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Acuerdo militar con EE. UU ¿Gobierno bajo el síndrome de Estocolmo? Por Julio A. Louis

publicado a la‎(s)‎ 7 dic. 2012 12:07 por Semanario Voces

 

 

 
Los temas de la soberanía y de la defensa están en el tapete. Por soberanía de una nación se entiende el hecho que no esté sometida al control de nadie, sea otra nación u organismos internacionales. El acuerdo exige abordar  el concepto de nación moderna y de nación en el siglo XXI; saber ¿para qué? y ¿contra quiénes?  Debemos defendernos; comprender las transformaciones estructurales económicas, sociales, políticas, militares, culturales actuales; conocer los propósitos de la política militar de Estados Unidos; y por fin, diseñar la estrategia y la táctica de Uruguay.

 

Nacimiento y evolución del Estado Nacional     

 

La nación –define Vivian Trías- es un “hecho histórico”, “una economía común, un territorio y una lengua común, un carácter colectivo común”[1]. O como dice Daniel Vidart es “un sentimiento”[2], sin ignorar que las naciones suelen carecer de algunos de estos elementos constitutivos. La nación moderna es una criatura del capitalismo que necesita arrasar con la fragmentación feudal, surgida en  condiciones de expansión de las fuerzas productivas, las que aparejan diferentes respuestas de las clases-estamentos de la época (cada clase poseía su  estructura jurídica, con diferentes penas y derechos, esto es, su estamento). Muchos -en la niñez o adolescencia- hemos leído “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas (1802-1870), novela que deleita con la heroicidad de los protagonistas, los combatientes de la Corte de Luis XIII en el siglo XVII, contra los señores feudales. ¿En verdad, que ocurría? Desde los siglos XII y XIII la denominada Revolución Comercial implica una sucesión de inventos que transforman la vida (muchos traídos de Oriente), tales como el timón moderno, la brújula marina, las esclusas, la modesta carretilla, el telar de lazos, el vidrio y el cristal, los anteojos, el microscopio y el telescopio, el papel y la imprenta. La burguesía –clase comerciante de las ciudades- utiliza los avances tecnológicos para incrementar sus ganancias.  Su actividad comercial  requiere un mercado ampliado, destrabado de las relaciones feudales: peajes, diversidad de pesas, medidas,  normas jurídicas, monedas y dialectos. Dicho en términos marxistas, las fuerzas productivas en expansión chocan y rompen con las relaciones sociales de producción anteriores. La obtención de ese mercado económico ampliado, con la institucionalidad política-jurídica-militar es el Estado Nacional moderno. Los viejos condados y ducados dejan paso a Francia, Inglaterra, España, etc. Los defensores del pasado, los reaccionarios de entonces, pugnan por la permanencia de las viejas soberanías, mientras  las fuerzas emergentes pugnan por erigir Estados Nacionales.   

 

En el siglo XXI otra revolución científico-tecnológica expande prodigiosamente las  fuerzas productivas y las tecnologías de la información y comunicación   La burguesía trasnacional -en pos de promover ese desarrollo para acrecentar su tasa de ganancia- choca contra las viejas relaciones sociales de producción representadas por los Estados Nacionales, mundializando (o “globalizando”) las pautas comerciales, financieras, arancelarias, sociales, culturales, políticas, militares. A los poderosos Estados Unidos de América,  se agrega la Unión Europea, cuyas directivas en manos de las elites trasnacionales de las principales potencias (Alemania en especial) irrumpen con violencia haciendo añicos la relativa independencia de los Estados Nacionales (Grecia, España, Portugal, Italia, etc.). Los Estados Nacionales son crecientemente impotentes frente al proceso de centralización del capital, al dominio de lo que Samir Amín llama oligarquía, al ejercido desde el Club de Bilderberg denunciado por Fidel Castro, el  de los super poderosos que fijan la orientación de  los organismos rectores de la economía y de la política  del mundo. Nuestra época transita de los Estados Nacionales a las meganaciones, a los Estados plurinacionales. Ya existían algunos (EE. UU., Rusia), otros son producto de las transformaciones del siglo pasado (China, India), la Unión Europea es la más reciente creación  y Nuestra América podría llegar a esa condición  a través de la UNASUR o de la CELAC.        

