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AMODIO Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 15 jun. 2013 15:00 por Semanario Voces
 

 

Si algo no podía arreglar la cirugía que le hicieron a Amodio era su forma de caminar. Lo hacía levantando las rodillas, apoyaba el talón y los pies siempre le quedaban con las puntas algo hacia afuera. Falero Montes de Oca lo conocía desde los primeros tiempos de la Orga. Esa tarde había ido para asegurarse que los encargados de la vigilancia no se hubieran equivocado. El Seat 127 de la oficial de la policía española no podía llamar la atención, el Beto lo esperaba en el coche más popular por aquellos años, atento al retrovisor. Efectivamente, era él, nadie caminaba de esa manera. La débil luz del atardecer podría haber ayudado a que no lo descubriera, pero Amodio tenía un sentido extra; el Beto hizo un movimiento como para hundirse en el asiento y Amodio confirmó su corazonada. Cambió de recorrido, esquivó la entrada de la residencia estudiantil. Ese fue el último día que el comando vio a Amodio.

COINCIDENCIAS

La ubicación de Amodio Pérez en Madrid fue fruto de una coincidencia tras otra. La primera ocurrió un día de diciembre de 1976. Ismael, y su compañera, habían llegado de Cuba dos meses antes, con documentos falsos de origen ecuatoriano. Tuvieron que refugiarse en las montañas de León, en casa de la abuela, hasta tanto asimilar el cambio y retomar las relaciones familiares. De las primeras gestiones que tuvieron que hacer, en una España que todavía no admitía refugiados de izquierda, estaba la solicitud de un certificado de vida en el consulado uruguayo, en la Gran Vía, para recuperar una nacionalidad que les permitiese volver al mundo real. A 20 metros del Consulado, Ismael lo vio salir de la legación, su inconfundible tranco. “Amodio” le dijo a su compañera por lo bajo. “Andá, que te espero acá”. Pero Amodio enderezó hacia donde estaba Ismael y éste apenas atinó a quedarse junto al quiosco de diarios, disimulando muy mal no haberlo reconocido, comportándose como un transeúnte más. Amodio lo reconoció al toque y se detuvo a sus espaldas, frente a un pequeño cine. Ismael sabía que estaba a sus espaldas. Fueron instantes eternos. ¿Debía girar y encararlo, tal vez meterle el pasaporte ecuatoriano en la boca y hundírselo hasta el estómago? ¿Y si se hacía matar como un perro? Su compañera no tardó en salir, apenas se le acercó la tomó del brazo y cruzaron como una exhalación, entre coches y bocinas.

La segunda coincidencia la supo por boca de Mansilla, pocos meses después, cuando Ismael le contó sobre su fugaz encuentro con Amodio. Mansilla se había reunido con Gutiérrez Ruíz, en el 75, en Buenos Aires, después de un viaje que el Toba había hecho a España. De paso por Madrid, aprovechó para visitar el Colegio Mayor “San Juan” donde había residido. La sorpresa del Toba fue encontrar al viejo conserje todavía en su puesto, y que el conserje se acordase de él. “Es que vosotros erais magníficos muchachos, tú bien sabes lo que os apreciaba…” España estaba cambiando, hablaron muy vagamente de las novedades políticas, de la muerte de Carrero Blanco, se especulaba cada vez más acerca de un cambio político. Pero la conversación con el conserje se entrecortaba, había algo más. “En cambio los uruguayos que hay ahora en la residencia no son como vosotros, son muy reservados…” “¿Hay uruguayos aquí?“ preguntó el Toba. “Sí, un par de ellos”. “Mira tú, ¿y cómo se llaman?” “Uno, Miguel Sofía, el otro, Héctor Pérez”. El Toba reconoció inmediatamente el nombre de Sofía, al principio ni se imaginó quién podía ser el segundo. Cuando se despidió del conserje fue hasta el tablón de los residentes y pudo leer: Héctor A. Pérez. Fue como un chispazo. Lo primero que se le vino a la mente fue el nombre de Amodio. Héctor Amodio Pérez. Pedirle más detalles al conserje podía ser una imprudencia, además, ¿cómo podía estar seguro, y para qué? Se quedó con la duda, y esa fue la duda que le dejó a Lucas Mansilla, en la conversación que mantuvieron en Buenos Aires.

