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CHÁVEZ: NI ÁNGEL NI DEMONIO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 7 mar. 2013 9:04 por Semanario Voces
 

Hasta la tarde del martes pasado, pensaba escribir sobre la crisis institucional puesta en evidencia en nuestro país a partir de algunas decisiones de la Suprema Corte de Justicia y de las reacciones que las acompañaron. Pero a media tarde ocurrió algo que me obligó a cambiar de tema: es que murió Hugo Chávez.

¿Qué decir sobre Chávez?

Si uno piensa en él con la exquisita sutileza con que suelen hacerlo algunos analistas políticos “bienpensantes” del mundo desarrollado (y también algunos del mundo no tan desarrollado) es posible decir que gobernó a Venezuela sin muchos de los equilibrios y contrapesos de poder que recomiendan los teóricos de la democracia y del “estado de derecho”; que incurrió en populismo y en demagogia;  que alentó cierto resentimiento de las clases sociales más pobres contra las clases pudientes;  que simplificó y caricaturizó demasiado a la realidad en sus discursos;  que usó y tal vez hasta abusó de los recursos petroleros de su país para jugar un papel relevante en América y en el mundo;  que toleró la continuidad de un alto grado de corrupción en las instituciones venezolanas;  que por el excesivo ejercicio de su liderazgo personal  no construyó institucionalidad ni una organización política autónoma.

Sí, probablemente mucho de eso sea cierto. Pero también son ciertas otras cosas.

Por ejemplo, que fue uno de los primeros y quizá el más cabal exponente de un nuevo tipo de gobernante y de líder popular latinoamericano.

¿Qué significa eso?

Para empezar, que comprendió muy rápidamente el valor de la democracia para los procesos políticos populares. Tal vez no el valor de la democracia como sofisticado minué de ritos y formalidades, sino el de la democracia como adhesión mayoritaria del pueblo a un programa político y a una conducción. La idea rotunda de que ningún proyecto político popular puede fundarse en los fusiles, ni en la voluntad mesiánica de un grupo de iluminados, ni en racionalidades revolucionarias huérfanas de entendimiento y calor popular.

Chávez ganó muchas elecciones y consultas populares, pero perdió algunas. Y, cuando perdió, respetó los resultados.  Volvió a insistir y, finalmente, en general, logró salirse con la suya.  Pero nunca resolvió que su razón revolucionaria debía imponerse sobre la voluntad  -o la falta de voluntad- de la mayoría del pueblo venezolano. Gobernó con el apoyo de las mayorías, o mordió el freno. Pero nunca pasó por arriba de la voluntad mayoritaria. Y eso no es poco.

Muchos venezolanos odiaban a Chávez. Desde hace catorce años, toda conversación en que participaran venezolanos tenía un tema omnipresente: pro Chávez o anti Chávez. Amor u odio. Y los que odiaban a Chávez no lo disimulaban. Lo llamaban dictador, corrupto, demagogo, sinvergüenza. Lo decían públicamente, lo escribían en los diarios, lo comentaban por televisión. Yo vi –nadie me lo contó- como en la televisión venezolana un periodista y su entrevistado analizaban tranquilamente la posibilidad, y quizá la conveniencia, de que Chávez fuera asesinado. “Yo no justifico el magnicidio”, decía el entrevistado, “Pero hay que reconocer que, en ciertos casos, puede estar justificado”. “¿Se refiere usted al presidente Hugo Chávez Frías?”, alentaba, más que preguntaba, el periodista. “No me haga decir más de la cuenta”, se sonreía, asentidor, el entrevistado. Me preocupé en averiguar qué había pasado después de esa entrevista. Y supe que no había pasado nada. Entrevistado y entrevistador siguieron viviendo tan campantes en Caracas y el canal no fue clausurado ni enjuiciado.

Sólo un ciego puede no ver que, más allá de sus simpatías y afinidades, la actitud de Chávez ante la libertad de expresión era muy distinta a la de Fidel y el régimen cubano. No es casualidad. Son frutos de tiempos distintos. Los cuarenta años que median entre el proceso cubano y el venezolano no pasaron en vano. Chávez podía sonreír como Perón y gesticular como Fidel, pero sabía que la cultura política de los pueblos latinoamericanos había cambiado y que ningún régimen popular podría sostenerse sin consulta popular y sin libertad de expresión. Y eso es mucho.

