Artículos‎ > ‎

Anestesiados Por Rafael Massa

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2013 10:07 por Semanario Voces
 

Las manifestaciones populares desatadas en Brasil durante el desarrollo de la Copa de las Confederaciones han dejado al stablishment político de ese país sin palabras. Las explicaciones, algunas a las apuradas, son múltiples y en algunos casos contradictorias. La desigualdad, la corrupción, la elevación de las demandas de las clases medias, el enfriamiento de la economía, la inflación creciente, aparecen entre las causas entreveradas en un combo desconcertante que mantiene en alerta al gobierno y también a la oposición. Pues si bien las demandas están dirigidas al gobierno nacional, también apuntan a gobiernos estaduales y municipales, éstos bajo control de los partidos opositores. Como en todo fenómeno social, habrá que aguardar que los días pasen y las aguas se aclaren, para por fin poder, con más datos, realizar un análisis más preciso.

De todas formas, conviene repasar los hechos que han provocado la movilización, a esta altura, de más de un millón de ciudadanos. El punto de partida fue el aumento del precio del boleto, que pasó de 3 a 3,20 reales, algo así como un aumento de 2 pesos uruguayos por boleto. Un pésimo servicio, sumado a un costo que es aún superior al de las ciudades más caras del mundo, detonaron la paciencia de los ciudadanos de Río y San Pablo, a los que se sumaron los habitantes de otra decena de capitales estaduales. Las demandas comenzaron en forma pacífica, en un clima afable, hasta que la semana pasada la protesta en San Pablo fue duramente reprimida por la Policía y a partir de allí se empezó a generar una gran onda nacional de  manifestaciones. A la reivindicación específica se agregaron otras: educación y salud, entre las más populares. Pero también hay gente que lucha a favor del casamiento gay, otros que luchan en contra la tala de árboles, otros que luchan contra el capitalismo, otros contra la copa del mundo. Todos los que tienen algo contra algo, encontraron un canal para manifestarlo. No se sabe más cuál es la causa. La movilización no tiene un proyecto, no se quieren reunir con el gobierno para debatir, quieren atacar al poder, los medios de prensa, la Justicia, la Prefectura, la Intendencia, el Gobierno. Como ya nos venimos acostumbrando, no aparecen líderes a la vista, y los vehículos para la congregación de tal cantidad  de gente fueron las redes sociales.

El proyecto del PT, instalado en el gobierno desde hace diez años, si bien tiene el mérito de haber sacado de la pobreza a cuarenta millones de brasileños y reducir la desigualdad a los niveles más bajos en cincuenta años, comienza a desnudar sus limitaciones, y cuando el contexto internacional comienza a ser adverso y los nubarrones se ciernen sobre la economía, sus decisiones para resolver los conflictos resultan decepcionantes y convierten a los mansos en “indignados”.

Pues, más allá de cualquier interpretación, las dos causas relevantes de tal estado de confusión provienen de las decisiones tomadas por el gobierno de Dilma Rousseff.

La primera, detonante de la situación, la suba del boleto, está originada en una decisión política de conservadurismo fiscal de no incrementar los subsidios al transporte. En un mundo en que 119 países están aplicando políticas de reducción del gasto público con relación al PBI, que involucran a 5800 millones de personas (el 80% de la población mundial) Brasil es el país de la región con el ajuste  más pronunciado. Una vez más, los únicos cinturones a los que cabe hacerle más agujeros, son los de los trabajadores. La segunda, quizá menos mencionada, pero que hizo virar el ambiente, fue, una vez más, el comportamiento de quienes deben preservar el orden, que reprimieron indiscriminadamente, enardeciendo a los manifestantes. Una vez más, la combinación entonces  de ajuste y represión, resultó explosiva. Si a esto agregamos, que desde la llegada de Lula al poder hace diez años, el  PT ya no es más el vehículo para canalizar políticamente el malestar social,  el resultado es ahora sí, inevitable: masas descontroladas, violentas.

