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Aborto: ¿A quién protegerán los profetas? por javier Ricca

publicado a la‎(s)‎ 22 jun. 2013 9:20 por Semanario Voces
 

La comisión nacional  pro-derogación de la ley de despenalización del aborto se encuentra alarmada ante la “desinformación” del próximo referéndum. Dice temer que la no discusión del tema de fondo, constituye un obstáculo para que los ciudadanos decidan en la libertad de conciencia y con toda la información disponible.

Sumados a esta iniciativa, aportaremos algunos aspectos que quizás no sean considerados por dicha comisión.

En primera instancia nos parece oportuno recordar que el control de la natalidad por medio del aborto es una práctica que se pierde en el fondo de los tiempos y, como tal, fue aceptada tanto por laicos como por las grandes corrientes religiosas. Muestra de ello es que en los textos sagrados, como la Biblia, la Sunna o el Corán, no se hacen mención a esta costumbre.

Los uruguayos que  rigen su destino bajo esta última escritura creen que recién a los cuatro meses de la concepción, un ángel, incorpora el alma al cuerpo. Esta noción, compartida por la mayoría de las escuelas musulmanas, les induce a consentir la interrupción de la maternidad hasta la duodécima semana del embarazo.

Por su parte, en los inicios del cristianismo, son escasos los testimonios en contra del aborto. Mientras que los alegatos que, a través de los siglos se pueden colectar, no tienen como eje de discusión -como sucede en la actualidad- el derecho a la vida del embrión. La interrupción de la gravidez era tema de debate por la virginidad, y el aborto era una forma de ocultar el pecado de fornicación o adulterio. En segundo término, la intermisión era centro de discusión entre las corrientes de pensamiento cristiano que disentían en cuanto al momento en que el alma se unía con el cuerpo.

Uno de los principales emisarios del cristianismo, Santo Tomás de Aquino([1]va en recuadro) -al igual que las corrientes mayoritarias de esta religión- sostenía que el alma tomaba posesión a los tres meses de gravidez, por ende la discontinuidad de un embarazo no era un crimen si se realizaba antes de las doce primeras semanas. Esta creencia se conocía como animación retardada.

Pero esta práctica -corriente entre la feligresía creyente- tuvo su primer intento de permuta en 1588 cuando, el Papa Sixto V, decidió acortar el período de hominización, declarando que la interrupción del embarazo era un homicidio desde el momento de la concepción. Su castigo pasó a ser la excomunión, mientras la absolución del pecado del aborto quedaba en manos del Papa.

Luego de transcurridos tres años, se acumularon en la sede pontificia, ciento de peticiones de absolución, ya que las resoluciones papales, poco o nada, habían incidido en la conducta de las personas. Frente a ello, el nuevo Papa, Gregorio XIV, retomó la concepción de Tomás de Aquino, circunscribiendo la pena de excomunión a las interrupciones de los embarazos que operaban después de las doce semanas.

El Papa, responsabilizó de esta custodia  nuevamente a los obispos, quienes serían los encargados de perdonar este pecado. El tema del aborto pasó, una vez más, a ser periférico en la sede pontificia.

Trescientos años después, Pío IX, lo posicionó como un tema relevante para las autoridades eclesiásticas, al descartar la doctrina de la animación retardada, por la de la animación inmediata, por lo que a partir de 1869 el alma y el cuerpo se unirán en el momento de la concepción, quedando así la mujer sin plazos para poder decidir una maternidad responsable. Si lo hacía, se exponía a la condena social, al encarcelamiento o la excomunión.

Atrás quedo la influencia del pensamiento aristotélico, que aceptaba el aborto eugenésico -en cualquier estadio del feto-, o la antigua creencia romana que consideraba al embrión como parte de las entrañas de la mujer, la que podía disponer de su cuerpo como quisiese. Se llega así a nuestros días, donde un número importante de católicos, sostienen que todos aquellos que, de alguna forma, participen, en un aborto (la mujer, su pareja, el anestesista que asistió al médico, el médico que cumplió la ley aprobada por el legislador, el legislador que aprobó la ley, entre otros) incurren en excomunión latae sententiae, expresada en el canon 1398: estigma automático que no necesita sentencia.

El argumento principal de las autoridades eclesiásticas es asignarle al embrión una identidad personal, por lo que pasa a ser un sujeto jurídico. Frente a esta postura todo intercambio de opinión es estéril.

Recordemos que la Iglesia, opuesta ahora a la interrupción del embarazo en cualquier momento, o al derecho de decidir de la mujer, es la misma institución que no dejaba que éstas hablaran dentro de los templos([2] va recuadro), excluyéndoselas hasta de los coros, lugar del que eran reemplazadas por castrattis, para que su voz no ofendiera a Dios, así como su exclusión de acceso a cualquier tipo de poder eclesiástico, entre otros, al sacerdocio.  ¿Por qué entonces permitirles dónde y cuándo parir, en qué circunstancias y con qué objeto?

