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“Precoces delincuentes” Por Bolívar Viana

publicado a la‎(s)‎ 26 jun. 2011 13:56 por Semanario Voces
 

 

 

Es indudable que, más allá de la “sensación térmica” y del espacio que los medios de comunicación le prestan al asunto, la delincuencia ha ido en aumento, y junto con ella ha aumentado la sensación de “inseguridad”. Lo único que ha disminuido es la edad en la que algunos comienzan a delinquir. No sé si muchos o pocos, pero indudablemente muchos más que en la época en que yo era joven. A lo largo del tiempo esa parece ser una tendencia, más allá de las alzas y bajas que se puedan registrar entre dos o tres períodos sucesivos de gobierno.

 

Sabemos que esto es un problema social que tiene raíces sociales, y sabemos también que hay que revertir muchas cosas desde el punto de vista social para prevenir la reproducción de este problema en el futuro. Pero también es evidente -para el sentido común al menos-, que en el presente estamos conviviendo con los efectos generados durante un largo proceso de deterioro que tiene muchas puntas. Dejar de considerar los efectos presentes por enfrascarnos en el problema de las causas pasadas, no parece ser la postura adecuada: la consideración de las causas no puede obnubilarnos de tal manera que nos impida tratar los efectos concretos que ya tenemos a la vista. Hay problemas de fondo pero también hay problemas en la superficie, al alcance de la mano. Hablar solamente de las causas sociales del problema es más o menos como llorar sobre la leche derramada.

 

Esto ha traído aparejado otro asunto: el de la baja de la inimputabilidad. Y aquí la cosa se me vuelve más complicada, porque el problema parece haber pasado del terreno de la delincuencia al de la minoridad. Como tantas cosas en este país, a veces comenzamos discutiendo un problema y terminamos con otro problema entre las manos. En  lugar de encontrar una solución, encontramos otro problema.

He recibido muchos mensajes vía correo electrónico contrarios a bajar la edad, algunos de los cuales parecen creer que esto es un ataque a la minoridad por sí misma. Eso sería como considerar que la justicia que se pide para los militares que cometieron graves delitos, es un ataque a los militares por ser militares. Atascarse en el problema de si sos mayor o menor, es como atascarse en el problema de si sos civil o militar. El problema no es si sos civil o militar, el problema es si cometiste delitos.

Yo me casé a los 23 años, y ahí me enteré de que para hacerlo tenía que contar con la aprobación de mis padres. Ya era mayor para votar y elegir representantes políticos y eventuales gobernantes, pero no lo era para casarme, o sea era mayor para cuestiones que involucraban a toda la sociedad pero no lo era para algo que me involucraba personalmente. Nunca entendí por qué. Es decir, entendí que así lo fijaba la ley y eso era inapelable: los viejos tenían que ir a firmar su consentimiento (al parecer ellos sabían mejor que yo si estaba en condiciones o no de contraer matrimonio). Lo que no entendí era el criterio que siguieron los legisladores para hacer esa distinción (que era también una distinción de género, ya que la mujer, cumplidos los 18, ya no necesitaba permiso de nadie: ¿será que las mujeres ya vienen más maduritas desde la cuna?). No es esa la única, entre las leyes que nos rigen, que yo no entiendo, pero menciono esta porque viene al caso. Y viene de la mano de la siguiente pregunta: ¿a qué edad una persona está madura para cometer un delito que puede costarle la vida a otra persona? ¿A los 18 años? ¿Según qué criterio? ¿No habría que hacer aquí una distinción legal mucho menos absurda que la del ejemplo?

¿Qué es lo que determina que un muchacho de 17, 16 o 14 años -que va a cometer un asalto con un arma en las manos-, no esté en condiciones de ser considerado un delincuente, y otro que ayer nomás cumplió los 18 años -y hace lo mismo- sí lo esté? ¿Es realmente un “menor” un muchacho que -por las causas que sea- se arma y va al almacén de la esquina decidido a llevarse lo que pueda a cualquier costo? ¿Tiene conciencia de lo que está haciendo, es decir, es responsable por ello? Buena pregunta para hacérsela al almacenero, pero después de que se le haya pasado la sensación de impotencia, de angustia, de miedo o de rabia, porque si no tal vez caiga en el muy humano error de meter en la misma bolsa a todos los menores que andan por el barrio. Aunque está claro que la mayoría de los menores no anda en ésas, también está claro que muchos viejos le tienen tirria a los jóvenes así como muchos jóvenes le tienen tirria a los viejos.

Y ahí está la línea divisoria: ¿estamos hablando de menores o estamos hablando de delincuentes? Tal vez podríamos decir “precoces delincuentes” ya que, por lo visto, comienzan unos años antes de ser considerados delincuentes con todas las de la ley. En todo caso, delincuentes en potencia que, al llegar a la edad de la imputabilidad ya pueden contar con un respetable prontuario que, a los efectos de la justicia, parecería que no existiera. Como quien dice, borrón y cuenta nueva. ¿Por qué? Porque son menores. Armados, pero menores al fin y al cabo. Se parece demasiado a la impunidad de la minoridad. Y hay ejemplos de menores -que no son precisamente delincuentes ni cosa que se les parezca-, que tienen una determinada conciencia de esa “impunidad” (o tal vez habría que llamarla “inmunidad”).

¿No será que algo está fallando en nuestro sistema legal, y eso también sea parte del problema?

 

Con lo dicho temo estar desviándome de “lo políticamente correcto” e incluso temo estar volviéndome “reaccionario”, pero qué le voy a hacer: es lo que me preocupa y me da vueltas en la cabeza. El asunto es que tengo otro temor más básico: que mientras nos afanamos por mantener intactas determinadas ideas hechas y determinadas convenciones, la realidad nos esté pasando por arriba y termine aplastándonos. Debe ser parte de la sensación de inseguridad, o de incertidumbre, que se nos va infiltrando de a poco, lo cual también es un dato de la realidad.

 

Creo sí -y esto tiene que ver con los derechos humanos- que toda persona tiene el derecho a la posibilidad de redimirse, y esto seguramente debe ser tenido especialmente en cuenta en el caso de menores cuyas condiciones de vida han sido un verdadero caldo de cultivo para entrar en ese camino. Nadie tiene que cargar eternamente con un estigma. Pero borrar ese estigma ya no es -como en el caso del prontuario- asunto de la justicia, sino de las instituciones que albergarán a ese menor brindándole condiciones en las que se pueda recuperar, de la propia voluntad del involucrado, y finalmente de la sociedad si es que tiene la capacidad de reintegrarlo a la vida comunitaria.

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