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De certezas e incertidumbres 4 Por Andrés Berterreche

publicado a la‎(s)‎ 29 nov. 2013 3:48 por Semanario Voces
 

            

   

El viejo había rechazado los embates de los distintos emisarios que querían comprarle el campo. Tenía algo más de 200 hectáreas en el este del país. Ya estaba verdaderamente viejo y no tenía descendencia directa a quien dejarle las tierras. Por ello, era ambicionado por cuanto comisionista, escritorio rural y empresa multinacional que operaba en la zona. Pero todo esfuerzo por quedarse con ese campo había sido infructuoso. Esta vuelta la argumentación trataba de ser convincente,

-          Mire Don Fulano, a 2,5 mil dólares la hectárea usted se haría de alrededor de medio millón de dólares, se compra una casa en el pueblo y con el resto, ¿sabe cómo viviría?

-          Es que yo no me quiero ir a vivir al pueblo, y todavía, además de no saber qué hacer con la plata, a ver si me matan pa´ robármela. Yo quiero lo que  tengo, y no preciso más

-          Usted se está arriesgando a perder miles de dólares. Posiblemente cuando las empresas lleguen al patrimonio meta y dejen de presionar por compra de campos los precios caigan en 500 o mil dólares, vaya a saber. Ahí se va a arrepentir de no haber vendido en el momento adecuado.

-          Mire no le entendí del todo lo que dijo, pero si el tema es que voy a perder plata cuando lo venda más adelante, quédese tranquilo, porque le aseguro que no voy a perder. Porque ni vendo ahora ni venderé después.

En un país donde el 95 % de su población vive en zonas urbanas es un tema difícil explicar los fenómenos que se producen en la ruralidad. La contradicción se vuelve aún más complicada cuando se sabe que buena parte de nuestra economía, por ejemplo explicada en exportaciones agropecuarias y agroindustriales, está basada de lo que sale del campo. Los excedentes generados en el sector agropecuario son la base que permiten procesos de crecimiento en el conjunto del Producto Bruto Interno. El empuje del sector tiene efectos sobre el resto de los eslabones de la cadena, como la logística (transporte, puertos y estos a su vez en los combustibles y los servicios que presta el Estado), el comercio, la industria, etc... El crecimiento del PBI agropecuario parecería explicar buena parte de la acumulación de riqueza a nivel nacional. La mayor parte de esta riqueza generada proviene de empresas agropecuarias que siguen la lógica capitalista típica, y por lo tanto, la distribución de la ganancia tiene un fuerte componente de captura por parte del capital. Solo a manera de ejemplo hay que decir que actualmente en el consejo de salarios del sector, los trabajadores rurales plantean aumentar el raquítico salario mínimo que actualmente ronda los $ 7.900 con una firme oposición de las gremiales. Estas empresas siguen la lógica de la relación riesgo/ganancia, minimizando el primero y maximizando la segunda, muchas veces con una fuerte presencia del capital.

Sin embargo, estas certezas se derrumban cuando se toma conocimiento que la mayor cantidad   de unidades productivas están en manos de productores familiares, que si bien superan el 70 % de las unidades de producción (casi 80 en la ganadería y 90 en la horticultura) tienen menos del 25 % de la base productiva: la tierra.

            La lógica de las unidades familiares de producción también busca aumentar su renta, pero el uso más intensivo es del factor trabajo, y el objetivo primero no es maximizar el retorno en función del capital invertido sino generar un excedente que les permita vivir dignamente en el lugar elegido. Muchas veces se proletarizan, vendiendo su fuerza de trabajo a las empresas capitalistas. Singularmente, y esto demuestra que presentan una racionalidad distinta, algunos estudios han demostrado que lo generado vendiendo su fuerza de trabajo muchas veces lo reinvierten en su predio de carácter familiar.

            La primera certeza que se puede dejar planteada, es que en el agro uruguayo no existe una homogeneidad, no existe una sociedad rural, sino al menos dos, y por lo tanto no puede existir una sola política agropecuaria sino políticas diferenciales. El esconder las diferencias en un manto de homogeneidad solo favorece a los sectores hegemónicos. Ni el ICIR lo iban a pagar los productores familiares, ni los planes de la década de los 90 que querían hacer empresarios capitalistas de productores de carácter familiar podían lograrlo. Esta imagen tiene un paralelismo en el sector financiero: la anciana que guarda 200 pesos de ahorro mensual debajo de una baldosa no está en el proceso de construcción de un banco. Cuando malintencionadamente se habla del campo o de la agropecuaria como si fuera una sola cosa, se trata de esconder los privilegios tras el escudo de los más humildes.

            Por supuesto que quedan muchas incertidumbres a resolver en el modelo de sociedad que se persiga (si lo dejamos a la libre acción de las reglas del mercado, minga que vamos a obtener una sociedad justa y equitativa). Se puede priorizar la acción organizativa de los trabajadores rurales para que estos ocupen un espacio mayor en la captación de riqueza. Se puede estabilizar con políticas que levanten las restricciones que tienen a los productores familiares para que no se tengan que proletarizar. Se puede darle el acceso a la tierra a los trabajadores rurales, ya para que se conviertan en productores familiares, ya para que tengan un resguardo a la hora de luchar por sus salarios. Sin certezas, humildemente, creemos que todas las opciones son válidas y no hay unanimidades: ni todos los trabajadores quieren ser productores con el cambio que ello significa, ni hay productores que vean en la proletarización la salida a una vida con riesgos en la sustentabilidad de la empresa familiar. Al menos, como aporte a estas hipótesis de trabajo político, nos queda claro la profunda importancia que tiene el concepto de propiedad social de la tierra, que permite estabilizar a los productores familiares que no pueden acceder por sí mismos a este recurso o darle un respaldo de retaguardia a los trabajadores rurales que negocian sus salarios y condiciones laborales.

 

            El gallego atendía como extensionista una serie de grupos de productores familiares vinculados a la remolacha hace muchos años. Tal vez, muchos años después, era lo que recordaba con más cariño de su desarrollo profesional como ingeniero agrónomo. Muchas veces se quedaba en la casa, humilde casa, de aquél productor que vivía a 15 km de donde pasaba la locomoción. Cuando salían juntos para una asamblea en el pueblo tenían el inconveniente de que entre el joven extensionista y el productor tenían una sola bicicleta para hacer los 15 km. Por eso, y sin hablarlo demasiado uno arrancaba a pie y el otro se iba perdiendo en la “chiva”. No sé cómo lo sabían pero a la mitad del camino el de la bicicleta la dejaba en el alambrado y seguía su camino pateando manso. A la hora y pico, el otro llegaba  hasta donde estaba la bicicleta la montaba y hacía el resto del camino pedaleando. Lo verdaderamente maravilloso es que llegaban, además de cansados, invariablemente juntos.

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