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De árboles y monos subidos a los árboles Por Oscar Larroca

publicado a la‎(s)‎ 9 nov. 2011 5:40 por Semanario Voces
 

Es cierto, como dice Marcelo Pereira en su nota publicada en la diaria (*), que el director general de secretaría del MEC, Pablo Álvarez demostró que no comprende o no le interesan algunos criterios de responsabilidad ineludibles para quienes ocupan cargos como el suyo. (Y atención: no se trata, en este caso, de matar al mensajero.) Es cierto que algunos docentes son peores que el alumnado mientras la mano invisible de la máquina les rasca el lomo. También es cierta -aunque a menudo sólo se convierte en carne de estadística- la violencia de niños ricos y niños pobres, la violencia de las mamás contra mamás, la violencia simbólica de los docentes (indolencia) y la violencia simbólica de las autoridades (ignorancia e hipocresía pura y dura). Lucía Topolansky ampara a Álvarez; Danilo Astori protege a Bianchi; Pablo Mieres defiende la educación; el ministro Ricardo Ehrlich balbucea, los blancos interpelan; el “Pepe" facilita entrevistas; el presidente chileno Sebastián Piñera nos vende su idea de “educación”... Folklore, en fin, que debemos examinar como síntomas de una situación grave que no se arregla con adjetivos ni con emplastos cortoplacistas.

Más allá de este culebrón mediático que se suma para el perfeccionamiento del simulacro y que tiene como protagonistas visibles a la directora del liceo Bauzá, Graciela Bianchi, y a Álvarez; el mero hecho de intentar tomar posición entre quienes piden sus cabezas o quienes legitiman sus acciones, sólo distrae del verdadero y grave problema que acucia a la “educación formal” toda, tanto pública como privada: encubre el derrumbe (que a veces parece indefectible y definitivo) de toda política y su consiguiente fractura expuesta en relación a la representatividad y al ejercicio de la autoridad. Colocar el enfoque en estas anécdotas, en la seguridad, en las estadísticas huérfanas de sentido (las pruebas Pisa), y en los parches (el Programa “cero falta”, el sí o no a la seguridad perimetral, más protocolo, más normas) paraliza el pensar qué sociedad queremos, qué hijos queremos para esa sociedad futura, y qué significa (ahora y siempre, pues no se trata de un tema sujeto a los vaivenes del mero desarrollo de la circulación de bienes materiales) la palabra “educar”.

Como sostiene Marcelo Pereira, “Bianchi no aborda esas complejidades. Emite un reclamo simplista que ni siquiera se puede satisfacer en el caso del Bauzá, condimentado con elementos de autobombo y anécdotas personales de las que pretende extraer conclusiones doctrinarias. Lo que se sabe hasta ahora de su capacidad de propuesta en términos pedagógicos no pasa de una suma de lugares comunes y nostalgias insolubles. A una parte de las derechas le interesa exaltarla, pero su discurso arraiga en cierto ideario de izquierda bastante trasnochado. Si ésta es la nueva "conciencia crítica" de la enseñanza pública, y la respuesta desde las cúpulas políticas no hace más que alternar las alabanzas oportunistas y el patoteo, estamos en el horno.” En efecto, la Vertiente Artiguista (por ejemplo) realizó una charla titulada “Desafío educativo: cambiar o perder”, junto a Carolina Pallas, asesora de Seoane. Esta charla sirvió para describir síntomas y para exponer deseos, así como resultó útil para hacer “la del tero” o “la de Pilatos”.

En esta crisis hay algunas causas evidentes: los problemas que se arrastran desde la educación primaria (más del el 40% de los niños que ingresan a secundaria tienen graves problemas de formación) o las características culturales del contexto familiar procedentes de una sociedad fragmentada. Algunos de estos aspectos -que se retroalimentan entre sí- responden a la ausencia de autoridad y de una consideración laxa y extrema. Otras causas tienen que ver con el modelo democrático dersegulado que se impone mediante los medios de comunicación bajo la guiñada cómplice y resignada de una izquierda pragmática. Asunto éste que daría para hilar más fino.

Ciertas causas son más inasibles: la ley Orgánica del ´58, el bendito asunto de la autonomía, las resistencias institucionales, las embestidas corporativas, la inercia del pensamiento, el centralismo afirmado  desde la gestión de Germán Rama, etc. Pero como son más “inasibles”, debido –sobre todo-  a la intocabilidad de chacras y chiqueros, se apela entonces a más parches: se conforma el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE), la Agencia de Promoción y Aseguramiento de la Calidad de la Educación Terciaria (APACET), el Instituto Terciario Superior (IUT), o se intenta resolver la crisis de sentido con una horizontalidad libre de conflictos (no creo que para enseñar a Borges haya que disfrazarse de payaso; no creo que para familiarizar a un sujeto con el arte visual haya que colocar  a un parodista al lado de la Carlota de Blanes, ni creo que para acercar el público a la ópera haya que reunir a Pavarotti con las Spice Girls), o se apela a la cantidad de horas y materias así como al maniqueo tema de la inclusión.

A propósito de inclusión, el Director de Educación del MEC, Luis Garibaldi, propone cambiar el sistema de repetición para que se solo se aplique a "casos excepcionales" (...) "hay una concepción conservadora que busca volver a lo que era la educación antes, que era para pocos, con una Secundaria preuniversitaria donde el alumno o aprende determinados contenidos o queda afuera. Hoy no estamos formando para la universidad, estamos formando para la vida. El modelo conservador y autoritario plantea un falso dilema entre orden y exigencia versus permisividad y caos" (...) “La concepción conservadora es excluyente porque persigue la idea de llegar a la excelencia en base a pocos alumnos. Nosotros queremos una calidad donde estén todos. Esa es la discusión que tenemos que dar. Si el objetivo es que se aprendan más contenidos, y exigir más, el resultado será que tendrás menos (cantidad de) alumnos”. Y luego remató: "Creo que hay que tender a reducirla mucho (a la repetición), por lo menos. Estudiar caso a caso y que se aplique en situaciones excepcionales".

Sobre este punto, me da un poco de miedito el uso de la palabra “inclusión”, cuyo abuso pone de manifiesto el extraordinario desconcierto que existe. Buscar un equilibrio entre exigencia e inclusión para priorizar “la educación para la vida” supone a todas luces una falsa oposición, pues si no se educa a los jóvenes en la excelencia (y deberíamos examinar el alcance del vocablo), no se los estará educando para la vida, sino para el fracaso y la exclusión... Es decir: emparejando para abajo no se empareja para arriba. (Esta ubicación espacial no habla de “altas” o “bajas” culturas, sino del grado mínimo de proceso civilizatorio que se debe aplicar para que el sujeto individuo se sienta parte del sujeto social). En caso contrario se estará cristalizando una educación para pobres que seguirá reproduciendo los círculos de pobreza en lugar de darles herramientas a quienes mas las necesitan para salir de ella. De cualquier modo, decir que es esto (la excelencia) o es lo otro (la inclusión) también evita tener que asumir los temas de fondo ya enunciados.

En fin, el asunto no es el “árbol-Bianchi” (usado por tirios y troyanos para ejercer  disputas de poder político) sino el “bosque-crisis global de la educación en el marco del capitalismo mediático.”

 

(*) 27-10-2011

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