Artículos‎ > ‎

¿QUÉ ES LA DECADENCIA? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 19 jul. 2013 8:13 por Semanario Voces
 

A veces los temas lo buscan a uno.

 

 

 

 

La semana pasada estuve tres días en Buenos Aires. Pero no se asusten, no voy a reiterar lo obvio, lo que todos los uruguayos comentamos, no voy a hablar de los precios baratos, ni de la variedad de ofertas, culturales, gastronómicas, de consumo, de diversión y de espectáculos.

Lo que quiero decir es que me sentí raro. Sí, raro. Al principio no me daba cuenta de a qué se debía. Recién al segundo día empecé a hacerlo consciente. Es que recorriendo el Centro, tanto durante el día como durante la noche, nadie me pidió nada. Mejor dicho, sólo tres personas me abordaron en la calle por cuestiones de dinero. Y una de ellas lo hizo para venderme una revista, bastante buena, editada, impresa y distribuida por personas en situación de marginalidad. Los otros dos eran simples “mangueros”, quizá la excepción necesaria para percibir la regla.

La diferencia, al menos en mi particular experiencia, que no pretendo generalizar, es que cualquier recorrida por el Centro de Montevideo, tanto de día como de noche, equivale a ser abordado por decena de figuras fantasmales que piden. Piden monedas, cigarrillos, “una fuercita”, “con todo respeto”, “algo para comprarme de comer”, o “¿pa qué te voy a mentir? Es pa comprar vino”, o “para ir a ver a mis hijos”, o “para pagar una pensión por esta noche; mirá el frío que hace”, y hasta “para llegar al Portal Amarillo”.

El resultado es que cualquier caminata por Montevideo, aunque sea de pocas cuadras, es una experiencia estresante, en la que uno va en guardia, atento al pedido inesperado y prevenido para la excusa sorprendente, oscilando entre la pena y la rabia, y acaso a veces el miedo, sintiéndose mal si no da y estúpido si da.

Esa fue la sensación que dejé de sentir en Buenos Aires. No de inmediato. Me llevó más de un día aflojar los músculos. Recién al segundo día admití que había diferencia con caminar por Montevideo.

Comenté esa sensación con un amigo uruguayo que vive en Buenos Aires desde hace muchos años. “Es que la redistribución de riqueza que se ha hecho acá en los últimos años es impresionante”, contestó mi amigo. Aclaro: mi amigo, además de uruguayo, es de izquierda, y nunca fue peronista. Pero, para mi sorpresa, apoya sin muchos reparos la gestión de los gobiernos kirchneristas. Quizá por las mismas razones por las que muchos anarquistas europeos, al llegar al Uruguay, apoyaron a –o se deslumbraron con- los gobiernos de Batlle y Ordóñez.

Para remachar la impresión, el contraste: bastó llegar a la terminal de Tres Cruces, a las siete de la mañana, para que, en la fila de los taxis, en menos de diez minutos, tres personas me abordaran para pedirme dinero. ¿Casualidad? Puede ser, pero no lo creo.

¿Qué pasó con la dignidad y el orgullo de los uruguayos? ¿Por qué, si los indicadores económicos señalan cierto optimismo, se viven esas experiencias de miseria, no sé si material pero seguramente moral?

Insisto en que los temas lo buscan a uno.

Pocos después de volver a Montevideo, me llaman del canal Nuevo Siglo para invitarme a participar en el programa que conduce la periodista Romina Andreoli. La propuesta era integrar.un panel junto con Juan Carlos Doyenart, la profesora María Emilia Pérez Santarcieri y el Dr. Heber Gatto. El tema del programa fue disparado por un libro publicado recientemente por Juan Carlos Doyenart. El libro, titulado “Como el Uruguay no había”, trata justamente de las relaciones y diferencias entre el real o mítico Uruguay “de las vacas gordas” y este Uruguay en el que vivimos.

La experiencia de integrar el panel fue enriquecedora. Todos los participantes, cada uno desde su particular punto de vista, aportamos nuestra percepción del asunto.

Oír esas reflexiones me dejó pensando. ¿Vivimos en una sociedad degradada, si se la compara con una época anterior, más esperanzada, más igualitaria y más armónica?

La respuesta no es fácil. Para empezar porque no queda claro si esa época, situada en la primera mitad del Siglo XX, realmente existió o es una idealización construida a posteriori.

Sin embargo, algunos datos objetivos indican que, comparativamente, la sociedad uruguaya de hace cincuenta años no tenía –o tenía resueltos- algunos problemas que ahora tenemos.

Para empezar, la enseñanza. En un continente en que la inmensa mayoría de la población era analfabeta, el Uruguay, en pocas décadas, logró escolarizar y alfabetizar a la casi totalidad de su población.

Cincuenta o sesenta años después, mientras que en países como Brasil y Argentina las tres cuartas partes de los muchachos terminan la enseñanza secundaria, nosotros a gatas mantenemos escolarizados a los niños, y no a la totalidad, y definitivamente casi tres cuartas partes de nuestra población no termina los niveles secundarios de enseñanza.

¿Cómo sorprendernos por los niveles de mendicidad, por la violencia, por la inseguridad, por la precariedad laboral, por la ignorancia, que crecen en la sociedad uruguaya?

Estoy convencido de que la crisis social y cultural que nos tiene paralizados y nos degrada tiene varias causas. Y lamento no poder desarrollarlas en este artículo.

A título de mera enumeración, quiero mencionar la ausencia de un proyecto colectivo, de un objetivo compartido que nos una en la lucha por su consecución.

Tal vez el último gran sueño compartido de los uruguayos fue la recuperación de la democracia en la década de los ochenta del siglo pasado. Pero de eso hace ya más de treinta años.

Acaso compartimos un breve “revival” de ese clima en el año 2010, cuando la buena performance de Uruguay en el Mundial nos hizo soñar a todos un leve sueño en común.

Pero en términos generales no hay proyectos compartidos. Por eso el individualismo, el corporativismo, el consumo, la anomia, el reclamo insaciable de derechos y beneficios para cada quien, la esperanza depositada en lo que puedan hacer otros, los inversores extranjeros, los  organismos internacionales, la suerte.

Por otro lado, es en parte inútil golpearnos el pecho en señal de culpa. La crisis de objetivos no es exclusivamente uruguaya. La civilización europea y cristiana, de la que provenimos, y que comprende no sólo a Europa sino a la mayor parte de América, incluidos los Estados Unidos de Norteamérica, se encuentra en los inicios de una crisis de consecuencias insospechadas. De hecho, la hegemonía mundial, que ejerció durante varios siglos, se encuentra desafiada por problemas internos y por la poderosa acción de otras culturas o civilizaciones emergentes.

¿Cómo incide todo esto en nuestras vidas? ¿Qué hacer ante esa desconcertante realidad internacional y nacional? ¿Qué hay en nuestro pasado, y en nuestra capacidad creativa, que nos permita interpretar las nuevas realidades y actuar en consecuencia?

¿Estamos condenados a la decadencia, o es posible reformular nuestra vida en común para dar lugar a la esperanza, a mayor justicia y a más armonía?

¿Se trata de abrirse incondicionalmente al mundo, o de aprender a convivir en él sin perder la propia cultura y los propios objetivos?

Ese parece ser el tema que nuestra sociedad tiene planteado. Aunque todavía no se vean más que esbozos tímidos de la necesidad y de las ganas de discutirlo

        

   

    

    

Comments