Artículos‎ > ‎

Crónica roja al rojo vivo Por Ricardo Peirano

publicado a la‎(s)‎ 6 ago. 2011 15:13 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

Las declaraciones del presidente Mujica sobre los excesos de la “crónica roja”, su llamado a la responsabilidad social de los empresarios de medios de comunicación masiva y, sobretodo, su afirmación sobre el uso de la publicidad oficial como premio o castigo según el comportamiento de los medios ha vuelto a traer al tapete el debate sobre la libertad de expresión, la responsabilidad de quienes usufructúan ondas de propiedad pública para emitir programas y sobre el uso de la propiedad oficial.

Ante todo, corresponde defender la libertad de expresión de los medios con relación a este y a otros temas. Hoy al presidente puede no gustarle la “crónica policial” (y probablemente muchos estemos de acuerdo en el exceso de tiempo que se le dedica para llenar minutos de informativos de más de una hora de duración) pero mañana puede no gustarle la “crónica política” o la “crónica económica” de algunos medios y puede sugerir al respecto el uso de la publicidad oficial para seducir o para desalentar determinados comportamientos. Por tanto, hay que optar por la libertad, aunque ocasionalmente algo no nos guste o nos parezca de terrible mal gusto.

Si los principales medios audiovisuales y algunos escritos, dedican tanto tiempo o espacio a la “crónica roja” es muy probable que ello sea sirve al rating, al tiraje o porque a sus directivos les resulta más rentable ese tipo de información que genera menores costos y atrae mayor audiencia. No cabe duda que el sensacionalismo en la prensa ha sido un poderoso motor de ventas y que aún hoy lo es. Basta comprobar cómo en Gran Bretaña los tabloides sensacionalistas venden varios millones de ejemplares más que los diarios de calidad y cómo sus directivos no reparan en intervenir teléfonos de víctimas para conseguir historias exclusivas que excitaran aún más a sus lectores u oyentes.

Y ello da la impresión que la gente quiere ver noticias policiales. Los medios audiovisuales, salvo contadas excepciones, “dan” lo que la gente “quiere ver”, e incluso crean “reality shows” cuando ya la realidad no da mucho de sí. Es quizá decepcionante pero es así. No siempre se puede tener la BBC británica o el PBS americano.

¿Que puede hacer el gobierno? En primer lugar, no entrometerse en los medios salvo el establecimiento de normas básicas como el “Horario de protección al menor” o similares. En segundo lugar, ser muy profesionales a la hora de otorgar licencias de radio y televisión en función de los proyectos presentados y no solo por amiguismo político. En tercer lugar, otorgar licencias por plazos determinados y no renovarlas automáticamente sino en función de las propuestas que se presenten por el licenciatario  y por otros interesados en usufructuar las ondas al vencimiento del plazo de la concesión. Un buen marco institucional, independiente del gobierno de turno, es la mejor forma de evitar atropellos a la libertad de expresión y quizá pueda ayudar a moderar el apetito por la crónica más roja. 

Comments