ZORRO VIEJO

De regreso a Madrid, Ismael le comenta a un tupa, recién llegado de Montevideo, la zaga de coincidencias: el encuentro en la puerta del consulado, la charla en Francia, la duda del Toba. Aquello quedó ahí nomás, no se habló más del tema. Habrían pasado dos meses, quizás tres, cuando el amigo tupa, al que se podría bautizar Aureliano, le cuenta a Ismael lo que pasó en ese tiempo. Después que Ismael le trasladó su duda de que Amodio podía estar en Madrid, Aureliano se puso en contacto con otros tupas, en varios países de Europa. La sospecha del Toba se dilucidó. Amodio estaba viviendo en Madrid con Miguel Sofía en el Colegio Mayor “San Juan”. No tardaron mucho en organizar las vigilancias y planificar el secuestro. Ya el MLN había hecho pública la decisión de matarlo en cualquier lugar donde se lo encontrase. La situación en España no estaba muy clara todavía, y nadie podía asegurar lo que pasaría frente a un secuestro y segura muerte de alguien que podía contar con cierta protección en España.

Pero Amodio hizo caso a su gran intuición de clandestino y escapó de aquella mirada en el espejo del Seat como de la peste. En un día o dos habría llegado su hora. Ismael le preguntó a Aureliano si el auto que estaban usando para vigilarlo era el de su amiga la oficial de policía. Luego le preguntó si estaba seguro que ella se mantendría solidaria con ese grupo de tupas que le habían pedido, incluso, que colaborase con las vigilancias. Confianza total en la mujer policía. Ante todo era una oficial metida en una operación clandestina que acabaría con un muerto. ¿No había informado a sus superiores? Es posible que los tupas se hayan salvado de caer en una trampa de muy inciertas consecuencias.

Las cartas de Amodio han caído como una piedra en un charco. De pronto todo se formatea para arrancar de nuevo cuarenta años atrás. Un militar dijo que estaba muerto. Lucía Topolanski también lo dio por muerto, aunque en sentido figurado. Zabalza se enrosca y le recuerda que cuando salían por las cloacas, en la última fuga, estaba muerto de miedo. Estefanell confirma que se trata de Amodio. Rossencoff opina que es como hacerse un enema 40 años después. Cuando le preguntan a Mujica qué puede decir de Amodio contesta que él mira para adelante. Las aguas quietas se agitan porque el que debió morir no murió, y, encima, empieza a tallar en una historia que parecía cerrada, porque nadie demostraba tener interés en revisar la vigencia de los mitos y leyendas que se erigieron del 85 para acá.

MITOS, LEYENDAS Y REFLEXIONES

La leyenda del Gran Traidor, habla de que Amodio se quedó con libras esterlinas que el MLN se había llevado de lo de Mailhos, con caja fuerte y todo. En Madrid, Amodio estaba viviendo en una residencia universitaria, y su aspecto no era el de una persona muy afortunada. Si aquellas libras que nunca aparecieron en la chacra de Pando las tenía él ya no parecía tenerlas en Madrid. Hubiese estado viviendo en un sitio más seguro, no entre estudiantes y conserjes desconfiados. O nunca las tuvo o fue el precio que pagó para llegar a España.

