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Acerca del Posfrenteamplismo (I) Más allá del Frente Amplio... ¿La Inundación? Por Rafael Massa

publicado a la‎(s)‎ 1 dic. 2012 13:20 por Semanario Voces
 

 

La semana pasada, el grupo “Frenteamplistas por un debate programático”,  integrado entre otros por Jorge Notaro,  Carlos Viera y  Roque Faraone  dieron a conocer sus puntos de vista en relación a una amplísima gama de temas. Se trata de ciertas ideas que vienen elaborando desde hace años, y que se plasmaron en un documento para la discusión. 

Se  abordan muchos temas desde una perspectiva “socialista y anticapitalista”, a la vez de repasar todas aquellas áreas, en donde, a juicio de los firmantes, el gobierno se ha apartado de los “principios históricos” del  Frente Amplio, e invita a retomarlos.

La plataforma contiene quince puntos, e incluye, obviamente, lo que se reconoce como las áreas en disputa que la izquierda agrupada en el Frente Amplio mantiene desde siempre, pero que, en el ejercicio del gobierno desde hace siete años, están cada vez más expuestas.

La ética y la transparencia, las políticas educativas, la lucha por los derechos humanos, la cultura, los medios de comunicación, la salud, la explotación de las reservas naturales, la defensa nacional, la conducción política de la organización y su relación con el gobierno, son algunos de los temas sobre los que se pronuncia . Es una suerte de repaso al reclamo que muchos frenteamplistas le hacen al gobierno. Al de Mujica y al de Vazquez.

El planteo, aunque compartible, no es original, tampoco novedoso. Bastaría recorrer los cuarenta años de historia de Frente, y repasar la formación de grupos que se han ido generando para reconocer iniciativas similares, todas ellas de “corte socialista y anticapitalista”.

Los resultados de las mismas no han sido eficaces. Es posible afirmar, sin que nadie se ofenda, que los gobiernos frenteamplistas no van en ese camino. El del Frente Amplio viene siendo, desde hace ya muchos años, y en forma explícita, el camino del “progresismo”. Un progresismo que avanza en toda América Latina, con algunas contramarchas (Paraguay, Chile) pero en términos generales con viento a favor.

 

El primer mundo se prende fuego, pero otro mundo, el de los “emergentes”, asoma creciente, todo lo cual es fácilmente comprobable revisando  los grandes números que arrojan las estadísticas en materia económica: el producto aumenta, los salarios crecen, el desempleo disminuye, la pobreza también, los índices de desigualdad mejoran, muy poquito pero mejoran, el consumo aumenta, bah… todo lo que los ministros de economía repiten satisfechos cada vez que son interpelados.

O sea, todo va más ó menos bien en el mundo “progresista”.

Uruguay no escapa a estas muy generales afirmaciones, y el gobierno frenteamplista, más allá del resultado de algunas encuestas que han encendido luces  amarillas, se desliza con altas probabilidades hacia un nuevo período de gobierno.

Por variados motivos: el viento de cola que el contexto internacional le imprime (aunque vaya virando y termine en suave brisa), algunos aciertos en la gestión, y en gran medida por la ineficacia de la oposición política que enfrenta.

Nada de qué preocuparse: salvo catástrofes, Tabaré será el nuevo presidente, y en la medida en que no haya reforma constitucional, difícilmente el Frente Amplio pierda la Intendencia de Montevideo en 2015. Si a esto le sumamos alguna intendencia del interior, todos tranquilos, esa será la demostración de que vamos por el buen rumbo.

Sospecho, al igual que Notaro, Viera y Faraone, que no todos creemos que sea así. ¿Cuántos? No lo sé, aunque hay señales de varios  grupos de opinión, “progresistas” ellos también, para los cuales el Frente Amplio a esta altura se ha convertido en “el mal menor”, y que resignados  ante un panorama electoral que no ofrece novedades, seguramente no opondrá resistencia a un nuevo gobierno frenteamplista a la hora de resolver su opción electoral en 2014.

Pero las señales de descontento de estos grupos con la izquierda gobernante han sido múltiples, algunas de ellas medibles.

El porcentaje de votos en blanco en la última elección municipal, asignables en altísimo porcentaje a un duro núcleo de personas de izquierda desconformes tanto con la gestión municipal por un lado, como con la forma en que se eligió al candidato para la ocasión, es un caso.

