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¿QUIÉN ES QUIÉN EN EL FRENTE AMPLIO? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 10 oct. 2013 11:54 por Semanario Voces
 

Lector(a): esta serie de artículos, que tal vez no has venido leyendo, se basa en dos premisas.

La primera es que nos encontramos inmersos en una nueva etapa del sistema capitalista, en la que los grandes capitales se han independizado de los límites que les imponían los Estados y han pasado a actuar por sí mismos, reestructurando el orden planetario de acuerdo a sus intereses.

Los principales objetivos económicos de ese proceso son: a) el control de recursos naturales valiosos y finitos (petróleo, agua, tierra, minerales); b) la intervención del capital financiero en todas las transacciones económicas (“bancarización”); c) la explotación exclusiva, alegando la “propiedad intelectual”, de bienes valiosos no finitos (semillas e insumos agrícolas, principios químicos usados para fabricar medicamentos, descubrimientos científicos, procedimientos tecnológicos, etc.).

Ese proceso global de concentración de la riqueza requiere reordenamientos políticos: a) el debilitamiento de los Estados y de las comunidades nacionales para que no resistan y sean funcionales a los avances del capital; b) el vaciamiento y la pérdida de confianza popular en las instituciones democráticas nacionales (la llamada “posdmocracia”); c) el traspaso de soberanía y de potestades de los Estados más débiles hacia organismos supranacionales (ONU, OCDE, Banco Mundial, etc,); d) la utilización de los organismos supranacionales y de los Estados más poderosos para ejecutar y legitimar actos que el capital no puede hacer por sí mismo (guerras, sanciones jurídicas internacionales, etc.).

El proceso sería imposible sin la imposición de cambios culturales e ideológicos profundos, como: a) la creencia en que existe un modelo universal de “desarrollo”, “modernización”, “democracia” y “derechos humanos”, al que todo el mundo debe aspirar y que es válido imponer aun por la fuerza; b) la concentración y uniformización de los medios formales de comunicación, que machacan y naturalizan esa creencia; c) la “desciudadanización”, es decir la idea de que es posible desinteresarse de las decisiones colectivas y dedicarse a cultivar la felicidad privada, vinculándose con lo social únicamente por el goce de derechos y el consumo; d) la dictadura de la moda y la asociación de la felicidad individual con la posesión de cosas y con la diversión; e) el desprestigio del pensamiento teórico y abstracto como actividad “aburrida” e inútil; f) la financiación de investigación social orientada hacia temas y enfoques “políticamente correctos” e inocuos; g) la degradación de la educación, convertida en un conjunto de nociones inconexas con la realidad o en la mera adquisición de saberes instrumentales.  

La segunda premisa de esta serie de artículos es que, de acuerdo a los temas que priorizan y a cómo se sitúan ante esta nueva etapa de capitalismo global, son perceptibles en la izquierda, y en particular en el Frente Amplio, cuatro actitudes diferentes: a) el “progresismo”; b) el “discurso de los derechos”; c) la línea “clasista” o “revolucionaria”; y d) el “ecologismo”.

No me canso de aclarar que esas cuatro actitudes o visiones no coinciden estrictamente con casi ningún sector del Frente Amplio, sino que todas o varias de ellas se manifiestan con mayor o menor fuerza en cada uno de los sectores.    

Ahora trataremos de caracterizarlas.

EL PROGRESISMO

El progresismo (término edulcorado acuñado para sustituir a la expresión “de izquierda”), sostiene, tácita o expresamente, que la globalización económica es un dato ineludible de la realidad y que puede ser aprovechada para mejorar las condiciones de vida de las mayorías populares, siempre y cuando, claro está, los gobiernos sean “progresistas”.

Orientado a acceder al gobierno -y a menudo enunciado desde él-  el discurso progresista es el del “desarrollo económico”. Afirma que la inversión extranjera “derramará” riqueza sobre el resto de la sociedad. Con entusiasmo, o con resignación, asume el modelo global de desarrollo capitalista y confía en poder moderarlo con políticas sociales y tributarias.

El problema que plantea el progresismo, desde una perspectiva de izquierda, es que supedita su proyecto político al éxito del capital extranjero y por ello se vuelve dependiente de él y debe concederle cada vez más privilegios, temeroso de que ese capital se retire. Cabe preguntarse, entonces, quién termina mandando en los proyectos progresistas y si esos regímenes no son la mejor estrategia de instalación del capitalismo global.  

Tal vez el aporte más novedoso del progresismo sea su decidida apuesta al voto popular como vía de acceso al gobierno. Pero su futuro político está por verse, atento al desconcierto que suele afectar a sus propios militantes y votantes cuando ven que la gestión de gobierno privilegia a los mismos intereses que antes privilegiaba la derecha.  

