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“PEOR QUE ROBAR UN BANCO ES FUNDARLO” Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 14 dic. 2012 2:22 por Semanario Voces
 

 La mujer era humilde, tenía más de sesenta años y vestía con mucha sencillez, una blusa y una pollera azules, muy limpias y muy usadas. La cartera de color crema, que llevaba casi abrazada y hacía juego con unas sandalias baratas, era el único detalle de coquetería femenina en ella. Por lo demás, se expresaba con cierta dificultad y con gravedad casi masculina.

“Me van a rematar mi casa, doctor”, le dijo al abogado, “¿Se da cuenta? Yo pedí cinco mil pesos hace dos años y les pagué, les pagué más de un año. Después mi marido se murió y yo quedé mal. Ahora dicen que debo como sesenta mil pesos. Yo quiero pagar, pero ¿cómo voy a hacer? Si me tocan ocho mil pesos de jubilación… ¿Es verdad que me pueden descontar el treinta por ciento”.

Esta historia es verdadera y no es única. Ni mucho menos.

Cualquiera que viva en el Uruguay desde hace unos años habrá visto el incesante crecimiento de la intervención del capital financiero en la vida cotidiana.

Hasta hace pocas décadas, el negocio bancario era un negocio “entre tigres”. Sólo las empresas grandes y las personas muy pudientes les pedían prestado a los bancos. Los bancos privados competían entre sí, prestaban a buen interés y cobraban todo lo que podían, o negociaban con el deudor, y a veces, incluso, se “clavaban”.

Los pobres, en cambio, sólo podían aspirar a algun modesto préstamo de la “Caja Nacional” o del BROU, dado en relación a su sueldo y con intereses muy módicos, o, a lo sumo, a un préstamo del Banco Hipotecario cuando se compraban una casa.  

Pero, poco a poco, el negocio financiero se fue ampliando y abarcando a sectores sociales cada vez más modestos.

Primero fueron los “créditos de la casa” que daban los comercios, casi sin garantía.

Rápidamente, los “créditos de la casa” fueron sustituidos por las “casas de crédito”, una inversión de términos que marcó la entrada del capital financiero en la actividad comercial chica y de consumo.

Los créditos “caseros” fueron rápidamente sustituidos por las tarjetas de crédito, mediante las que el capital financiero logró participar –y llevar tajada-, casi automáticamente, en millones de transacciones chicas, que antes se hacían directamente entre comprador y vendedor

Mientras tanto, florecieron las “Cooperativas de Ahorro y Crédito”, muchas de las cuales nada tienen de cooperativas, y otras entidades fantasmagóricas que dan préstamos por teléfono o sobre el recibo de sueldo. “Oportunas” leyes han permitido que muchas de esas entidades puedan cobrar sus créditos de los sueldos o jubilaciones de sus “socios” y deudores.

Luego hubo otros avances. A través de las “AFAP”, el capital financiero privado logró cobrar comisión sobre las jubilaciones y administrar sumas monstruosas.

 El Banco Hipotecario, que había sido la fuente de financiación de la vivienda de las clases medias y bajas, dejó de dar préstamos durante varios años. En ese lapso, los bancos privados invadieron el ámbito de los créditos hipotecarios para la compra de vivienda.

Hoy, para comprar un auto cero kilómetro, es casi de regla la intervención de un crédito bancario. Además, casi sin darnos cuenta, a través de los locales de pago, todos los pagos que hacemos pasan en alguna medida por el sistema financiero.

Sobre todo ese sistema financiero sobrevuelan cuatro arcángeles protectores:  la tolerancia legal de intereses absolutamente leoninos, en particular cuando son por mora; la posibilidad legal de descontar de los sueldos y jubilaciones; y el “Clearing de Informes”, que, sustituyendo al sistema público de justicia, es una especie de verdugo privado, y sin garantías, al servicio del capital financiero.

Es increíble que una colonización tan grande de la vida cotidiana y del esfuerzo de la gente pase desapercibido. El capital financiero se ha naturalizado y vuelto invisible como el aire. Nos rodea, está en todo, y prácticamente no lo vemos.

Sus efectos prácticos, en cambio, sí que se notan. Porque la intervención del capital financiero eleva los precios (las ganancias del financista hay que pagarlas), facilita e incentiva el consumo (que tanto preocupa al Pepe) hasta niveles a menudo insensatos, y hace que la gestión de cobro se despersonalice y carezca de alma, quitando además al deudor chico toda capacidad de negociación.

He visto fundirse negocios, perderse viviendas, destruirse familias y arruinarse vidas por esa causa.

Esto, lógicamente, afecta sobre todo a los más pobres. Porque nunca fue más verdad aquello de que, si usted le debe al Banco cien mil pesos, usted tiene un problema, pero, si usted. le debe al Banco varios millones de dólares, el Banco tiene un problema.

A través de la expansión del crédito, y sobre todo del crédito al consumo, el capital financiero ha logrado endeudar y poner a trabajar para él a toda la población, incluso a aquellos que no tienen nada más que perder que su fuerza de trabajo. Sin contar con que, cuando se derrumba, como pasó en los EEUU y en Europa, pretende que sea la sociedad toda quien asuma sus pérdidas y robos.

Es grave y preocupante es que este proceso, junto con un tratamiento tributario privilegiado, siga y se acentúe en el Uruguay luego de tantos años de gobierno “de izquierda”.

Es cierto que el embate del capital financiero es un fenómeno económico mundial. Pero, justamente, la función de un Estado en manos de fuerzas políticas populares es frenar y contrarrestar los fenómenos de inequidad económica que intentan imponerse en  el mundo.

Obviamente, pensar en eliminar el crédito sería absurdo. Pero sería razonable y posible limitar de verdad, a niveles accesibles para los asalariados y jubilados, las tasas de interés, en particular las que se cobran por mora. También sería posible que el Estado implementara créditos sociales, compitiendo con el negocio sideral de las tarjetas de crédito y las financieras. Y sería necesario recordar que, por algo, los sueldos y jubilaciones eran –y en teoría son- inembargables. No lo digo para impedir que la gente obtenga créditos sobre su sueldo, porque para muchos es la única forma de obtenerlos, pero sí para que los descuentos sean compatibles con la vida de los asalariados.

La justicia social no siempre pasa por expropiaciones y nacionalizaciones. A veces puede pasar por regular al capital privado y darle un poco de su propia receta: ponerlo a competir con el propio Estado.

Tema interesante y pendiente para la izquierda 

          

 

 

         

 
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