el mentón le temblaba un poco más que de costumbre.

“Sonamos”, dijo alguien, “Otra vez a laburar como negros (juraría que no dijo “afrodescendientes”) para quedar debiendo plata”.

Sin embargo, un par de copas de vino después, estábamos todos de acuerdo.

Desde la mañana siguiente funcionaron los teléfonos, los amigos reclutamos a otros amigos, alguien prestó la plata inicial (gracias “C”) y así nació “Voces del Frente”, que es algo así como el eslabón perdido del que, sin solución de continuidad, desciende “Voces”.

Lo demás es conocido. La muerte del Seregni precipitó la salida del primer número, y, después, a pesar del apoyo de esa “Armada Brancaleone” periodística, el Frente ganó las elecciones (suenen  pitos, matracas, ¡qué emoción!, treinta años esperándolo).

Ahora, ¿qué pasa con un periódico nacido en y para una lucha electoral cuando la elección ya fue y ya se ganó? ¿Alguien ignora lo aburrido que es hacer y leer periodismo oficialista, lo alcahuete que uno se siente al hacerlo, cómo languidecen y mueren las publicaciones oficialistas que no cuentan con apoyo material oficial?

Sin embargo, nueve años después, “Voces” sigue saliendo todas las semanas.  Los cuarentones largos nos transformamos en cincuentones largos, con menos pelo, más canas y mas quilos, pero “Voces” –casi siempre sin pagar ni un mango-  tiene más páginas, mejor distribución, columnistas jóvenes, comentaristas especializados, entrevistados entusiastas y dispuestos, fotógrafos, diagramadores, sitio web, twiter y facebook, y un entorno flotante de lectores-amigos-hinchas-críticos que lo alientan.

¿Cómo se explica eso?

 Hay varios secretos que lo explican, algunos de la esfera privada y otros de la pública. Y hoy, por ser el número 400, voy a revelarlos todos, empezando por los más privados.

El primer secreto privado se llama Alfredo. Mejor dicho: el trabajo, el “olfato” y el optimismo inoxidables de Alfredo, pero también su entusiasta volatilidad, que pone a “Voces” a salvo de toda dependencia y de toda previsibilidad. Muchos sospechan que “Voces” es en un 90% Alfredo. Sólo sus amigos sabemos que en realidad Alfredo es en un 90% “Voces”, una extraña simbiosis de carne y papel, lentes y tablet, hueso y tinta.

El segundo secreto privado es que “Voces”, el cogollo de “Voces”, y en buena medida su entorno, es y sigue siendo un grupo de amigos. La amistad existió antes que el semanario (a veces creo que es anterior al diluvio). Eso explica muchas cosas. Y a las que no las explica las hace más llevaderas.

El tercer y último secreto privado es que “Voces” no es serio. Tras todos los pretextos políticos, periodísticos y hasta ideológicos que puedan imaginarse, hay en “Voces” una inocultable vocación lúdica, que en criollo se llama ganas de divertirse. Eso le da ese aire “naif”, sus defectos y desprolijidades. Paradójicamente, también le permite a veces decir cosas muy serias.

Pero en la supervivencia de “Voces” hay también secretos que tienen que ver con lo público.

El principal es que mucha gente no está entusiasmada con los gobiernos del Frente. Incluso, y en especial, mucha gente de izquierda.

Ese, claro, es un secreto “a voces”. Pero  no es un secreto en “Voces”.

Es que a muchos nos cuesta entender que, para un gobierno de izquierda, la madre de todas las esperanzas –y la hija de todos los privilegios- sea la inversión privada extranjera. La que recibe de regalo puertos, zonas francas, exoneraciones tributarias, contratos secretos y tratados de protección que no tienen los laburantes y los modestos empresarios uruguayos.

Así como nos cuesta entender que la inequidad distributiva, la concentración de la riqueza y la marginalidad cultural se disimulen con estadísticas y cifras “maquilladas”.

O que, tras casi diez años de gobierno frenteamplista, la enseñanza pública, de la que dependen tres cuartas partes de los gurises, en especial los más pobres, no haya recibido una reforma sustancial y ni siquiera funcione en forma medianamente aceptable.

O que las políticas sociales, en lugar de integrar socialmente a los excluidos por la vía del trabajo y del estudio, los remachen en la exclusión por la vía del asistencialismo.

O que incluso políticas acertadas, como la legalización del cultivo de marihuana, se conviertan, por influencia de lobbystas de las multinacionales agroindustriales,  en políticas privatizadoras.

O finalmente que, por boca del muy probablemente futuro presidente, nos perfilemos en la región como un potencial aliado de los EEUU de Norteamérica.

Esa visión crítica está en “Voces”, aunque, po r supuesto, no todos los redactores estén de acuerdo con ella. Al punto que algunos de los que escriben con frecuencia son oficialistas y otros ni siquiera han votado nunca al Frente Amplio.

Esa diversidad explícita es la fuerza de “Voces”, su razón de ser.

Lo que explica sus cuatrocientas ediciones  en la calle y también las ediciones que vendrán

 

 

 

 

 

 

 

 

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