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2500 M Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 7 sept. 2012 16:21 por Semanario Voces
 

La NASA ha declarado que el costo del envío del Curiosity a Marte fue de dos mil quinientos millones de dólares. Después de amartizar a ciegas, el vehículo enviado al planeta rojo ha declarado estar en forma ante al equipo científico que se ha hecho cargo de él después que el Jet Propulsion Laboratory logró llevarlo con exactitud a destino.

Mientras tanto, países que tienen enormes dificultades para educar a sus niños y jóvenes gastan fortunas muy superiores en armamentos, como estrategia defensiva por lo que puede llegar a pasar cualquiera de estos días que el Imperio se levante con el pie torcido. Si se toman en serio las advertencias del integrismo islámico podríamos también imaginar un conflicto armado en nuestra casa o en nuestro patio. Chile, Venezuela y Brasil están liderando una carrera armamentista en América Latina que puede traerles más de un dolor de cabeza por la factura que deberían pagar en caso que desaparezca la bonanza económica actual, que les permite gastar fortunas en menoscabo de  la educación, la salud y la ciencia, por ejemplo.

Cuando se confirmó la llegada del Curiosity a suelo marciano, las radios uruguayas emitieron la noticia, recibiendo, al mismo tiempo, la opinión de los radioescuchas. Se repitió un fenómeno bien uruguayo que por el peso de la multiplicación va siendo una de nuestras más previsibles características: “Qué se podría hacer con 2500 millones de dólares”, en lugar de una respuesta clara respecto a qué importancia daba al hecho de poner un vehículo de esas características en Marte. Un porcentaje importante opinó que ese dinero tendrían que haberlo dedicado a combatir el hambre en el mundo. En Uruguay, cualquier acción, sea del tipo que sea por parte de Estados Unidos, genera tanta curiosidad privada como silencio público.

En este momento, una serie de países están trabajando en distintos proyectos para el estudio del espacio, algunos coaligados en el uso de la Estación Internacional. La misma está administrada y gestionada por la NASA, la Agencia Espacial de la Federación Rusa, la Agencia Japonesa de Exploración Espacial, la Agencia Espacial Canadiense y la Agencia Espacial Europea. Cada hora y media la estación espacial gira alrededor de la Tierra, llevando a cabo una serie de investigaciones fundamentales para la humanidad. La coparticipación en el desarrollo de la ciencia y el conocimiento humano ha venido a sustituir la amenaza atómica de dos países que todavía poseen los mayores arsenales nucleares. Por su parte, China también se ha volcado de forma independiente a la exploración espacial, teniendo como meta cercana el envío de una expedición tripulada a la Luna. Hoy la humanidad sabe más del espacio profundo a partir del uso de telescopios orbitales. Una vez más, la cooperación entre la NASA y la Agencia Espacial Europea en la puesta en órbita del Hubble ha permitido una observación sistemática de puntos alejados del espacio, cambiando la noción que se tenía sobre la formación de galaxias, o el comportamiento de los agujeros negros. El telescopios Spitzer, de la NASA, detectó por primera vez la luz de una “súper Tierra”, ubicada fuera del sistema solar. En 2013, la Agencia Espacial Europea llevará al espacio dos nuevos telescopios, el Herschel y el Planck, que tendrán como misión escanear el universo, y trazar un mapa con imágenes de una precisión hasta ahora nunca vista. El Herschel contará con un espejo de tres metros y medio de diámetro, el mayor de todos los enviados al espacio. El Planck tendrá como misión viajar a un pasado muy lejano, cuando transcurrían los primeros tiempos del Universo. La misión del Curiosity es una más de las misiones que diversos países están encarando, y son el resultado de una sostenida política científica, al margen de los avatares políticos y económicos del mundo.

Mientras tanto, después de 200 años de independencia colonial, América Latina no atina a  dilucidar cuál será su destino político y pierde dramáticamente la batalla por el conocimiento. Según el ranking de la Universidad de Shanghai Jiao Tong, la Universidad de San Pablo, la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional Autónoma de México son las primeras tres universidades latinoamericanas que aparecen, a partir del puesto 150 y antes del 200. Sólo 10 universidades latinoamericanas están ubicadas entre las 500 de todo el mundo, mientras países como Singapur, que recién consiguió su independencia en los primeros años del sesenta ocupa el lugar 101. La Universidad de Tokyo ocupa el puesto 20 y la de Kyoto el 26, ambas partiendo de cero al final de la 2ª Guerra Mundial; un fracaso para nuestra región, que cuenta con la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, que cumplirá 400 años en 2013. Canadá tiene a dos de sus universidades ubicadas antes del puesto 40. La Universidad de Jerusalén está ubicada en el 53º lugar, cuando Israel comenzó su vida como país recién en 1948. Solamente Australia tiene a 5 de sus universidades entre las 100 mejores del mundo. Entre las 10 universidades latinoamericanas ubicadas entre las 500 del ranking, Brasil figura con 6 universidades, Chile con dos, Argentina y México con una cada uno.

Ese es el desempeño de nuestros países. Mientras el foco del pensamiento político de la izquierda latinoamericana se empeña en tratar de desarticular la influencia de los Estados Unidos en el mundo, Asia parece haber dejado de lado ese dilema y se dedica a venderle todos los productos manufacturados posibles. De hecho, China es el mayor acreedor de Estados Unidos. Parece que los chinos, a pesar de todo, escucharon con atención aquella lapidaria sentencia de Mao: “Estados Unidos es un tigre de papel”.

Los diversos intentos de integración de los países latinoamericanos adolecieron del mismo enfoque: La diversidad política ha sido puesta en entredicho a favor de un supranacionalismo que sólo es sentido por las elites intelectuales. Los procesos políticos que cada país siguió desde su independencia son particulares y pensar que entre Brasil y Argentina hay una identidad común es desconocer la realidad. ¿Eso quiere decir que estamos condenados a vivir eternamente esta frustración que las elites sufren de manera tan intensa? Quizás el camino era otro y no el político y comercial. Quizás las universidades latinoamericanas podían haber propuesto algo distinto para el destino de nuestros países, un camino menos traumático, como crear dos o tres centros científicos que cosechen resultados en lugar de frustraciones. Si demoramos en definir qué tipo de integración vamos a intentar en América Latina será como quedarnos afuera de la invención de la imprenta. Miguel San Martín, un argentino que miraba el cielo estrellado de la Patagonia mientras soñaba con participar en los viajes interplanetarios fue el encargado de trasladar el Curiosity y hacer que descendiera suavemente sobre Marte. ¿Cuántos Miguel San Martín había entre aquellos que dieron su vida por una revolución que sólo existía en las cabezas de unos pocos que soñaban con ser comandantes?

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