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¿Un ejercito 222? Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2013 9:59 por Semanario Voces
 

El pasado 16 de este mes fue publicado en El País de Madrid un artículo titulado: “El ejército español no es viable ni sostenible con los actuales presupuestos”. El artículo ilustra con mucha claridad las dificultades que tiene un país que ocupa el puesto 14 en cuanto a Producto Interior Bruto, a pesar de la crisis. Para un territorio casi tres veces más grande que el nuestro, España cuenta con unas Fuerzas Armadas, también, tres veces su número de tropas: Uruguay 25000 efectivos, España 75000.

 

 

 

España destina un porcentaje similar de su presupuesto respecto al PIB (Producto Interno Bruto) que destina Uruguay (1%). Para mantener a sus fuerzas en condiciones operativas, España tiene que hacer malabarismos, y aún así ya son varios los programas suspendidos, pero, a diferencia de lo que sucede en nuestro país, España tiene tropas destacadas en Afganistán, a su costo, mientras que Uruguay tiene un 10% de sus efectivos en misiones de paz de la ONU, lo que viene a ser una especie de 222 militar, sin cuyo servicio hace rato que Uruguay tendría unas Fuerzas Armadas (FF.AA.) en bancarrota. De acuerdo a esos datos, España es más eficiente en mantener a sus fuerzas en capacidad de combate, mientras que Uruguay, aun con el plus de las misiones de paz apenas tiene una fuerza testimonial, que recoge muy buenas opiniones en el exterior pero que están absolutamente desactualizadas para la defensa del país.

El episodio lamentable del Air Class, muestra una actuación conjunta, Armada-Fuerza Aérea en una paridad de ineficiencia total. Si no fueron capaces de detectar los restos del avión accidentado a la distancia que éste cayó al mar, respecto a Montevideo, ¿qué garantías pueden dar frente a cualquier violación de nuestro espacio aéreo o marítimo por cuenta de un potencial enemigo? La falta de radares, la falta de combustible para mantener las fuerzas entrenadas, son sólo aspectos de lo difícil que puede ser para un país mantener unas FF.AA. que, en los hechos, pasa la inmensa mayoría de su tiempo vegetando en unidades militares que sólo produce gastos y muy mínimos resultados de un servicio al que se destina el 6% del presupuesto. Si este es un momento de auge económico no es posible imaginar un escenario mejor para hacer de las FF.AA. uruguayas una institución adecuada a los posibles conflictos bélicos que se podrían presentar. Sin embargo, los costos de hacerlas competitivas excede cualquier posibilidad, actual o futura.

¿Pueden las comisiones de Defensa del Parlamento explicar cuáles son las principales hipótesis de conflicto que tiene planteados Uruguay, y los medios con que cuenta el país para afrontarlos? ¿Se trata, por ejemplo, de algún conflicto viejo con alguno de nuestros vecinos que pueda replantearse, como la reivindicación del inmenso territorio de las Misiones Orientales o la destrucción de Paysandú? ¿Puede ser legítima la reclamación uruguaya de que se revise la pertenencia de Martín García a la Argentina, incluso de las Malvinas? ¿Podría querer invadirnos Brasil, como ya lo hizo en el pasado, y como figuró en sus planes, en 1972? ¿Cuál es la hipótesis más consistente para justificar que las Fuerzas Armadas, con el actual y posible futuro presupuesto, sean necesarias? Descartemos a Brasil como posible enemigo porque los mejores blindados de combate, las dos docenas de M-41 que tenemos asentados en Durazno fueron un regalo de ese país, precisamente.

Un caza F-16, con entrenamiento y poca cosa más, tiene un costo de unos setenta y cinco millones de dólares. Si ese caza tuviese que entrar en combate necesitaría algo más que pilotos entrenados; supondría, entre otras cosas, disparar cohetes a menudo. Chile ofreció, recientemente, 12 cazas F-5 Tiger III, lo que en las Fuerzas Aéreas actuales está pronto a ser una antigualla, en ochenta millones de dólares, de los que se quiere desprender para modernizar su Fuerza Aérea con el F-16 Fighting Falcon, que ya es otra cosa, propio de un país que sí tiene potenciales conflictos en su frontera, que los tuvo en el pasado, y una situación económica que le permite mantener unas Fuerzas Armadas actualizadas. Las carencias de Uruguay se extienden al Ejército y la Marina, con restricciones hasta de combustible para mantener la flota en condiciones de vigilar un área marítima que es el 70% de su superficie terrestre. El Ejercito, por su parte, no está mucho mejor, apenas tiene esos blindados de combate, un tanque desactualizado, vulnerable, que no podría servir de mucho frente a un enemigo que se tome la guerra en serio.

Una vez más, quienes deben decidir el papel de las FF.AA. no parecen darse cuenta que en estas condiciones de obsolescencia no estaríamos en condiciones de enfrentar ninguno de los hipotéticos conflictos que se le podrían presentar a Uruguay, apenas servirían para alimentar la moribunda doctrina de la seguridad nacional. A renglón seguido lo que aparece como tarea ineludible es definir para qué están las Fuerzas Armadas.

Veamos. No todos los roles de las FF.AA. de nuestro país son una pérdida de tiempo y dinero. Los uruguayos nos sentimos bien cuando se dan a conocer las anécdotas de soldados uruguayos en las misiones de paz a cargo de la ONU. Hace pocas semanas, un periodista de guerra español, de paso por Uruguay, daba a conocer su testimonio sobre las tropas uruguayas en Congo y Haití. Las muestras de valor para proteger vidas humanas envueltas en conflictos irracionales, y las pruebas de sensibilidad para hacer del entorno de las misiones un lugar habitable eran transmitidas por un periodista bastante fogueado en combates con  agradecimiento, en contraste con fuerzas de otros países destinadas a zonas de conflicto. Ese es un lugar que las FF.AA. uruguayas se ganaron, y que nuestro pueblo debería conocer más para valorar lo que hacen los soldados que pertenecen a este país y que representan nuestra forma de ver y entender la vida. Hay niños congoleses o camboyanos que son hinchas de Danubio o Cerro, y que saben dónde está Fray Marcos. Hay radios en la selva que emiten canciones de Los Olimareños o de Jaime Roos. El Ministerio de Defensa Nacional debería contribuir a que se sepa todo, que haya una relación fluida con quienes trabajan por la paz en las zonas más calientes del mundo.

¿Por qué no repensar las FF.AA. en función de esos objetivos, determinadas por una doctrina militar de orientación humanista? Eso lo están haciendo muy bien nuestros soldados. ¿Por qué no pensar en un ejército chico, con una capacitación profesional de primer nivel, acorde con la de un ejército de interposición y mediador, y un despliegue nacional más orientado a la Defensa Civil y a la defensa de las fronteras? La doctrina militar no puede estar en manos exclusivas del ámbito castrense, esencialmente verticalista, sino que debe ser responsabilidad de la sociedad definirla, de sus instituciones y, por supuesto, de las Fuerzas Armadas como parte de la sociedad. La mayor parte del material militar con que cuenta el país sólo sirve para cumplir funciones policiales, y más o menos eso es lo que están haciendo en las distintas misiones en el exterior. ¿Por qué no hacer bien lo que el país está en condiciones de hacer bien? No se trata sólo de una limitación presupuestal, es, sobre todo, la necesidad de sentir que las Fuerzas Armadas cumplen una función imprescindible y valorada por la sociedad, y no que se las mantiene porque no se puede hacer otra cosa con ellas.

 

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