Al cierre de esta edición, Dilma Rousseff proponía a la población la creación de una Asamblea Constituyente que lleve a cabo una reforma política, a la vez que invertirá 25000 millones de dólares en la renovación del sistema de transporte público. Lo cual demuestra la sensibilidad de la presidenta por un lado, pero también la fuerza de la movilización popular, sin la cual estas medidas seguramente no hubiesen llegado.

 

Si de algo tenemos vocación los uruguayos, es de “distintos”. Ningún hecho lo avala, pero así nos sentimos. Cómo no podemos ser mejores, ser distintos es algo. Somos latinoamericanos, pero no mucho. Tenemos un gobierno de izquierda, pero tampoco mucho, el progresismo nos sienta bien. Evitamos los conflictos, no tenemos montañas, tampoco terremotos, nuestras catástrofes naturales se reducen a aisladas inundaciones sin mayores consecuencias. Por tanto, parece que así, chiflando bajito y poniendo cara de yo no fui, pasaremos desapercibidos y nada grave podrá pasarnos. Lo cierto es que la historia no ha hecho más que desmentir una y otra vez esta construcción: lo que parecía que nunca nos iba a pasar nos pasó siempre. Tuvimos guerras civiles, dictaduras, guerrillas, más dictaduras, y crisis violentas, la última hace diez años, con el país entero al borde del colapso.

No se trata de establecer causalidades forzadas, ni de ser agoreros, pero uno podría preguntarse si el Uruguay es inmune a situaciones como las que están ocurriendo en Brasil. Situaciones objetivas no faltan: con algunas correcciones, son casi las mismas que presentaron los indignados brasileños: transporte urbano caro y malo, educación en crisis, seguridad ciudadana, por citar algunas.

Como en Brasil con el PT, el Frente Amplio, protagonista en la oposición de las demandas ciudadanas, desde que gobierna ha devenido en el gran amortiguador de las mismas, y por ello, a excepción de ciertos sectores del sindicalismo que no le son fieles, la movilización es muy escasa. A la oposición por su parte, sin propuestas, parece no quedarle más opción que hacer la plancha, aguardar la próxima crisis, el desgaste de la izquierda y aprovechar la demanda insatisfecha para volver al gobierno. Es el ciclo que han transitado alternativamente las socialdemocracias y las derechas en Europa, y así les va.

El gobierno uruguayo es uno de los 119 países que, a cuentas de males mayores, ha optado por la vieja receta del ajuste. Ya advirtió a los docentes que “ante el panorama mundial y regional, (el Poder Ejecutivo) tiene la obligación de garantizar lo logrado socialmente y en consecuencia no está dispuesto a jugar con la inflación ni con déficits imposibles. Asegurar la estabilidad laboral de todos los trabajadores es hoy prioritario” (*). Esta misma semana, el Instituto Cuesta Duarte anunció que la mitad de los trabajadores uruguayos no alcanzan un salario de $ 14 000 mensuales, y esto incluye a los docentes contratados por el Estado. No parece un logro social del que haya que vanagloriarse.

Por supuesto, faltan aún unos cuantos ingredientes para que el plato quede pronto. En todos los países en que han surgido estos movimientos, han sido protagonistas los jóvenes, que por aquí y por ahora, no dan señales de ningún tipo. Son quienes tienen menos trabajo, la educación los expulsa, pero permanecen adormecidos. La Educación está virtualmente paralizada, pero nadie sabe qué opinan.

Las redes sociales, grandes protagonistas de las movilizaciones mundiales, en Uruguay no han generado hasta ahora, más que un banderazo. Su uso en nuestro país por parte en gran medida de los jóvenes, parece más destinado a alimentar el ego de los usuarios, que al uso como herramienta de movilización.

Tampoco sabemos cómo reaccionarán las fuerzas de seguridad ante eventos de indignación ciudadana masiva, aunque a juzgar por la perfomance de las fuerzas de seguridad en algunos disturbios menores vinculados al fútbol, queda la sensación de que la policía tampoco está bajo control.

Como en tantas oportunidades en la historia, la chispa que prende la mecha se puede encender en el lugar y el momento más inesperado, nunca se sabe.

(*) Comunicado del Consejo de Ministros a la población (24/06/2013). 

 

 

 

 

Comments