En un intento desesperado, por resguardar el derecho a la privacidad, diferentes organizaciones, intentan buscar en la ley, al menos un instrumento, no ya para evitar la excomunión, sino para evitar la cárcel. En este contexto, los países debaten sobre el marco jurídico del aborto. Cada sociedad le imprime diferentes impulsos de acuerdo a sus realidades, las que también impactan a la interna de la Iglesia donde siempre surgen disidencias que, con el paso de los años, provocan cambios en una accionar que, si bien ha pretendido ser universal y consecuente, no lo ha logrado, desde que el cristianismo se convirtió en catolicismo pretendiendo ser la religión oficial en todos los Estados o influir con sus dogmas en los gobiernos.

Una de las primeras legisladoras en ser excomulgada por promover la interrupción del embarazo fue la diputada estatal Lucy Killea de San Diego, en 1990. De ahí en más, los obispos han llegado a excomulgar en masa a todos los legisladores de un partido, aun cuando entre ellos hubiese cristianos que votaron en consonancia con un mandato histórico, que ni siquiera es un dogma de la iglesia apostólica romana.

Recordemos que la Sagrada Escritura, nunca habla del aborto voluntario y, por tanto, no contiene condenas directas y específicas al respecto.

En Estados Unidos primero y luego en el resto del mundo se han formado asociaciones como la Católicas por el Derecho a Decidir, que promueven entre sus adherentes católicos, que cuando su situación las obligue a interrumpir el embarazo, esto no sea objeto de confesión, para evitar la excomunión.

En tanto que en muchas congregaciones y frente al hecho consumado, la mujer evita ser excomulgada, con una simple declaración de que fue instigada o que lo hizo bajo un estado de confusión.

Lo expuesto en el párrafo anterior, no se puede generalizar, ya que cada grey interpreta las directivas del Vaticano de acuerdo a los requerimientos de la esfera política y social en que encuentra. A esta situación debemos adicionar que, desde la sede pontificia, se renuevan los discursos, en un nuevo intento por disuadir a los legisladores.

Así, en al año 2002, el entonces cardenal Ratzinger sostenía que los congresistas tienen la precisa obligación de oponerse a toda ley que atente contra la vida humana, y no pueden participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto. Sin embargo, abrió una pequeña ventana permisiva, que evitaría la excomunión: cuando el legislador, ante la alternativa de una ley peor apoyaba la menos mala, en espera de sustituirla por una verdaderamente católica. 

Pero esta advertencia no sirvió para nada y los parlamentos siguieron avanzando hacia leyes que la iglesia consideraba cada vez más permisivas, por lo que el Vaticano, a fin de que no quedaran excomulgados todos los legisladores cristianos, flexibilizó la condena, estableciendo, en el año 2004, en un documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe, que cuando los políticos católicos impulsasen leyes favorables al aborto, éstos no podrían comulgar, hasta que acabara con su situación objetiva de pecado. Entiéndase bien excomulgar abarca todos los sacramentos (bautismo, confesión, extrema unción, matrimonio…), mientras ahora los dirigidos por el cardenal Ratzinger, reducían su pena a negar la comunión.

En 2009, en su viaje a África, el Papa cedió terreno una vez más, aclarando que no eran motivo de sanción los abortos indirectos o terapéuticos que se llevaban adelante para preservar la vida de la madre.

 No obstante, algunas autoridades eclesiásticas que no quieren retroceder en su concepción, siguen amenazando con la excomunión a los legisladores que promueven la despenalización del aborto.

En ciudad de México, el arzobispo José Guadalupe Martín Rábago, ha advertido que la excomunión se aplica, desde 1917, desde que la Suprema Corte de Justicia de la Nación avaló la despenalización del aborto antes de las 12 semanas de gestación.

En 2007, un documento de la Conferencia Episcopal de Polonia, titulado, Al servicio de la Verdad sobre el Matrimonio y la Familia  afirma que el aborto supone la excomunión automática y que es un sacrilegio permitir que los políticos que lo habilitan reciban la comunión.

Se podrían citar cientos de declaraciones paradigmáticas, como las del cardenal limeño Juan Luis Cipriani, quien, en octubre de 2009, comparó a los legisladores con terroristas, oponiéndose inclusive al aborto eugenésico o en caso de violaciones.

