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CREDO QUIA ABSURDUM Lo creo porque es absurdo – Tertuliano Por Daniel Feldman

publicado a la‎(s)‎ 19 ago. 2011 8:18 por Semanario Voces
 

 

¿Qué estoy haciendo acá?

No precisé concurrir a terapia para llegar a la siguiente conclusión: la culpa es de mis padres. Ellos tenían que haberme inculcado el deseo y la necesidad de ser diputado (en lo posible por el Departamento de Colonia) y no el estigma de estar escribiendo en este semanario.

 

“Tales símbolos culturales mantienen no obstante mucho de su original numinosidad o ‘hechizo’. Nos damos cuenta de que pueden provocar una profunda emoción en ciertos individuos, y esa condición psíquica hace que actúen en forma muy parecida a los prejuicios. Son un factor con el cual tiene que contar el psicólogo; es tontería desdeñarlos, porque, en términos racionales, parecen absurdos o sin importancia. Son integrantes de importancia de nuestra constitución mental y fuerzas vitales en la formación de la sociedad humana, y no pueden desarraigarse sin grave pérdida. Allí donde son reprimidos o desdeñados, su específica energía se sumerge en el inconsciente con consecuencias inexplicables. La energía psíquica que parece haberse perdido de ese modo sirve, de hecho, para revivir e intensificar todo lo que sea culminante en el inconsciente; tendencias que, quizá, no tuvieron hasta entonces ocasión de expresarse o, al menos, no se les permitió una existencia no inhibida en nuestra consciencia.”

 Así se refería el renombrado psiquiatra y psicólogo suizo Carl G. Jung a los símbolos culturales, diferenciándolos de los naturales, que representarían imágenes arquetípicas esenciales y cuyo  rastro podríamos seguir hasta sus raíces arcaicas (*).

Efectivamente, a diario estamos rodeados e influenciados en nuestra cotidianeidad por símbolos, pero a veces algunos se pasan de simbólicos (no me atrevo a usar el término simbolistas porque entraría en otro campo de debate).

¿A qué viene tanta introducción? El pasado 4 de agosto, el diputado por Colonia Ricardo Planchón (PN) presentó un proyecto de ley (carpeta Nº 1028 de 2011), que en su único artículo dice:

Se establece la obligatoriedad de plantar, en los patios que sirvan de recreo o esparcimiento de las escuelas públicas y también de los liceos públicos dependientes de Consejo Directivo Central de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), y del Consejo de Educación Inicial y Primaria:

A) Un ejemplar de Ceibo, científicamente llamado Erytrina crista-galli y considerado como "la flor nacional uruguaya".

B) Un ejemplar de Ibirapitá, también conocido como "Árbol de Artigas", nombre científico Peltophorum dubium.

 

¡Eso sí que es exaltación patriótica, diputado! ¡Ojalá todos tuvieran su misma visión del quehacer político! ¡Qué nos vienen a embromar con UPM ó Montes del Plata! ¡Pastera ANEP que no ni no!

Realmente, a veces no entiendo si los legisladores que proponen estas cosas se lo creen y están convencidos. Comprendo lo de la simbología, el buscar elementos que nos identifiquen como nación y todos los etcéteras que se le quiera agregar, pero que el Parlamente esté gastando tiempo, hojas, carpetas, recursos (que ponemos todos los orientales) para este tipo de cosas, para un proyecto que obliga a que todas las escuelas y liceos públicos planten un ceibo y un ibirapitá en sus patios, me parece muy poco provechoso, para ser leve en la consideración.

Pero, como bien decía un amigo, el problema no está en las leyes sino en cómo se reglamentan, dejé volar mi imaginación y me puse a rasguñar algunos apuntes para llevarle al diputado Planchón a los efectos de que tenga elementos para la posterior reglamentación de la ley; no sea cosa que quede en letra muerta. Esto se tiene que cumplir, y si no, tienen que caer los responsables.

En primer lugar, para comprobar la pureza o limpieza de sangre y no dar lugar a un auto de fe, deberíamos comprobar si el diputado Planchón tiene en su domicilio un ceibo y un ibirapitá (aunque su casa no sea un centro de enseñanza, por razones de interés general en este caso se justifica la indagatoria). Si aduce problemas de espacio se le facilitará un ejemplar de cada uno en versión bonsái.

Resuelto este primer prerrequisito, pasemos a cómo implementar la ley.

- Se instruirá a la ANEP la formación del DECEI (Departamento de Ceibos e Ibirapitás), para lo cual en la próxima Rendición de Cuentas se asignarán los recursos correspondientes.

- Se contratará, mediante licitación pública internacional, regida por el TOCAF, una consultora a los efectos de diseñar el organigrama del DECEI. Para dar garantías de transparencia, en la dirección de dicho Departamento deberán estar presentes representantes de la oposición.

- Una vez definido el organigrama del nuevo Departamento, se convocará a un plebiscito consultivo y sin valor revocatorio a los efectos de que se manifieste la conformidad o no con el mismo. Independiente del resultado del plebiscito, se seguirá adelante con la instrumentación de la ley.

- Resueltos los pasos anteriores se llamará a licitación para la adquisición de ceibos e “ibirapitases”. A tales efectos se contratará a un grupo de asesores, de preferencia licenciados en Ciencias Biológicas con especialización en Botánica o ingenieros agrónomos, a los efectos de proveer a la comisión encargada de las compras, de las características de los árboles a licitar.

- Una vez recibidos los árboles, se coordinará con las diferentes intendencias vía MIDES la distribución y plantación de los árboles.

- Luego de esta etapa, se llamará a una nueva licitación, ya que se habrá comprobado que por las demoras y falta de coordinación los plantines se pudrieron, secaron o inutilizaron.

- Asumiendo que para el Mundial del 2030 ya tendremos todos los árboles plantados, en forma perentoria cada establecimiento educativo incorporará a su plantilla un Inspector de Ceibos e Ibirapitás (en la jerga popular ICEIBI), encargado de la custodia de los mismos, velar por su integridad física y moral y, con su debido asesoramiento, comprobar que no nos metieron palo borracho por Peltophorum dubium.

Yo estaba tranquilo, en la tarde del domingo, leyendo en mi casa y se me ocurrió escribir esta columna. No me hace mal divagar un rato y además dispongo del espacio en VOCES. Pero ¿no será hora que los legisladores empiecen a tomarse las cosas en serio?

 

dfeldman@movinet.com.uy

 

(*) El hombre y sus símbolos. Carl G. Jung. Editorial Caralt, 6ª edición, 1997.

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