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De certezas e incertidumbres 3 Por Andrés Berterreche

publicado a la‎(s)‎ 22 nov. 2013 0:52 por Semanario Voces
 

 

“Azul y rojo colores de este cuadro

Hincha glorioso que honra su bandera

Es el orgullo de mi barrio La Teja

Y la esperanza del futbol oriental”

Al destartalado camión le brotaban por todos lados gurises de al menos cuatro categorías del Club Artigas de Baby Futbol que cantaban las estrofas de su himno. Para darse ánimo los botijas entonaban en coordenadas murgueras la música de su cuadrito. Iban a jugar contra el América, cuadro de atrás del Cadorna. Yo me había sumado por primera vez a esa actividad en ese año. Categoría cebollas, o 62 como se conoció después, la anterior a los babys que era la estrella porque de allí salían a algo parecido al profesionalismo. En realidad la bondad de un amigo y su padre que era el Director Técnico de la categoría fue la que me animaron a sumarme. Este era el último partido del campeonato y nuestro club en mi categoría iba último. Aparte de un par de empates, el resto habían sido derrotas portentosas. Ni que decir contra el Iriarte, el cuadro del Pato, o el Schiafino allá por camino del Paso de la Arena, donde había varios que seguro ya se ficharían en cuadros de primera. Allí el asunto fue por goleada, humillante. Después de los dos o tres primeros partidos, ni el gran afecto del padre de mi amigo podía incluirme en el cuadro, salvo cuando la goleada ya estaba dada y mis errores pasarían inadvertidos. Como ya de chico era grande, y medio gordito, me ponían de back izquierdo, porque esa era el destino de los torpes y lentos (y además que mi amigo era el único capaz de salir sin protestar para que yo entrara y él era defensa izquierdo porque era zurdo). En síntesis, mi puesto más destacado era el de suplente eterno.  Y eso me hubiera promovido al premio “percha * de oro”, si hubiera existido. Sin embargo nunca falté  ni a uno solo de esos partidos aunque sabía el desenlace domingo tras domingo. Ese fin de semana jugábamos contra el América, que iba exactamente un punto arriba nuestro y era el penúltimo. Mi amigo y el DT faltaron con aviso, y se evitaban así la última humillación. Yo con una voluntad férrea era de los niños cantores del viejo fordson.

En el primero de estos cuentos/análisis me referí a los valores ideológicos básicos y dentro de ellos al espíritu de sacrificio. Bien emparentado con este está el tema de la voluntad. Soy de los que creo que los cambios sociales no se dan en forma mecánica por los procesos históricos y que las condiciones subjetivas son más importantes que las objetivas para estos cambios. Por lo tanto le doy una particular importancia a la voluntad. A la voluntad de salir a que las cosas sucedan, a cargar la mochila y hacer camino para que otros te sigan, como también nosotros seguimos a otros que van más adelante. El militante de izquierda debe ser formado en este valor, en la necesidad de no hacer la plancha, en el espíritu de lucha para tratar de mostrar nuestras razones y determinando los cambios con el hacer. El mejor ejemplo es el que se puede ver en la realidad. Y el militante debe ser formado en este aspecto. Porque aunque no logremos las metas en el corto plazo hay que verdaderamente aprender que “la recompensa es el camino”. En la acción nos formamos, no estamos en esta opción para mirar la historia por la ventana.

Pero enseguida van a salir a tildar que esta es una posición voluntarista, como un extremo de la acción por la voluntad de un grupo. Y esto genera dudas en las certezas. El límite entre la voluntad y el voluntarismo es el resultado de la acumulación. Si la gente entiende, toma y defiende una propuesta, una acción, es el triunfo de la voluntad no del voluntarismo. Si no hay mejor teoría que la que nace de la práctica misma, nuestra voluntad primera debe llevarnos a la concreción de nuestras propuestas.

 

Vos grande y alto, vas a jugar de centrofobal, sentenció el ocasional DT suplente. Para el último partido las deserciones hacían que apenas llegáramos con los 7 reglamentarios (en aquellas épocas se jugaba con ese número). Al promediar el segundo tiempo la pelota va llovida al área del América. En el impulso me patino en el charco del área, la pelota me pega en la rodilla y ante la algarabía de los pocos e incrédulos hinchas del Artigas, la clavo en un ángulo, con mucho de suerte más que calidad. Salvamos la honra, ganamos 1 a 0 y salimos en el dignísimo penúltimo puesto. Ahí estaba la diferencia entre voluntad y voluntarismo. El haber ido a ese último partido era la victoria de la voluntad. Haberme planteado la posibilidad de jugar al futbol hubiera sido voluntarista.

 

*Percha: dícese de magnífica metáfora popular que se le asigna al suplente que nunca entra y sostiene la ropa de los que juegan

 

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