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COMIENDO CON EL ENEMIGO por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 23 sept. 2016 6:58 por Semanario Voces


El plato político de cualquier Expo Prado está en el penúltimo día, cuando frente a todos los animales premiados el presidente de la Asociación Rural del Uruguay pronuncia su discurso desde la tribuna principal, ante los delegados gremiales y las autoridades de gobierno. Es la visión política del agro, de la misma manera que el 1° de Mayo  las autoridades sindicales del país dan su versión de economía, de sus expectativas, y sus críticas.

En esta última edición, la 111° Expo Prado, el presidente de ARU, Ing. Ricardo Reilly, enfocó su discurso en torno a las dificultades que enfrentan algunas actividades agropecuarias, como la lechería, además de las ya sabidas: dólar poco favorable para competir en exportaciones, abigeato, depredadores, alto costo de los combustibles, y algunos puntos más. Como cierre, habló el ministro de ganadería, agricultura y pesca, el también ingeniero Tabaré Aguerre. Éste defendió las políticas del gobierno, como no podía ser de otra manera. En términos futbolísticos se podría decir que hubo un empate. Sobre la pista, decenas de cabañeros, unos empleados, otros, propietarios de la élite ganadera del país, eran meros asistentes a un contrapunto de guante blanco, donde no se entró al corazón duro de la economía agropecuaria. Lo mismo sucedió cuando Mujica fue ministro de ganadería, y se podía haber esperado de él que saliese con la plancha, heredero de aquel “Por la tierra y contra la pobreza”. Tanto Mujica como Aguerre saben que en este tema la realidad es dura, no hay mucho margen para improvisaciones, que es lo que con frecuencia se hace en el país.

La tenencia de la tierra fue uno de los temas históricos para la izquierda uruguaya. Ha sido un tema recurrente mientras otras actividades pasaron con perfil bajo frente a nuestros propios ojos, como la concentración en pocas manos de la actividad privada de la salud, la propiedad inmobiliaria, la industria o casi cualquier sector económico, porque en todos la concentración en pocas manos es casi la misma. ¿Debe ser cuestionada la propiedad de las grandes extensiones de tierra? Seguramente sí, no deja de ser injusto el grado de concentración en pocas manos de las tierras aptas para la explotación agrícola ganadera. Pero si el día de mañana un gobierno con vocación transformadora se propusiera impulsar una reforma agraria, ¿en qué términos se podría realizar?

Si una ley, el día de mañana, pusiera un tope a la extensión de tierra que pudiese poseer una persona física, digamos tres mil hectáreas, es posible que muchos predios cayesen dentro de los límites de esta política. ¿Son muchas o pocas 3000 hectáreas? No hay una respuesta para esta pregunta. Dependería de un conjunto de variables, como índice CONEAT, acceso a los servicios, conectividad, y muchas otras cosas que agregarían o quitarían valor a esas 3000 hectáreas.

Pero si se llevase a cabo la aplicación de esa hipotética ley, ¿sabríamos cómo hacer de esa tierra expropiada un factor de progreso económico y social? La actividad privada, en parte, sabe cómo hacerlo, y las instituciones de investigación del Estado también lo saben, pero no pasa nada nuevo ante un cuestionamiento abstracto del uso de la tierra, enfocándose en la tenencia de la misma.

Hoy en día se podrían tomar las medidas de fomento adecuadas para multiplicar el rendimiento de casi cualquier explotación rural. Existe en el país buena parte del paquete tecnológico que lo hicieran posible, y sin embargo se somete a la población a una perorata aburrida sobre factores que, por si solos, no tienen la incidencia que se les atribuye.

Este país tuvo un sector hortifrutícola que funcionó en los alrededores de Montevideo, y que ha entrado en crisis desde hace más de treinta años, perdiéndose la capacidad de renovación, cuando tiene un mercado cautivo, consumidor de productos de la dieta que son casi ineludibles. ¿Es un problema de tenencia de la tierra o de bajísima productividad? Seguramente debería ser uno de los focos de atención de cualquier política agropecuaria. Basta ver los precios de los morrones para concluir que estamos viviendo en una situación de profunda alteración de los mercados por falta de una conducción racional de los recursos tecnológicos.

Evidentemente la estacionalidad de la producción es uno de los escollos más importantes. Otros países lo tienen más que asumido porque la variable climatológica no es patrimonio de Uruguay. Nuestro país continúa teniendo un lugar privilegiado en cuanto a régimen de lluvias. El ministro Aguerre ha sido uno de los más fervientes impulsores del uso racional del agua. Mujica, a lo Tortorelli, llegó a prometer grandes acueductos, a través de los cuales se pudiese transportar agua de los embalses en el centro del país, hacia otras regiones, y que cada vecino que necesitase agua para el riego se conectase a la tubería madre, y pagando un canon razonable pudiese regular el flujo según la necesidad de su predio. La idea no es mala, es muy buena para un país con la capacidad hídrica que tiene Uruguay.

Pero para eso, o para la intensificación de la producción de los pequeños predios, hace falta una cabeza que esté en condiciones de proponer planes razonables y sustentables. Este es un país que estuvo en la cúspide, no ha perdido del todo esa condición. Convive con el atraso, pero está en condiciones de ponerse en marcha sin tocar la tenencia de la tierra, porque ahí se metería en un lío fenomenal.

Hace falta tener claro hacia dónde se va,  y fomentar toda la actividad que esté conectada con la idea de un país moderno, tecnológicamente desarrollado. Prácticamente todos los recursos tecnológicos están presentes en el país,  los que no están al alcance. El Plan Forestal tuvo sus detractores, en primer lugar el Frente Amplio, hoy son pocas las voces que lo cuestionan.

Tocar la tenencia de la tierra llevará, inevitablemente, a esperar una respuesta social positiva, porque en caso de que el anuncio en sí no genere una ola enorme de entusiasmo será peor el remedio que la enfermedad. ¿Qué existan y se impulsen medidas de fomento para aquellas explotaciones que demuestren interés en desarrollarse tecnológicamente, e incluir en el proyecto a familias, o formas de empleo que cooperen con el reasentamiento de población en la campaña? Eso sí. De eso quisiéramos oír hablar al gobierno y a la casa matriz de las gremiales agropecuarias. Tanto una parte como la otra son imprescindibles, y más que mirarse con desconfianza, el país agradecería que coincidan en algo positivo para el Uruguay.

Si bien el agro tiene un enorme potencial de crecimiento, este es un país montevideano, incluyendo a las capitales departamentales. Por lo tanto, el diálogo es difícil, no se habla de los mismos temas, y a la ciudad le cuesta comprender que la explotación agropecuaria se realiza con buena parte de las variables en contra. “Los canarios son llorones, no les viene bien nada”, se repite hasta el hartazgo. Es el precio que paga un país que tiene a la mitad de su población en las ciudades. No podrá comprender jamás que ahí está su salvación, y que en la intensividad y empleo masivo de la tecnología disponible puede encontrar el camino de un país integrado y pujante, como ya pasó.

Insistir en un reclamo sistemático, sin proponer salidas concretas para el agro, puede ser el peor escenario para el campo de nuestro país. Desoír los reclamos de quienes levantan la producción agropecuaria puede ser un suicidio político.


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