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Acerca del Posfrenteamplismo (III) Una Nueva Unidad Por Rafael Massa

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2013 13:04 por Semanario Voces
 

El Frente Amplio festejó un nuevo aniversario, esta vez sin acto de masas. Inteligentemente la dirigencia frenteamplista recurrió a un acto de corte más intimista, lejos de la capital y del riesgo de evidenciar la seguramente menguada asistencia de su militancia, tal cual viene ocurriendo desde hace un tiempo. Fuera de programa, pero esperado por todos, su candidato, Tabaré Vazquez, pasó su mensaje. En cuentagotas, calculadamente, midiendo los tiempos y las oportunidades, sus declaraciones van trazando su estrategia, que, de acuerdo a su estilo y antecedentes, serán las de su fuerza política. Es el caballo ganador, su liderazgo es indiscutible e impondrá sus condiciones.

Conviene atender sus mensajes: que la contradicción es entre izquierda  y derecha, que los trapos sucios se deben lavar en casa y que la unidad es indispensable, esas fueron las consignas que los dirigentes presentes no deberán olvidar. O dicho de otra forma: a cerrar filas y a prepararse para la batalla que se avecina.

Izquierdas y derechas hay muchas, sobre todo izquierdas, que son quienes reivindican como piedra de toque el espíritu crítico. La derecha no hace insight moral, sólo transcurre sin cuestionar: dejemos todo como está, esa es su consigna. La izquierda en cambio, nació para cuestionarse y cuestionar. Y de que hay muchas, es buen ejemplo el Frente Amplio. De entre ellas, el Frente Amplio ha optado por el modelo “progresista”.

A grandes rasgos, esta modalidad, cuya máxima figura fue el revisionista marxiano Eduard Bernstein, propone el camino al socialismo a partir de transformaciones graduales del capitalismo. “El problema es que la socialdemocracia y sus aspiraciones de construir economías socialistas fueron siempre ideales de futuro, nunca alcanzaron  tal meta, e incluso, como aspiraciones formales fueron ya abandonadas” (*) . Basta leer las noticias que vienen de Europa, más aún la de aquellos países que hicieron experiencias de esta naturaleza, para ver los resultados. En los buenos tiempos, todo funcionó más ó menos bien; se exhibían, como lo hace nuestro gobierno, las graduales mejoras de los clásicos indicadores económicos: PBI, desempleo, salario real, etc. Y así transcurrieron varios períodos de gobierno, hasta que esos mismos números les fueron adversos, volvieron las derechas, y con ellas los ajustes, por supuesto, sobre las espaldas de los trabajadores.  Pasando raya, queda el fracaso.

Este es el modelo de la izquierda frenteamplista, que al cabo ya de ocho años de gobierno y bajo dos administraciones, no está en cuestión desde la fuerza política. En algunos casos (las exposiciones de Olesker son muy claras al respecto) con total convicción, en la gran mayoría, con cierta resignación.

Está claro que el fin del capitalismo es imprevisible y que los caminos al socialismo están en construcción. Ahora, que a partir de estos datos, la única solución que propone la izquierda gobernante sea la de ir haciendo equilibrios sin molestar demasiado, hay un trecho que muchos frenteamplistas ya no comparten. Pues si bien los caminos hacia una sociedad en donde no haya seres humanos que vivan a costa del trabajo de sus semejantes son inciertos,

 

 

muy otra cosa es ir en dirección contraria. Y este gobierno de izquierda, lamentablemente,  ya no solamente no va en camino de superar el capitalismo, sino que en muchos casos lo abona.

Otro tanto ocurre en áreas que son sensibles en lo que se reconoce como la cultura ó el espíritu de la izquierda, que alguna vez conformó su mística, ya casi inexistente. Las orientaciones y las prácticas del gobierno en relación al uso de los recursos naturales del país, las políticas en relación al combate a la inseguridad ciudadana ó el mantenimiento de los privilegios presupuestales que los militares mantienen desde las remotas épocas de la dictadura, son tan sólo algunas de los tantos puntos de quiebre para muchos frenteamplistas.