 

Pero si en los albores de los tiempos modernos la lucha de las clases-estamentos conduce a sendas Revoluciones Liberales burguesas (la de Holanda en el siglo XVI, la de Inglaterra en  el XVII, la de Francia en el XVIII), hoy la lucha de clases se expresa diferentemente en la periferia del sistema capitalista. La clase dominante (burguesa-terrateniente) de nuestros países se asocia a la burguesía trasnacional; suele vender sus propiedades y comprar acciones en las trasnacionales, convirtiéndose -según el Economista Quijano- en “rentistas felices”. A esa clase parasitaria le sirve conservar las Patrias Chicas, Estados Nacionales débiles encadenados a Estados “lejanos y poderosos”, como propicia el Dr. Lacalle, por la vía de Tratados de Libre Comercio y de Tratados Militares. El fenómeno es general y no específico de Uruguay. La Consultora KPMG documenta en “Investigaciones de Fusiones y Adquisiciones” que en el primer semestre de 2012 las trasnacionales han comprado 167 empresas de capitales brasileños (básicamente poseedoras de recursos naturales) y los ex propietarios depositan sus capitales en el exterior. Brasil figura en el cuarto puesto por estos depósitos en el exterior. La Consultora estima que el total de los recursos expatriados en el mundo equivale al PBI de EE. UU.  y de Japón sumados, y que  están en manos de diez millones de inversores, un habitante  de cada setecientos del planeta. En Uruguay, informa Samuel Blixen [3] que en un año se han transferido al exterior casi 9000 millones de dólares  La periferia sangra en provecho de las metrópolis imperialistas.  

 

En la periferia del sistema, en la “zona de las tormentas” de lucha de clases aguda, donde se resuelve la contradicción principal del sistema entre dos grandes bloques de clases, no son las elites locales trasnacionalizadas, sino los trabajadores y el haz de clases, capas y sectores populares, (el bloque popular-alternativo) quienes bregan  por la  integración conductora a una meganación soberana con Estados fuertes capaces de enfrentar al poder del capital trasnacional. En Nuestra América esa unión será capaz de afrontar en relativo “pie de igualdad” los intentos de avasallamiento del imperialismo norteamericano o de cualquier otro. En cambio es mentiroso pretender que Uruguay trate en “pie de igualdad” con EE. UU.    

   

                                                                                     ¿Qué defendemos y de quiénes nos defendemos?

 

Por ende, la defensa de la soberanía de Uruguay es inseparable de la de Nuestra América (América Latina y el Caribe), expresada parcialmente en el MERCOSUR y en la UNASUR. Sólo el MERCOSUR posee 270 millones de habitantes, 13 millones de kilómetros cuadrados, el 83% del PBI de América del Sur, tres enormes cuencas (la del Orinoco, Río de la Plata y Amazonas, de uno, tres y seis millones de kilómetros cuadrados), las mayores reservas mundiales de petróleo y agua, y de las mayores de hierro, gas natural,  minerales estratégicos, además de 30 millones de hectáreas para producir alimentos.

 

Los primeros pasos de una estrategia militar es saber qué tenemos que defender, de quiénes  defendernos y los eventuales aliados. En el sistema capitalista mundializado, lo primero es sostener que el imperialismo existe y que, aunque no cuenta con buena salud y a la larga sea un “tigre de papel” como dijo Mao, en lo inmediato tiene los colmillos bien afilados.

 

Conocemos algo del futuro. La OCDE estima que en los próximos cincuenta años el poder económico cambiará drásticamente “con un crecimiento más acelerado de las economías emergentes que darán cuenta de un porcentaje más importante del producto mundial”. China será en 2016 la primera economía, mientras que las de sociedades “envejecidas” (EE. UU., Japón, Unión Europea) perderán peso. “La crisis económica que vivimos desde hace cinco años será superada, pero el mundo de nuestros hijos y nietos va a ser radicalmente distinto del nuestro” (Ángel Gurría, Secretario General de OCDE). 

