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CADÁVER EXQUISITO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 28 jun. 2012 10:55 por Semanario Voces
 

Los poetas surrealistas de hace algún tiempo habían adoptado un método para escribir poesía colectiva. Iban escribiendo por turnos, uno o varios versos, en un papel que luego plegaban para pasárselo a la siguiente persona, que escribiría a su vez sin poder leer lo escrito antes por los otros. El resultado del método, el “cadáver exquisito, es, en teoría, una creación poética que expresa el inconciente colectivo del grupo. En la práctica, a veces se producen hermosas sinergias y conexiones; otras veces salen mamarrachos risibles por lo ridículos.

 

Desde que leí el documento “Por la vida y la convivencia”, presentado por el “gabinete de seguridad” del gobierno, por alguna razón, el término “cadáver exquisito” me ronda la mente.

Para empezar, es un documento escrito no sólo por muchas manos sino por muchas cabezas. Hay en él no sólo estilos distintos sino filosofías y actitudes muy diversas ante la vida y los problemas.

En el texto, largas descripciones de la realidad coexisten con discutibles y tal vez innecesarias hipótesis sobre las causas de que la realidad sea como es. Pero, sobre todo, coexisten fervorosas declaraciones de respeto a los derechos humanos con propuestas de claro espíritu represivo, añoranzas de pasados tiempos mejores junto a fuertes críticas a las soluciones clásicas, y algunas propuestas audaces junto a silencios estruendosos en temas vitales. El documento abunda también en fragmentos de mazacotuda jerga sociopolítica, sorprendentes giros poéticos y afirmaciones casi crípticas, como “la convivencia es el pacto de lo obvio”.  

Muchas manos y varias cabezas, entonces.

¿Eso es malo?

No necesariamente. Si, como dijo Mujica, la intención es abrir un debate público sobre la seguridad ciudadana, los enfoques y propuestas contradictorios hasta pueden  ser útiles, porque hacen que nadie pueda coincidir totalmente con el documento ni nadie pueda discrepar con él por completo.

 

MARIHUANA Y…

En esencia, el texto esboza algunas propuestas originales y audaces.

La más notoria es la de legalizar y regular la venta de marihuana por el Estado.

La idea ha sido la “vedette” del debate público durante al menos esta semana. Si en verdad existe la voluntad del gobierno de legalizar la venta de marihuana y de que la asuma el Estado, la iniciativa es prometedora. No porque vaya a reducir la venta de otras sustancias, como creen algunos jerarcas del gobierno, sino porque va en el camino correcto: el de la despenalización real de la producción, venta y consumo de todas las “drogas”.

¿Para generar más consumo? No, claro. Para impedir que los poderes de hecho del narcotráfico sigan asumiendo el control de países y territorios, corrompiendo a las autoridades legítimas y asesinando a diestra y siniestra.

La sola mención de la idea sobre la marihuana ha generado protestas de dirigentes políticos conservadores, pero también de quienes impulsan la despenalización del cultivo para consumo propio.

¿El monopolio estatal de la venta de marihuana es incompatible con el cultivo para autoconsumo?

Tiendo a creer que no. Como nunca fue incompatible ANCAP con los tanos y gallegos que hacían vino “casero”, muchas veces “lija” y a menudo picadito, pero casero al fin.    

 

¿EL CIELO EN LA TIERRA?

Pero el documento menciona otras iniciativas, que han quedado sepultadas bajo la marihuana.

La indemnización para las víctimas de delitos, la posibilidad de crear centros de estadía breve para proteger a las presuntas víctimas de violencia doméstica, y hacer participar a los alumnos liceales en el control de la violencia, por medio de la elección de “mediadores” votados por sus propios compañeros, pueden ser muy buenas ideas.

Pueden serlo si se encaran con seriedad. Sin consignas publicitarias huecas, mirando la realidad y midiendo los efectos prácticos de cada iniciativa.

Lamentablemente, el documento incurre también en un desliz típico de los textos programáticos: proponer objetivos faraónicos y prometer la paz en el mundo y el cielo en la tierra, sin definir caminos prácticos ni compromisos concretos para lograrlo.

Lastima, porque esas cosas distorsionan el debate. Distraen a la gente con papelitos de colores y no permiten discutir con seriedad.

Por otro lado, el documento omite el tratamiento de temas indispensables. En el diagnóstico, señala (entre otras cosas) que la crisis de la familia es en parte causa de la crisis de seguridad. Sin embargo, nada prevé sobre la responsabilidad de los padres respecto a los hijos ni contiene otras previsiones sobre la minoridad que una modificación del régimen penal que les corresponde.

A la inversa, deja flotando en el aire algunos enfoques sobre la libertad de expresión –incluso de la expresión virtual- que son preocupantes.

 

PROYECTOS, POR FAVOR

Tal vez el mayor problema que presenta el documento es su doble carácter, a la vez argumentativo y propositivo.

Creo que, como ciudadanos, agradeceríamos un mucho más escueto texto que consistiera sólo en la exposición de los proyectos que se aspira a impulsar. Sin argumentos, sin “vender” la idea. Una carilla que explique cómo produciría y vendería marihuana el Estado. Otra que exponga el proyecto de alumnos mediadores. Otra que desarrolle el régimen de indemnización de víctimas del delito y una más que desarrolle la idea de los refugios para víctimas de violencia doméstica. Por decir algo.

La clave está en que los fundamentos ideológicos, las atribuciones de responsabilidad por el pasado, y hasta los diagnósticos, dividen. En cambio, las soluciones, cuando son sensatas, unen. Unen incluso por sobre los partidos y los liderazgos políticos.

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