En tanto en Uruguay, en el año 2009, durante el proceso de discusión parlamentaria sobre un proyecto de ley de Salud Sexual y Reproductiva y, en medio de una amenaza de bomba que obligó a desalojar el Parlamento, desde las máximas autoridades eclesiásticas se amenazaba a los legisladores con una excomunión ipso facto, olvidando que Uruguay no es un Estado confesional y sus leyes no se rigen acorde a dogma religioso alguno.

Una vez aprobada la ley, los integrantes de la Conferencia Episcopal Uruguaya, aggiornados a la nueva ola, limitaron su condena a no poder recibir la eucaristía a los legisladores del Frente Amplio, que, en el nodo principal del diferendo, exponían de alguna forma, las enseñanzas de Tomas de Aquino, al argumentar a favor de la despenalización del aborto en la doce primeras semanas de gestación. Por otro lado las autoridades eclesiásticas, sí reservaban la pena de excomunión a quienes intervinieran en forma directa en la interrupción del embarazo. Se podía salir de dicha situación confesándose y reparando públicamente el mal causado.

Sin embargo, durante el actual período de gobierno, Monseñor Heriberto Bodeant, Secretario de la Conferencia Episcopal del Uruguay, afirmó públicamente en varios medios de prensa que los legisladores quedaban excomulgados.

Sabrán ellos como salir de sus cambiantes composturas y de sus tantas contradicciones o falsas oposiciones.  ¿No son asimismo muchas de sus prédicas las que potencian indirectamente las prácticas abortivas? Tal es el caso, entre otras, de la prohibición de consumo de anticonceptivos, del uso del condón y de los dispositivos intrauterinos. Con contumacial testarudez se niegan una y otra vez prácticas que contribuirían a frenar los abortos, pues la mujer está solo para la reproducción, y si cualquiera de los atajos citados son utilizados por la fotocopiadora humana, esta es excomulgada.

Históricamente la sociedad ha dado un paso adelante, al convencer a la iglesia para que prescindiera de los servicios de quienes redactaban los autos de fe de la inquisición o de quienes colectaban leña para la hoguera en la Plaza Mayor. Ahora falta convencer a todos los cristianos convertidos en católicos que despenalizar el aborto es dar un lugar al derecho a decidir de las mujeres. Algunos generan un campo propicio para la reflexión como el jesuita español Juan Masiá que en este tema piensa:

Proponer sin imponer; despenalizar sin fomentar; cuestionar sin condenar; concienciar sin excomulgar…

Estos son los caminos que acercan a la iglesia al lado de los más desfavorecidos.  Tal vez sea la ocasión propicia para aplicar un precepto que circula en filas de la propia iglesia  y de acuerdo al cual ante una incierta obligación moral no puede haber certeza: donde hay duda, hay libertad (Ubi dubidum, ibi libertas), es decir, la decisión depende de la conciencia propia. Recordemos que el disenso privado, la conciencia individual que, en ocasiones, se aparta de las corrientes mayoritarias de la iglesia, están respaldadas por la teoría del probabilismo, aun vigente en la doctrina cristiana.

La decisión de abortar es una decisión íntima, es un conflicto personal, la mujer tendría que tener derecho a elegir en soledad, en un marco jurídico e institucional que garantice su salud física y psíquica, así como su derecho a la intimidad. Pero también, estos últimos aspectos hacen que el tema del aborto no se agote en ese aspecto personal. Al derecho de privacidad habría que arroparlo con el entorno del interés general, considerándolo al mismo tiempo un problema social.

Una sociedad no se debería medir por cuanto acceso al aborto tiene una mujer. Tal vez en ese sentido podría decirse que más que un derecho, el aborto es un revés y que una sociedad se mide en realidad en cuanto hizo para evitarlo, el grado de privacidad que tuvo esa mujer o esa familia para decidir y cuánto respaldo encontró en su religión y en el Estado para llevar a cabo su providencia.       

Y para los cristianos que no piensan así, solo les basta con recordar que Jesús no excluyó a nadie de su mesa. Ni siquiera a Judas.

Javier Ricca

yerbamate@adinet.com.uy

 



[1] Tommaso D'Aquino: Es el principal representante de la tradición escolástica y fundador de la escuela tomista de teología y filosofía. Su obra fundamental es la Suma Teológica. Es considerada la más perfecta exposición filosófica de los dogmas católicos. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567 y santo patrón de las universidades y centros de estudio católicos, en 1880.

[2] Que las mujeres estén calladas en las Iglesias; porque no le es permitido hablar. Que estén sometidas como lo dice la Ley.

Y si desean saber más, que se lo pregunten a su marido en casa; porque deshonesta cosa  es que la mujer hable en la Iglesia—1ª Corintios. Capítulo 14. Versículos 34-35, atribuido por los cristianos a San Pablo.

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