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“MONTES DEL PLATA” O EL SUEÑO DEL PIBE Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 19 ago. 2011 8:31 por Semanario Voces
 

 

 

 

La difusión de los términos del contrato de inversión suscripto por el Poder Ejecutivo y la empresa “Montes del Plata” (que en realidad es una asociación de empresas sueco-finlandesas y chilenas) ha destapado problemas políticos e ideológicos cuya dimensión recién empezamos a intuir.

Es difícil imaginar condiciones más favorables para cualquier empresario que las concedidas a “Montes del Plata”. Exoneraciones tributarias, un puerto, una gran zona franca que podrá incluso ser ampliada, autorización para mantener y adquirir tierras a nombre de sociedades anónimas, permiso para contratar más personal extranjero del que se permite en el resto de las zonas francas, condiciones salariales atípicas, el compromiso de otorgar prioridad forestal a más tierras (en una región en que la tierra es de calidad excepcional), la promesa de que el Instituto de Colonización no hará uso de la opción de compra que le permite la ley, y, sobre todo, la garantía de que el Estado compensará a “Montes del Plata” por cualquier cambio tributario o legislativo que disminuya su rentabilidad, son algunas de las condiciones privilegiadas con las que nace este proyecto de inversión.

El viejo tango “El sueño del pibe” cuenta la historia de un chiquilín que es convocado para jugar en un club de fútbol e inmediatamente se imagina a sí mismo jugando en primera división, un domingo, con el estadio lleno, haciendo el gol del triunfo en el último minuto del partido y volviéndose rico y famoso. Bueno, es imposible no pensar en el “sueño del pibe” al ver las condiciones en que invertirá “Montes del Plata”. Claro que los “pibes” de esta historia son suecos, finlandeses y chilenos, y además no son muy pibes, y ya tienen muchos millones de dólares y de euros. 

Hay tres cosas que sorprenden en este asunto.

La primera es que –objetivamente- se está creando para las grandes inversiones un régimen absolutamente privilegiado en comparación con el que se aplica a otros negocios o inversiones –más chicos- que se quieran hacer en el país (el decreto que prevé el tratamiento dado a “Montes del Plata” es aplicable sólo a inversiones que ronden o superen los novecientos millones de dólares).

La segunda cosa sorprendente es que este contrato de inversión se haya manejado en secreto, al punto de que fueron necesarias reiteradas exigencias de un fiscal para que se conocieran las condiciones pactadas.

Y la tercera sorpresa es que todo esto ocurra bajo el gobierno del Frente Amplio, una fuerza política que siempre tuvo como banderas la equidad económica, la promoción de la industria y la producción nacionales, la protección de los recursos del país frente a la avidez de los grandes capitales transnacionales y el derecho de los ciudadanos a conocer y participar de las decisiones del gobierno.

Desde luego, habrá quien sostenga que las “megainversiones” son el camino para sacar al país y a sus habitantes de la pobreza. Habrá quien diga que la celulosa, la soja y la minería –explotadas “en grande”- son el signo de los tiempos y que no es “pragmático” oponerse. Habrá quien lo diga, pero… ¿dónde se dijo? ¿En qué campaña electoral? ¿En qué documento programático? ¿En qué acto público? ¿En qué reportaje? ¿Cuándo se resolvió que la inversión extranjera debía ser atraída aun al precio de romper el principio de equidad y de renunciar al carácter público de las decisiones de gobierno? 

Todo indica que hay una línea y una estrategia económicas que han sido adoptadas sin anuncio y sin debate previo. Porque, si bien es cierto que durante la campaña electoral se habló de atraer inversión extranjera, nunca se dijo que hubiera que atraerla a cualquier precio.

Este asunto recién empieza. Muchas propuestas de inversión aspiran a privilegios semejantes a los de “Montes del Plata”. Muchos “pibes” cosmopolitas sueñan con recibir puertos, zonas francas y exoneraciones tributarias.

La pregunta es cuándo y dónde se van a discutir públicamente esas aspiraciones. Porque en las alturas del gobierno la cuestión parece estar laudada. O, en todo caso, el Poder Ejecutivo, siempre acuciado por la necesidad de hacer, no es el ámbito para hondas discusiones estratégicas.

Uno podría pensar en el Parlamento, que en el pasado era donde se daban los grandes debates estratégicos. Pero el hecho de que el oficialismo tenga mayoría absoluta, la visión que de sí mismos tienen muchos parlamentarios oficialistas (como impulsores de las iniciativas del Ejecutivo), y la actitud menor y de vuelo corto de muchos opositores, dificultan que eso ocurra ahora.

Que se discuta en la orgánica frenteamplista es simplemente ilusorio.

En la Universidad (ya lo hemos visto en el caso Botnia) las opiniones supuestamente “técnicas” suelen estar también divididas y políticamente teñidas.

¿Dónde, entonces, se discuten en serio los grandes problemas estratégicos del país?

A veces -sólo a veces, con suerte- ese papel lo cumple la prensa, alguna polémica, o algún debate radial o televisivo

Tal vez ese sea el problema más profundo que están poniendo en evidencia el caso “Montes del Plata” y la fila de megainversiones que tenemos por delante.

Somos un país que no se piensa ni se discute a sí mismo. Que no tiene ámbitos para hacerlo y que ha perdido hasta la costumbre de tenerlos.      

 

 

 

 

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