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¿Qué es ser de izquierda? Por Wladimir Turiansky

publicado a la‎(s)‎ 1 ago. 2011 4:52 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

Confieso que la pregunta me resulta, para decir lo menos, sorprendente. Planteárselo es como suponer que la izquierda ha desaparecido en el Uruguay, o que ha quedado reducida, en todo caso, a la mínima expresión de los 200 militantes que la Asamblea Popular saca a la calle los 1º de Mayo. (Y esto dicho con todo respeto a los compañeros de esa organización), o a una suerte de izquierda moderadísima, al P. Independiente con su diputado (también dicho con todo respeto). Porque no me imagino, y no creo que nadie medianamente cuerdo se lo imagine, a la izquierda uruguaya representada por el pensamiento de Pedro Bordaberry, o Luis Alberto Lacalle, o Jorge Larrañaga.

No. La izquierda no ha desaparecido en la conciencia de los uruguayos, que no vacilan en identificarla con el FA, cuyo pensamiento de izquierda se expresa en sus documentos, en el contenido de sus programas, y también en sus gobiernos. ¿O no?

¿Qué es ser de izquierda, al fin de cuentas?

Ser de izquierda implica cuestionar el orden social vigente por su contenido esencialmente injusto, y luchar por superarlo. ¿Y donde sino en el FA encontraremos tal modo de pensar, de sentir, y de actuar?

Si,  de actuar, porque en última instancia, de eso se trata. “No basta interpretar el mundo, se trata de transformarlo”. Y ese es el propósito de la izquierda, y para ello convocó a la ciudadanía a otorgarle las mayorías necesarias para gobernar. Todos los actos de gobierno y todas las reformas, que desde el 1º de marzo de 2005, el FA promovió y materializó desde el gobierno apuntan a la justicia social  y la igualdad, y ello en el marco del pleno ejercicio de las libertades democráticas y de su extensión y profundización a todas las esferas de la vida social.

¿Qué cuales fueron? Todas. Empezando por la emergencia social, esa herencia de indigencia y marginación de los gobiernos anteriores. La creación del MIDES, el plan de Emergencia, luego plan de Equidad, la extensión y mejora de las asignaciones familiares, fueron una clara expresión de la sensibilidad con que el FA en el gobierno asumió el drama social heredado. Luego lo demás. El restablecimiento de los Consejos de Salarios y su extensión a los asalariados rurales y trabajadoras domésticas, las leyes de negociación colectiva y fuero sindical, y las reformas: la reforma de la salud, apuntando a un sistema de prestación de salud universal y accesible a toda la población cualquiera sea su nivel de ingresos; la reforma tributaria, basada en el principio del aporte de cada uno en proporción a sus ingresos; la ley de educación, reafirmando los principios varelianos de laicidad, gratuidad y autonomía, en un sistema educativo sustentado en un aumento sustancial de sus recursos, llevados al 4,5% del PBI; la creación de las alcaidías con el objetivo de acercar la administración del estado a las comunidades urbanas y rurales y avanzar en el carácter participativo de la democracia y del gobierno de la sociedad.:

Es bueno remarcar un principio sustancial de todas las reformas impulsadas en esta etapa, que diferencian la política social de un gobierno de izquierda del simple asistencialismo. Ello es la activación de la sociedad civil, a través de mecanismos de participación, de involucramiento de los actores sociales en la gestión de los organismos de conducción creados en las reformas. Todo ello responde al pensamiento de izquierda.

Ahora si. Podemos disentir en cuanto a los ritmos, en cuanto al grado o profundidad de los cambios producidos. Es un debate ineludible en la izquierda. Podemos pensar que lo hecho no es suficiente, o que cambios y reformas  pudieran ser mejores, más profundos, más cuestionadores del orden social existente, o bien podemos pensar que lo hecho está bien hecho, y que los ritmos son los adecuados, acordes al contexto y la correlación de fuerzas existentes. En realidad el meollo de la discusión hoy planteada en la interna del FA gira en torno a esto, al ritmo y la profundidad de los cambios económicos, sociales y políticos impulsados desde el gobierno. Al fin de cuentas, aquí también se expresa otro rasgo del pensamiento de izquierda, su contenido crítico, fermental y alejado de todo conformismo.

Hay sin embargo otro aspecto de la cuestión que me interesa señalar.

El acceso al gobierno nos abre la posibilidad de transformar la sociedad. Pero también nos impone la obligación de administrar, de gestionar, esto es,  asegurar cada mes, ineludiblemente, el dinero para pagar sueldos y jubilaciones, o para garantizar los insumos necesarios para los hospitales, las aulas, y también las cárceles, o para garantizar la seguridad de los ciudadanos frente al delito (parafraseando al revolucionario italiano Antonio Gramsci, en sus polémicas con los llamados “comunistas de izquierda” en los años de la revolución rusa, se trata de asegurar, al otro día de alcanzar el poder, “que no falte pan en las panaderías, insumos en las fábricas, y protección a los ciudadanos contra los delincuentes”. Y Gramsci, al que el fascismo arrojó a una cárcel hasta morir, no era precisamente un reformista). Y claro, nuestra epidermis, acostumbrados como estábamos a teorizar sobre todos estos temas, de pronto se nos eriza, si un gobierno de izquierda, nuestro gobierno, debe abocarse a construir cárceles, o debe disponer “mega operativos de saturación” en barrios pobres, (porque al fin de cuentas, los pobres también tienen derecho a ser protegidos en sus vidas y sus bienes), o promueve la inversión de capitales foráneos mediante exenciones tributarias y garantías para la remisión de utilidades, procurando el crecimiento económico y la generación de empleos.

Tal vez aquí radiquen las diferencias que puedan registrarse cuando la izquierda accede al gobierno. No estriban en el renunciamiento a sus ideales transformadores, estriba en que a ellos debe agregar la obligación diaria de que “no falte pan en las panaderías, ni insumos en las fábricas, ni protección contra el delito y los delincuentes”, aunque tales actividades puedan no sonarnos como demasiado transformadoras. Asumámoslo.

 

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