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DEBATE ¿Montevideo de Todos? Por Amparo Menéndez-Carrión

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2013 9:45 por Semanario Voces
 

La lectura del último editorial sobre los limpiavidrios, pero también sobre otros uruguayos que pueblan las calles de nuestro maltrecho "Montevideo de Todos" (sigue siendo el rótulo oficial, ¿no?), tratando de ganarse la vida de alguna manera (algunos cuyas situaciones y quehaceres no son fácilmente asimilables a las de los limpiavidrios...) me inquietó mucho.

Sé que VOCES siempre trata de pararse con justeza ante cualquier tema que se aborda en sus páginas, dando cabida a múltiples opiniones (para mi gusto, con demasiada generosidad a veces hacia una derecha empoderada que no necesita de la izquierda pensante, o valerse de la vocación plural de una izquierda auténticamente democrática como la que VOCES representa para poder "hacer opinión" -para eso cuenta con los medios del establishment). Eso es digno de aplauso (aunque -mi sesgo muy personal- yo no convocaría a algunos para que nos cuenten qué piensan porque lo sabemos bien). Pero esta vez me quedé un tanto sorprendida con el editorial. Reconozco, por cierto, el problema de la creciente pérdida de calidad de la convivencia uruguaya -que implica, entre otras pérdidas, el desdibujamiento del sentido y función de los llamados "espacios públicos" desde hace décadas. Por esa razón me sentí tentada a contar un poco mi reacción ante el editorial.

En el editorial se insta a los limpiavidrios a ir a trabajar en la construcción -dicho sea de paso, una actividad tan informal como la que ellos realizan.  Es como que hubiera trabajo pero estos uruguayos se niegan a incorporarse a un laburo normal" -como "todo el mundo". No voy a plegarme al coro que denuncia la criminalización de la pobreza -aunque es una posición que tiene mucho que decir sobre el tema. Sí voy a recordar una presencia y una ausencia en ese editorial. Tanto esa presencia, cuanto esa ausencia, me llamaron la atención.


La "presencia" corresponde a la premisa (implícita) que sustenta el editorial: si no se trabaja en otra cosa, es porque no se quiere. Después de todo, "hay trabajo". Hay "vacantes" en el pujante sector de la construcción -sector que remite, dicho sea de paso, a una de las expresiones más contundentes del urbanismo neoliberal en clave montevideana desde los años 70 hasta la fecha.  Pero ahí tengo un problema. Porque, me temo, ese supuesto es un típico gesto de corte individualista: el que está ahí en la calle, "molestando" el paisaje citadino, es el responsable de su propia condición. Está ahí "porque quiere". Se la pasa "haciendo eso" -por no decir "trabaja" (aunque limpiar vidrios, subirse a un ómnibus a cantar o tocar algún instrumento por más desvencijada que ande la vihuela, es un trabajo, y tan duro o más que una rutina de 9 a 5, o de trabajador de la construcción).

Se trata de una premisa, en el mejor de los casos, equívoca. Y en el peor, falsa. Desde luego. Porque su "verdad" depende. En tanto, típicamente, depende de dónde se pare ideológicamente quien emita ese criterio -a menos que no tenga consciencia acerca de que todo elemento que informa nuestra "visión" acerca de cualquier asunto, es ideológica.  Ser de izquierda significa -tengo para mí- combatir la seducción de esa premisa propia del individualismo, desde la que es fácil exculpar "a los demás" -en este caso a la sociedad uruguaya, y al legado de redefinición de "la pobreza" que ésta viene arrastrando desde los años 70, para ser más precisos, desde el “pachecato” en adelante.

La sensibilidad de izquierda (dejemos "la teoría" a un lado, si bien sin teoría no hay ni "realidad", ni "sensibilidad", ni modo de pararse ante ningún tema, aunque no me esté refiriendo aquí a la teoría del pensamiento atento sino a las teorías que cualquier ser humano dotado de la capacidad de pensar arma para sí en base a tantas cosas que ha escuchado o considera "saber", aun cuando nunca haya terminado primaria) descarta -de plano- el individualismo metodológico. Es que si la izquierda se para en esa premisa, se tuerce a la derecha, aunque diga que "no". Podemos pararnos de cabeza y decir "es que hay problemas que no son ideológicos". Esa es, en mi criterio, una hipótesis no consentida, fácilmente desmontable.