El otro más reciente, e igualmente medible: en las últimas elecciones internas del Frente Amplio, otro grueso porcentaje de frenteamplistas optó por no votar candidato a la presidencia. Y ello luego de un intento de la dirección de la coalición de presentar ahora sí una “oferta variada” que lograra entusiasmar. Ni así.

A estas expresiones, podemos sumar algunas más, estas sí, no cuantificables, pero que modelan un estado de opinión de alta disconformidad en un importante número de autodefinidos  “izquierdistas” con el rumbo de la izquierda que nos gobierna.

El tortuoso camino  y frustrante final del proceso  que culminó con la anulación de los efectos de la Ley de Caducidad en relación al juzgamiento de las violaciones a los DDHH en la dictadura; el larguísimo trámite de la ley sobre la despenalización del aborto, con su veto en 2007 y la “mejor solución posible” a la que se llegó en 2012; la obsesión por agilizar los trámites que permitan megainversiones que utilizarán nuestros recursos naturales sin que se explicite debidamente a la sociedad los impactos socioambientales que los mismos acarrearán. Los ejemplos abundan y bastaría reunir algunos frenteamplistas desilusionados para completar esta lista. La plataforma presentada por los “Frenteamplistas por un debate programático” es una buena síntesis de estos reclamos.

La pregunta a responder es entonces dónde está el problema, y cómo hacer para rectificar el camino. ¿El problema es el Programa? ¿Es la estructura organizativa?

Para cada uno de los episodios mencionados, es posible referir a los contenidos programáticos del Frente Amplio, y ver que las definiciones que se han tomado no son consistentes con las definiciones establecidas en los congresos. Lo que es difícil de explicar es que estas cosas ocurran cuando la fuerza gobernante tiene mayorías parlamentarias. Algo anda muy mal. Un día es un diputado, al mes siguiente es un senador, y así, casi casuísticamente, las mayorías no se consiguen y el programa se licúa. Un año y medio después de la gravísima inconducta del diputado Victor Semproni, el Frente Amplio recién resuelve la situación.

Estos fenómenos no son nuevos, el Frente Amplio es por definición una unión sinérgica que ha logrado ser más que la suma de sus partes, y esa fue su gran virtud, y lo que le permitió alcanzar el gobierno. Las grandes virtudes encubren siempre las carencias. Y el ejercicio del gobierno las ha  desnudado.

De otra forma, no se comprende cómo no es posible saber cuál es el rumbo que la izquierda pretende darle a la educación, ni cuál es el paradigma que atraviesa las políticas públicas de seguridad (el trecho de José Díaz a Bonomi dibuja elocuentemente el camino que la izquierda viene construyendo en materia de seguridad ciudadana), ni mucho menos qué pretende hacer la izquierda con el “aparato” estatal. Sobre la Ley de Medios de Comunicación, otro tanto.

Las carencias surgen tanto por lo realizado, como por lo prometido en el programa. En cuanto a la estructura interna, las noticias tampoco son alentadoras. Mencionamos antes las elecciones internas realizadas en mayo pasado. Una buena intención que no consigue modificar el estado de situación. Si se ha dicho que los primeros cien días de un presidente de alguna forma prefiguran lo que será su accionar durante su mandato, y  lo aplicamos a la gestión de Mónica Xavier en el Frente, el futuro sigue sin ser alentador. No posee el liderazgo necesario, tampoco el carisma. Nadie se ha enterado aún cuál es la propuesta superadora de esta situación.

En síntesis, los problemas están por todos lados: la definiciones ideológicas, la estructura organizativa, el vínculo entre partido y gobierno, recorriendo un círculo que se retroalimenta negativamente.

Un camino para retomar el rumbo es el que proponen los “Frenteamplistas por un debate programático”. Otro, el de redefinir la estrategia. El Frente Amplio, como expresión de la unidad de la izquierda, fue el instrumento estratégico hace cuarenta años. No tengamos temor a preguntarnos si lo continúa siendo hoy. Hasta no hace mucho tiempo, quienes nos sentimos de izquierda teníamos la certeza de que el Frente era parte de la solución. Permitámonos valientemente preguntarnos si hoy ya no es parte del problema. O dicho de otra forma, más allá del debate programático, quienes nos sentimos de izquierda deberemos darnos en algún momento el debate estratégico.

 

 

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