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CAPRILES Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 11 oct. 2012 8:59 por Semanario Voces
 

 

Chávez le ha ganado a mucha gente a lo largo de catorce años.

Les ha ganado en la cancha, en la liga y hasta en el campito. Ha sobrevivido a elecciones, plebiscitos, golpes de Estado, presiones internacionales, el hostigamiento de la prensa venezolana y extranjera, campañas publicitarias adversas y maniobras de todo tipo. Y sigue en el poder, ganando elecciones.

Sin embargo, es probable que esta vez no haya sido como las otras. Parecería que, por fin, la oposición venezolana encontró a un líder, a una personalidad aglutinante capaz de desafiar a Chávez en su terreno: la conquista de la voluntad popular.

Hemos visto hasta el cansancio la imagen de Capriles, recorriendo barrios y pueblos, dando conferencias de prensa, liderando actos públicos multitudinarios. En pocos meses logró convencer a una oposición variopinta y bastante cerril, en la que abundan los golpistas y la más rancia oligarquía venezolana, junto a gente que, sin ser golpista ni reaccionaria, simplemente no simpatiza con (o incluso no soporta) el peculiar estilo de gobierno de Chávez. Los convenció de que podían tener esperanza, de que no era indispensable apostar a golpes de Estado o a intervenciones extranjeras. Como consecuencia, fortaleció la legitimidad de la lucha electoral, terreno en el que Chávez ha tenido ya tantas victorias que parece invencible, y legitimó también sus resultados. Prueba de esa relegitimación es la altísima participación de votantes (más de un 80% de los habilitados) en un país en que el voto no es obligatorio.

Pero prefiero quedarme con otra imagen de Capriles. La del candidato perdidoso (en su caso, hablar de derrota sería inadecuado), que admite rápidamente el resultado adverso y felicita públicamente a su contrincante, el presidente Chávez.

Dejemos por un momento a Capriles en ese gesto de hidalguía democrática, común en Uruguay pero poco frecuente en otros lugares del mundo.

 

¿EL PODER NACE DE LAS URNAS?

Las izquierdas latinoamericanas han cambiado sustancialmente sus praxis. Las clásicas concepciones clasistas, las insurreccionales y las foquistas, han caído por su propio peso. Incluso en ámbitos ortodoxos, casi nadie cree ya que “La Revolución” será una suerte de día del juicio final, en el que el pueblo saldrá a la calle, liderado por la clase obrera y su partido, y tomará los centros neurálgicos del “poder burgués”. Así como casi nadie cree ya que “La Revolución” será consecuencia de la “toma de conciencia” del pueblo acelerada por la lucha político-militar de un “foco” revolucionario.

Los movimientos populares latinoamericanos han tomado otros caminos, tal vez impensables para los teóricos de unas décadas atrás. Lo cierto es que en Brasil, en Bolivia, en Chile, en Ecuador, en Uruguay, en Argentina y en Venezuela (por nombrar los casos más notorios) las organizaciones populares y las principales fuerzas de izquierda han llegado al gobierno (lo de llegar al poder es bastante más complejo y discutible) por la vía democrática. Y digo más: por la vía de la participación en el sistema democrático formal.

La legitimidad de un gobierno de izquierda ya no está dada por su condición de expresión política de una clase social, ni por su control de los centros de poder, ni por el acierto de sus medidas. La concepción democrática, es decir el apoyo mayoritario, no es sólo una vía para llegar al poder. Es también el objetivo y la condición legitimante del proyecto.

Este cambio aún no ha sido bien analizado teóricamente. ¿Qué consecuencias trae, para los movimientos populares, la aceptación de las reglas de juego de la democracia formal? ¿Cómo incide eso en su ideología? ¿Qué cambios estratégicos, políticos y culturales apareja la necesidad de hegemonizar ideológicamente a la mayoría de la población? Y asimismo, ¿qué cambios introducen estos movimientos populares en la institucionalidad democrática para viabilizar sus proyectos?

 

CHÁVEZ

Con sus particularidades, algunas de ellas incomprensibles para muchos izquierdistas uruguayos, el chavismo ha demostrado ser la expresión política de la mayoría del pueblo venezolano. Y lo ha demostrado, luego de catorce años de gobierno, en una elección incuestionable e incuestionada.

Quizá la explicación sea que, pese a sus debilidades y contradicciones, le ha dado participación a una inmensa parte del pueblo venezolano en la riqueza de la que estaba excluido, 

El chavismo es la prueba de que los procesos populares de cambio han adoptado en Latinoamérica una praxis y una estética muy distinta a las de los movimientos revolucionarios de los años 60, pero también a las de los modelos socialdemócratas de cuño europeo. Son menos puros y teóricos que los sueños revolucionarios de los 60 y menos elegantes que los sueños socialdemócratas. ¿Por qué no habrían de serlo, si responden a otro tiempo y a otra realidad?

Sin embargo, han comprendido y puesto en evidencia dos cosas esenciales: 1) el cambio político real requiere apoyo mayoritario. 2) quien tiene apoyo mayoritario no debe temerle a las instancias democráticas formales.

 

UN PAPEL PARA CAPRILES

Es probable que el chavismo, como otros regímenes populares del Continente, tenga muchos aspectos que superar si quiere dejar huella y permanecer más allá de la presencia física de su líder.

En eso, paradójicamente, Capriles podría tener una importancia fundamental.

Si el chavismo tuviera una oposición seria, quizá podría, sin renunciar a su espíritu popular y democratizador, combatir la corrupción, la ineficiencia y las debilidades institucionales que lo aquejan. Quizá podría incluso perfeccionar su proyecto y su discurso ideológico, porque sabido es que las voces que no tienen interlocutor terminan hablando consigo mismas.

¿Podrá Capriles civilizar a esa parte de la oposición venezolana que sueña con asesinar a Chávez, o con dar golpes de Estado, o con la intervención de los EEUU?

¿Podrá organizar una oposición democrática, firme y constructiva a la vez?

¿Tendrá Chávez noción de que la necesita?  

 

 

 

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