Pensemos un poco...Hay muchas pequeñas historias, muchos dramas familiares y personales, y mucha historicidad uruguaya detrás y dentro de todos y cada uno de esos uruguayos que andan por la calle tratando de ganar algo -poco o mucho, con desdén o sin él. Se trata tan sólo de un rasgo, entre muchos otros, de la crítica transformación del Uruguay que fue habilitada por una dictadura que cuando se retiró a los cuarteles dejó en manos de los civiles del post-retorno un legado muy siniestro que -ciertamente comprende pero va más allá de sus golpes más obvios a través de la violación de los derechos humanos. Y que, me temo, no estamos lo suficientemente fuertes a estas alturas, como estado-nación, para confrontar. Pero ese es otro tema. El punto: No. No hay que mandarlos a convertirse en obreros de la construcción. Hay que hacer otras cosas.

Tengo para mí que lo que hay que hacer no es contingente en convocar a  "los uruguayos de buena voluntad" -el paso de allí a la legitimación de la desigualdad es inmediato. No es tarea de "tercer sector" alguno. Ni de ong´s, ni de fundaciones, ni de bolsas de empleo -saludos a la bandera que han probado su incapacidad para lidiar de manera inteligente con el problema del desempleo, el subempleo, el multi-empleo y todas sus trilladas variantes.

Y ahí viene lo que encontré ausente en el editorial: el Estado. El Estado que interviene. El Estado uruguayo. Tengo para mí que sin la intervención decidida del Estado (intervención estatal con mayúsculas, ya sea del aparato del estado central y/o del gobierno local) no hay forma de comenzar a lidiar de manera contundente con problemas -ya intergeneracionales, profundamente estructurales- como el de quienes inventan su modo de ganarse la vida aunque sea en el día a día, perturbando el derecho de los montevideanos a apropiarse colectivamente del espacio público -en tanto ciudadanos de una democracia que se quiere plural e igualitaria.

La responsabilidad -primordial- es del Estado. Y la responsabilidad de la ciudadanía organizada: ejercer la vigilancia del Estado. Aun cuando ese Estado tenga gobierno de izquierda y uno se identifique con la izquierda y milite en ella. Después de todo, sin espíritu crítico, sin auto-crítica y sin políticas concretas basadas en vocaciones de transformación "en serio" de "lo dado", no hay sello distintivo de izquierda posible en una democracia que se quiera auténtica. Sin esa vigilancia no hay ni Estado ni espacio público que importe. Ni ciudadanía significativa posible.

Me dirán, tal vez, que "sí hay políticas" en el gobierno de izquierda -éste y el anterior. No lo dudo. Cualquier gobierno las tiene. Pero no me estoy refiriendo a las "políticas sociales" publicitadas en los medios, a las que se les toma la temperatura todos los días impidiendo o trabando su ejecución (eso no es vigilancia ciudadana o colectiva -eso es otra cosa). Me refiero al Estado silencioso. El Estado a cargo de una izquierda que cuenta, al menos en principio, es mi impresión, con un amplio rango de posibilidades para hacer las cosas sin acudir a políticas asistencialistas -que perpetúan, desde luego, la pobreza estructural. El Estado uruguayo cuenta -aún- con recursos humanos a los que puede convocar para atacar de manera decidida, frontal, el drama que se escenifica en el día a día de la ciudad -más allá de esos gestos indignos de sacar a los que duermen en la calle en las mañanas y dejarles retornar al fin de la jornada. Esas son "políticas", en el mejor de los casos, de tan baja intensidad que carecen de sentido alguno. Y en el peor, una manera de deshacerse del problema "limpiando" la calle "en la medida en que se pueda", sin pensar cómo poner a disposición del problema algo más que la "solución" cruda de "regulación" del "uso" del espacio público -que en esa versión ni es solución ni es regulación, sino mero simulacro.


En la comprensión "clásica" del Estado en el Uruguay, el Estado pertenece al colectivo -debo suponer que, también, en el caso del gobierno actual. Y crea condiciones de posibilidad para defender esa pertenencia colectiva. No estoy planteando, en modo alguno, la idea del "todo va" populista. Por favor...Eso es, después de todo, lo que se ha ido instalando en el paisaje de Montevideo y es, probablemente, lo que mueve a la desazón legítima de mucha gente, la cual, en medio de la des-politización y la des-ideologización imperantes (también en "la izquierda"), deja a tantos "sin saber por dónde agarrar" -siendo la "solución" más fácil administrar el problema diciendo que "sí se está haciendo" y acudiendo, mientras tanto, a una suerte de "laissez faire" -de todos los que se aventuren a la calle- mientras en la noche no se pierde el sueño porque, "después de todo... estamos haciendo lo que se puede...más no se puede".