La siguiente duda que surge de su estadía en Madrid es sobre su amistad con Miguel Sofía, de notoria trayectoria ultraderechista. ¿Qué hacía usted, señor Amodio, viviendo con Miguel Sofía en aquel Colegio Mayor? No es un delito, pero después de haber sido quien usted fue…

Según sus cartas, no salía vestido de soldado a identificar gente en la calle. Marenales y Listre dicen que fue Amodio quien los reconoció. Vidal, incluso, aseguraba haberlo visto de uniforme, bajando de una camioneta en la Plaza de Armas del Florida. De ser cierta la versión de Marenales, Listre y Vidal serían las pruebas que pide Amodio.

Todo esto forma parte de un episodio absolutamente inhumano, cruel y por más que el Ñato diga que cada uno sabía en lo que se metía, a la luz de lo que pasó con la revolución, fue una pesadilla que ni el más aguerrido hubiese elegido vivir. Sabemos dónde están y qué hacen algunos de los responsables de aquel infortunio, de un bando y de otro, pero no sabemos dónde está la revolución. Si Amodio hubiese aguantado estoicamente, como era de esperar, y como aguantaron muchachitas y muchachitos que apenas estaban terminando el liceo, ¿hubiésemos vivido la revolución soñada? Si nadie hubiese dicho una sola palabra a los militares, y se las hubiesen tenido que arreglar solos para encontrar las armas, los locales y los militantes, ¿hubiésemos hecho la revolución? ¿Era posible eso? Desde la humildad del que fracasa y provoca el fracaso y el sufrimiento de muchos, estas cartas no deberían ser descartadas porque vengan de un “traidor”. El entrecomillado va porque ese fue el adjetivo que acompañó al nombre de Amodio desde 1972, y nunca oímos ni leímos de forma detallada en qué consistió su traición. Deben ser leídas, y están siendo leídas, con absoluta libertad intelectual, y el MLN debería ser cauto; en todo caso, dar su versión, sin adjetivos, sin subestimar la capacidad del que entregó sus sueños a un proyecto que no fue, pero que ahora anda en los sesenta y más años, y se vuelve a preguntar, una y otra vez, por qué no fue.

LA INTERNA SE RECALIENTA

En las cartas tardías de Amodio, hay críticas a decisiones concretas por parte de quienes, según él, conspiraron en su contra. Por ejemplo, su crítica a los planes Tatú y Collar. No le erra mucho, pero lo dice 40 años después, ni siquiera el honor puede ser restituido. Cuando la Orga comenzaba a desbordarse como leche hervida, y el ejército golpeaba sistemáticamente en el lugar que el MLN debió preservar como una retaguardia segura, éste no se dio cuenta del error estratégico que estaba cometiendo. No hay ejército, regular o irregular, que pueda vencer sin una retaguardia donde reordenarse y producir lo que consume el frente. El Interior siempre fue eso, salvo muy contadas acciones que se podían atribuir a algún comando de Montevideo (casino San Rafael, Pando, Tiro Suizo). Desde setiembre de 1971, el ejército ya torturaba sistemáticamente en el Interior, y las caídas fueron en cadena y masivas. El MLN no se dio cuenta que se quedaba sin retaguardia. Es más, Sendic, en diciembre de 1972, toma el aeropuerto de Paysandú y le declara la guerra al gobierno uruguayo. Una acción totalmente fuera de tiempo y contexto, que se complementó con el intento de copar la comisaría de Soca, y algunos enfrentamientos en varios departamentos. Al llegar a abril de 1972 el MLN tenía a todo el ejército alerta, con mucha información arrancada mediante la tortura y sin una retaguardia cercana. Desde el punto de vista militar, este es un tema crucial, no se puede analizar la derrota estratégica de abril-setiembre de 1972 sin tomar en cuenta el cambio que se había producido en el Interior. Mediante la generalización de la tortura, el ejército consiguió lo que le faltaba, y pasó lo que pasó, no lo que el MLN quería que pasara.

