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DE CERTEZAS E INCERTIDUMBRES: La bicicleta por Andrés Berterreche

publicado a la‎(s)‎ 27 mar. 2015 10:48 por Semanario Voces

 

                Había decidido volver a casa caminando. La noche estrellada y un verano que se negaba a claudicar frente al otoño invitaba a hacerlo. Servía además para ordenar ideas y a lo mejor sacar alguna para el próximo artículo del Voces. El plan era ir zigzagueando hasta llegar. Eso implicó cruzar por calles de un barrio residencial  que se interponía entre mi salida y mi destino.

                La verdad que de noche los barrios todos de Montevideo quedan más lindos y este que cruzaba se notaba que tenía con qué darse lustre. Mientras pasaba por casas señoriales, antiguas y modernas, en aquellas que se podía mirar para adentro se podía ver un par de autos, y hasta a veces más. En el garaje cerrado posiblemente el de alta gama y afuera, en el jardín, que no había sido pensado para estacionamiento, el segundo y a veces hasta el tercero.

                Empecé a calcular cuánta cilindrada, cuánta potencia, cuánto combustible al servicio de una, con suerte dos personas, en una ciudad donde los trayectos promedio difícilmente superen los ocho o diez kilómetros.

                Supongo que la gente toma decisiones basadas en la racionalidad, aunque a decir verdad, lo que veía esa noche no lo termino de entender. Lo pensaba mientras metía los 30 minutos hasta mi domicilio, dos kilómetros y medios calculo en mi andar manso y cansino, y lo pienso hoy mientras escribo la nota.

                A la mañana siguiente agarré la mochila y salí a la parada a dos cuadras de casa. Debo confesar que tengo auto y que la decisión del bus es por elección. Saliendo con tiempo, por dónde subo y a dónde iba, podía elegir el coche que por  la cantidad de pasajeros que llevaba,  me diera la comodidad de,  aún yendo parado, no tener que pasar por el estruje humano de aquellas unidades de los que no tenían una elección tan fácil como la mía. Efectivamente viajé sentado en un tramo de unas 20 paradas que constituían un trayecto de unos 4 km. Pero a otros ciudadanos unos cuantos coches los dejaron con los brazo extendidos maldiciendo murmuraciones, con destino aunque expresos. Otros paraban y haciendo alarde de faquires en cajas de cristal contorsionaban para aprovechar que les habían abierto la puerta.

                Miré por la ventanilla y vi a una muchacha, rulos al viento, que pasaba al bondi que me transportaba y que a su vez un auto, del estilo de los que había visto la noche anterior le hacía “un finito”. Me estremeció la imagen al recordar que mi hija, nuevo producto del proletariado post moderno de un nuevo sector “servicios” se traslada en bicicleta todas las mañanas desde La Teja, donde vive, hasta su trabajo en la aguada.

                También recordé a mi Fiorella de manubrio de aluminio triple T de mis 20 años. Creo que ya lo comenté en otros artículos, pero a esa edad vivía en La Teja, la facultad en Sayago y la novia en el Paso de la Arena, un triángulo perfecto, no tenía mejor opción que el birrodado. Viéndolo en perspectiva,  me siento un sobreviviente de esa aventura y me vienen ganas de volver agarrar el pedal, aunque aquellos 70 kg de masa corporal sean solo un recuerdo nostálgico y la actualidad pese (en el más amplio sentido del vocablo) para el sistema autopropulsado. Y la congestión del tránsito y la densidad vehicular, así como la pérdida de la sensación de inmortalidad que uno tiene a los 20 años, me hacen reconsiderar el entusiasmo.

La segunda reunión del día  la tengo a unas 25 cuadras y tengo tiempos más ajustados. Apretando el paso en 25 minutos llego a pie. El calor de  marzo no afloja, y no había considerado el camuflaje urbano de una cuchilla que está allí y tengo que subir.  Llego en tiempo, no se si en forma. Como es una reunión entre compañeros no se fijan mucho. La caminata me deja conforme, hoy podré considerar el postre y me encontré una herramienta tirada, lo que da rienda suelta a mi síndrome de Diógenes.

Al regreso, antes de volver a casa tengo que pasar por la oficina. Charlar con los que se quedaron, organizar el día de mañana, ordenar las cosas y volver a mirar el correo, contestando las urgencias y lo importante. Me tomo el ómnibus saco boleto de dos horas, y una hora 55 minutos después estoy parando uno con destino al oeste montevideano (y con el mismo boleto!).

También vuelven caudales de autos, que me los imagino como un fluido continuo y constante. Casi todos con un solo individuo en su interior y a una velocidad donde motos y aún bicicletas,  en ese acrobático juego de meterse por los intersticios del tránsito logran llegar antes al próximo semáforo en rojo.

Está claro, Lucía tiene razón, el tránsito, y yo diría la movilidad urbana es de las cosas a las que más importancia habrá que darle en los próximos 5 años. Pero esto no es un tema exclusivo de las autoridades departamentales. Si el compromiso no es colectivo no hay solución.

¿Qué sentido tiene que cada ciudadano se desplace gastando energía no renovable para trasladarse 4, 6, 8 km, dejando un valor de miles de dólares a un costado de la vereda por 8 o 10 horas ?¿ Cuántas divisas y cuánto afecta nuestra balanza comercial esta vorágine tecnológica poco racional ? ¿Cuándo vamos a universalizar un transporte eficiente dando las condiciones de seguridad y respeto necesario, hoy ausente, como lo es la bicicleta? ¿Cuándo vamos a tener una relación de reconocimiento de nuestra ciudad mientras podemos trasladarnos en distancias cortas a pie y a favor de nuestra propia salud?

                Una muchacha se  baja de un coche recién estrenado, apurada deja el bolso, prende la máquina que se pone en movimiento. Cierra los ojos, suspira pensando en una ciudad danesa u holandesa llena de bicicletas, mientras camina, como un hámster en su ruedita, en el gimnasio a 5 cuadras de su casa.

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