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“ESCALA DE BURROS” Por Wladimir Turiansky

publicado a la‎(s)‎ 7 sept. 2012 17:03 por Semanario Voces
 

Confieso que no tenía la  menor idea de que así se acostumbra denominar la escala de aumentos por antigüedad que, burros que éramos, tanto tiempo consideramos conquista social. Al menos se la escuché mencionar en estos días a dos compañeros con cargos de responsabilidad en el gobierno, el presidente de ANCAP Raúl Sendic, y al Director de la OPP Gabriel Frugoni.

¡Cuanta soberbia encierra esa denominación!

 

Me trajo a la memoria los años en que me tocó asumir cargos de dirección en mi sindicato, AUTE, y nos propusimos terminar con aquellos presupuestos de colorados y blancos, y en los que las mejoras salariales se negociaban según las prácticas del más descarado clientelismo, calentando sillas en los locales partidarios o en las salas de espera de los jerarcas de turno.

Me acuerdo que nos propusimos acabar con tales prácticas, y para ello decidimos convocar a los trabajadores a luchar por lo que se llamó “un presupuesto clasificado y ordenado por categorías”, con normas de ingreso y ascenso para todas las categorías.

Hablo del año 1964. La tarea consistía en listar todas las denominaciones de cargos existentes en el ente, simplificarlas en todo lo que fuera posible, ordenarlas en escalas según el tipo de actividad o especialidad, y establecer, para cada una de ellas, normas para el ingreso y para los ascensos periódicos, estableciendo para esos ascensos diversos criterios que incluían: antigüedad pura, antigüedad y prueba de suficiencia, antigüedad y concurso. En el caso del ingreso a la Administración, sorteo, prueba de suficiencia o concurso, en todos los casos con llamados públicos y no más ingresos a dedo.

Concientes de la complejidad de la tarea, convocamos al gremio a la elaboración colectiva del proyecto. Durante semanas y meses, en todas las secciones de la UTE, en las usinas y en las centrales telefónicas, en Montevideo y en el interior, cientos de trabajadores pusieron manos a la obra. Por momentos nos pareció que íbamos a naufragar en el intento, porque partíamos de un caos impresionante y porque naturalmente cada trabajador defendía lo que creía era lo mejor, en primer lugar para su área de trabajo. Pero lo logramos, y una inmensa hoja, que cubría la gran mesa de sesiones de la mesa directiva del sindicato, reflejaba en sus columnas y en cada una de sus líneas el fruto del trabajo colectivo. Fue una maravillosa experiencia. No me acuerdo cuantos años y cuanta lucha nos llevó plasmar ese proyecto en conquista, y cuantas modificaciones hubo que aceptar para que esto se transformara en norma presupuestal. No tengo claro tampoco cuanto barrió de tanto esfuerzo el autoritarismo de Pacheco y Pereira Reverbel primero, y la dictadura luego.

Pero de esos vientos no quiero referirme ahora. Mi propósito es recordar la valoración  que en aquel momento hicimos de la antigüedad en el trabajo y del papel que ella juega en la formación profesional, y de la necesidad, por tanto, de incluir tal concepto a la hora de establecer las normas para los ascensos y la mejora de las retribuciones.

Es que todavía no habían caído en el olvido las verdaderas hazañas que en el ámbito del trabajo llevaron a cabo modestos trabajadores, incluso con mínima escolaridad, desde los años de la penuria de recursos e insumos de la 2º guerra mundial para mantener los servicios eléctricos y telefónicos, o años después, durante las inundaciones del año 1959, e incluso en años de desarrollo de la red energética nacional.

¿Implicaba ese reconocimiento desconocer la necesidad de complementar el aprendizaje de la práctica con la incorporación mediante la enseñanza de conocimientos adicionales?  Es claro que no, y por eso incorporamos a las normas de ascenso, y junto a la antigüedad, el requerimiento en algunos casos de la prueba de suficiencia o el concurso, según el nivel de especialización requerida.

Recordando aquella experiencia me pareció un agravio propio de gente soberbia lo de la “escala de burros”. Porque al fin vamos a entendernos. A mi me pasó, y estoy seguro que también le ha pasado a cualquiera que, tenga título universitario, o de bachiller, o del nivel técnico que sea, al incorporarse a la actividad laboral no sintió la necesidad de complementar la enseñanza de los libros con la enseñanza de la práctica, y no debió apelar para ello a los viejos trabajadores, esos “burros sin diplomas” y a su experiencia acumulada a lo largo de años que comúnmente no pasan en vano. Pero claro, hay quienes, desde sitiales a los que la vida, la educación a la que lograron acceder y el mérito personal, olvidan esto y no vacilan en repetir lo del título a la hora de promover necesarias reformas en la carrera funcional olvidando asimismo la necesaria participación de los trabajadores en la elaboración de las propuestas.  Francamente, me pareció impresentable, para decir lo menos.

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