Me pregunto: ¿Hay trabajadores sociales competentes en Uruguay? Entiendo que sí. ¿Hay especialistas en psicología social? Entiendo que sí. ¿Y en la Universidad de la República? Por cierto. ¿Hay posibilidades de un "ir al encuentro" integral -en varios frentes a la vez- para apoyar a esos uruguayos que andan por la calle inventando sus empleos, aproximándose a ellos no como "esa gente" ("esa pobre gente" o "esos desgraciados que se adueñan de la calle", poco importa...ya se dejó atrás el reconocimiento de su dignidad intrínseca hace tiempo) que "se niega" a "buscar un trabajo decente" sino como uruguayos que por razones que rebasan el anecdotario personal ya también desde hace tiempo perdieron la condición de personas dotadas de la energía (física, nutricional, anímica...las fuentes de auto-estima más básicas, digamos) para entender, querer acceder o, por último, "dar crédito" a la existencia de esas apoyaturas materiales, emocionales y simbólicas que todos necesitamos para poder confrontar -sin hacer de la calle nuestro habitat privado- las complejidades propias de los roles que nos toca vivir? Desde luego que sí.


La "clase media" puede llamar al psicoanalista cuando las complejidades le rebasan. Puede comprar vitaminas en la farmacia. Puede ir a correr en la cinta del gimnasio, a jugar a las bochas en el club o, con suerte, a clases de baile en algún centro comunal. Puede llegar a su casa, a un plato de comida caliente. Y sentarse con los suyos, padres, hermanos, o por último, con su perro al lado, en "la intimidad de su hogar". Tiene su capital social -aunque sea modesto. Conviene ver éstas como condiciones de posibilidad, como condiciones habilitantes para "poder ser y estar" en la calle, como un caminante más, dotado de la prerrogativa de con-fundirse con otros caminantes en el tan publicitado "Montevideo de Todos". Es decir, no las veamos, por favor, como "resultado del esfuerzo individual" porque éste (siempre importante), al menos desde una sensibilidad de izquierda, se reconoce como resultado o efecto  de un modo de armar la habitabilidad de una ciudad que trasciende las limitadas posibilidades del individuo -especialmente si la calle (de otros) es su lugar de trabajo, su comedor y dormitorio.

Tengo para mí que el día en que el Estado uruguayo se disponga a confrontar en serio el problema generado por décadas de negación estatal -y sí, societal- de la convivencia colectiva, que fue generada por una lógica de transformación perversa que se le fue impuesta pero  que, sin embargo, es su responsabilidad primordial confrontar, comenzará  (ese sería un primer paso para obtener resultados significativos)  en silencio. Sin conferencias de prensa. Ese día podrá hacerlo convocando de manera integral los recursos con los que el Estado uruguayo aún cuenta -sin agregar, por lo demás, nuevas estructuras sino coordinando los recursos disponibles de manera adecuada. Recordemos, por ejemplo, la riqueza del conocimiento acumulado sobre las situaciones de calle en su más amplio espectro con el que se cuenta en el Uruguay. ¿No se podrá convocar -no como consultores del Estado, por favor, sino de manera institucional, a la Facultad de Humanidades? ¿A la Facultad de Ciencias Sociales? ¿Al Departamento de Sociología? ¿Será tan difícil entender -de una vez por todas- la especificidad de la problemática de "la pobreza" en un país que, nos guste o no, no se presta bien al recetario estandarizado de los organismos internacionales, porque los rasgos de la cuestión le son específicos? (Sólo asimilables, tal vez en cierta medida, al caso argentino). ¿Podrá el Estado - a través de un gobierno de izquierda- convocar -sin autobombo trivializador de cualquier gesto de política pública- a la Universidad (sí, me refiero a la UDELAR, porque es la universidad pública y porque es la que aún constituye la principal research-university  del Uruguay), y escuchar lo que tenga que decirle al Estado -de manera crítica, desde luego-  para que éste sea capaz de articular, junto con sus profesores-investigadores y alumnos, una estrategia que involucre los esfuerzos de la institucionalidad estatal en su más amplia gama de entidades?

No contemplar la posibilidad de asumir iniciativas distintas a las que se han asumido hasta el presente no hará sino consolidar el despliegue de la lógica perversa que -cabe suponer- se quiere combatir. Y, sospecho, sin esa voluntad de  desplegar un esfuerzo frontal del Estado -a todo nivel y escala- centrado en recuperar la convivencia colectiva a través de modos de intervención adaptados a la especificidad uruguaya (y con claridad acerca de que las condiciones que generan la proliferación de limpiavidrios y las "situaciones de calle" no son pasibles de  "resolución" a través de gestos carentes de una estrategia integral de recuperación a fondo), ese Uruguay cuya vitalidad giró, alguna vez, en torno a la legitimidad de lo público (en su más amplio repertorio de significados) habrá quedado -ahí sí- definitivamente atrás -por lo menos en un futuro que pueda ser "presente" de las actuales generaciones de uruguayos.


 

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