Artículos‎ > ‎

¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 26 jul. 2012 15:20 por Semanario Voces
 

La semana pasada se cerró el mes que el presidente Mujica, en medio de una creciente inquietud por el grado de violencia mostrada en los asaltos de esos días, había pedido a la población que dedicase a pensar en el valor de la vida. La propuesta que lanzó el 19 de junio pasado remataba así: “Este es un día de arranque, le vamos a dedicar un mes entero a pensar, nada mas y nada menos, a las distintas formas de cuidar la vida.”

No pasó un mes, apenas veinticuatro horas para que tres ministros y el Secretario de la Presidencia rompieran el pedido que Mujica había hecho a la ciudadanía para anunciar que Uruguay va a darle prioridad en su política exterior a la legalización de la marihuana, para lo que el Estado montaría un sistema de producción y venta. Si hubo algún otro anuncio concreto desapareció tras la onda expansiva de la noticia. En las siguientes veinticuatro horas, las agencias de prensa no pararon de enviar noticias desde Uruguay, que de pronto acaparó los noticieros y las portadas de todos los diarios del mundo. ¿De quién fue la maravillosa idea de hacer que las palabras reflexivas del Presidente desaparecieran en tan sólo veinticuatro horas, y, en su lugar, se instalase una controversia que nadie, entre quienes padecen realmente la producción y comercialización de la droga ha podido resolver? La intervención de los jerarcas del Ejecutivo quitó todo protagonismo a la ciudadanía, objeto del pedido presidencial: organizaciones sociales, clubes deportivos, centros de estudio, empresarios, sindicatos, a los distintos estamentos del Estado… Una lástima.

“¿Qué nos está pasando?” había dejado en los oídos de la ciudadanía el Presidente Mujica en su intervención del 19 de junio. “El conjunto de la ciudadanía tiene que empezar por entender que hay que revisar y preguntar qué nos está pasando. ¿Por qué tanta violencia? ¿Por qué tanta dificultad para lo elemental: aprender a convivir?” El aluvión de acontecimientos desencadenado por el propio Poder Ejecutivo volvió a colocar esas preguntas en otro contexto, medio siglo atrás, cuando eran otras voces las que se preguntaban lo mismo ante hechos de violencia, inexplicables para un país pacífico. Mujica, sin hacerse la autocrítica que le exigen un día sí y otro también sus detractores, podía haberse colocado por encima de aquel incendio, pero quedó tapado por la ceniza, malogrando lo que pudo ser una forma sabia de encarar uno de los problemas más acuciantes que tiene la sociedad uruguaya.

Ahora bien, la propuesta de Mujica vale para la sociedad uruguaya, ya desvinculada de su promotor original por la fuerza de los hechos posteriores. Vale y no se la debería despreciar porque provenga de alguien que, en su momento, privilegió la acción armada como forma de conseguir una sociedad más justa. ¿Qué nos está pasando, entonces?

La pérdida de los valores de una sociedad no se produce en cuestión de días, ni siquiera en el lapso de algunos años; tienen que pasar cosas, una y otra vez, para que la sociedad dude de sí misma y no atine a sacar lo mejor de su identidad adormecida. Por supuesto que la pregunta que formuló el presidente Mujica no podría responderse desde la crisis, ni siquiera desde algún puñado de medidas concretas para enfrentar la crisis. ¿Tiene algo que ver la educación en los niveles de violencia que sabemos todos hay en nuestra sociedad? ¿Tiene algo que ver el sistema político, y el recorrido que hizo en los últimos cincuenta años? ¿Tiene algo que ver en la intensidad con que se expresa la violencia aquello de: “Hermano, no te vayas, ha nacido una esperanza”? ¿Ha tenido el uruguayo una actitud veladamente condescendiente hacia  la delincuencia? Esto no se va a arreglar con frases ingeniosas. El uruguayo ha dejado de creer en su país. Quizás, quizás… haya empezado a perder la confianza por los tiempos en que se oía con insistencia aquella frase lapidaria: “O gana la UBD o todo sigue como está.” Desde entonces no nos hemos recuperado, estamos peor.

No importa tanto las culpas, la cronología o el itinerario que el país hizo para llegar a esta encrucijada. Importa mantener la pregunta de Mujica en el foco de nuestra preocupación. Importa conocer cuál fue y es nuestra responsabilidad para que un muchacho dispare a una persona que se gana la vida en un bar con la mayor sangre fría, y que eso se repita cada vez con mayor frecuencia.

La decadencia de la clase media uruguaya arrastró en su caída la permanencia de valores espirituales, subestimados por el marxismo, pero, curiosamente, exaltados por el Che Guevara en su construcción del hombre nuevo. Para Guevara, la apelación moral jugaba un papel decisivo, muy por encima de los estímulos materiales de la etapa socialista, los que fueron duramente criticados por el Che, y causa de su alejamiento de la URSS y de la política que comenzaba a imponerse en Cuba. Esta es la voz que escuchan las élites de izquierda de la clase media uruguaya, y las del Partido Nacional que valoraron que, a comienzos de los sesenta “todo seguía como estaba”. Pero Guevara no era, precisamente, un hombre que viese en la clase media algún signo de futuro, al contrario, la aborrecía. Subestimó, como Marx, la incidencia que tenía como paradigma de vida, y no sólo del punto de vista material sino, sobre todo, en la promoción de la igualdad de géneros, las libertades cívicas, la libertad de credo, los derechos humanos, el derecho a las minorías étnicas, el derecho internacional, los derechos del niño, el desarrollo de las ciencias y las artes, la filosofía, la jurisprudencia, el desarrollo de las ideas políticas y religiosas. Elementos todos que la ortodoxia marxista ubicó en la superestructura de la lucha de clases, un subproducto de la actividad de la burguesía, tendiente a desaparecer en tanto el proletariado tenía la misión histórica de hacerse con los medios de producción, ejercer su propia dictadura de clase, y de ahí en adelante los bienes materiales fluirían de acuerdo a la necesidad de cada ser humano. Esto es lo que vino a comprar la clase media radicalizada de Uruguay, porque estaba convencida que había llegado el momento, en un acto de canibalismo, que la izquierda comunista, tanto aquí como en Cuba, definió de “aventurerismo” pequeñoburgués.

La pauperización de la clase media uruguaya y, con ella, su menguada influencia sobre la educación, deja a la sociedad sin una de las más importantes imágenes como paradigma de vida. Desde una visión elitista se le atribuye un carácter perverso en la transmisión de valores burgueses, pero la historia reciente de este país muestra que la clase media fue el crisol donde se fundió una sociedad profundamente democrática, donde su liderazgo marcó los mejores tiempos de este país. Tras la desaparición de los regímenes del socialismo de partido único hoy la clase media de esos países se multiplica, se afirma la democracia política, y florecen las más diversas formas reivindicativas de todo lo que estuvo prohibido.

Es una lástima que el Poder Ejecutivo haya achicado su propuesta a algunos spots televisivos, una bajada de línea con la promesa de repartir cuarenta porros per cápita al mes. Triste caricatura del país serio que fue, y que ahora apenas puede asegurar que el 93% de los alumnos que llegan a Facultad de Ingeniería tienen un nivel aceptable.

 

Comments