EL DISCURSO DE LOS DERECHOS

De las cuatro actitudes que consideraremos, el discurso de los derechos es la que menos se ocupa del capitalismo global. Sus temas son el enjuiciamiento a los violadores de los derechos humanos durante la dictadura y el reconocimiento de derechos de ciertas categorías “discriminadas” (mujeres, raza negra, homosexuales, transexuales, discapacitados, “niños, niñas y adolescentes” marginados).

No hay en el discurso usual de los derechos análisis sobre el sistema económico. Si bien algunas de sus reivindicaciones ponen en evidencia injusticias sociales que pueden y deben ser corregidas, las mismas no cuestionan la estructura básica del sistema.

El discurso usual de los derechos presenta además otros problemas: a) en la medida en que pone la lupa sólo sobre conflictos raciales, sexuales, etarios y “de género”, invisibiliza la contradicción fundamental del sistema: el conflicto entre quienes poseen riqueza y poder y quienes no los tienen; b) dado que funda los derechos humanos en convenios y resoluciones de organismos internacionales, a los que considera superiores al derecho interno, contribuye al debilitamiento de la soberanía de los Estados y de sus instituciones democráticas; c) en la medida en que promueve políticas focalizadas y de “discriminación positiva”, quiebra conceptualmente el principio de igualdad, fundamento del funcionamiento democrático de la sociedad; d) su énfasis en el concepto liberal de “derechos”, al prescindir de la relación entre derechos y obligaciones”, fortalece actitudes individualistas y corporativas de escasa solidaridad social.

LA LÍNEA CLASISTA

Las dos tesis centrales de la izquierda “clasista” o “revolucionaria” son: a) la vigencia de la lucha de clases; b) la vigencia del “imperialismo”, usualmente identificado con los EEUU y con los organismos internacionales de crédito.

La consecuencia que la línea clasista extrae de esas premisas es que los gobiernos de izquierda -si no quieren “traicionar a sus pueblos pactando con la burguesía y el imperialismo”- deben apuntar directamente a la construcción del socialismo y romper con las políticas recomendadas o impuestas por los EEUU y por los organismos internacionales de crédito.

Como es obvio, esa visión choca frontalmente con la del progresismo, en tanto éste no quiere o no cree posible (que las dos cosas hay en el progresismo) la ruptura con el mundo desarrollado ni la implantación del socialismo en lo nacional.

La línea clasista es minoritaria en el Frente Amplio. Muchos de sus adherentes se han ido del Frente, abrumados por el peso casi hegemónico del progresismo. Otros permanecen dentro, pero están como congelados, quizá porque sus esquemas teóricos parecen no funcionar bien para interpretar la realidad política nacional y las características del modelo global.

A la visión clasista pueden objetársele muchas cosas: a) la inadecuación del esquema de clases (burguesía- proletariado) ante un capitalismo tecnologizado que cada vez requiere menos trabajo obrero y genera más marginalidad; b) cierta incomprensión de la importancia del fenómeno democrático (que le impide leer que más de la mitad del Frente Amplio no votó por cambios radicales y que medio país ni siquiera votó al Frente Amplio); c) una visión poco actualizada del “imperialismo” (el modelo capitalista global es mucho más que la prepotencia de los EEUU y la intromisión de los organismos internacionales de crédito); d) cierto ingenuo voluntarismo respecto a cómo y por qué ocurren los cambios económicos y sociales.

Sin embargo, aunque minoritaria e inorgánica, su presencia ha oficiado en ocasiones como ancla, impidiendo que el Frente derivara hacia posturas muy alejadas de su espíritu fundacional. El debate sobre la firma de un TLC con los EEUU es un ejemplo.

EL ECOLOGISMO

La visión ecologista es bastante más compleja que la tradicional imagen de preocupación por las plantas y los animales silvestres.

Concebida como ideología en serio, cuestiona frontalmente las bases mismas del modelo capitalista. Porque, al rechazar la afectación de la naturaleza, se opone a la forma en la que entiende que el capitalismo global se propone explotar la tierra, contaminar el aire y el agua y agotar los recursos naturales.

Esa postura anticapitalista tiene muchas coincidencias con la línea clasista, aunque sus motivos son otros. La línea clasista choca con el capital por su injusta distribución de la riqueza. El ecologismo choca con el capital, además, por sus efectos sobre el planeta.

El ecologismo plantea un dilema. ¿Ha llegado el momento en que debemos detenernos en la producción y el consumo de bienes? ¿O debemos seguir adelante, con cuidado, confiando en que las mismas tecnologías encontrarán la forma de reparar los daños y seguir produciendo?

Como actitud política, es la única que aún no ha elaborado totalmente sus supuestos teóricos ni ha tenido tiempo de realizar una praxis que permita juzgar sus fortalezas y debilidades.

