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CARTA DESDE QUITO POR Marianela  Torres

publicado a la‎(s)‎ 23 feb. 2017 12:20 por Semanario Voces

Desde que se celebraron las elecciones nacionales del domingo 19 de febrero la situación electoral ha adquirido ribetes un tanto peculiares, por no exagerar diciendo ¨bochornosos¨. El Consejo Electoral (CNE) anunció con bombos y platillos una “nueva arquitectura” de conteo - más “moderna”, ¨transparente¨,  etc., etc. En  base a la escasa información oficial disponible hasta el momento (la precisión no es una de las bondades informativas del gobierno, a pesar de las constantes cadenas nacionales y la sobreabundancia de palabras acompañadas de imágenes con atractivos cuadros plagados de cifras difundidas a gran pantalla para “rendir cuentas al pueblo ecuatoriano” y, claro, el CNE está integrado a piacere del gobierno), colijo que, entre otros beneficios de la nueva arquitectura, las actas electorales iban a ser escaneadas, con lo cual la celeridad del conteo se facilitaba ¨como nunca antes¨. Pero el domingo el conteo oficial, en lo que a la contienda presidencial refiere, dejó de informarse a eso de las 10 de la noche, cuando se habían escrutado aproximadamente el 80 por ciento de los votos. La información quedó ahí, con el voto por el candidato oficialista en el 38.6 por ciento y el del segundo (de 8 candidatos de la oposición, en total) con 29 y fracción, cuando el conteo del candidato oficialista parecía ir en aumento y el del segundo disminuyendo, por décimas. Mientras tanto, el candidato oficialista celebraba con orquesta y cánticos (a su cargo) el “triunfo en primera vuelta¨, y a pocas cuadras de distancia, en las puertas del CNE, manifestaba la oposición (mucha gente se congregó ahí, y sigue ahí hasta el momento), declarándose “vigilante” para ¨que se respete la voluntad popular¨. Así terminó la jornada electoral. Hubo que esperar al lunes para enterarse que el anuncio de los resultados oficiales podría demorar hasta tres días.

Según la bizarra ley electoral vigente (producto de las manipulaciones oficialistas de los últimos años), no se pasa a segunda vuelta si el ganador en primera vuelta obtiene más del 50 por ciento de los votos (obvio), y también (o, en su defecto, más bien) si un candidato obtiene 40 por ciento de los votos y el segundo el 10 por ciento menos (vaya ¨mandato¨  en un sistema de dos vueltas, para que la elección presidencial no exija una segunda). La oposición, que en términos electorales representa más del 60 por ciento de los electores según las cifras del conteo oficial (ese que paró de reportarse cuando aproximadamente el ochenta por ciento de los votos habían sido escrutados, y cuando todos los canales televisivos, excepto uno, dejaron de transmitir noticias sobre el escrutinio a las 10 de la noche, y el que se quedó transmitiendo dejó de hacerlo a golpe de medianoche) siguió en la calle, en las puertas del CNE, entre fría noche quiteña, sol ecuatorial, y llovizna intermitente. En Guayaquil, los ánimos parecían más caldeados, y los epítetos y refriegas entre correístas y opositores se hacían presentes en las puertas de la oficina local del CNE. Mientras tanto “bramaban” las redes sociales.

Al parecer ¨la institucionalidad democrática” y la fuerza de la costumbre en este país no logran acoplarse. Ello, por razones históricas y, sí, estructurales. La situación electoral de las últimas 48 horas no es sino el reflejo de un proceso político cuyas dinámicas son difíciles de interpretar en términos convencionales. Por razones históricas, el colapso de un sistema de partidos políticos pegado con cinta adhesiva  y las fuertes fracturas sociales se dieron la mano para catapultar el actual presidente al poder. Diez años después, la retórica oficialista (revolucionaria” y “ciudadana”),  luego de años de boom petrolero que antes de cesar permitió una política de gasto digna de la República Arabe Unida, el montaje de una vitrina de obras faraónicas, y la creación de nuevas capas de sectores de consumo (elevándolo exponencialmente), no lograba ocultar el descalabro estructural que, entre otras cosas, ha hecho posible la persecución, represión desembozada, y consiguiente desmovilización del grueso de los movimientos sociales (movimiento étnico, de género, y verde de manera clara y contundente, aunque algunas voces se niegan a callar), dejando aún más en evidencia el pobrísimo andamiaje político-partidista.

La deflación sistémica produjo el fenómeno Correa. Y está a la base, también, de la fragmentación de una oposición en ocho candidaturas presidenciales carentes de condiciones para concitar entusiasmo, o para representar con un mínimo de organicidad la desazón mayoritaria de la masa de votantes. Salvo del lado del oficialismo, por una parte, y de la derecha, por otro, esa deflación sistémica deja prácticamente en el vacío la representación del espectro que va desde un  “centro progresista” a la izquierda pensante (esa que el Presidente Correa llama “izquierda infantil”), y será el telón de fondo que permita ya sea el triunfo del candidato oficialista en primera vuelta (digamos...  ¿con un 42 por ciento?) o una segunda vuelta en la que, en general, se estima que triunfará una oposición representada por (uno) de los candidatos de derecha, victoria electoral esta última que no está muy clara, sin embargo, teniendo en cuenta una volatilidad del voto que hace el ¨endoso¨ del respaldo agregado de las seis candidaturas restantes difícil, no sólo para el candidato oficialista sino también para el candidato opositor. Si habrá o no segunda vuelta se sabrá una vez que “la nueva arquitectura” aquella anunciada con bombos y platillos por el presidente de la CNE, nos cuente, en vísperas de carnaval, qué resultados arroja la contienda en cuanto a candidatos presidenciales se refiere.

