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CÁRCELES Y DROGA: UNA MALA JUNTA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 3 may. 2012 10:10 por Semanario Voces
 

 

Motines, asesinatos, armas de fuego y celulares en poder de los presos, son señales fuertes de corrupción en el sistema carcelario, muy superiores a aquellos a los que estábamos acostumbrados.

Es que en las cárceles hay un nuevo tipo de delincuentes, los narcotraficantes, con el poder económico y los contactos como para corromper, controlar y torcer al sistema carcelario desde adentro.

La decisión oficial de poner al ejército a controlar la entrada de visitantes e incluso de los policías a las cárceles es un tácito reconocimiento de esa situación y del poder de esa nueva clase de delincuentes. Aunque, claro, más allá de la dudosa constitucionalidad de la medida, uno se pregunta por qué los soldados no van a caer en la misma tentación que algunos policías. Y la respuesta no es clara.

Hablamos de un fenómeno mucho más que carcelario. Según el Ministerio del Interior, el tráfico de drogas está creando nuevos códigos y nuevas jerarquías de delincuentes en los barrios. Quienes controlan las bocas de venta y quienes las proveen comienzan a adquirir poder social, a ser influyentes. Son una fuente de trabajo relativamente fácil y bien remunerado –trabajo ilegal pero trabajo al fin- y disponen de dinero como para “ayudar” a algunos vecinos en apuros, buscando así la gratitud, el respeto, la admiración y la eventual complicidad del barrio.

 

LA GUERRA PERDIDA

La política de “combate a las drogas”, planteada así, en términos militares, fue impuesta en todo el mundo por los EEUU. Algunos países europeos se sumaron al plan y que algunos gobiernos latinoamericanos obtuvieron muy jugosas “ayudas” económicas y militares para aplicarlo. Pero fueron los EEUU los que implantaron esa estrategia y la exigieron a todos los países sobre los que ejercen influencia.

Más de veinte años después, esa estrategia ha fracasado en toda la línea. No redujo la producción ni el consumo de drogas, sino que éstos crecieron y siguen creciendo en el mundo. Pero eso no es nada.

Más alarmante es que las fortunas que han amasado las organizaciones de narcotraficantes en estos años les permiten corromper y jaquear a los gobiernos y disputarles a los Estados el control de sus territorios. El caso de México es un ejemplo. Decenas de miles de muertes violentas en pocos años (muchísimas más de las que podría provocar el consumo de drogas), la pérdida de control del territorio por parte del Estado, una corrupción incontrolable y una absoluta falta de expectativas de mejora es el resultado de la “guerra contra el narcotráfico”. Lo que ocurría desde hace mucho en Colombia ocurre ahora en México está empezando a ocurrir también en otros países.

El asunto es preocupante para un país como el Uruguay, que tiene pocas posibilidades de enfrentar a organizaciones delictivas internacionales cuyos recursos son muy superiores a los de muchos Estados.

El tema “drogas” ya no es asunto de salud o de moralidad. Es un problema político de primer orden, en el que se juega la viabilidad o inviabilidad de los Estados y el control de la fuerza y de la violencia.

Lo más triste es que la estrategia de prohibición y “combate a la droga” significó el abandono de una exitosa tradición uruguaya en materia de “vicios sociales”.

 

UNA TRADICIÓN INTELIGENTE

El juego, el alcohol y la prostitución recibieron históricamente en nuestro país un tratamiento que podría ser modelo para el mundo.

En tiempos batllistas (justo es reconocerlo), el Estado uruguayo no tuvo la puritana pretensión de prohibir los llamados “vicios sociales”. Asumió que el juego por dinero, el alcohol y la prostitución son fenómenos humanos inextirpables. Se podrá desestimularlos y controlar su oferta o consumo, pero no prohibirlos. Porque toda inclinación humana que se prohíbe genera un mercado negro delictivo y a menudo violento al que es muy difícil combatir. Por eso sólo deben ser prohibidas aquellas inclinaciones que intrínsecamente son incompatibles con la vida social.

¿Qué hizo el Estado uruguayo de principios del Siglo XX con el juego, el alcohol y la prostitución?