No hay procesos sociales puros. En lo colectivo, nada es lineal ni directo. Sólo el tiempo y la distancia permiten decir cuál es el verdadero rumbo que al final toma la historia. Y el chavismo no es en absoluto una excepción. Pero algo es claro: Chávez tuvo algunas convicciones netas.  Por ejemplo, fue rotundamente antiimperialista. Al punto que incursionó incluso en el complejo ajedrez mundial tratando de evitar algunos jaques planeados por los Estados Unidos.

Chávez fue también notoriamente populista, con una particularidad menos conocida: intentó superar las políticas sociales asistencialistas. Trató de crear una economía social productiva (no sé si el término es adecuado, pero creo que es el que mejor la describe) impulsando y financiando cooperativas y emprendimientos económicos de pequeña escala, a nivel barrial e incluso familiar. No tuvo demasiado éxito.  Es difícil recrear la sociedad desde arriba, en especial cuando existe la tentación de vivir bien de las rentas del petróleo. Me consta que estaba muy impresionado por la capacidad organizativa del pueblo uruguayo, por su tradición sindical y cooperativista, y que lamentaba que no hubiera esa tradición y esa cultura en el pueblo venezolano. Lo cierto es que la mayor obra social de su gobierno fue hecha desde arriba, como beneficios que el gobierno le reconocía y otorgaba al pueblo. Eso no es mucho, pero peor es nada. Y nada es lo que los gobiernos anteriores le habían dado al pueblo venezolano.

Este artículo no tiene la menor pretensión de exhaustividad. Es apenas un repaso a vuelo de pájaro de la trayectoria de alguien que, sin duda, será juzgado por la historia. Así que, para terminar, quiero detenerme en algo que se le ha criticado a Chávez tanto desde la derecha como desde la izquierda. Me refiero a su personalismo. A su permanente actuación en primera persona. A la identificación de su gobierno con su persona. A la posible incapacidad de generar una institucionalidad sólida y una fuerza política autónoma.

Cuando alguien algún día logre caracterizar a la cultura política latinoamericana, probablemente concluya que, colectivamente, tenemos dificultad para manejarnos con instituciones impersonales y abstractas, que tendemos a encarnar las ideas en personas concretas, de carne y hueso. Y no nos pongamos los uruguayos en actitud soberbia, porque estamos cortados por la misma tijera. ¿Cómo se explica, si no, que José Batlle y Ordóñez determinara la política nacional durante casi treinta años cuando apenas fue presidente durante ocho, o que Saravia gobernara medio país desde su estancia, o que Herrera cogobernara durante décadas aunque se cansara de perder elecciones, o que Seregni  haya liderado a la izquierda durante más de veinte años sin haber ocupado jamás un cargo político?

Todo indica que, para la cultura latinoamericana, la legitimidad política no proviene de la institucionalidad, como en Europa, ni del aparato partidario, como en los EEUU, sino de un intangible prestigio personal que encarna en ciertas figuras. El poder no reposa tanto en los cargos ni en las organizaciones políticas como en una intransferible mística caudillista que rodea a ciertas personas, en general durante toda su vida. A una escala menor, por ejemplio, y para decirlo en otras palabras: nos guste o no nos guste, el Pepe no es quien es por ser presidente, sino que es presidente por ser quien es.

Chávez fue un paradigma de caudillo, como lo son o lo fueron Perón y Fidel, como seguramente lo son Lula, Correa o Evo Morales. Son hombres-institución. Para bien o para mal, en el acierto o en el error.

¿Inmadurez de los pueblos latinoamericanos? ¿Incapacidad de distinguir a las instituciones de las personas? Puede ser. Pero es lo que ocurre. Será todo un desafío construir instituciones y partidos que puedan prescindir de los caudillos. Si es que eso es posible. Si acaso no hay que resignarse a civilizar e institucionalizar a los caudillos.

La muerte de Chávez enfrenta a Venezuela a la incertidumbre. ¿Podrá el movimiento que rodeaba a Chávez erigirse en un partido de gobierno más institucionalizado? ¿Podrá  sobrevivir a la ausencia del caudillo? ¿Aparecerá en el mismo movimiento un sucesor de Chávez? ¿O el poder, salteando ideologías, se trasladará al hombre que más cerca estuvo de desafiar con éxito a Chávez: Capriles?

La muerte de los grandes líderes deja siempre un enorme vacío. El tiempo dirá qué o quién habrá de llenarlo. Sólo queda esperar que eso no signifique un retroceso para la vida del pueblo venezolano.

 

 

         

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