¿Resultados, en términos de aquella palabra tan manoseada pero que para el efecto sirve, o sea, en términos de “gobernabilidad”? Muy complejos. El saldo, en todo caso, de diez años de administración correísta (no cabe llamarle “revolución ciudadana”, a menos que se quiera asumir la retórica oficialista como representativa de una revolución inexistente) es muy triste: expectativas populares frustradas (salvo las de las bases ¨duras¨del correísmo cuyo peso electoral puede estimarse en un, nada desdeñable, 35 por ciento, un poco menos o un poco más, ya se verá), un agotamiento de recursos financieros contenido, hasta ahora, por ventas anticipadas de petróleo a China, y un país que quedará, como en el pasado, a merced de la manera en que las élites resuelvan entre ellas su recambio (las nuevas élites políticas y económicas creadas por el correísmo, y las que estas dejaron fuera del “poder” por una década). 

En medio de esta situación electoral, difícil no reparar en ello. Todo aquello que en algún momento, a partir de los 90 del siglo pasado, emergió desde los movimientos sociales como brote de una manera distinta de ¨hacer política¨ se ha ido quedando en el camino, a merced de un contexto político autoritario, donde la democracia (política) no tiene demasiado espacio y la democracia  (social) tampoco, a menos que se esté dispuesto a admitir que el autoritarismo gubernativo la encarna, a través de políticas implementadas a golpe y porrazo cuyos resultados coyunturales pierden futuro al momento en que te preguntas “donde está el Estado” y descubres que el Estado no está, sino un gobierno empeñado en montar, desde el poder, una máquina política que al parecer, se niega a admitir que no logró “prender” en las fuerzas sociales a las que se dirigía lo suficiente como para no posponer el anuncio del resultado oficial de la última contienda electoral (en lo que a contienda presidencial se refiere) hasta ver cómo resolver lo que aparentemente no logra resolver sin acusaciones (fuertes y justificables) de (intento de) fraude.

Y que no se diga que las misiones de observadores sirven demasiado (tres, en este caso). Porque esos recorridos que alguien calificó de “turismo electoral” (no sin razón, por más que el que lo dijo sea el alcalde de Guayaquil, un hombre de derecha) no permiten sopesar con mínima justeza lo que sucede al momento del escrutinio. Mayor peso, ya se verá, pueden tener los pronunciamientos de (dos instituciones cuyo peso histórico es innegable) las fuerzas armadas como garantes del ¨respeto a la voluntad popular¨, y de la conferencia episcopal ecuatoriana, palabras más, palabras menos, en el mismo sentido. Y, en alguna medida, “el clamor popular” expresado a través de las vigilias y, por cierto, de las redes sociales.

A tres días de celebrada la contienda, el carácter ¨latente¨ del resultado electoral no debe sorprender demasiado. La política ecuatoriana es poco lo que ha cambiado en los últimos años, a pesar de las innegables transformaciones  de esta sociedad en términos de sus sectores constitutivos, transformaciones que anteceden, dicho sea de paso, la década correísta, si bien esta la refleja y, a no dudarlo, la acentúa (en diversas direcciones). Lo que no ha cambiado es la estructuración de la manera de hacer y entender “la política”, cuanto tampoco la debilidad de sus instituciones, el descalabro de sus partidos, y la matriz cultural -- personalista, clientelar, y autoritaria-- en la que se sigue asentando. De ahí el fenómeno Correa, y de ahí la persistencia  de una crisis sistémica que se niega a desaparecer, a pesar de las fórmulas aplicadas para ocultarla con la espectacularidad propia de quien(es) han tenido en sus manos todos los rieles del poder gubernamental y un aparato de propaganda, este sí, verdaderamente revolucionario en su impresionante arquitectura visual y auditiva.

Sea quien sea el ganador de la contienda (es altamente probable que la segunda vuelta finalmente se imponga porque las cifras no den para evitarla), se viene un período en el que la acumulación de contradicciones dejadas por la actual administración en esta década (para no entrar en el tema de la corrupción), colocará al Ecuador en una situación muy difícil en todas las dimensiones imaginables. Salidas seguramente las habrá. Siempre las hay. De algún tipo. Un cambio de matriz sistémica, difícilmente. Para eso se requerirían décadas de re-estructuración cultural, algo que, de entrada, exige precisamente de aquello que en este país no se entiende muy bien: humildad personal a la hora de “hacer política”, mucho trabajo para abrir puertas, sostener y defender la organización colectiva y ciudadana (dejando los sueños consumistas propios a un lado), mucho renunciamiento (por lo mismo), y mucha entereza para remar contra corriente hasta vislumbrar el enganche entre las transformaciones sociales de las últimas décadas y un cambio de matriz cultural que oxigene su sentido. Con o sin correísmo en el poder, el carácter estructural de la matriz vigente dispone de recursos (culturales) más que suficientes para obturar una ambientación mínimamente amigable a la implantación de ese tipo de vanguardia  colectiva y ciudadana en un tiempo más o menos inmediato.  

 

Quito, martes 21, 11:00 horas, 2017.

 


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