 

 

Estados Unidos frente al mundo y la región

 

Ante un mundo que escapa a su control, ¿qué pretende el imperialismo norteamericano?  Es elocuente el Documento Guía de su  Ministerio de Defensa (enero de 2012) “Manteniendo el liderazgo mundial: prioridades para la defensa del siglo XXI”. Analiza que mientras EE. UU. se retira de Irak y Afganistán se haya en “un punto de inflexión estratégico”, pues continuará operando en Medio Oriente (hostigando a Irán) pero principalmente pondrá la mira en China y su zona de influencia en Asia-Pacífico, en pos de preservar su “liderazgo mundial y “nuestra superioridad militar”. Empero, se ve limitado por los recortes fiscales y el crecimiento de la deuda (en gran parte con China) y por el descontento de su población, que  resiste a ser “carne de cañón” de sus guerras. Veteranos de Irak o Vietnam  acampan con los “ocupa” y denuncian que también han sido estafados, estando en el “99 por ciento” frente al uno por ciento  privilegiado.

 

El Ministerio de Defensa apuesta a derrotar a los que “intentan rechazar nuestra proyección de poder”. Obligados por tales desafiantes, su tradicional “patio trasero” cede lugar a otras prioridades, pero recibe la condición de “socio de seguridad elegido”. Porque las “fuerzas de Estados Unidos proyectarán operar, siempre que sea posible, con aliados y fuerzas de coalición”. Ya disponen de contingentes para las Misiones de Paz (Uruguay está primero en efectivos de acuerdo a su población). Especifica que “Estados como China e Irán continuarán buscando medios asimétricos para contrarrestar nuestras capacidades de proyección de poder.” Para enfrentarlos “Estados Unidos invertirá lo que sea necesario para asegurar su habilidad de operar eficazmente en entornos anti-acceso y áreas denegadas.”

 

¿Qué significa “anti-acceso”? Son los entornos en los que los enemigos tienen sofisticados sistemas de operaciones, en referencia al concepto de lucha por aire y mar, especialmente considerados en la estrategia militar usada para combatir a China. Son los que les niegan el acceso a sus drones de información o de combate. Brenton es uno de los 1300 pilotos de drones  de combate –aviones no tripulados- que opera EE. UU. Declara al “New York Times” que “cuando le llega la orden de lanzar un misil y matar a un terrorista se le erizan los pelos en la nuca”, observa los movimientos de la víctima seleccionada, como “éste juega con sus hijos, habla con su esposa y visita a sus vecinos”; luego, eligen el momento de atacar y aprietan el botón… el drone se encarga del resto. Todas las semanas el Presidente Obama –   Nobel de la Paz- autoriza las ejecuciones. Los drones teledirigidos son el último gran éxito del complejo industrial-tecnológico-militar. Hace diez años el Pentágono tenía cincuenta, hoy cuenta con siete mil, en 2020 serán treinta mil. Sólo que para su éxito, necesitan una gran infraestructura de pistas para aterrizaje y despegue, las llamadas bases “nenúfares”, las plantas que en cursos de agua permiten a las ranas ir saltando de unas a otras hasta cazar al insecto apetecido. ¿Uruguay se prestará a este juego? El comunicado oficial sobre el probable Acuerdo menciona el “apoyo a operaciones en bases”. Tal declaración, probablemente desarrollada en los anexos que no se han publicado, vuelve infinitamente grave el retroceso de Uruguay. ¡Si reviviera  Luis A. de Herrera, opuesto a la instalación de bases militares de Estados Unidos en Uruguay, daría una formidable lección de soberanía a nuestro gobierno!  

 

EE. UU. posee bases militares clásicas en gran número de países de la región, ha reactivado la 4ª. Flota para el Atlántico Sur, ha fortalecido al Comando Sur cuyos objetivos son los “regímenes populistas”. Bajo el pretexto de luchar contra los narcotraficantes o el terrorismo, intenta sobornarnos con donaciones para policlínicas en zonas marginales (Santa Catalina) que le sirven para obtener simpatías de la población y relaciones con los militares. Ya ha intentado instalar un “barracón” en Durazno, donde tiene asiento la principal base aérea del país, proceso detenido al alertarse al Ministerio de Defensa Nacional. En síntesis,  en tanto carece de fuerzas para afirmar su dominación declinante, propone asociarnos en su lucha contra China, Irán u otros.  Empresa  sucia que camina hacia  la derrota.

 

 

                                                                               ¿Gobierno digno o bajo el síndrome de Estocolmo?    

