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Cuestión de derechos Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 6 jul. 2011 16:25 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

 

Los recientes éxitos deportivos internacionales de equipos de fútbol de nuestro país han reavivado el entusiasmo de la población por ese deporte, tras varios años de latencia asociada a magros resultados deportivos. No obstante, no todo el público con interés en el tema puede acceder a la trasmisión de los partidos, en la medida en que para ello se requiere de la suscripción a un servicio de televisión para abonados.

 

Ante esta situación se levantan voces que reclaman el acceso libre (por televisión abierta) a la trasmisión de los partidos y basan su reclamo en el carácter popular del fútbol, que además es propio de nuestra identidad como país.

 

Por otra parte, en estos días desde el MPP se ha cuestionado la política antiinflacionaria del gobierno y entre otras medidas se ha propuesto la rebaja de los precios de algunos artículos de la canasta familiar, como la carne de pollo y los huevos.

 

¿Qué tienen que ver las dos cosas? En ambos casos se plantean propuestas que implican afectar las reglas de juego en ciertos mercados. Cuando un bien o servicio adquiere valor, por definición se vuelve escaso y eso implica que no todos los que quieren obtenerlo pueden hacerlo. Los precios son el vehículo de acceso a esos bienes o servicios.

 

Y los precios son, al mismo tiempo, los que hacen viable la disponibilidad del producto en el mercado. Lo expresó en forma gráfica y contundente Adam Smith en el siglo XVIII: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

 

Cuando el fútbol no era un bien valioso, el acceso a su trasmisión era libre. Ahora que lo es, cuesta. La ficha de Fernando Morena, en su época, costaba un millón de dólares. Hoy costaría decenas de millones. Los derechos de trasmisión de los partidos tienen mucho que ver en esa evolución ya que generan mucho dinero que es fundamental para el desarrollo profesional del fútbol. Las cifras recibidas en la reciente Copa Libertadores por Peñarol son elocuentes en ese sentido y sin las que aporta la TV hubieran sido considerablemente menores.

 

Lo mismo sucede con el precio de las entradas al estadio. Acertadamente, Peñarol fue subiendo sus precios en la medida en que avanzaba en la Copa. El Estadio siempre estuvo lleno (el precio entonces nunca fue muy alto) y la reventa fue apenas anecdótica (por lo tanto tampoco fue muy bajo). Si se hubiera seguido el criterio emepepista de fijar precios populares para bienes o servicios populares, la reventa hubiera estado exacerbada, a pesar del absurdo castigo establecido por ley hace unos años.

 

Hay dos medios para que los partidos de fútbol sean exhibidos por la TV abierta: uno, que ésta compre los derechos; otra, que sea el Estado el que lo haga.

 

Hay quienes invocan el “ejemplo” argentino de intromisión del gobierno en el tema. Al igual que lo hizo en el caso de diversos bienes y servicios, ha pisoteado derechos de particulares por simple demagogia. Pero aún si lo hiciera sin lesionar derechos, no parece ser el tipo de cosa a lo que los gobiernos deban dedicar sus esfuerzos, salvo que opten por el viejo camino del pan y el circo. Argentina nos da, una vez más y como en tantos otros temas, el ejemplo de lo que no debemos hacer.

 

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