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¿QUIÉN? O ¿PARA QUÉ? Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 1 ago. 2013 0:27 por Semanario Voces
 

Muchos frenteamplistas están desconformes con la aparente inevitabilidad de que Tabaré Vázquez sea el candidato del Frente y muy posiblemente el próximo presidente de la República.

Están desconformes y lo manifiestan, sobre todo a través de las redes virtuales.

Si es verdad que “el medio es el mensaje”, el hecho de que la resistencia a Tabaré Vázquez se exprese en las redes virtuales es significativo. Porque no cualquiera usa esas redes con fines políticos.

A muchos uruguayos viejos, de los que llevan ya muchas elecciones encima, facebook, twitter y hasta el mismo correo electrónico les resultan todavía un misterio. A muchos otros, más jóvenes, las redes virtuales les son familiares, pero las usan para socializar, jugar, intercambiar fotografías y chatear con los amigos. El uso de las redes con fines políticos es, en gran medida y sin perjuicio de excepciones, característico de un sector etario y cultural bastante definido: gente de mediana edad y con formación cultural entre muy y un poquito superior a la media. Ese es el territorio de la rebelión.

Lo que pueda estar ocurriendo fuera de ese ámbito es un enigma. De hecho, no hay manifestaciones públicas masivas, ni a favor ni contra Tabaré. Y, aunque las encuestas auguran éxitos formidables si él es el candidato, falta todavía más de un año para las elecciones. Y en un año pueden pasar muchas cosas.

Un aspecto interesante del tema es que, incluso entre quienes discrepan con  la candidatura de Vázquez, la coincidencia suele no ir más allá de ese desacuerdo básico. Es decir, se oponen a la candidatura pero por motivos muy variados. A algunos les molesta la personalidad de Vázquez, su aire “canchero”, su estilo autoritario, su imagen de ganador. Otros, más que a Vázquez, cuestionan la candidatura única, ya sea porque entienden que la pluralidad de candidatos le permitiría al Frente “barrer” un electorado más amplio o porque secretamente esperan que Tabaré desista si le surgen rivales con cierto apoyo. Muchos discrepan con lo que Vázquez políticamente representa. Pero tampoco es ésta una categoría homogénea. A algunos les molesta su posición respecto al aborto, el veto que interpuso siendo presidente, el libro que publicó al respecto y su aparición junto a miembros del Opus Dei en tiempos de campaña contra la ley que permite la interrupción del embarazo. A otros los indignan sus posturas respecto a los EEUU, el intento de firmar un TLC cuando era presidente, su pedido de ayuda cuando el conflicto con Argentina y sus declaraciones públicas recientes. Otros, finalmente, como dijo un conocido politólogo, sienten que “Tabaré es un cuerpo extraño metido dentro de la izquierda”.

El asunto se complica más aun a la hora de pensar en una candidatura alternativa. Porque, como es sabido, es mucho más fácil coincidir en la oposición que en las propuestas.

Lo cierto es que los otros potenciales “presidenciables” distan mucho, por ahora, de lograr los apoyos necesarios no solo para ganar sino también para postularse. De los nombres con los que se especula en las redes, con o sin consentimiento de los propios interesados, ninguno aparece todavía con posibilidades reales. Ni Daniel Martínez, ni Raúl Sendic, ni Constanza Moreira, ni Juan Castillo, ni ningún otro. Ninguno de ellos formula tampoco una propuesta ideológica o de gobierno alternativa.

Así las cosas, Tabaré Vázquez, ya sea por convicción o por resignación de los frenteamplistas, parece perfilarse nuevamente como la cara visible de la fórmula electoral del Frente Amplio.

El asunto es que ser el candidato presidencial del Frente Amplio no es sólo la postulación a un cargo institucional de gran importancia. Es también ser el depositario de un sueño. El más largo, trabajoso, querido y -en términos electorales- exitoso sueño o proyecto de la izquierda uruguaya.

¿Por qué, entonces, la candidatura de Tabaré no concita entusiasmos y levanta tanta resistencia en caracterizados militantes de izquierda?

Y, lo que es todavía más llamativo, ¿por qué no aparece ninguna alternativa nítida?