¿Es una postura revolucionaria, que propondrá nuevas formas de sostener a la civilización sin dañar al planeta, o es una postura conservadora, que propone detener el desarrollo de la ciencia y la técnica?

Lo cierto es que es ya un dato de la realidad y su influencia debe ser tenida en cuenta al pensar el mapa ideológico de nuestro país y del mundo.          

EL BLOQUE GOBERNANTE

Parece razonable sostener que, en las políticas de los dos gobiernos del Frente Amplio, ha predominado una alianza entre el progresismo y el discurso de los derechos humanos.

El interés expreso del gobierno y de su equipo económico por atraer inversión extranjera, y las exoneraciones tributarias, acuerdos “reservados”, zonas francas, puertos, créditos, regímenes de protección y leyes especiales que se le han otorgado a esas inversiones, hablan a las claras sobre el peso del progresismo en las administraciones frenteamplistas. Desde que Mujica y Astori, en 2009, acordaron cómo se distribuirían la gestión de la economía, esa orientación quedó definida y los reales o supuestos “gabinetes paralelos” no han logrado revertirla.

Un poco menos clara –pero no menos cierta- es la participación del discurso de los derechos en la gestión de gobierno. Es menos clara porque esa orientación ha sufrido derrotas importantes en un tema que le es muy caro: el enjuiciamiento de quienes violaron los derechos humanos durante la dictadura. Sin embargo, ha sido enormemente influyente en el área de las políticas sociales.        

La línea progresista, muy influyente en el equipo económico, ha destinado dinero a las políticas sociales y, salvo por algunos conatos de polémica en este año, se ha desentendido de cómo se gastaba, dejando el tema a cargo de áreas del gobierno con fuerte impronta “derechohumanista”. Así, las políticas sociales, consistentes ante todo en la transferencia de recursos y en el reconocimiento de derechos, han sido políticas focalizadas que apuntan a situaciones consideradas como en mayor riesgo de “vulneración de derechos”, beneficiando predominantemente a mujeres, “niños, niñas y adolescentes” en situación de exclusión, “afrodescendientes”, homosexuales, etc..

El predominio del discurso de los derechos en las políticas sociales está relacionado con la ausencia de exigencias como contrapartida de los beneficios y con la debilidad de las políticas sociales universales, fundamentalmente de las educativas. 

Las otras dos actitudes o visiones, la clasista y la ecologista, no están ausentes por completo de las políticas del gobierno, pero su influencia en ellas es menor, comparada con la de las dos líneas dominantes.

QUÍMICA FRENTEAMPLISTA

Si se pudieran cuantificar las posturas políticas como las composiciones químicas, se podría decir que la “fórmula” de los gobiernos frenteamplistas ha sido hasta ahora algo así como un 60% de progresismo, 25% de derechos humanos, y un 15% de distribución fluctuante entre ecologismo y clasismo.

Desde luego, esa manera de “formular” es apenas una broma ejemplificadora. Pero, si se la aplicara a los sectores del Frente Amplio, podría dar resultados interesantes. Probablemente la “fórmula” de Asamblea Uruguay sería algo así como 80% de progresismo, 15% de derechos humanos y un tímido 4,99% de ecologismo, casi sin rastros de clasismo. En cambio la del MPP sería una inestable composición de 51% de progresismo y 48,99% de (desconcertado) clasismo revolucionario, casi sin rastros de otra cosa.

Dejo a sus militantes, simpatizantes y adversarios, calcular las “fórmulas” de los otros sectores y partidos del Frente Amplio y, por supuesto, corregir las mías.

TABARÉ Y CONSTANZA

¿Cuáles serían las “fórmulas” de las dos precandidaturas presidenciales del Frente?

Difícil cálculo.

En el caso de Tabaré, dada su vocación de candidato omnímodo y proteiforme, es probable que durante la campaña, como en el viejo chiste sobre Perón, prenda señaleros en las cuatro direcciones sin que pueda saberse con exactitud hacia dónde va a doblar. Aunque, a juzgar por su anterior gestión, es previsible que al final doble hacia el progresismo, seguramente con los otros tres señaleros prendidos, al menos en el discurso. Por las dudas.

En cuanto a Constanza, por ahora su “fórmula” está semillena por el discurso de los derechos (“de género”, raciales, sexuales, etc.).  Es probable –y casi seguro- que para hacer campaña deba agregar algún otro ingrediente (¿ecologismo? ¿un toque de antiimperialismo o de perfume clasista?; porque el progresismo no la diferenciaría lo suficiente de Tabaré), aunque todavía es difícil saber cuál será ese ingrediente. A menos que decida hacer de su candidatura un recipiente vacío, en el que cada quien pueda poner, o imaginar, lo que desee.   

La semana próxima, capítulo final: ¿Es posible una nueva izquierda?   

 

      

 

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