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ALGO HUELE MAL EN BRASILIA Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 16 abr. 2012 12:52 por Semanario Voces
 

Luis Inacio Lula Da Silva asumió la presidencia de un país que estaba entre los de mayor desigualdad social del planeta. En sus dos períodos de gobierno consiguió sacar de la pobreza a 40 millones de brasileros. Por otra parte, la economía brasileña se ha colocado en el sexto lugar mundial, por encima de Gran Bretaña.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma Rousseff, Brasil sigue estando entre los más desiguales. En el índice Gini, que sitúa en 0 al país con igualdad perfecta y en 1 al hipotético país en que toda la economía pertenezca a una sola persona, Brasil figura con un 0,54, mientras Gran Bretaña, el país cuya economía ha sido desplazada por la de Brasil, tiene un índice de 0,36, casi 20 puntos mejor ubicado que nuestro vecino y socio del Mercosur. Eso sí, ahora Brasil tiene un hombre, Eike Batista, en el séptimo lugar entre los diez más ricos del mundo, con una fortuna avalada en 30 mil millones de dólares. El primer súper millonario británico recién aparece en el lugar 78, Gerald Cavendish, con un capital personal de 11 mil millones. La Rolls Royce abre este año una agencia en Brasil con la meta de vender diez autos por año a los nuevos súper millonarios, a un costo superior al millón de dólares por unidad.

En contraste con el crecimiento económico que consiguió darle Lula al Brasil, una serie de crisis políticas, referidas a remoción de ministros, sacudió a su administración, y en el año y poco que Dilma Rousseff lleva gobernando ya van doce ministros que debieron abandonar sus cargos, casi un ministro cae cada mes acusado de corrupción. Bajo la presidencia de Lula, altos dirigentes del Partido Socialista de los Trabajadores se vieron envueltos en estos hechos, pero poca repercusión tuvo entre la izquierda, al punto de no afectar la imagen personal de Lula, y la persona que éste nombró para sucederle al frente del gobierno ganó holgadamente las elecciones del 31 de octubre de 2010. Las políticas de inclusión social, y el crecimiento de la clase media han producido el milagro de que Brasil no se detenga en menudencias, como la moral pública. Esta vez no se vio en las calles a los estudiantes exigiendo justicia como cuando resultaron decisivos para la renuncia de Fernando Collor de Mello, en 1992.

La economía brasileña crece pero la brecha entre ricos y pobres no disminuye en la misma proporción, como tampoco disminuyen los gastos militares. Brasil ha aprobado un presupuesto de 36.254 millones de dólares para sus gastos en Defensa, que incluyen la construcción de submarinos atómicos y la renovación de casi todo su equipamiento militar, como nuevos tanques, cazas de combate, helicópteros, y aviones de carga. La orientación de estas compras apuntan a un tipo de guerra que no se visualiza en el contexto regional, y en caso de un incremento de la lucha contra el narcotráfico el material que Brasil está adquiriendo no se ajusta a esas necesidades. A un ejército ya de por sí fuerte se le agrega un equipamiento similar al de países desarrollados, como los de la OTAN, que están comprometidos en guerras inútiles, causantes, en buena medida, de la crisis económica actual.

Cada día se invierten en el mundo 4000 millones de dólares en armas y equipamiento militar. Semejante maquinaria con su lobby correspondiente, necesitan que su negocio se mantenga rentable y en expansión. Es una verdadera insensatez y un problema moral que un gobierno de izquierdas debería sopesar, porque la gente busca en la izquierda una esperanza no un matón que lo defienda. Semejante fortuna podría eliminar el hambre en el mundo en pocos años. La carrera armamentística sólo alienta a que países sin recursos deban suprimir gastos sociales para modernizar sus ejércitos bajo semejante presión.

Brasil está agitando la coctelera con demasiado entusiasmo: Corrupción en el gobierno, gastos militares astronómicos, brecha que no disminuye entre ricos y pobres…

Mientras tanto, busca capitalizar su momento de expansión económica consolidando un bloque internacional alternativo a las grandes potencias junto a China, India, Rusia y Sudáfrica. Veamos: China pone en juego el inmenso capital acumulado mediante el pago de salarios de hambre para invertir allí donde le sea fácil producir ganancias, y en todos los casos se comporta como un duro y tacaño patrón. Tras 60 años de socialismo, China exhibe el mismo índice de desigualdad social que Uruguay: 0,42. La India crece económicamente manteniendo en la más indignante de las pobrezas a un porcentaje enorme de su población. Actualmente ocupa el lugar 134 del IDH entre 187 países. En ese índice, Uruguay ocupa el lugar 48. En la India, la esperanza de vida al nacer es tan sólo de 65 años. Los indicadores de Sudáfrica no son mucho mejores: IDH 123, con una esperanza de vida de 53 años. El cuarto integrante del bloque de los BRICS, la Federación Rusa, ocupa el lugar 66 en el IDH, y la esperanza de vida al nacer está en los 68 años, mientras Uruguay ostenta una esperanza de vida de 77 años. Con inmensos recursos naturales, y después de 70 años de socialismo, Rusia no puede ofrecer a su población una situación mejor de la que puede ofrecer nuestro pequeño y limitado Uruguay, pero en cambio sí participa con éxito en la industria de armamentos. Vladimir Putin hizo su reciente campaña presidencial con una promesa: la industria militar será el motor que ponga en funcionamiento la economía rusa en los próximos años. El grupo de los BRICS, lo que parece ser el desvelo de Itamaratí, copia lo peor del imperialismo. ¿Acaso nos veremos obligados a aceptar pasivamente un papel de claque al grupo de los BRICS por la vía de los hechos consumados, y sin atrevernos a pedir cuentas a Brasil por semejante alianza? ¿A esa locomotora engancharemos el vagón de nuestra reputación?

A Brasil  parece gustarle el papel de gendarme, pero esta decisión unilateral podría alterar el escenario de la región, trayendo aquí conflictos que ni buscamos ni queremos. América Latina es la única parte del mundo que lleva casi doscientos años sin que sus fronteras se hayan alterado sustancialmente por causa de las guerras. Ya Buenos Aires conoció la furia del fanatismo islámico en dos oportunidades, fue una señal. Brasil tuvo su primer traspiés al ofrecerse, junto a Turquía, como mediador en el conflicto que Irán mantiene con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). La política internacional no da para talenteos.

El presidente Mujica dijo alguna vez que deberíamos mirar más hacia Nueva Zelanda y Noruega, y tenía razón. Noruega, puesto 1 en el IDH, donde el 10% más pobre es apenas el 3.9% de la población, y el 10% más rico el 21%; N. Zelandia, puesto 5 en el IDH. Concentrada en formar a sus jóvenes y en exportar productos que representen un alto grado de especialización y excelencia, no se distrae en fabricar automóviles, los importa con arancel cero. Son países chicos, como el nuestro, que han apostado al Derecho Internacional, único atisbo de garantía en un mundo multilateral y globalizado. Deberíamos buscar nuestra parentela en esas coincidencias no en insistir en una identidad que no se concretó en doscientos años, y ahí está el reguero de instituciones regionales que no funcionan, porque hay diferencias que no se explican con el discurso de que los yanquis qu
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