Muy sencillo: los toleró, los reguló y, en buena medida, participó en ellos para ponerlos bajo su control.

Así, durante muchos años, los casinos fueron sólo estatales o municipales y la banca de loterías y quinielas pasó a operar bajo control de la Dirección de Loterías y Quinielas; se reglamentó con precisión, por ley, los lugares en que podían instalarse prostíbulos y las condiciones (en especial sanitarias) en que podía ejercerse la prostitución; y ANCAP se dedicó exitosamente a producir y vender bebidas alcohólicas. Esas políticas fueron netamente positivas.

En primer lugar, no hubo en el Uruguay mafias significativas del juego, ni del alcohol, ni de la prostitución. Habrá habido prácticas clandestinas, pero las ofertas ilícitas estaban limitadas, más que por la represión, por un factor poderosísimo: debían competir con el mercado legal y tolerado. Eso reducía la demanda y limitaba los precios. Así de sencillo.

En segundo lugar, no hubo en el Uruguay más juego, ni más alcoholismo ni más prostitución que en países en que esas actividades estaban prohibidas, lo que demuestra la inutilidad de la represión cuando amplios sectores de la sociedad están interesados en alguna práctica.

En tercer lugar, la participación y control del Estado redujo los fraudes, la adulteración de productos y la propagación de enfermedades.

La moraleja de esta historia es que el Uruguay tenía la fórmula para tratar a la oferta y al consumo de drogas. El secreto estaba en no pretender decretar una realidad “virtuosa”. En admitir que el consumo existe y que, por ende, hay que legislar para hacer posible el acceso al producto con control y, si es posible, con participación del Estado.

Eso no se hizo porque vivimos en tiempos de globalización cultural y política, tiempos en que los Estados poderosos imponen con más facilidad sus intereses y sus pautas culturales. Pero también porque los uruguayos hemos perdido la confianza en nuestra tradición cultural y creemos que “modernizarse” es seguir acríticamente los pasos del mundo desarrollado.

 

UN DEBATE MUNDIAL

El fracaso de la “guerra contra las drogas” es ya un secreto a voces en el mundo. Organismos internacionales, personalidades de la política y de la cultura y hasta algunos Estados están planteado o insinuando que debe cambiarse de paradigma en el tema, pasando, de la prohibición y represión, al control y la reducción de daños. El Uruguay ha cambiado su postura y hoy se cuenta entre los que, con mayor o menor discreción, se pronuncian por el segundo camino.

Sin embargo, los climas diplomáticos y las presiones políticas no permiten que el debate se plantee con la debida franqueza. Como algunos Estados poderosos siguen aferrados a la lógica de “guerra” y de “combate”, las posturas opuestas son tímidas y se refugian a menudo en propuestas de despenalización parcial, la de ciertas sustancias, las menos dañosas, o proponen levantar la prohibición bajo medidas de control tan estrictas que al final seguirán alentando al tráfico ilícito.

Para que haya un cambio mundial, será necesario que el nuevo punto de vista sea franco y radical. No se trata de levantar la prohibición de algunas sustancias. Porque mientras haya sustancias prohibidas habrá un mercado negro que se enriquecerá y desafiará y corromperá a los Estados. Hay que decirlo: el problema no es la droga, sino la prohibición y la represión. La prohibición –no la droga- es la causa de que hoy el mundo se enfrente a organizaciones delictivas más poderosas que los Estados.

El mayor ataque a esas organizaciones sería que los mismos Estados asumieran la producción y venta controlada de “droga”, eliminando el monopolio de la oferta ilícita. Podrá sonar disparatado, pero es lo que se hizo en el Uruguay con el juego y con el alcohol.   

Cabe preguntarse si el Uruguay podría “descolgarse” de la estrategia represiva y despenalizar por su cuenta. Probablemente los costos serían muy altos. Pero, como país chico, debería ser el abanderado de la nueva estrategia e impulsar el debate en todo foro internacional a su alcance.

Tiene los mejores argumentos y propuestas en su propia historia.

 

    

        

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