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INDISCIPLINA PARTIDARIA, la columna de Hoenir Sarthou: Sueño de una noche de (casi) verano

publicado a la‎(s)‎ 11 dic. 2016 14:47 por Semanario Voces   [ actualizado el 14 dic. 2016 14:14 ]

Solemos ocuparnos de lo que existe, de lo real y tangible, muy a menudo de lo que nos parece mal, injusto o inconveniente. Así, quedan fuera de nuestro horizonte cosas  que no son pero podrían ser. Cosas buenas y posibles a cuya ausencia nos acostumbramos más que nada por falta de imaginación.

Hoy, en el último “Voces” de este año, los invito a imaginar (¿será muy cursi decir “soñar”?) pequeñas cosas que podrían y tal vez deberían ser, ante todo porque no hay ningún motivo real para que no sean. No esperen algo demasiado original. Lo que voy a decir está allí, a la vista de todos. A lo sumo, la novedad estará en el intento de ver las cosas con el desprejuicio o la inocencia de quien las ve por primera vez.

Hace poco se conocieron los resultados de las pruebas PISA y los resultados son dolorosos. Desde luego, son válidas las reservas sobre esas pruebas impulsadas por la OCDE. Por cierto, la enseñanza no debería tener por objetivo formar individuos adaptados a las necesidades  de las empresas y del sistema económico. Pero los resultados están allí y siguen doliendo. Cualquiera sea la filosofía de un sistema de enseñanza, si sus alumnos de nivel secundario no son capaces de leer y de comprender cabalmente un texto, o de efectuar un sencillo razonamiento lógico, el sistema está fallando.

Las pruebas PISA fueron el disparador de esta nota. Al conocer sus resultados, me puse a pensar en el extraño mundo en que viven nuestros alumnos de secundaria. No hablemos del absurdo de un país en que se puede ser famoso y millonario jugando al fútbol y también ser asesinado por ser “hincha” de cierto cuadro, un país en el que el Ministerio del Interior y las autoridades del fútbol se pasan mutuamente la pelota y se niegan a controlar a unas “barras bravas” en proceso de convertirse en mafias. No hablemos tampoco del peso social ascendente de los dueños de “bocas de pasta base” en los barrios. Limitémonos a pensar en los liceos y centros de estudio. ¿Cómo hacerles creer a los chiquilines que estudiar tiene sentido si ven a sus profesores mal pagos, deprimidos, corriendo de un liceo a otro, ajenos al medio en que imparten clases, más preocupados por sus horas, puntajes y trámites administrativos que por sus alumnos? ¿Cómo convencerlos del valor de aprender si, para la mayoría de ellos, el liceo es una vía muerta que, en el mejor de los casos, desemboca en ser delivery suicida, guardia de seguridad o cajero de supermercado?

De pronto me vi imaginando pequeñas cosas. Por ejemplo, que los docentes estuvieran asignados en exclusividad a un solo centro de estudio y permanecieran allí hasta que hubiera vacantes que, concurso mediante, les permitieran ascender. Suena rarísimo, pero es como trabajamos la inmensa mayoría de las personas. Ningún otro oficio elige todos los años dónde va a trabajar, desorganizando el sistema, generando alumnos sin docentes y docentes sin alumnos, impidiendo planificar y evaluar. Cuesta percibirlo porque estamos acostumbrados, pero la elección de horas que se hace todos los años es un disparate, sin ninguna justificación pedagógica ni administrativa. Es de esas cosas que se siguen haciendo “porque siempre se hicieron así” y porque algunos docentes se han acostumbrado a ese módico privilegio. Ninguna ley lo impone, es una práctica que podría cambiarse de un día para otro, por una simple decisión administrativa. No costaría un solo peso. Ahorraría miles de horas de trámites burocráticos y aseguraría que en marzo todos los docentes estuvieran ya en sus puestos.   

Benedetti dijo que “el Uruguay es la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de república” y los uruguayos seguimos soñando con los empleos públicos. Asumiendo eso,  imaginé que las vacantes en el Estado, los cargos que no requieren especial capacitación técnica, se asignaran preferentemente a los muchachos que terminaron la secundaria ese año. ¿Acaso eso no le daría un sentido a cursar el liceo o la UTU? ¿No ayudaría a abrir esperanzas y a desestimular la deserción educativa? Ya sé, después habría que evitar además que los vicios de la administración pública deformaran al chiquilín o chiquilina. Ya hablaremos de eso.

