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AQUELLOS SOLDADITOS DE PLOMO Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 16 mar. 2012 9:38 por Semanario Voces

 

 
C
uando todavía coleteaba el espíritu romántico en el mundo, un Víctor Heredia niño jugaba con sus soldaditos de plomo, imaginando campos de batalla ocupados por soldados buenos y soldados malos, divididos en su mente infantil, desde el patriotismo, amenazada por un cruel invasor. Su canción de la madurez ilustra, también, el tránsito de aquellos ejércitos pintados a mano a una realidad, desconocida por el niño: “…sangre de entonces, sangre vertida, / toda mi niñez vencida por el tiempo que pasó. / De las banderas, sólo jirones; de los morriones / empenachados, sólo un recuerdo desmadejado de dolor…” “¿Qué nos pasó?” se pregunta Heredia, con una hermana desaparecida durante la última dictadura militar argentina. “¿Cómo ha pasado? ¿Qué traidor nos ha robado la ilusión del corazón?”

Los sentimientos patrióticos, el amor apasionado, la filantropía, el sentido abstracto de Humanidad, se refieren a algo que arde como leña seca en los primeros años de la vida. Analógicamente, el individuo, devenido en ciudadano por la fuerza que desató la Revolución Francesa, se encontró de golpe frente a una encrucijada moral de difícil comprensión para la capacidad intelectual de la época, en tanto las consignas lo remitían a principios que quedaban supeditados a la cuestión del poder, y el poder, para el ciudadano, se esconde tras una frondosa entelequia, como una batalla real a la mente de un niño.

Cuando la Revolución Francesa proclama la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, lo hace en contra de siglos de sometimiento feudal, pero en América los flamantes estados nacionales no tienen que romper con siglos de atavismos. El poder colonial ya había arrasado con toda forma civilizatoria anterior y el contraste con gobiernos emergentes que reflejan un espíritu liberal actúa como un bálsamo. Pero no tardaron mucho en transformarse en aparatos de poder al servicio de minorías económicas. Los ejércitos nacionales han cumplido más como retaguardias seguras para Estados oligárquicos que como instrumentos de defensa nacional. Las nuevas instituciones encontraron pronto a sus girondinos, y en ese clima se establecieron los vínculos internacionales y las fronteras que con alteraciones mínimas han llegado hasta la actualidad.

Mientras en casi todo el mundo y hasta el día de hoy, las fronteras no acaban de acomodarse, en el continente americano, con la excepción del enorme territorio que Estados Unidos usurpó a México, no ha habido casi alteraciones a lo largo de los últimos doscientos años, y eso teniendo en cuenta tres guerras para no olvidar: la de la Triple Alianza, la del Pacífico, y la del Chaco, y sin embargo cualquiera de ellas ha dejado menos huellas en las relaciones entre los Estados involucrados que las que dejaron los ejércitos latinoamericanos cuando actuaron como policía. Los ejércitos de la región se han distinguido por su tendencia a los golpes de Estado, por la protección de minorías corruptas, cuando no como ejércitos de ocupación a las órdenes de Estados Unidos, que mantuvo bajo vigilancia al subcontinente durante casi todo el Siglo XX, con la excusa de la Guerra Fría primero, y del control del narcotráfico y el lavado de dinero en las últimas décadas.

América Latina no tiene una identidad supranacional, salvo la de compartir el español, y la proximidad lingüística del idioma portugués. Nuestra historia es distinta a la de nuestros vecinos, pero hasta siendo diferentes incurriríamos en una hipótesis descabellada al pensar que las fronteras pueden correr algún riesgo, y mucho más descabellada que el ejército uruguayo pueda hacer frente a los ejércitos de nuestros vecinos en caso de una invasión. Si en doscientos años las fronteras nacionales en América Latina se han mantenido sin alteraciones significativas, salvo en los casos de Bolivia y México, ¿por qué pensar que estamos frente a una debilidad mayor cuando existen mecanismos internacionales de salvaguarda mucho más desarrollados que en los albores de la independencia?

La generalización del terrorismo por parte de minorías mesiánicas y la respuesta de Estados Unidos en Irak y Afganistán demuestran que los ejércitos no aseguran la paz, y que cada invasión de castigo produce una reacción negativa que repercute en la aldea global. Como consecuencia, Estados Unidos está internacionalmente empantanado. Si América Latina cae en el error de abandonar su fortaleza, que ha sido desde el comienzo su carácter abierto y tolerante, para armarse hasta los dientes ante una guerra que nadie sabe cómo, ni dónde, ni entre quiénes se va a desarrollar acabará en el mismo camino. ¿Cuál es el escenario para el que se prevé la compra de un submarino atómico? Al optar Brasil por renovar a tal punto sus Fuerzas Armadas, ¿está pensando en el terrorismo islámico, en el narcotráfico o en algún potencial enemigo regional? En cualquiera de las tres hipótesis, la compra de modernos aviones caza, tanques y submarinos parecen gastos militares injustificados, que, por otra parte, tendrá que quitarlos de otros rubros, a la lucha contra el hambre cero, por ejemplo.

Uruguay no podrá subir a ese tren.  Ante la presencia de un portaviones frente a nuestras costas tendremos que apelar a otras medidas, no a la fuerza.  Sólo del punto de vista material perderíamos toda la costosa infraestructura de comunicaciones, los puentes y aeropuertos, y, por supuesto, la totalidad de nuestra flota de mar, aire y tierra en sólo medio día de combates. No será, por supuesto, una batalla con soldaditos de plomo, y se habrá perdido en horas lo que la ciudadanía y las instituciones civiles consiguieron después de dos siglos de evolución, y todo sin contar con la imposible defensa de la población.

Por otra parte, manteniendo unas Fuerzas Armadas obsoletas, del punto de vista material, Uruguay está incurriendo en un gasto con la misma inercia que mantiene una burocracia que puede ser sustituida por otras formas de administración menos costosas y más eficientes. Es imprescindible encarar, ya, dos tareas fundamentales: la educación y la seguridad del Estado. Si no se vuelcan recursos importantísimos a la educación no va a pasar mucho tiempo antes que acabemos siendo lo que algunos trasnochados siempre quisieron ser: un barrio destartalado en un continente destartalado para poder apedrear a los coches de los ricos, y, si cuadra, conseguir algunas armas para hacer un poquito de justicia. Lo segundo que puede pasar, es que una policía que se arrastra en chancletas atrás de los rateros, acabe vendiendo su alma, totalmente desmoralizada. Todos sabemos que estamos frente a una encrucijada de la que no saldremos sin tocar algo de lo que está sacralizado por el simple discurrir de los ciclos políticos.

Tocar al Ejército no es un ejercicio de venganza. Es empezar a poner la casa en orden, y no tendrá consecuencias de no mediar un amplio debate en torno a las Fuerzas Armadas de nuestro país y las del resto del continente. Deberíamos seguir los pasos de Costa Rica y llevar la discusión a las tantas instituciones regionales que integramos. Contamos con un período de gracia que nos viene tanto de nuestros modestos esfuerzos económicos como de la profunda crisis internacional. Si gastamos esa ventaja en nuestros ejércitos, como Víctor Heredia cuando era niño, habremos perdido la batalla sin tirar un tiro.

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