Es decir, descreídos hay muchos y por los más variados motivos. Gobernar es también elegir, y debe comprenderse que no todos compartan las elecciones que se toman.

Volviendo a Vazquez y su mensaje, pretender la unidad de la izquierda, a cambio del desarrollo del actual  proyecto, parece a esta altura, cada vez más improbable, pues hay una izquierda, frenteamplista aún, que ya no apoyará.

Quienes perciben esto  ya no son pocos y hay quienes los han cuantificado; más aún, si tomaran en los hechos la decisión de no acompañar al Frente Amplio en 2014, hay también quienes ven la posibilidad de que la izquierda abandone el gobierno.

Ante este estado, las posibilidades son variadas. Vayamos por los extremos. Por un lado, parece misión casi imposible que el Frente Amplio logre recapturar esas voluntades. Si bien hay sectores que visualizan esta situación y luchan con esfuerzo por modificarla “desde adentro”, su poder es muy escaso, por lo cual no parece probable que logren su objetivo. Por otro, podría ocurrir que el malestar discurra, como tantas veces y con tantas cosas en el Uruguay sin que nada se accione. Llegado este punto, unos votarán el mal menor, otros se quedarán en sus casas, algunos otros marcarán sus votos como ya lo han hecho en recientes oportunidades. En este caso, las consecuencias serán poco más que testimoniales y poco aportarán en el sentido de un cambio. El voto en blanco, salvo excepciones (las elecciones internas de 1982 son paradigmáticas en este sentido) no ocupan más espacio que el de las horas siguientes a la elección, en donde politólogos y afines “interpretan” la calidad de los mismos. Y más nada.

Resta entonces la tarea de construir alternativas. Se podrá argumentar que las mismas ya existen y es correcto. Lo que no parece sencillo es que esta masa de frenteamplistas tome alguna de estas opciones. No ya tanto por sus definiciones, que seguramente pueden compartirlas, sino por su práctica. En algunos casos, han hecho, de su castigo al Frente, una marca de identidad, olvidando muchas veces donde están los verdaderos enemigos, lo cual ha generado mutuas  desconfianzas.

Es por ello que hemos utilizado el término “posfrenteamplismo”, pues la izquierda, la frenteamplista y la que no lo es, ya no será igual luego del ejercicio del gobierno por parte del Frente Amplio. Es correcto que hay un antes y un después, aunque según como se mire, las conclusiones serán bien distintas.

Hablamos de posfrenteamplismo en un sentido superador de la experiencia frenteamplista, tomándola como antecedente para la construcción de una nueva fuerza política de izquierda, que signifique una nueva síntesis y pueda dar las respuestas  adecuadas a tiempos que seguramente vendrán cuando se acabe la bonanza, el nuevo uruguayo despierte y se de finalmente cuenta de que, al cabo de estos tiempos, no le quedó más que el último modelo de celular, la winner o un plasma ya discontinuado. Basta ver las decisiones que el gobierno tomó con los funcionarios públicos ante el menor indicio de desequilibrio de sus finanzas, para imaginarnos las medidas que tomará cuando las papas comiencen a entibiarse.

 

Se trata entonces de construir la herramienta de cambio que el Frente Amplio dejó de ser hace ya tiempo. No será sencillo, tampoco inmediato, aunque los períodos preelectorales funcionan como catalizadores ante la obligación de las definiciones y los tiempos se irán acelerando. Y los que alguna vez apostaron al Frente Amplio y ya no creen, tienen una tarea por delante.

(*) Eric Hobsbawm: “Cómo cambiar el mundo”

 

Aviso a los navegantes: Promuevan los debates, aviven las discusiones, siempre serán saludables. Aunque ojo cuando los antagonistas no encuentren mejor argumento que adjudicarles “motivos subterráneos” a vuestros planteos. Déjenlos pasar. No valen la pena. Les harán perder tiempo. R.M.

 

 

 

 

 

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