 

El gobierno uruguayo tiene una gran responsabilidad. No puede llegar a tal degradación o  “aggiornamiento”, ni estar enfermo del síndrome de Estocolmo –la reacción patológica por la cual las víctimas desarrollan una relación de complicidad con sus victimarios- para admitir la alianza con nuestros explotadores y opresores, a fin de combatir a nuestros aliados tácticos anti imperialistas y eventuales aliados estratégicos en la lucha por el socialismo: la República Popular China. Tengamos presente las palabras de Xi Jinping (México, 2009): “Primero, China no exporta la revolución; segundo, no exporta hambre y pobreza; y tercero, no los fastidia a ustedes. ¿Qué más se puede decir?”

 

Uruguay no debe ignorar la gran enseñanza de su historia: concebido como Estado tapón al servicio del imperio de turno, con el fin de contribuir a la secular división entre Argentina y Brasil -división que según el geopolítico Spyckman  en “Estados Unidos ante el mundo”  (1942), es vital para mantener el dominio estadounidense- no debe desligarse de sus vecinos.  Más aún cuando éstos han aprendido a unirse. Debemos fortalecer al Consejo de Defensa Sudamericano -unidos en el MERCOSUR y en la UNASUR- para defender los recursos naturales (agua,  petróleo, biodiversidad). Unidos a los vecinos, debemos  aprender de la historia norteamericana, cuando Pennsylvania -Estado del centro- logra que en su capital Filadelfia, se reunieran los trece estados superando la división entre los del norte y los del sur para obtener la Independencia (1776). Y debemos aprender de Bélgica -el otro Estado tapón entre Francia y Alemania, que Lord Ponsomby pergeña después de la exitosa experiencia de Uruguay (1830)- cuya capital, Bruselas, se ha convertido en sede de la Unión Europea. Si Uruguay no está fuertemente  unido a sus vecinos, arriesga ser utilizado como base de agresión en la región, al estilo de Israel en Medio Oriente.     

 

En tanto es pueril pretender relaciones “entre iguales” con EE. UU., las relaciones con esta potencia debemos tenerlas en un régimen de consultas permanentes con el MERCOSUR y la UNASUR, propiciando una política común de todos los países de Nuestra América. Mantengamos a Estados Unidos distante para que las generaciones actuales y venideras no sean agredidas por la reedición de la Doctrina de la  Seguridad Nacional con su Plan Cóndor. ¡Todo en la UNASUR, en el Consejo de Defensa Sudamericano, nada fuera de ellos!

 

El proyecto de ley firmado el 12 de noviembre por el Presidente Mujica y los Ministros de Relaciones Exteriores,  Economía y Finanzas y Defensa Nacional  señala que entrará en vigencia tras la segunda ratificación y permanecerá hasta que “se denuncie por consentimiento mutuo escrito la intención de no renovarlo por lo menos con 180 días de antelación”. ¡Atados de pies y manos para el futuro!

 

Sin renegar de su tenebroso pasado de títeres del imperialismo, las Fuerzas Armadas parecen mantener su secular y obsecuente subordinación a éste. Y presionan a este gobierno débil para permitir operativos conjuntos con las Fuerzas Armadas estadounidenses. Con tal actitud acrecientan las sospechas que hacia ellas tiene nuestro pueblo. Para recomponer la relación con éste, tendrán que hacer autocrítica y redefinir su rol artiguista junto a los pueblos y Fuerzas Armadas de Nuestra América. Tienen razón de ser sólo integradas a la defensa colectiva de los recursos de Nuestra América. Por consiguiente, civiles y militares debemos reclamar como ha hecho Julián González Guyer, para que en la propuesta a estudio de un posible acuerdo con Estados Unidos, se publiquen los anexos que lo integran. Este experto ha descubierto y alerta porque en los anexos del Tratado de 1953 se escondía lo peor de la sumisión uruguaya. ¡Qué este gobierno no cargue con tal mancha histórica!   

 

NOTAS

 

[1] “Simón Bolívar, caudillo nacional de los pueblos hispano americanos”

2 “Políticas”. Octubre 2012. No.  12

       3 “Biológicamente pesimistas”. “Brecha”. 16 de octubre de 2012



 

 

 

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