Por último, también en materia de enseñanza, ¿por qué no usar la pasión por el fútbol como incentivo para el estudio? Nada sería más simple que hacer que, para jugar en clubes y cuadros federados, los gurises tuvieran que estar cursando el nivel correspondiente de enseñanza. Bastaría con establecer por ley que cualquier cuadro podrá ser descalificado en cualquier campeonato si se demuestra que en su plantel actuaron jugadores que no estuvieran cursando el año de escuela o de liceo que les corresponde. No hay que hacer nada más y no costaría un peso. Motivados por la posibilidad de descalificar a sus rivales, los dirigentes, jugadores e hinchas de cada cuadro se convertirían automáticamente en inspectores voluntarios de enseñanza.

No sólo en la enseñanza serían posibles cosas sencillas que podrían cambiarnos la vida. Por ejemplo, ¿por qué todos los uruguayos seguimos tramitando durante toda la vida partidas de nacimiento, de matrimonio y de defunción, constancias de jura de la bandera, certificados de buena conducta, carnets de vacunación, títulos profesionales y toda clase de certificados? Esa información está en poder del Estado y podría centralizarse en un registro virtual. Si eso se hiciera, bastaría con presentarse en cualquier oficina para que toda la información necesaria pudiera ser corroborada por el funcionario que la requiriera. ¿Tenemos idea de cuánto tiempo, dinero y papel nos ahorraríamos? 

Siguiendo con el Estado, ¿por qué creemos que algún día tendremos una administración pública confiable, honesta, ágil, comprometida con los intereses del país y socialmente responsable, si permitimos que los funcionarios se formen en la misma estructura burocrática de la que nos quejamos. Estoy cansado de verlo. Un muchacho o muchacha entra por primera vez a un empleo público, con emoción, nervios y sus mejores pilchas, deseando hacer un buen papel. Eso dura a lo sumo seis meses. En ese tiempo, aprende de sus compañeros/as que “no vale la pena matarse trabajando”, que “si no es ahora, será mañana, o la semana próxima, o el año que viene”, y que “hay que tener padrinos”,  Antes del año, deja de levantarse cuando llega público. Desde lejos, con gesto de fastidio, pregunta: “¿Seeee?”.  ¿Acaso la carrera administrativa no es una carrera de mucha especificidad? ¿La defensa de los intereses nacionales no requeriría una formación especial? ¿Por qué no asumir que es necesaria una formación específica para ocupar cargos jerárquicos en la administración del Estado? El Estado no es una empresa comercial. No se puede medir su eficiencia en términos de producción de dinero, sino por el cumplimiento de fines sociales. Es una función muy distinta a la administración de empresas y a la “gerencia de recursos humanos”. Requiere entonces una formación especial, con contenidos teóricos e ideológicos sobre el papel y las funciones del Estado, una formación que hoy no se imparte en ningún lugar del país. No lo notamos porque estamos acostumbrados a no tenerla y porque nos hacen creer que no es necesaria, pero nos hace falta una carrera (incluso terciaria) de administración pública si queremos seguir llamándonos “república”.

Para terminar, ¿por qué nos acostumbramos a que las ventajas y exoneraciones tributarias sean para las inversiones multimillonarias? ¿Por qué es buen negocio recibir inversiones de más de mil millones de dólares casi sin cobrarles impuestos, mientras que al trabajo y a las inversiones chicas hay que cobrarles todo?  No hablo contra las megainversiones extranjeras; me limito a decir que las mismas condiciones que se les ofrecen a ellas deberían ofrecérseles a los que trabajan o invierten lo que pueden. Si es negocio lo uno, debería serlo también lo otro. Es un principio de justicia elemental. Si no, el trabajo y la pequeña inversión (que sumada no es pequeña) están financiando los privilegios de los megainversores.      

Hasta aquí llegó esta noche mi modesta imaginación. Como les advertí, no hay nada nuevo u original en esas propuestas. No implican una revolución. Son cosas simples que seguramente pasan por la mente de todos. Tal vez las descartamos por obvias, o porque creemos que, si no se hacen, algún problema habrá que no vemos y lo impide.

Como esas, o en lugar de esas, hay miles de cosas posibles que nos mejorarían la vida sin dañar a nadie. Entonces, ¿por qué no las hacemos?

Tal vez porque no nos gobernamos pensando en nosotros. Porque compramos y recitamos recetas ajenas, enajenados de nosotros mismos como sociedad.

Quiero cerrar el año con esa reflexión.  Ojalá iniciemos todos un feliz y más creativo 2017. 

 

 

 



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