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Avanzando en la desacumulación Por Roberto Elissalde

publicado a la‎(s)‎ 6 jul. 2013 10:51 por Semanario Voces
 

La izquierda uruguaya está acelerando una etapa de desacumulación histórica que tiene varias expresiones. La falta de objetivos programáticos comunes, la tradicionalización de su estructura partidaria, el uso de los medios de prensa como canales exclusivos de comunicación con sus militantes y como escenario de sus discrepancias, el reparto de cargos por cociente proporcional integral y muchos etcéteras más. La pérdida de la fraternidad es apenas un síntoma externo de quiebres más profundos.

 

La expulsión del sindicato de maestros de Montevideo del subsecretario de Educación y Cultura Óscar Gómez, del director nacional de Educación, Luis Garibaldi, el presidente y dos consejeras de Primaria, Héctor Florit, Mirta Frondoy e  Irupé Buzzetti cortó los puentes entre el sindicato y el Ejecutivo. Esos militantes sindicales que integran el gobierno eran los interlocutores naturales entre los trabajadores y el gobierno. Parece difícil pensar que en el futuro cercano puedan pedirle a estos compañeros que comprendan las posiciones del sindicato que acaba de exponerlos ante la opinión pública como “acomodados”.

 

Esta situación expone a la izquierda a la fractura entre el sector “institucionalizado” que trabaja en el gobierno y el sector que milita en los frentes sociales. A la ruptura entre la izquierda extraparlamentaria y el Frente Amplio podría ahora agregarse este nuevo quiebre. La idea subyacente es que quienes llegaron al Ejecutivo “se acomodaron” por unos “suculentos salarios” que paga Juan Pueblo. La otra visión postula que los sindicatos están en manos de militantes radicalizados que se preocupan más por las próximas elecciones que de la suerte del FA como tal. Lo que no existe en ningún lado es un puente que permita comprender la complejidad de dos lógicas que parecen ir generando continentes que se separan.

Para el FA esto implica un problema de conducción política. La discusión sobre los objetivos estratégicos y su aplicación en la lucha cotidiana no encuentran un lugar ni un tiempo. Gobernantes, sindicalistas, militantes barriales, intelectuales orgánicos e inorgánicos ven pedazos del mundo y los interpretan desde su particular óptica, sin instancias de síntesis. Sacan conclusiones y actúan, incluso arremetiendo contra integrantes de los otros grupos, acusándose de “radicales” o “acomodados”. Y la fuerza política ve cómo se rompen las líneas que van desde la sociedad hasta el gobierno, nuestro gobierno.

La iniciativa de topear los salarios de legisladores y gobernantes en lo que gana un maestro recién egresado puede conseguir muchos apoyos y convertirse en un tópico simpático para quien mira la política desde la distancia. Pero también puede suceder que algunos trabajadores, cansados de la miopía de los dirigentes de sus sindicatos abandone las actuales estructuras gremiales e incluso lleguen a pensar en organizaciones alternativas.

 

Cualquiera de las dos opciones implicaría un retroceso histórico para el avance de las ideas de izquierda en el país. Se acerca la hora en la que tendremos que discutir si cualquier organización de trabajadores es un sindicato de clase (o apenas un grupo de presión sectorial), si cualquier "comité de base" es una célula representativa de las bases frenteamplistas, si cualquier "dirigente", por el sólo hecho de estar en el gobierno, tiene más razón que los otros -o tiene derecho a esconder sus razones porque los de a pie no serían capaces de entender lo que él sí sabe.

Mientras este sinceramiento de la fuerza política no avance, vamos a ir tapando la descomposición con discursos políticamente correctos, con retórica más o menos astuta, pero vamos a estar aplazando la cura.

 

También podemos decir que esto no es más que un intercambio de posiciones entre compañeros y que la unidad de la izquierda no está en juego. Que la cultura política construida durante 42 años sigue estando gloriosamente vital, aunque algo huela a podrido.

La solución no está a la vista, pero tal vez venga cuando una nueva generación de izquierdistas tire abajo lo que construimos y construya una nueva síntesis.

 

PS: Preferí excluir de la nota mi solidaridad con los compañeros y compañeras desgremializados. Conocí a algunos en la lucha contra la dictadura. Los respeto a todos y pienso que el sindicato no parece darse cuenta de las consecuencias de sus hechos. Pero no quería empañar mis preocupaciones por el futuro de la izquierda con este hecho concreto porque me aplican las generales de la ley: también soy un acomodado del gobierno del FA.

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