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DAÑOS COLATERALES Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 16 dic. 2011 8:27 por Semanario Voces
 

 

El Documento 1 del MLN (Tupamaros) fue puesto a circular entre su militancia en junio de 1967. En la sección: “Crisis política”, en relación a las Fuerzas Armadas, se lee en el numeral 23: “El ejército tiene muy poca injerencia en asuntos políticos. Es burocrático y de tradición civilista, con corrientes internas mayoritarias de orden legalista.” A continuación, el documento amplía sobre las características del ejército, destacando que es un aparato represivo relativamente débil (con relación al resto de América Latina), ya que ejército, marina y aviación suman 12 mil hombres, de los cuales seis mil tienen asiento en Montevideo. Este análisis de las Fuerzas Armadas por cuenta del naciente MLN (Tupamaros) subraya que “su organización es para la guerra clásica”. En el documento fundacional Tupamaro, el primero que redacta y toma como punto de referencia para su accionar, y reivindicado a lo largo de los años, queda claro que las Fuerzas Armadas están organizadas para enfrentar una guerra clásica, no para reprimir a la población.

A continuación, en “Conclusiones generales”, del Documento 1 se lee lo siguiente:

1)      En nuestro país hay condiciones objetivas para la acción revolucionaria.

2)      En nuestro país no hay condiciones subjetivas (conciencia, organización, dirección).

3)      Las condiciones subjetivas se crean luchando.

4)      Descartamos la posibilidad de tránsito pacífico hacia el poder en nuestro país (pensamos en términos de años no de siglos).

5)      La única vía para la revolución socialista será la lucha armada. No hay casi posibilidades de radicalización de la lucha de clases que no desemboque en la violencia. Las verdaderas soluciones para nuestro país implican un enfrentamiento directo y violento con la oligarquía y sus órganos de represión. La lucha armada no es sólo posible en el Uruguay, sino imprescindible: única forma de hacer la revolución.

6)      La lucha armada será la principal forma de lucha de nuestro pueblo, y a ella deberán supeditarse todas las demás.

O el documento del MLN (Tupamaros) evidencia un grave error de información con respecto a las Fuerzas Armadas, o la estrategia de la naciente guerrilla tuvo éxito en sacar a los militares de los cuarteles para ser, ya sin tapujos, los órganos de represión de la oligarquía. En el mismo capítulo de las “Conclusiones generales”, numeral 11, el MLN declara: “En Uruguay también –al decir de Debray- “el acento principal debe ponerse en el desarrollo de la guerra de guerrillas y no en el fortalecimiento de los partidos existentes o en la creación de nuevos partidos. El trabajo insurreccional es hoy, el trabajo político número uno”. El Documento 1 incluye esta cita de Debray, y otra, bastante más extensa, en el numeral 14 de las “Conclusiones generales”. Allí se lee: “Donde quiera que el combate ha seguido una línea ascendente, donde quiera que las fuerzas populares se han puesto a tono con la emergencia, han entrado en el campo magnético de la unidad. En las demás partes se diseminan y se debilitan. Todo ocurre en la organización práctica de la unidad sobre la base de los principios del marxismo leninismo”. Esta profecía del joven filósofo francés citado por el MLN, por tanto un pensamiento asumido como propio, desnuda una cruel verdad, desde la más absoluta arrogancia. La unidad como pieza central de una estrategia que se define por los principios del marxismo leninismo, y una convicción absoluta en que la lucha armada alineará las otras fuerzas de izquierda en el eje de la guerrilla.

¿Qué pasó, entonces? ¿No existía aquel ejército “de tradición civilista, con corrientes internas mayoritarias de orden legalista” que menciona el Documento 1? ¿No habrá contribuido la guerrilla –a la cual yo pertenecí-, de forma consciente y premeditada, a que los sectores más reaccionarios del ejército cambiasen los equilibrios internos en su favor? ¿No habremos dejado sin argumentos a los Seregni, a los Lébel, a los Zufriategui, a los Aguerre, a decenas de otros oficiales que dentro de las Fuerzas Armadas se oponían a ser “el brazo armado de la oligarquía”? ¿No habrán entrado ellos también en el “campo magnético de la unidad”, como profetizó Régis Debray, al tener que optar entre irse para sus casas o adoptar una definición política dentro de la Constitución y las leyes?

Julio Castro no debió morir más que de una muerte digna y humana, acompañado por sus seres queridos y sus compañeros. Nosotros afilamos el hacha de guerra. Ese ejercicio nos preparó para morir de forma heroica, en nuestros planes no cabía otro tipo de muerte. Nuestra juventud estuvo dedicada a trabajar por un mundo en el que todos fuésemos como el Che, y a pensar, obsesivamente, en términos militares. Andábamos por la calle como uno más, pero aunque no se notase íbamos o veníamos de alguna acción militar, vigilábamos un objetivo, o llevábamos armas en la bolsa de deportes. Así se formó nuestro carácter y aquellas historias han conseguido el milagro del triunfo que no tuvimos en el terreno militar. El Uruguay de hoy sigue de boca abierta ante la leyenda que dejó la guerrilla mientras la lucha armada se desarrolló a nivel policial. Las historias de la mayoría de la ciudadanía, del ciudadano común, llámese Juan Pérez o Julio Castro, seguramente, están cargadas de hechos heroicos, aunque por alguna razón sólo adquieren relevancia cuando son funcionales a los hechos de armas.

¿Qué tenía que ver Julio Castro con los que tomamos las armas? El ejército sabía mejor que nadie quién era quién dentro de la izquierda. En un país donde hasta las corridas de toros estaban prohibidas desde principios del siglo XX, su crimen y todos los que las Fuerzas Armadas cometieron quedarán, para siempre, como una mancha indeleble sobre esa institución. Pero no menos grave fue el profundo deterioro económico en que dejaron el país, los suicidios de la gente fundida, el empobrecimiento de la educación pública, el deterioro de los hospitales, la falta de esperanza. Al Uruguay de 1984 lo habían convertido en un país muy distinto al que era antes de 1973, y no sólo por la tortura, la cárcel y el destierro.

Los militares no tuvieron la valentía de asumir su pasado, eligieron la complicidad. Se han escudado en que la patria estaba en peligro, como si eso fuese algún tipo de justificación para torturar, secuestrar, robar domicilios, empobrecer el país, asesinar a sangre fría, y, quizás de las cosas más atroces: esperar a que una madre diese a luz para robarle su hijo y ejecutarla después. ¿Qué tenían que ver con la guerrilla Michelini y Gutiérrez Ruíz? ¿No sabían las Fuerzas Armadas que Willy Whitelaw y Rosario Barredo pertenecían al sector renunciante de la lucha armada dentro del MLN?

A esta altura ni la complicidad  ni el silencio de los militares que cometieron actos indignos de toda condición humana va a cambiar las cosas, porque todo acaba por saberse. Que cada cual haga lo que le dicte su conciencia. La aparición de los restos de Julio Castro debería imponernos una profunda reflexión sobre el pasado reciente, aunque a algunos les mueva el piso.

 

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