Voy a esbozar la hipótesis de que el problema pueda estar en otro lado.

Quizá el problema no sean los candidatos, sino los casi diez años de gobierno del Frente Amplio.

El Frente nació en 1971 con la vocación de cambiar al Uruguay. Pero no de cambiarlo en cualquier sentido. No se trataba de aumentar el PBI y la inversión extranjera, ni de darles dinero a los pobres, ni de hacerlo un país respetable para los circuitos financieros internacionales.

Tampoco se trataba de hacer del Uruguay un país socialista. De hecho, la mayor parte del programa de 1971 sería hoy inviable o incoherente con la realidad

La principal novedad que el Frente trajo a la  sociedad uruguaya fue la promesa de sacar a la política del viciado circuito de los políticos profesionales, amigos del secreto, del acomodo y del canje de favores con los dueños de la riqueza. La promesa que galvanizó a la izquierda uruguaya fue la de llevar al pueblo al gobierno…

Sí, claro, lo digo y parece un delirio. “¿Llevar al pueblo al gobierno?”. Dicho así, como eslogan o cliché, parece un trasnochado sueño sesentista. Pero en realidad no lo es.

“Llevar al pueblo al gobierno” no significa el socialismo, ni la reforma agraria, ni la nacionalización de la banca. Tampoco significa el paraíso de los derechos humanos, ni políticas sociales asistencialistas, ni el aborto, ni votar cada cinco años a los “compañeros” que la tienen clara y saben qué hacer e irnos cada cual para nuestra casa.

“Llevar al pueblo al gobierno” significaba, y debería seguir significando, establecer una nueva y diferente relación entre la autoridad política y todos y cada uno de quienes integramos la sociedad desde el llano.

Una relación en la que no deberían existir acuerdos secretos con ciertos inversores, ni exoneraciones tributarias particulares, ni decisiones tomadas entre cuatro paredes, ni políticos estresados y malhumorados que se quejan de las dificultades de gobernar y no explican esas dificultades ni tampoco largan la manija.

“Llevar al pueblo al gobierno” debería significar establecer una compleja e intensa relación de ida y vuelta entre quienes ejercen el gobierno y quienes los pusimos en esa tarea. Una tarea que debería ser necesariamente docente, esclarecedora, dialógica.

Porque de nada sirven las lindas cifras macroeconómicas y las estadísticas exitosas si esos resultados no se perciben en la vida cotidiana, y, más aun, si los uruguayos de a pie no entendemos hacia dónde vamos.

Los blancos y los colorados perdieron el país porque la gente les perdió la confianza. Es así de simple. Demoró muchos años, pero al final se produjo. Y la pérdida de confianza es prácticamente irreversible, al punto que blancos y colorados no podrán soñar con recuperar el gobierno en tanto sigan en sus primeras líneas los que la perdieron.         

 El Frente podrá ganar la próxima elección, porque los procesos sociales son lentos. Pero se está alejando de lo que fue su razón de ser y el secreto de su triunfo. Se está alejando de la gente. La tarea de gobernar, los pasillos del poder, la seducción de tratar con los “ricos y famosos”, la sumisión a las “recetas” y preceptos de los organismos internacionales, la soberbia de creer que no se debe explicar lo que se quiere hacer, la demagogia del que reparte dinero pero no rinde cuentas, el surgimiento de una casta de “administradores eficientes”, la burocratización, el gusto por el sillón, el auto oficial y el sueldo, están alejando al Frente de sus fuentes.

Gobernar por y para el pueblo es, en muy buena medida, educar. Y al mismo tiempo aprender. El gobernante que se limita a hacer lo posible, el que “se la cree”, el que no aprovecha su poder para proponer a quienes lo votaron cosas mejores y más audaces, el que no sabe compartir con los gobernados las incertidumbres y las decisiones del poder, recibiendo al mismo tiempo información preciosa sobre las necesidades y sentimientos de aquellos a quienes gobierna, está serruchando la rama en la que está sentado.

Por eso el asunto no es tanto quién debe ser el candidato, como para qué queremos ganar la próxima elección.

La izquierda uruguaya parece tener un gran tema pendiente.          

 

    

 

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