¿Fue decisivo el papel de Amodio en la derrota? Sin dudas que tuvo un efecto anímico tremendo, pero, en los hechos, ¿sus aportes al ejército fueron decisivos para la derrota del MLN, más decisivo que el de otros detenidos que dieron información y que también colaboraron, saliendo a la calle y ordenando los papeles de la represión? Cuando Amodio cayó no pertenecía ya a la Dirección, no se lo enviaba a Chile, por temor a que acabase haciéndose con el control del MLN, ni se le permitía militar en la base, por la misma razón. Es decir, estaba dado de baja sin estarlo (¿?)

Cuando Amodio cae preso, la penúltima vez, era el responsable de la fuga que se estaba llevando a cabo en Punta Carretas. Nadie percibía (quizás sólo el propio Amodio) los movimientos que se estaban dando a sus espaldas. Cuando se produce la fuga de la cárcel, el 12 de abril de 1972, ya Amodio había sido defenestrado de la Dirección del MLN. De ser el principal jefe militar tupamaro, pasó a ser tropa. Las razones políticas que, fundamentalmente Fernández Huidobro y Sendic, esgrimieron para sacar a Amodio de la Dirección nunca fueron comunicadas oficialmente, ni en marzo de 1972 ni después de 1985. A modo de explicación, se informó que Amodio había mantenido a Sendic bien lejos del Ñato para que no pudiesen darle un golpe de estado. Pero habían sido los propios jefes históricos los que pidieron ser encuadrados en la base para adaptarse a una organización que les resultaba extraña. En todo caso, se dejaba en la calle a un Amodio sumamente contrariado, herido en su amor propio, y, seguramente, también, convencido de que en la organización que había contribuido a crear ya no quedaba lugar para él, ni siquiera en el futuro.

Su impronta militar había dado réditos políticos indudables, formó escuela en el modus operandi de la Orga, tanto antes como después de las caídas de Almería. Tuvo que ver con el tipo de acciones que el MLN llevó adelante, con el funcionamiento clandestino, y con un indudable crecimiento después de haber sufrido el golpe que descabezó a tres direcciones sucesivamente.

EL COLOR QUE EL INFIERNO ME ESCONDIERA

El tiempo pasó, muchas de las heridas ya no duelen tanto, se ha leído y oído una versión del MLN, mayoritariamente basada en las virtudes. Seguramente hay muchos cuestionamientos concretos contra Amodio, como, de la misma manera, Amodio tiene su versión de cómo se construyó el fracaso de una organización que parecía siempre renacer de entre sus cenizas.

Sin embargo, hay algo en que tanto Amodio como los apologistas del MLN coinciden: De haber cambiado algunos planes, de haber sacado alguna gente de circulación, el MLN estaba en condiciones de consolidar el doble poder en el país, y su anunciada revolución. Mal que les pese a los apologistas, Amodio fue funcional a una organización que propugnó desde el primer hasta el último documento oficial, la lucha armada como método. Él fue uno de los mejores en esa estrategia y lo que se diga ahora es simple menudencia. Se lo desplazó del poder porque había otra idea de llevar a cabo la lucha armada, no porque se hubiese llegado a la conclusión que con el nacimiento del Frente Amplio había llegado la hora de la lucha política. Quienes hoy ostentan cargos públicos en el Estado debieran ser los primeros en reconocer que la democracia burguesa, la democracia formal, la “pluriporquería”, era y es el crisol donde las ideas de progreso pueden crecer y volverse acción progresista. Es hora de que nos pongamos serios y veamos las consecuencias de aquel impulso suicida con un poco menos de arrogancia.

Cuando Mujica dice que él mira al futuro no está sacándole la nalga a la jeringa. Es el mismo que en el Platense se ofreció para ser el palito en el que se agrupase nuevamente la colmena, pero pocos de su entorno comprendieron aquellas palabras al salir de la cárcel. Se dedicaron a mirar por el retrovisor, como el Beto, mientras Amodio caminaba hacia una muerte que parecía segura.

 

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