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2012 Y DESPUÉS, DEBATE ABIERTO Confesión de fe Por David Rabinovich

publicado a la‎(s)‎ 26 dic. 2011 15:03 por Semanario Voces
 

 

 

Tres decenas de grupos integran el Frente Amplio ¿cuántas vertientes históricas, cuántas corrientes de pensamiento distintas pueden reconocerse? Más allá de sensibilidades, corrientes o fracciones, veo en la izquierda uruguaya, anemia de ideas e inflación de proyectos personales.

 

Me endilgan los motes de “garganista y ortodoxo”, pero me reconozco, apenas, socialista sin adjetivos. Quienes se definen renovadores, reivindican su condición de integrantes del partido de gobierno, de oficialistas. Desde mi punto de vista, esta renovación –por las características de los gobiernos de Vázquez, Mujica y Astori- luce como una aceptación del capitalismo, como la voluntad de apuntalar el sistema para que no caiga sobre nuestras cabezas. Esta estrategia implica, en los hechos, renunciar a la condición esencial de los socialistas: el anticapitalismo. Me refiero a lo que pasa (creo) en la realidad, más allá de “Tesis” o discursos.

Estamos en una etapa histórica de profunda crisis capitalista. Tiempos que muestran claramente, al capitalismo como la negación total del humanismo. En realidad las estadísticas, la historia, la sociología, la economía y cualquier otra disciplina que pueda catalogarse como una ciencia social, avalan lo que la izquierda viene denunciando desde antes de que Carlos Marx escribiera sus obras fundamentales. La injusticia, la opresión y el autoritarismo son intrínsecos al capitalismo.

Santiago Alba Rico, que integra el Comité de apoyo de Attac España se pregunta ¿Qué es una crisis capitalista? (http://www.attacmadrid.org/?p=5435) “Hablamos de crisis capitalista cuando matar de hambre a 950 millones de personas, mantener en la pobreza a 4700 millones, condenar al desempleo o la precariedad al 80% del planeta, dejar sin agua al 45% de la población mundial y al 50% sin servicios sanitarios, derretir los polos, denegar auxilio a los niños y acabar con los árboles y los osos, ya no es suficientemente rentable para 1.000 empresas multinacionales y para 2 millones y medio de millonarios...”

Mientras todo ese desastre era rentable para la elite mundial del sistema, éste no estaba en crisis.

En un mundo absolutamente mercantilizado es grave el predominio de lo financiero, la velocidad a la que se concentra el uso y tenencia de la tierra, el predominio cultural que significa un sistema de medios dominado por tan pocos a nivel mundial. Múltiples ejemplos muestran distintas dimensiones de la realidad, pero lo que me parece más grave es que el mundo parece haber claudicado en materia de ideas y propuestas alternativas. Lo contestatario es marginal, señala la empecinada realidad.

¿Cuántos gobernantes derribados por la “primavera árabe” integraban la Internacional Socialista? ¿Cuántos de los que participaron activamente en el apoyo a los movimientos populares que los voltearon también están en esa organización?

Casi no hay ideas alternativas al capitalismo, porque extensos sectores del ‘socialismo contemporáneo’ optaron por la reforma y no por el cambio de sistema.

Si la Internacional Socialista reúne y representa al ‘socialismo democrático’, es hora de preguntarse si ese socialismo cree en el gobierno del pueblo y si responde realmente a ideales socialistas, que aspiran a llegar a una etapa postcapitalista en el devenir histórico.

En Italia y Gracia gobiernan los que fueron designados por la banca internacional y no fueron elegidos por el voto ciudadano. Ejemplos de democracia.

¿Cómo valorar entonces el proceso político en América Latina en general y en Uruguay en particular?

En el continente más injusto, donde la propiedad y la renta muestran los peores niveles de concentración, han salido de la pobreza millones de personas, mejoran las condiciones de vida y los índices de desigualdad también muestran progresos. Una ola de derrotas electorales al estilo Chile sería un verdadero drama para los pueblos del cono sur americano. Por eso es difícil otorgar a cada cosa su debido valor. El disenso y el debate son legítimos e imprescindibles. Hay discursos únicos neoliberales, pero también los hay que se pretenden de izquierda.

¿Cuáles son las condiciones necesarias, las políticas adecuadas para profundizar los procesos democratizadores? No está claro. Se exploran caminos, se buscan ideas, se intenta organizar las fuerzas del cambio.

En este panorama, luce difícil alcanzar acuerdos que nos incluyan a todos en la búsqueda de “políticas de estado” que atiendan los desafíos básicos.

Aceptemos partir de la agenda de la derecha: seguridad y educación.

Sólo mediante una suerte de optimismo inconsciente e incomprensible se puede pensar que la izquierda –en la medida que lo sea- puede acordar con la derecha –que nunca renuncia a su identidad- una política de derechos humanos que instale seguridad en la sociedad. ¿Es posible o aceptable, un modelo de seguridad que no incluya los derechos humanos?

¿Acaso la derecha puede construir su modelo educativo sobre la base de ofrecer universalidad, gratuidad y calidad? Los conservadores tienen programado en su ADN una educación para la elite y otra, muy diferente para las masas. El éxito de su proyecto viene de la mano de lograr altos niveles de mercantilización de la educación. Sobre esa base ¿hay acuerdos posibles? ¿Estamos analizando sobre esa base o sobre otras? Si son otras ¿cuáles?

De la mano de la gran inversión extranjera y sus condicionamientos: TLCs, acuerdos de Protección de Inversiones, tribunales especiales de controversias ¿viene el desarrollo, la prosperidad y la felicidad? Todo mecanismo que recorte la posibilidad de autodeterminación de los pueblos, que disminuya su capacidad de legislar para defender sus intereses debe ser revisado. Los reclamos de “seguridad jurídica” que vociferan los que los firmaron, no deberían impedir una discusión amplia y democrática sobre el rumbo de la economía. No deberíamos ceder el rico patrimonio ante el chantaje abusivo del dinero.

Efectivamente la izquierda, para ganar las elecciones, transitó por el camino de licuar sus programas. Para anudar amplias alianzas rebajó sus aspiraciones. Quizá era el único camino, un atajo ante la alternativa de un proceso mucho más largo y doloroso. No se sabe a ciencia cierta. Se puede defender que en aquel 2005, posterior a la crisis, las condicionantes eran muchas, muchísimas. Lo admito.

Transitados estos años ¿hemos promovido políticas anticapitalistas y socializantes en la medida de “todo lo posible”? No lo creo.

Creo que hoy asistimos a la práctica de una suerte de ‘foquismo político’: largan una iniciativa y después vemos qué se pone en marcha. Ayer la lucha generaba conciencia hoy “como te digo una cosa te digo la otra”. Falta ideología.

Otra concepción importante que, luego de ser reciclada está vigente, se propone como objetivo central el fortalecimiento de su propia organización. Práctica justificada por el convencimiento de ser el ‘legítimo representante de la clase obrera’. El camino que intenta la construcción de una democracia sobre nuevas bases, pervive en el papel, creo que murió en la realidad.

Sólo quedan algunos rastros de aquellos senderos y si acaso algún peregrino solitario los transita, casi nadie se entera. Perdón por la nostalgia.

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